Nancy, la Curandera de Los Reyes

La relación entre los adivinos y sus pacientes es similar a la de los psicólogos o trabajadores sociales: en todos los casos se enfrentan a problemas de depresión e inestabilidad emocional. En México hay una maestra en el tema...

10 febrero 2016

(*) Este reportaje fue originalmente publicado por la revista Nexos de México el 1 de enero de 2016.

Todos los martes y viernes un pequeño grupo de hombres y mujeres se reúne frente a un modesto complejo de viviendas ubicado en Avenida Puebla, en el municipio Los Reyes La Paz, Estado de México. Los visitantes esperan sentados en la acera o de pie frente a la puerta de metal. A mediodía, la persona a la que esperan, María Ruiz Peña, mejor conocida como Nancy o doctora Nancy, entra a la cerrada en un pequeño Chevrolet sedán color rojo. El grupo la sigue al estacionamiento y suben dos tramos de escaleras de cemento con forma de espiral que conducen a una clínica improvisada en uno de los departamentos. La fecha es enero 16 de 2015; Nancy empieza su primer día de trabajo del año. La mañana es fresca. Nancy, que es alta y de figura robusta, viste una bata blanca sobre un suéter rojo. A sus 53 años, su paso es juvenil y femenino. Su piel es blanca y trae suelto el cabello oscuro con destellos rojos. Es una respetada curandera, una sanadora que lleva dos décadas ofreciendo alivio espiritual y consejos mágicos en su clínica, aunque su apariencia no es la de una hechicera. Saluda y platica de buena gana con los visitantes: el actor de telenovela que busca noticias sobre su siguiente trabajo; un chofer de camión que quiere solucionar sus problemas de gastritis; un ama de casa que viene a pedir protección para su hijo y su novia. La mayoría de los pacientes provienen de las colonias vecinas, al oriente del Estado de México, una de las zonas más pobres del país. De igual manera, es usual encontrar gente de clase acomodada en la clínica en busca de ayuda. Para Nancy su gente especial son los de escasos recursos, aquellos que desde temprano hasta muy tarde trabajan día a día como sirvientas, guardias de seguridad, cocineros, albañiles. “Hice una promesa”, me dice Nancy.

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Los clientes llegan con Nancy por referencias de gente agradecida que fueron curados o vieron cómo cambió su suerte gracias a sus brebajes y su sanación. Nancy no se anuncia, ni reparte tarjetas de presentación. Para llegar a su clínica desde la Ciudad de México, hay que tomar la vieja línea A del metro que va de Pantitlán a Los Reyes La Paz. Enseguida hay que agarrar un moto taxi de diez pesos frente al Palacio Municipal de Los Reyes y disfrutar de un trayecto de cinco minutos que serpentea por las calles ofreciendo una pintoresca vista del pueblo. Hay un tianguis (como se llama en México a los mercados populares) que abre todos los días donde venden comida y mercancía pirata. Los dueños de los puestos han reportado que son extorsionados por las bandas criminales de la zona. Las casas que se encuentran entre la estación del metro y la oficina de Nancy están hechas con estuco y cemento. Algunas tienen hasta dos o tres pisos que parecen haber sido agregados caprichosamente sobre la planta baja. Esos pisos están sin pintar y algunos muestran varillas salidas. Nancy me dijo que la gente va construyendo sus casas a medida que tiene dinero, o cuando alguno de sus hijos se casa, los padres les hacen su propio cuarto en la parte de arriba de la casa familiar. Los Reyes está lleno de perros callejeros que corren libremente por las calles o que duermen en las banquetas. Algunos se ven hambrientos y sarnosos.

Los residentes de Los Reyes viajan todos los días a la ciudad de México para trabajar. De acuerdo con datos del INEGI, en el Estado de México el desempleo ronda el 6%, pero la cifra real es quizá cinco veces mayor si se considera el subempleo y el empleo informal. La mayoría de la gente de la colonia son trabajadores independientes que venden tamales en el tianguis, que tienen mototaxis que pasan zumbando por las calles de la ciudad. También están los que venden ropa usada de segunda.

El conjunto habitacional donde vive Nancy es modesto pero seguro. Los residentes son maestros, secretarias y pequeños comerciantes locales. Las vías de la línea A rugen sobre la Avenida Puebla. Dividen el camino en dos lados. Según los vigilantes del conjunto, la calle de enfrente es una zona peligrosa en la noche ya que las vías constituyen accesos fáciles para los ladrones y difíciles para las víctimas. El estacionamiento privado, el portón de metal y la vigilancia 24 horas, proveen cierta tranquilidad para los habitantes del conjunto en una zona donde, según los recuentos de la prensa local, ocurre un robo a casa habitación cada día.

La clínica está establecida en un pequeño departamento de tres habitaciones. Hay sillas metálicas, forradas con plásticos de distintos colores y alineadas contra las paredes de la sala, donde los pacientes se sientan a esperar su turno. Un antiguo televisor está sintonizado en el canal 13, donde pasan algunos programas de entretenimiento y películas viejas mientras que Nancy ve a sus pacientes. La decoración es un conjunto mágico: en los rincones hay figuras de ángeles, caracoles, un caballo y un gato. Un pequeño ángel de arcilla captura las miradas.

Nancy recibe a sus pacientes, conforme van llegando en un pequeño cuarto trasero, sentada en una mesa de madera rodeada de velas y figuras de cerámica y vidrio: un pequeño dragón saliendo de un huevo, un Gasparín de vidrio, varios colibrís. La selección parece infantil pero todo tiene su significado, me advierte. La pared detrás  del escritorio está adornada con muñecas, dibujos de volcanes, cascadas y fotografías del océano; son regalos de ex pacientes agradecidos por sus curaciones. Cuando los pacientes ven a Nancy por primera vez, ella se sienta en la mesa y les pregunta qué les está molestando. Me dice que con solo mirar a la persona y tomar sus manos puede localizar su enfermedad. De todas formas, generalmente revisa radiografías o exámenes médicos de sus adeptos. Antes de emitir algún diagnóstico, saca un mazo de baraja española y despliega las cartas. Nancy dice que ciertas dolencias físicas son productos de la energía negativa o del “mal de ojo”. Tras realizar su evaluación, lleva al paciente a una habitación adyacente donde realiza una “intervención espiritual”. Si el paciente no necesita cuidados urgentes, le programa una cita para otro día y le pide que traiga hierbas, gasas y alcohol.

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La relación entre los adivinos y sus pacientes es similar a la de los sicólogos o trabajadores sociales: en todos los casos se enfrentan a problemas de depresión e inestabilidad emocional. Ese es el tipo de interacción que se da entre Nancy y sus pacientes. En mis primeras visitas a su clínica tenía la esperanza de documentar los  vínculos emocionales que se crean entre los curanderos y sus seguidores. Pero tras nueve meses de visitas semanales, y de escuchar incontables historias de sanaciones milagrosas de boca de los pacientes y sus parientes, sobre cómo el poder de Nancy ha curado hasta el cáncer, tumores, infertilidad y enfermedades mentales, decidí cambiar mi enfoque: ¿Cómo puede ser posible esto?

Los expertos aseguran que la sanación está influenciada por la creencia interna que los pacientes tienen en el curandero. Jack Saul, sicólogo clínico de la Universidad de Columbia, advierte que resulta muy difícil explicar por qué algunos curanderos son más efectivos que otros. Muchas veces los curanderos les enseñan a los pacientes a cambiar su pensamiento negativo por positivo, trabajando sobre enfermedades que generalmente tienen un origen sicosomático. “Hay mucho que no conocemos. No sabemos qué tipo de energía está manejando Nancy, pero está haciendo cosas que impactan en el bienestar. La sicoterapia tradicional trabaja sobre la modificación conductual de los pacientes porque sabemos que eso tiene un impacto sobre la enfermedad física. Algo de eso sucede con ella”.

El 80% de la población mexicana es católica, aunque la asistencia a la iglesia está disminuyendo. La creencia en brujas, adivinos, chamanes, sanadores y hechiceros es norma de vida en muchas partes del país. La UNAM estima que existen alrededor de 30 mil brujos en México. Elio Masferrer Kan, antropólogo especialista en ocultismo, estima que el número de brujos en México puede ser tan alto como 100 por cada 3 mil 500 ciudadanos. Hay pueblos mágicos como Catemaco donde cada marzo se lleva a cabo un festival de brujos. En años recientes, la presencia de santeros afrocubanos que practican santería, la creencia que mezcla divinidades africanas con santos católicos, se ha multiplicado. Hay casos de santeros asesinados por narcotraficantes que no lograron concretar un envío o cerrar algún trato. Relatos de prensa reportan la muerte de siete santeros en los últimos dos años. Tres de ellos practicaban en la Ciudad de México y uno en el Estado de México. También abundan historias de políticos que tienen sus propios brujos. Se dice que Elba Esther Gordillo viajó a África para participar en una ceremonia de santería que incluyó el sacrificio de un león. El culto a la Santa Muerte también ha ganado popularidad, especialmente entre los narcotraficantes. Esta figura también es muy popular entre los jóvenes urbanos de clase baja. Es frecuente encontrar su esquelética figura en los mercados de las zonas proletarias de la ciudad de México y de otros centros urbanos importantes del país.

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Nancy dice que su clínica siempre ha sido muy concurrida. “La gente necesita ayuda y esperanza”, comenta. Sus pacientes provienen de comunidades desoladas donde los servicios de salud, la seguridad y la justicia escasean. Frente a la insuficiencia o corrupción de los servicios estatales, los ciudadanos buscan otras respuestas. Por ejemplo, muchos de los clientes de Nancy son mujeres maltratadas que no pueden conseguir órdenes de restricción en contra de sus novios o maridos; también hay padres cuyos hijos adolescentes se han enrolado en bandas locales y corren el riesgo de acabar presos, o ser víctimas de la violencia; gente sin empleo o que trabaja en la informalidad y no tiene acceso a programas de salud.

Los pacientes de Nancy forman parte de la descomposición del tejido social del Estado de México, segundo lugar en violencia después de Tamaulipas, el estado más peligroso del país debido a su carácter logístico en las rutas de la droga. Según datos del INEGI, tres de cada cuatro habitantes del Estado de Méxicohan sido víctimas de algún tipo de violencia. De acuerdo con Martha Elena González, editora del diario Expreso, la parte oriente del estado, donde se ubica la clínica de Nancy, es un barril de pólvora, ya que los carteles de la droga asistidos por la corrupción policial se aprovechan de su cercanía con la capital. Según la Secretaría de Seguridad Pública del estado, cuatro organizaciones criminales tienen presencia en la zona: Los Caballeros Templarios, Los Zetas, Guerreros Unidos y La Familia Michoacana.

En abril, el Departamento de Estado de los Estados Unidos emitió una alerta recomendando a sus ciudadanos evitar los municipios del Estado de México, incluyendo Los Reyes La Paz.

El Estado de México sale mal parado en las cifras de salud, ya que, tiene el mayor índice de mortalidad del país con mujeres embarazadas: cuatro de cada diez mueren en el parto.

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Ilustración: Revista Nexos.

El metro que va de Pantitlán a Los Reyes viaja lleno por las mañanas y por las tardes llevando y trayendo gente a sus trabajos y hogares. Ahí se puede ver una gran variedad de amuletos y “amarres” que la gente usa en las muñecas o en el cuello; los amuletos son más comunes en esta línea del metro que en otras. Vienen en distintos colores y aquellos que los portan creen que están siendo protegidos contra la brujería y el mal de ojo. Los rojos son para cuestiones de amor, los verdes para dinero y los amarillos para buena salud. Algunos de los amarres traen medallas. Una mañana vi a una adolescente con una pulsera con la medalla de San Benedicto, la antigua figura católica es un popular protector contra los espíritus maléficos. Otros brazaletes tienen la figura de la Santa Muerte. Nancy me explica que los amarres no deben ser de color negro y son preparados en una ceremonia especial.

Los espacios públicos del Estado de México generan una enorme publicidad sobre servicios de brujos que no se ven en ningún otro lugar. “Llame al brujo de Catemaco”, reza un anuncio escrito con letras negras ubicado sobre las mamparas que dividen la calzada Ignacio Zaragoza. Miles de automovilistas ven diariamente ese anuncio, y debe funcionar bastante bien porque es caro, dice Nancy.

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Un día entro al cuarto de limpiezas donde Nancy se encuentra friendo unas rebanadas de cebolla morada que utilizará en la “operación” de cataratas de Eduardo, un contador de treinta años que es su paciente  desde hace tiempo. Emiliano, el octogenario padre de Eduardo, está sentado en una silla cercana, tiene los ojos cerrados y las manos sobre las rodillas. Le diagnosticaron cáncer de próstata. Hace unos meses dejó de ver al médico que le recetaba medicinas muy fuertes para recurrir a la curación de Nancy. Ella lo está tratando con medicinas caseras y sesiones de limpieza espiritual cada semana. “Ya me siento mejor,” me dice. “Nancy me está limpiando el aura con unas hierbas y con sus sprays de esencias”. Ella se mueve una y otra vez entre Eduardo y su padre. Junto a ellos hay otros tres pacientes que de igual manera están siendo curados con manojos de hierbas y esencias perfumadas. Nancy hace que uno de ellos se pare sobre un manojo de hierbas para deshacerse de la energía negativa.

Cuando Nancy opera espiritualmente los pacientes se encuentran despiertos durante el tratamiento. Nancy les pide que cierren los ojos mientras ella utiliza un cuchillo y tijeras sin filo para realizar cortes simbólicos sobre el área afectada. Los pacientes huelen las especias cocinadas, el alcohol y otros aromas que les rocía sobre sus cuerpos. Las tijeras simbólicamente cortan la energía negativa. En algunos casos, el paciente siente un cuchillo sin filo frotando su piel en el lugar donde se localiza el órgano que está siendo operado.

Algunos pacientes que han sido intervenidos por Nancy me contaron que sus cuerpos estaban hinchados y adoloridos tras el procedimiento. Nancy cubre las “heridas” con pociones herbales que envuelve con un gran vendaje. Al día siguiente, el paciente se quita la venda y la deshecha. Regresan a la clínica en una semana para que les retiren los “puntos” imaginarios. Nancy hace visitas a domicilio cuando la intervención médica es grave, como un cáncer o una operación de espalda.

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Por otra parte, Nancy me ha comentado que el cuidado médico en los hospitales públicos puede ser terrible. Me dice que cuando va a un hospital nunca comenta su misión. “Jamás les hablo a los médicos ni a las enfermeras”. Sin embargo, algunos doctores y enfermeras trabajan con Nancy en conjunto. Javier, uno de sus asistentes, es promotor de salud en un hospital cercano.

De hecho, yo conocí a Nancy a través de una doctora del Seguro Social. Alejandra me explico que el trabajo de Nancy es una contribución importante a la medicina mexicana. “En otros países la gente aprovecha las habilidades de personas como ella. Todo está basado en la fe, pero incluso la medicina tradicional que todos defendemos depende de la fe que los pacientes depositan en los doctores. Lo que hace Nancy es enriquecedor, aunque no creas en sus poderes mágicos”.

Nancy empieza a trabajar muy temprano y termina muy tarde. No tiene una metodología específica. Es similar a la de otros sanadores, me dice. Cobra unos dos mil pesos por tratamiento, y si el paciente es de bajos recursos, le cobra a plazos o lo atiende gratis.

Abandonó la preparatoria y empezó a tomar cursos de medicina en una universidad del estado, al mismo tiempo inicio su trabajo como curandera. Le gusta leer libros de medicina y en una ocasión me explicó cómo está dividido el cerebro, y cómo muchas enfermedades se originan en este. Su padrino, un brujo de Veracruz, le enseñó técnicas chamánicas ancestrales. Dice ver seres celestiales enfundados en batas blancas. Ellos se aparecen en sus sueños con respuestas sobre temas médicos. En alguna ocasión le pedí observar una sesión de curación, pero me contesto que eso rompería su concentración y afectaría el espacio del paciente.

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Muchas de las personas que han acudido con ella durante años no entienden cómo trabaja.

Una de las pacientes que conocí, me confesó mientras esperaba en la clínica que no entiende el trabajo de Nancy. “Traje a mi hijo. Estaba teniendo alucinaciones y un amigo me recomendó con ella”, dice María, una cocinera de comida rápida de 50 años. Su hijo mejoró. Luego Nancy la operó de una vena varicosa. Le pidió no estar de pie durante algunos días. “No tenía ninguna cicatriz y pensé que no tenía nada, así que me fui a trabajar”, me contó. “Dos días después mi pierna se había inflamado al doble de su tamaño. Desde entonces hago caso de sus indicaciones”.

Otros adeptos son creyentes devotos. Hugo es un viejito delgado y moreno. Es veterano de la Marina. Lo conocí una mañana afuera de la puerta de Nancy. Mientras hablaba y gesticulaba con los brazos, me di cuenta que tenía el nombre de Nancy tatuado en el antebrazo derecho. “¿Esa es la doctora”, le pregunté. Asintió con la cabeza. Después, cuando entramos a la clínica y se sentó junto a su esposa María en una de las sillas metálicas, me dijo: “Soy marinero y ella me curó, así que me tatué su nombre para agradecerle”. Hugo tenía cáncer etapa 4 en el estómago cuando visitó por primera vez a Nancy. Dice que ella lo curó y que tiene exámenes recientes que lo demuestran. Ahora trae a su esposa para que la trate de la diabetes.

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Cuando Nancy empezó a dar consulta, hace veinticinco años, se prometió a sí misma que trataría a los pobres y necesitados. Rentó el departamento de Los Reyes y empezó a recibir pacientes tras haber trabajado cinco años como aprendiz de Raymundo, el poderoso chamán. “Desde los cinco años tengo poderes curativos, pero mis padres no querían que los usara”, me cuenta mientras comemos en un Bísquets Obregón en la Avenida Zaragoza. “Un día me puse muy grave y mi mamá me llevó con mi tía, que también tiene el “don”, y que trabajaba en el Templo de La Fe, en la ciudad de México. Utilizaron una pluma blanca para curarme de mi primera dolencia. Le advirtieron a mi madre que si no hacía caso a mi llamado, seguiría enfermándome”. Nancy se volvió a enfermar cuando tenía diez años. Otra vez fue llevada al templo y, una vez más, fue curada.

Pasó el tiempo y a su familia se les olvidaron las advertencias. A los diecinueve años Nancy se casó con Guillermo, su novio en la preparatoria. Tuvieron tres hijas. Cuando cumplió veintiséis, Nancy volvió a caer mortalmente enferma. Su tía le recordó su promesa y Nancy tomó una decisión. Le dijo a su esposo que iba a abrazar su vocación. Molesto, por la decisión, abandonó temporalmente la casa, pero regresó unos meses después y ahora es uno de sus más firmes defensores. Eulalia Ortega, una de las mejores amigas de Nancy, dice que desde siempre tuvo talento. “Ella era especial”.

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Para iniciarse en la magia uno necesita encontrar un guía, y esa búsqueda no es fácil. Nancy inició su aprendizaje desde muchos ángulos. Para aprender la ancestral magia mexicana, buscó a un hechicero. Su primer candidato fue un brujo local conocido como Panchito, originario de Guerrero, estado conocido por sus tradiciones mágicas, una mezcla de tradiciones africanas traídas por los esclavos que se asentaron ahí, con las antiguas creencias indígenas. Panchito chasqueaba la lengua e imitaba con un silbido el siseo de las serpientes. Levantaba la mano derecha y la movía como si fuera la cabeza del reptil. Le prometió a Nancy que la curaría si trabajaba para él. Nancy no aceptó. Visitó a una bruja de Oaxaca pero tampoco le dio buena vibra. Aquella mujer tenía la piel muy blanca, una larga trenza negra y era experta en otro tipo de magia negra. Finalmente, Nancy encontró a Raymundo, un poderoso brujo de Catemaco. “Estás muy enferma”, le dijo. “Te voy a curar y si quieres puedes aprender de mí”. Nancy dice que los brujos necesitan conocer todo tipo de magia. “Hay gente que nace para practicar magia negra, pero yo nací para practicar magia blanca y curar a las personas”.

Nancy regresó al Templo de la Luz, donde sus poderes fueron advertidos por primera vez. Ubicado cerca del metro Tlatelolco, en la colonia San Simón, el templo fue fundado en 1935 como un centro de curación alternativo que continúa dando servicio en un auditorio cavernoso pintado de blanco y lleno de bancos de iglesia. En lugar de altar, un enorme ojo insertado en un triangulo observa a la congregación que todos los martes y viernes acude para ser curada. Los curanderos prefieren esos días porque son los que poseen mayor energía.

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Visité el templo un viernes. Los bancos estaban llenos de hombres, mujeres y niños. La mujer sentada a mi izquierda me comentaba que sus padres la trajeron al templo cuando era una niña y que no ha dejado de asistir durante cincuenta años. Un hombre sentado a mi derecha me dice que viene de Los Reyes La Paz, de donde es Nancy, para limpiar su aura —su negocio va mal y la extorsión está muy fuerte en el tianguis que opera cerca del palacio municipal de Los Reyes. Después de esperar una hora, un hombre enfundado en una bata blanca de doctor me lleva con una sanadora, una mujer de mediana edad que también viste de blanco. Me pregunta qué es lo que me aflige. Le digo que quiero hacerme una limpia. Coloca sus manos sobre mis hombros y hace movimientos circulares mientras repite plegarías que invocan a Dios. Cinco minutos después me pide que repita unas frases y me manda a una habitación donde otra mujer que se lava las manos en una vasija blanca me hace otra limpia. En esta iglesia, me dice Nancy, algunos enfermos pueden pedir una sesión de médiums, donde se invoca la presencia de espíritus de médicos que ya murieron.

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Ilustración: Revista Nexos.

La violencia contra las mujeres es un problema serio en el Estado de México. Recientemente el gobierno local emitió una alerta de género en once municipios ubicados cerca del consultorio de Nancy. En 2014, tres pequeñas localidades reportaron 400 mujeres desaparecidas. La violencia intrafamiliar es otro problema, pero las mujeres tienen pocas opciones para ampararse. Por esto, muchas de los pacientes de Nancy son mujeres.

América, es una de ellas. Con sus cuarenta años y sus cuatros hijos sigue siendo muy atractiva.  Ahora es divorciada. Acudió con Nancy hace cuatro años, cuando estaba divorciándose para protegerse de la violencia de su marido. De mediana estatura, con pelo largo y ondulado, América tiene ojos negros y penetrantes y pestañas largas. Me dice que su vida familiar se vio impactada después de que su marido le rentó una casa a una pareja que resultó estar metida en asuntos de brujería. Los vecinos comenzaron a murmurar cuando se dieron cuenta que estos inquilinos hacían ceremonias de sacrificio a medianoche con gallinas, cabras y otros animales.

Según América la pareja peleó con ellos por la renta. “No podíamos deshacernos de ellos hasta que finalmente logramos desalojarlos, poco después mi esposo y yo empezamos a tener problemas. El empezó a beber y a ponerse violento. Me dijo que sentía que una sombra lo seguía. Al principio no le creí.  Pero pasaba algo extraño”. Al final se separaron.

América inició los trámites de divorcio, pero el caso se estancó debido a la corrupción del juzgado. Uno de los oficiales le confesó que su esposo había pagado sobornos para entorpecer el proceso y para que el juez decidiera a su favor. “Luego este tipo me dijo que él podía acelerar el proceso si yo salía con él”. América acudió a su madre, que le recomendó ir con Nancy. América es muy católica, pero ve el trabajo de Nancy como parte del designio de Dios. Trabaja en una iglesia en Ixtapaluca, a una hora de Los Reyes. “Nancy es un regalo de Dios. No hubiera sobrevivido sin ella”, me confiesa un día que la visité en su trabajo. Me presentó al cura que está a cargo de la iglesia, pero me pidió que no mencionara a Nancy. “Acepto los poderes de Nancy pero no le cuento a nadie”.

Nancy también es católica. Siempre invoca el nombre de Dios durante sus consultas.  Al parecer cura a varios sacerdotes. Pero ellos no le dicen a nadie que la visitan. Al parecer, uno de sus seguidores es un obispo en una iglesia cercana.

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Marta Flores es otra de las adeptas de Nancy. La visitó por primera vez hace doce años y Nancy la ayudo a sortear situaciones difíciles. “Me ha ayudado a agradecer los momentos felices”, me comenta con un guiño. Marta tiene 54 años, es bajita, robusta y tiene brillantes ojos amarillos. Es amigable y su conversación es desinhibida, al revés de otros pacientes que apenas me compartieron información cuando los conocí en la puerta del consultorio.

Marta vive en un pequeño departamento ubicado en una colonia proletaria al norte de la Basílica. Marco, su primer esposo, murió en 2010 al caer por las escaleras de su departamento en un extraño accidente. Había estado casada durante 33 años y tuvo que luchar contra la depresión porque su marido era temperamental y dominante. Marta nunca pensó que podría encontrar felicidad en el amor. Luego conoció a su segundo marido, Toño, un mecánico cuyo negocio estaba en la esquina de su casa. Marta empezó a salir con Toño un año después de la muerte de su marido. La familia de este le dejó de hablar. Una de sus mejores amigas también se alejó. Nancy le dijo: “Es un regalo de Dios, lo tienes que amar”. Marta y Toño parecen recién casados. Toño es un sujeto extrovertido que también estaba casado pero que se separó de su mujer hace años. Sobre su pasado, Marta dice que fue infeliz durante tres décadas: “Pensé que no me quedaba más que soportarlo y sonreír”.

Para entrar a casa de Marta hay que pasar por el garaje donde Toño tiene su taller. Hay herramientas por todos lados y las paredes y el techo están cubiertos de hollín. Hay una pared con mofles alineados y la televisión siempre está encendida. Su departamento, que ella adora, está en el piso de arriba; es un espacio pequeño de dos recámaras y un baño. Lo construyó hace cinco años con la ayuda de Nancy, me cuenta. Antes, durante muchos años, ella, sus tres hijos y su esposo dormían en el mismo cuarto, ubicado en el espacio que hoy ocupa el taller.

Marta vive con su hijo más joven, Raúl, y su novia. Raúl vende tenis en Tepito y dice que en esa zona asaltan a muchos puesteros y compradores, pero que su jefe tiene gente contratada para cuidar que sus clientes no sean atracados.

Marta siempre ha creído en los curanderos. Para ella Nancy es la mejor que ha visto en su vida. Marta solía visitar una vieja chamana que también vivía en Los Reyes. “Me ayudó varias veces, pero no me protegió del mal de ojo, así que me seguían atacando”, me dijo. La chamana murió y Marta se considera afortunada por haber encontrado a Nancy.

Durante los primeros seis años Marta acudió a Nancy para poder sobrellevar su primer matrimonio. Hoy la sigue visitando para arreglar las vidas de sus hijos. Raúl es el que más le preocupa. Su novia resultó ser la exmujer de un miembro de La Familia Michoacana que asalta camiones a punta de pistola y es drogadicto. Tienen una hija de quince años y Marta se dio cuenta de que el padre la estaba introduciendo a bandas criminales. Encontró una foto de la chica posando con un arma en su cuenta de Instagram. Marta me dijo que Nancy le ha ayudado a que el exmarido no se acerque a su hijo.

“¿Sabes lo que Nancy me ha enseñado? A tener paciencia y a creer que soy alguien que merece ser amado y tener una buena vida”, dice Marta.

Marta me cuenta una historia. Un día soñó que el fantasma de su marido la visitaba una noche en su habitación. Toño, su nuevo marido, estaba dormido a su lado. El fantasma fue al closet y encontró las camisas y los pantalones de Toño. “Volteó hacia mí y me dijo: ‘Está bien, puedes estar con él’”. Marta dice que se sintió mucho mejor después de aquel sueño.

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¿Cómo transmites tu sabiduría si eres un hechicero o un curandero? En la antigüedad, los curanderos y hechiceros pasaban sus oficios a los miembros de su familia. Nancy tiene dos hijas mayores que aparentemente tienen los mismos poderes que su madre pero que no han seguido sus pasos.

Nancy ha entrenado a jóvenes aprendices durante mucho tiempo. Gerardo, un delgaducho e inteligente joven de 20 años, que fue a visitarla por un problema de vista, es uno de sus más recientes discípulos. La madre de Gerardo es vendedora de ropa en el mercado local. Su padre es ingeniero en sistemas y Gerardo quiere ser doctor. Viven en San Vicente Chicolapan, un suburbio de interés social construido por Homex, una constructora especializada en casas prefabricadas que ha creado barrios instantáneos en las zonas rurales aledañas a la capital y otras metrópolis del país. San Vicente es un antiguo pueblo náhuatl. Antes de la llegada de Homex se sembraba alfalfa y frijol en las tierras ejidales. Hoy, lo único que brota del suelo son las viviendas de noventa metros cuadrados donde generalmente viven tres generaciones de la misma familia. El hacinamiento crea problemas sociales. Antes de ser acogido por Nancy, Gerardo se la pasaba con las pandillas del barrio. “Son niños que se la viven en la calle. Yo no hacía lo que ellos, pero sé que robaban y consumían drogas”, me cuenta Gerardo.

Gerardo es consciente de que la magia lo ha salvado de acabar en malos pasos. Estudió en la prepa 51, que según él es una de las escuelas más rudas de la zona. “No estudiaba. Me dedicaba a vender drogas y pasarla bien”, me cuenta. Apenas y pudo graduarse; dice que todos sus amigos estaban en las mismas.

La madre de Gerardo le pidió ayuda a Nancy, y hoy el chico ha cambiado. Al final ha sido aceptado en una universidad local, donde está estudiando medicina.  También se ha vuelto un mejor brujo.  Un día lo encuentro en la sala de limpias preparando a varios pacientes.  Me confiesa que ha estado leyendo muchos libros de magia antigua y que sus habilidades han mejorado desde que comenzó su aprendizaje.

Cuando veo a Nancy, le cuento lo que me dijo Gerardo.  Ella sonríe y me dice.  “Aquí está seguro el niño.  Lo apartamos de las malas compañías.”

Nancy dice que la gente tiene ideas erróneas sobre el poder de los brujos y hechiceros. “Este trabajo no es fácil, es un trabajo peligroso con muchas tradiciones que no revelamos.  Pero si naciste marcada para ser parte, no te puedes negar. Los espíritus te han escogido.” 

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Más que Amparito, es esta empresa petroquímica la moza de la que todos los venezolanos se prendan en Barranquilla: filial de la estatal Pequiven, quedó en manos del gobierno interino de Juan Guaidó cuando Colombia, como otras democracias occidentales, desconoció el régimen de Maduro en 2019. Pero la medida no sirvió para protegerla, sino para dejarla a merced de las maniobras de un ingeniero con conexiones políticas y de su grupo, quienes no dudaron en pasar de gestores y contratistas de la compañía a hacerle competencia. 

24-11-21
Los amigos de la vicepresidenta dan la hora en la UCV

A pocos meses de su tercer centenario, la principal universidad del país fue tomada por el gobierno, de noche y tras muchos años de asedio. La ocupación se presenta benévola, dirigida por egresados afectuosos, y con el propósito único de restaurar el esplendor de un campus que hace más de dos décadas fue proclamado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Pero, aún si nadie conoce los alcances y criterios profesionales de la intervención, hay un contratista que ya sabe de sus beneficios: Racar Ingenieros, una empresa con relaciones de vieja data con Delcy y Jorge Rodríguez.

Expulsado y con la muerte a cuestas

Una joven pareja de los llanos centrales venezolanos intenta desde 2020 llegar a Ecuador atravesando Colombia. Pero todas las rutas los conducen a la desgracia: ya han dejado dos hijas enterradas en el camino. El destino todavía les jugó otra mala pasada este año cuando al padre lo acusaron de participar en el bloqueo de una carretera y las autoridades lo expulsaron sin miramientos.

Una redada de venezolanos en Bogotá terminó en el Orinoco

El 23 de noviembre de 2019 fue un día de cuchillos largos en el barrio de Patio Bonito. En medio de protestas en la capital colombiana, una razzia policial recogió indiscriminadamente a los migrantes que encontraba en la calle y los arrastró a centros de detención. Allí los agrupó con otros individuos hasta llegar a 59, los montaron en un avión hacia la frontera con Venezuela y, para completar la expulsión colectiva, debieron sortear la ira de las turbas xenofóbicas.

El 'delivery' que nunca regresó

Miguel Ángel Calderón, un repartidor de domicilios venezolano, fue acusado de espiar en Bogotá al presidente colombiano, Iván Duque, solo por grabar un video en la vía pública que iba a compartir con su esposa por Whatsapp. La acusación se hizo pública por los medios. Trató de defenderse con la ayuda de abogados y ganó un amparo en tribunales pero, aún así, fue expulsado y no ha logrado regresar a Colombia para estar con su familia.

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