Luces, webcam y acción

A pesar de la crisis económica que vive Venezuela, hay quienes han logrado salir airosos entrando al mundo de la pornografía o el modelaje erótico en la web. Las webcamers se han convertido en un caso de emprendimiento: con tan sólo unos minutos frente al computador pueden hacer tanto o más dinero de lo que a otra persona en un trabajo común le tomaría un mes.

30 enero 2016

Como la bailarina y productora audiovisual que fue por muchos años, Yllen sabe qué funciona con el público y qué no. Cuida que la luz sea la adecuada, que el micrófono se escuche y la cámara se ubique en la posición correcta. No duda tampoco en chequear que el maquillaje y el vestuario estén bien. La diferencia es que esta vez no transmite desde un gran estudio. Lo hace desde la comodidad de su sofá, frente a su computadora y lo ha catalogado como “la noche de vestiditos”.

El cliente, del otro lado de la pantalla, entra a la sala de chat, le dice a Yllen lo mucho que le gusta cómo le queda el vestido y pregunta: “¿Lo podrías cambiar por uno de otro color?”. Ella lo complace no sin antes quitarse de manera insinuante lo que lleva puesto. Continúan en ese juego por una hora y, así, sin moverse de su casa, Yllen ha ganado lo que a muchos otros venezolanos les cuesta un mes o más de trabajo.

Yllen, quien se hace llamar La diva erótica, es de contextura delgada, cabello rojizo, sonrisa amplia, sin operaciones de senos o de trasero, está casada y –un dato todavía más notable, pues contradice el lugar común de las barely legal– tiene 47 años. Trabaja desde hace un poco más de un año como modelo erótica en la web o lo que se conoce con el anglicismo de webcamer. Un negocio que, gracias a las infinitas posibilidades de internet, se ha convertido en uno de los más lucrativos en todo el mundo y especialmente atractivo en Venezuela, donde hay un control cambiario instaurado desde 2003 que ha provocado la creación de un mercado paralelo de divisas que supera a la tasa oficial más alta en 600%.

“Todo ha sido una consecuencia tras otra. La situación del país, tenía pocas alumnas en mi escuela de danza y la respuesta fue obvia: hay que ganarse el dinero afuera. Y lo primero que se me ocurrió no fue irme, sino ganarme el dinero por internet”, responde Yllen cuando se le pregunta cómo inició en el mundo del webcam y modelaje erótico. “Empecé a darle la vuelta. ¿Cómo gano dinero por internet? E inevitablemente caes en el mundo del sexo. Y está bien, porque el sexo siempre ha sido un buen negocio”, agrega. Como Yllen, cientos de venezolanos están explorando las diferentes aristas de la industria del sexo como una manera de sobrellevar la crisis económica del país.

Casada y de 47 años, Yllen incursionó en el mundo de los webcamers motivada por la crisis económica venezolana. Foto: Yllen.net.

Hecho en casa

La industria del sexo en Venezuela tiene diversas vertientes. Existen las actrices porno, que usualmente graban sus escenas fuera del país y comercializan su trabajo internacionalmente; la modelo erótica en la web, que explota el erotismo o realiza actos sexuales frente a una cámara; la vedette, que representa una figura sexual mediática (a lo Diosa Canales); y las escorts, que ofrecen servicios sexuales y son conocidas coloquialmente como “prepagos”. La línea entre una y otra es muy delgada, pero solo algunas osadas logran desenvolverse con destreza entre todos los niveles.

En Venezuela no hay una industria establecida del porno y, como es usual, lo poco que se hace es producto de la improvisación. “Yo no he visto que en el país haya una industria como tal porque una industria significa que existan ganancias, que haya estructura de costos, la creación de compañías, productoras, y nada de eso existe”, explica David Páez, periodista especializado en porno y manager de talentos.  Unido a esto, no existe un marco jurídico que regule la actividad. En el año 2010, hubo un intento en la Asamblea Nacional de establecer un Plan de Acción Nacional para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, prostitución y pornografía. Pero quedó solo en discusión.

Varias venezolanas se han abierto paso por su cuenta en la industria global del porno. Victoria Lanz y Allison Miller fueron las pioneras. Hoy, ambas están retiradas y se convirtieron en DJs. Verónica Rodríguez y Rose Monroe le siguen los pasos en la actualidad. Las dos están radicadas en los Estados Unidos. Pero hay quienes no ven la necesidad de abandonar el país para ganarse la vida mostrando sus desnudeces. “Hay muchos venezolanos que se van un tiempo a otros países a grabar un par de escenas porno y vuelven. Yo gano mi plata afuera en dólares y la gasto aquí en bolívares. Para mí es más rentable así”, cuenta el porn star venezolano Zeus Rodríguez, quien espera en un futuro montar una productora en el país.

“También el control cambiario ha provocado que productoras de otros países vengan a grabar escenas en Caracas porque les sale más económico. Aquí podemos hasta grabar en buenos hoteles y todo el producto se termina vendiendo afuera”, explica Rodríguez. La estrella del porno español y productor, Nacho Vidal, quien nunca ha ocultado su predilección por las venezolanas, ha venido a grabar varias escenas en Venezuela en los últimos años.

Más allá de la grabación de películas, la industria tanto en Venezuela como en el resto del mundo se está moviendo inevitablemente al negocio del modelaje erótico en la web. “Tengo un amor-odio por las webcam. Amor porque es una nueva forma de hacer dinero pero odio porque ha desplazado el rol del intermediario (las productoras y managers). Está eliminando el negocio como lo conocíamos hasta ahora”, comenta Páez con tristeza.

15 minutos de salario mínimo (y fama, tal vez)

Yllen hace hincapié en que no se dedica a la pornografía y que el contenido que produce es solo “altamente erótico”. Además de dedicar parte de sus días a transmitir en vivo en salas de chats online a través de diferentes plataformas de internet, en su página web personal ofrece videos y fotografías eróticas, consejos, intercambio de mensajes “calientes” y sesiones de Skype privadas.

Yllen.net cuenta con pasarelas de pago con planes tanto en bolívares como en dólares. Una sesión privada de 15 minutos en Skype puede llegar a costar 12 dólares, lo que significa, en el mercado paralelo de divisas, un poco más de un salario mínimo mensual en Venezuela. “Podría decirse que hago soft porn. Es decir no vas a ver imágenes explícitas ni penetración. La mayoría de las veces hago un show de pole, me ven de cuerpo entero y me voy desvistiendo. Pero son pocas las chicas que se dedican solo al erotismo”, expresa Yllen.

Tal es el caso de Mabella Rivas, actriz porno venezolana que además de grabar escenas en otros países y ofrecer shows eróticos en vivo en locales nocturnos, también realiza sesiones personalizadas por Skype en donde hace mucho más que desvestirse. “Me contactan por Twitter, me transfieren el dinero y listo. En una sesión regular me piden que me toque los senos y que me masturbe. Curiosamente la mayoría son parejas que quieren que las vea teniendo sexo mientras yo estoy del otro lado de la pantalla”, explica Mabella, quien para el momento cuenta con 34.000 seguidores en Twitter y cobra hasta 30.000 bolívares (alrededor de 30 dólares, apenas, según la cotización del dólar en el mercado negro) por una hora en Skype.

Mabella expresa abiertamente que entró al negocio no solo por el dinero sino porque es un trabajo que disfruta a plenitud. Además cuenta emocionada cómo recibe regalos de sus admiradores. “Algunos son capaces de darme lo que sea por una sesión en Skype. También me llenan de regalos. Me envían flores, vibradores, ropa íntima y hasta me piden matrimonio.”

Para ser una webcamer simplemente se necesitan una computadora y buena conexión a internet. El proceso comienza al inscribirse en cualquier página que ofrezca el servicio, tales como Chaturbate o WebCamGirls, que usan un sistema de “propinas”, como en los burdeles, permitiéndole al usuario ver ciertos actos sexuales según el dinero que vaya desembolsando. Otras páginas, como Sexole, en vez de usar propinas, le pagan a la modelo erótica por cada minuto de transmisión en vivo.

Recientemente comenzó a comercializarse una página web como el primer estudio virtual de modelaje web erótico y red social para adultos de Venezuela. Se llama Venecam y la oferta es sencilla: obtener dinero fácil en moneda extranjera y la posibilidad de transmitir desde el anonimato al permitir el bloqueo de la transmisión a ciertos países.

La actriz porno, Mabella Rivas, junto al manager de talentos, David Páez. Foto: @sexionprivada.

Las chicas que han logrado publicitarse adecuadamente en sus redes sociales pueden hasta llegar a prescindir de estas páginas intermediarias. “Prefiero ser independiente. No me meto en estas plataformas de webcam porque siento que no se gana tanto como haciendo mis transmisiones de Skype sola. Mientras más publicidad te hagas, más dinero ganas”, comenta Mabella.

Lo hace cualquiera, pero no una cualquiera

“Hay personas que me escriben por la página web y preguntan cuánto vale el ‘servicio’. Entiendo que esto se presta para la gente crea que tú eres escort. Lo piden mucho. El sexo es dinero rápido y muchas chicas están buscando eso”, expresa Yllen quien asegura que nunca ha llegado más allá del contacto virtual con un cliente.

La línea entre el porno, el modelaje erótico y la prostitución parece ser cada vez más delgada. Sobre todo en un país en donde no existe una industria del porno establecida. Las opiniones entre los entrevistados para este reportaje son diversas. Algunos piensan que cualquier acto sexual en donde haya un intercambio de dinero puede considerarse prostitución. Mientras que otros, en específico los actores pornos, alegan que mientras exista un guión y una producción no puede considerarse prostitución.

La psicóloga y terapeuta de parejas, Belkis Carrillo, explica que las consecuencias psicológicas de una actriz porno o webcamer son las mismas de una persona que se dedique a la prostitución. Para Carrillo cualquier trabajadora sexual tiene poco valor personal y puede caer en adicciones eventualmente para alejarse de la realidad. “Terminan siendo solo un cuerpo que produce excitación a otros. No hay sentido de trascendencia y legado. Es un trabajo mecánico que puede hacer cualquiera”, alega la terapeuta.

Los entrevistados coinciden que este tipo de temas no entrarían en discusión si viviéramos en una sociedad con menos tabú. “En nuestro país es muy fuerte el qué dirán, la presión social y familiar. A estas chicas no las ayuda el entorno”, expresa el manager David Páez.

Y mientras esta disyuntiva se resuelve, Yllen instala una barra de pole dance en la sala de su casa, se coloca unas botas altas, lencería sexy y se conecta al Skype para su siguiente show.

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