Una vida y una fortuna que se fueron por el desbarrancadero

A los 66 años de edad, Fiorella Dubbini hace lo poco que puede para mantener a 400 perros y 150 gatos callejeros en el refugio animal Mil Patitas. Es un predio cercano a Los Teques y dejado a la mano de Dios. Su labor parece digna de encomio. Pero es objeto de ataques que considera injustos. Todo porque en 2003 el escritor colombiano Fernando Vallejo decidió donarle el dinero, 100.000 dólares, del premio de novela Rómulo Gallegos, un dinero que, asegura, solo vio en parte. En el marco del Día Mundial de los Animales, se cuenta su historia.

5 octubre 2014

El refugio Mil Patitas produce cerca de 70 kilos de mierda al día. Se trata de cuatro hectáreas de colinas y pasto ancladas en un valle escondido en el punto más lejano del sector Retamal, cerca de Los Teques, capital del estado Miranda. En la entrada, ya sin asfalto y con grietas en el piso, hay un pequeño aviso escrito a mano con su nombre.

José, el responsable de turno, resulta un iracundo pastor con un pantalón marrón oscuro hasta las pantorrillas, una franela hecha harapos en las costuras y un color moreno en la piel que contrasta con el excremento mostaza que luce con tanta naturalidad en los tobillos. Hay olor a sarna a su alrededor. Frunce el ceño, levanta la barbilla, aprieta los labios y pregunta quién busca a Fiorella Dubbini, su patrona.

-No, ustedes no son estudiantes- refuta, desafiante -Díganme la verdad.

Su orden es impedir el paso a periodistas: en realidad, nadie –no solo periodistas– que sospeche de Fiorella Dubbini, una italiana de 66 años que llegó a Caracas en 1984 procedente de Milán, es bienvenido.

José cruza los brazos, como esperando otra respuesta, e insiste en la identificación de los recién llegados. Mira, algo abrumado, cómo un perro sarnoso y con una llaga en lugar de ojo le lame los dedos de los pies.

-Somos estudiantes y queremos hacer aquí la labor social- le dijo la única muchacha del grupo, distraída hasta entonces por los intranquilos ladridos que provenían de la parte baja de Mil Patitas.

José se calma por fin y, poco a poco, habla del refugio: dice que él y su esposa eran los únicos empleados, que hay problemas con el servicio de agua potable, que algunos perros llegan enfermos y que cuando los baña no puede darles comida. Que hay mucho por hacer y que los pocos que se acercan, solo le llevan críticas. Que hay crías, garrapatas, ratas y a veces gusanos. Es que son 400 perros y 150 gatos, dijo, y a veces cuatro manos no son suficientes para tantas patas.

-Aquí falta de todo, porque son muchos perros- cuenta José, ahora en confianza, aún con el perro lamiéndole los dedos -pero cuando llega la señora Fiorella esos animales se vuelven locos. La aman. Ese premio le trajo más mal que bien.

El arca de Fiorella

Fiorella aún deforma el español con su acento italiano. Desde hace poco menos de dos años vive a unos 500 metros del refugio y visita a sus animales a diario. Aunque para verlos ni siquiera tiene que acercarse a su finca: los perros callejeros recorren las calles, arañan las puertas de las cinco casas vecinas y provocan destrozos en los patios ajenos. Los dueños se quejan, y algunos aseguran que la han denunciado, pero no hay gobierno que se encargue de tantos animales. Solo Fiorella.

El anonimato del apostolado, casi franciscano, de Fiorella por los animales duró hasta 2003. También hasta ese año duró su felicidad, para quien se atenga a su testimonio. Ese año fue la beneficiaria de la donación de 100.000 dólares que hizo el escritor colombiano, exiliado en México, Fernando Vallejo (Medellín, 1942). El dinero era el del premio Rómulo Gallegos, que entonces Vallejo acababa de ganar con su novela El desbarrancadero. O lo que es lo mismo: se trataba de dinero proveniente del Estado venezolano.

El albergue de animales tiene 400 perros, 150 gatos, varias garrapatas y a veces gusanos. Foto: Deysi Peña.

Cáustico y extravagante, el autor antioqueño, que no titubea en lanzarle un dardo de bilis a la iglesia católica o al presidente de su país, ama a los animales. De hecho, su discurso de aceptación del premio fue todo un alegato sobre la indefensión y, a la vez, la superioridad moral de los animales. Vallejo anunció que donaría su premio a una asociación local de protección de los animales. Y cumplió.

Antes de llegar a Los Teques, Fiorella tenía una quinta en el sector Altamira, un barrio de clase media-alta al noreste de Caracas. Aunque llegó de Milán como técnico metalúrgico para ganarse la vida en la Siderúrgica del Orinoco (Sidor, acerería en Ciudad Guayana, estado Bolívar, sur de Venezuela), cinco años más tarde de su llegada comenzó a recoger a los gatos y perros callejeros. En su tierra, cuenta ahora, es normal que existan refugios y no había necesidad de recoger animales; ella misma los llevaba a los albergues. Aquí su percepción cambió. Llevó un par, luego otro y luego otro a su propia casa. La extranjera, altiva, de ojos claros, alta, delgada y fina, era la referencia de la beneficencia animal entre las conversaciones de sus amigas, la alta alcurnia capitalina. Así que sus donaciones, pocas en número y grandes en cantidad, ayudaban a mantener la iniciativa.

A mediados de los años 90 los vecinos de Altamira, organizados, exigieron la salida de Dubbini por el mismo motivo por el que hoy quieren que se vaya de Retamal: los perros. La mujer recogió a sus cientos de animales y alquiló una pequeña finca ubicada en la carretera que une Guarenas con Caracas, en Mampote. Allí estuvo hasta 2006.

Fue plácida su vida en esos predios, sin más preocupación que las patas de pollo, las raciones de hígado y agua dulce, y algunas vacunas contra la rabia. Muchas mordidas le ha dado la vida, pero ninguna uno de sus perros. Se dedicó a ellos tanto como ahora, y sigue completamente sola en el país, como cuando llegó.

A finales de 2003 llegaron unas personas a su puerta. De la visita se había enterado por los insistentes ladridos, pero ella no se interesó mucho y se dedicó a vestirse para salir a Caracas. En la puerta encontró a una pareja, un hombre y una mujer de su misma edad o parecida, y con un inconfundible acento colombiano. Ella los escuchó, atenta, y se maravilló tanto al escuchar sus planes, que desde entonces piensa que Fernando Vallejo es para los perros lo que Jesucristo para los humanos. Lo considera un santo, sin saber si esa comparación le crearía repulsión al escritor colombiano.

La pareja era la de Aníbal Vallejo y Nora Garzón, el hermano y la cuñada de Fernando Vallejo. Antes de irse, le avisaron a Fiorella que pronto se comunicarían con ella para darle buenas noticias. Pocos días después estaba Dubbini rodeada de una selección importante de escritores en la sede del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), en Altamira, muy cerca de donde vivía en los 80. Escuchaba atenta aquel discurso que, desde el podio, Vallejo leía a propósito de recibir el premio Rómulo Gallegos, uno de los más prestigiosos de la lengua española. Polémico, como siempre, Vallejo había creado una gran expectativa en el país, incluso antes de su llegada. Ya muchos años antes, en 1972, otro autor colombiano, Gabriel García Márquez, había provocado esas mismas reacciones al entregar al entonces recién fundado partido Movimiento al Socialismo (MAS) de Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez –dirigentes políticos escindidos del Partido Comunista y críticos del socialismo real– buena parte del monto del mismo premio, otorgado entonces al escritor por Cien años de soledad. Parte de los dineros públicos terminaron, pues, en una organización que se enfrentaba al gobierno venezolano de entonces –el del democristiano Rafael Caldera– y hasta al orden social del país. Vallejo, en esa ocasión de 2003, no defraudaría a quienes esperaban de él un gesto inusual. Hizo lo propio al donar el premio a un refugio de perros y gatos.

Fiorella estaba feliz. Otro extranjero había tenido que venir a este país de indolentes para mostrar interés por la suerte de los animales domésticos, de las mascotas de nadie. Ese extranjero que les dejaba una pequeña fortuna, además, les dedicó este discurso:

El autor de La virgen de los sicarios ha destinado cerca de medio millón de dólares para perros callejeros. La última vez fue en 2011, cuando donó los 150.000 dólares que ganó en el premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Foto: Flickr/Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

“El hombre no es el rey de la creación. Es una especie más entre millones que comparten con nosotros un pasado común de cuatro mil millones de años. Cristo es muy reciente, solo tiene dos mil. Al excluir a los animales de nuestro prójimo Cristo se equivocó. Los animales, compañeros nuestros en la aventura dolorosa de la vida sobre este planeta loco que gira sin ton ni son en el vacío viajando rumbo a ninguna parte, también son nuestro prójimo y merecen nuestro respeto y compasión. Todo el que tenga un sistema nervioso para sentir y sufrir es nuestro prójimo”.

¡Qué feliz era Fiorella! Una mujer sola: sin familia ni paisanos, sin compresión social ni apoyo moral alguno. Y ahí estaba, al lado de Fernando Vallejo, el escritor de La virgen de los sicarios, y con un cheque de 100 mil dólares solo para gastárselos a sus animales. Fernando es Jesucristo, dijo entonces. Fernando es Jesucristo, dijo hace unas semanas.

Visto bueno desde Colombia, fiasco en Venezuela

Nora Garzón sigue afligida por la muerte de Quina. Pese a los intentos de los especialistas, no reaccionaba al medicamento. Se refugiaba entre la tela y el suero no hizo mucho por ella. Fernando, en su apartamento de Ciudad de México, la veía con ojos tristes. Era ella quien lo despertaba a besos todas las mañanas. Para ellos, Nora Garzón, su esposo Aníbal y su cuñado Fernando Vallejo, Quina no era una perra callejera sino un cachorro mestizo. Murió en junio y ya en septiembre Fernando tenía otra mestiza en su residencia, una perra que encontró perdida en una calle y que piensa devolver a sus dueños en cuanto aparezcan. “Tenía un collar. Fernando está muy contento”. Nora tiene una buena impresión de Fiorella Dubinni. La conoció en 2003, justo después de hablar con Fernando. El escritor le pidió al matrimonio hacer un recorrido por Venezuela para encontrar un refugio digno de recibir 100.000 dólares. Para entonces eran 430.000 bolívares. Hoy, al cambio negro, equivaldrían a diez millones de bolívares. Y siempre ha sido mucha plata.

Aníbal, desde Medellín, explica a través del teléfono que el recorrido comenzó en Caracas. Hablaron con Cristina Camiloni, una argentina con discapacidad que tenía una asociación de mascotas autogestionada a través de una clínica con precios bajos, la actual Aproa; siguieron con un refugio de perros en Valencia que se descartó por la juventud e inexperiencia de sus responsables; y luego le tocó al gran albergue de jaurías sobre la carretera de Guarenas. Cuando llegaron a Mampote, esa mañana, ya estaba decidido quién recibiría el dinero. Habían descartado 15 organizaciones. Nora le preguntó a su cuñado, antes de entregar el premio, por qué no lo entregaba a una asociación de perros colombiana, y Fernando contestó que los perros en la calle son lo mismo en cualquier ciudad del mundo y que, como fue Venezuela quien le entregó el premio, serían los perros venezolanos quienes lo recibirían.

Fue entonces cuando Fiorella registró el refugio. Hoy, a poco más de diez años de haber recibido el cheque y tomarse la foto junto al laureado escritor, asegura que el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) solo le entregó 85.000 bolívares –casi 20.000 dólares a la tasa de entonces– que reclamó un día después en una de las sucursales del Banco del Caribe. Ella, Fiorella, cree que el resto se lo descontó el Estado en impuestos. De esto, el Celarg no respondió nada.

Cáustico y extravagante, el autor antioqueño recibió el premio Rómulo Gallegos en Caracas con un discurso sobre la indefensión y, a la vez, la superioridad moral de los animales. Foto: Flickr/Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

“El hombre no es el rey de la creación. Es una especie más entre millones que comparten con nosotros un pasado común de cuatro mil millones de años. Cristo es muy reciente, solo tiene dos mil. Al excluir a los animales de nuestro prójimo Cristo se equivocó. Los animales, compañeros nuestros en la aventura dolorosa de la vida sobre este planeta loco que gira sin ton ni son en el vacío viajando rumbo a ninguna parte, también son nuestro prójimo y merecen nuestro respeto y compasión. Todo el que tenga un sistema nervioso para sentir y sufrir es nuestro prójimo”.

¡Qué feliz era Fiorella! Una mujer sola: sin familia ni paisanos, sin compresión social ni apoyo moral alguno. Y ahí estaba, al lado de Fernando Vallejo, el escritor de La virgen de los sicarios, y con un cheque de 100 mil dólares solo para gastárselos a sus animales. Fernando es Jesucristo, dijo entonces. Fernando es Jesucristo, dijo hace unas semanas.

Visto bueno desde Colombia, fiasco en Venezuela

Nora Garzón sigue afligida por la muerte de Quina. Pese a los intentos de los especialistas, no reaccionaba al medicamento. Se refugiaba entre la tela y el suero no hizo mucho por ella. Fernando, en su apartamento de Ciudad de México, la veía con ojos tristes. Era ella quien lo despertaba a besos todas las mañanas. Para ellos, Nora Garzón, su esposo Aníbal y su cuñado Fernando Vallejo, Quinano era una perra callejera sino un cachorro mestizo. Murió en junio y ya en septiembre Fernando tenía otra mestiza en su residencia, una perra que encontró perdida en una calle y que piensa devolver a sus dueños en cuanto aparezcan. “Tenía un collar. Fernando está muy contento”. Nora tiene una buena impresión de Fiorella Dubinni. La conoció en 2003, justo después de hablar con Fernando. El escritor le pidió al matrimonio hacer un recorrido por Venezuela para encontrar un refugio digno de recibir 100.000 dólares. Para entonces eran 430.000 bolívares. Hoy, al cambio negro, equivaldrían a diez millones de bolívares.  Y siempre ha sido mucha plata.

Aníbal, desde Medellín, explica a través del teléfono que el recorrido comenzó en Caracas. Hablaron con Cristina Camiloni, una argentina con discapacidad que tenía una asociación de mascotas autogestionada a través de una clínica con precios bajos, la actual Aproa; siguieron con un refugio de perros en Valencia que se descartó por la juventud e inexperiencia de sus responsables; y luego le tocó al gran albergue de jaurías sobre la carretera de Guarenas. Cuando llegaron a Mampote, esa mañana, ya estaba decidido quién recibiría el dinero. Habían descartado 15 organizaciones. Nora le preguntó a su cuñado, antes de entregar el premio, por qué no lo entregaba a una asociación de perros colombiana, y Fernando contestó que los perros en la calle son lo mismo en cualquier ciudad del mundo y que, como fue Venezuela quien le entregó el premio, serían los perros venezolanos quienes lo recibirían.

Fue entonces cuando Fiorella registró el refugio. Hoy, a poco más de diez años de haber recibido el cheque y tomarse la foto junto al laureado escritor, asegura que el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) solo le entregó 85.000 bolívares –casi 20.000 dólares a la tasa de entonces– que reclamó un día después en una de las sucursales del Banco del Caribe. Ella, Fiorella, cree que el resto se lo descontó el Estado en impuestos. De esto, el Celarg no respondió nada.

En su momento el Celarg entregó 85.000 bolívares de los 100.000 dólares destinados a los perros y gatos de Mil patitas. Foto: Wikimedia Commons

-Estoy segura de que eso fue sicariato.

Pese a su acusación, dos de los cinco vecinos aseguran que la mujer mantiene un tono de voz ofensivo y que quien la apuñaló, hoy preso, la atacó después de recibir maltratos y poco sueldo.

Fue cuando cambió de empleado y llegó José. Tiene la orden irrefutable de impedir la entrada a nadie.

Mensaje de texto. 30 de septiembre. 5.16pm (ante una solicitud para tomar fotografías).

“Te aviso porque tengo esterilización y entonces estamos ocupados ma juan sinceramente creo tu venga de cristina de aproa y roger pacheco y el cuaimero atrás entonces discúlpame maasi empezaron en el 2008 no creo a nadie ni a mi mama” (Sic).

Mensaje de texto. 30 de septiembre. 5.17pm.

“Además que nora me aconsejó que me cuidara mucho la espalda de tanta maldad y infamia. Tú te dice periodista igualito que pacheco de radio caracas con su duende” (Sic).

Mil Patitas es hoy el refugio de perros y gatos más grande de los que se tiene registro en el país. Allí no hay cremación, ni adopción, ni control de entrada de los animales. Los perros se reproducen y comen todo cuanto pueden. Tampoco tienen mayores cuidados. En cierto modo es una autarquía canina, aunque estén al cuidado de Fiorella Dubbini. Ella se niega a permitir la entrada a su propiedad. Ya tiene 66 años, sigue deformando el español con su acento italiano y la entrada sigue absolutamente prohibida para periodistas. Quiere paz, asegura, y que ya no la llamen ladrona.

Eso es como tú, que debes tener un amigo feo, entonces los perros son iguales: hay unos bonitos y unos feos. Yo los cuido, no los mato. Y por eso ahora me llaman loca.

A la dueña de las instalaciones le dieron siete puñaladas en ese camino de tierra que conduce al refugio que subvencionó Fernando Vallejo. Foto Deysi Peña.

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