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La versión de Carlos Gill

El presidente del grupo Corimón asegura que nada tiene que ver con la compra del diario El Universal. Ni siquiera con su nuevo presidente, a pesar de que el hermano morocho de este está al frente de algunas de sus compañías.

19 diciembre 2014

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El pasado domingo 14 de diciembre, horas después de publicado el reportaje El citizen Gill compra medios por América Latina, el empresario Carlos Gill se comunicó con quien suscribe estas líneas. El exbanquero y actual propietario del grupo Corimón en Venezuela expresaba en la llamada telefónica su estupor por el contenido del reportaje y los señalamientos que allí se hacían acerca de su persona. Gill aseguró que su equipo jamás le informó de los esfuerzos hechos por este periodista para conocer su versión. “Tengo el mismo teléfono desde hace 18 años y un correo electrónico que está en la página web de Corimon”.

Este trabajo se viene preparando desde hace tres meses e incluye pesquisas en Bolivia. En la sede del grupo Corimón informaron que Gill no vivía en el país. Proporcionaron un email equivocado y sugirieron, por último, que era más fácil ubicarlo a través de Proa Comunicaciones, la agencia de comunicaciones capitaneada por su esposa Chepita Gómez. En un correo enviado a Vivianne Agudelo, vicepresidenta de esa compañía, se reiteró la solicitud. Nunca hubo respuesta.

Gill dice que toda su vida ha sido un hombre de trabajo: que ha participado en la reestructuración de ocho bancos, que hace 20 años rescató a Corimón de la crisis y la convirtió en un negocio rentable que se internacionalizó, que fue director-presidente de Mercedes Benz, que recientemente compró la cadena de comida rápida Wendy’s y que ha visto la posibilidad de invertir en medios de comunicación por varias razones. Una de ellas: su esposa, hija del editor de El Informador de Barquisimeto, es, además, periodista.

“A mí se me presentó hace ocho años la posibilidad de adquirir dos diarios en Bolivia, La Razón y Extra, directamente al grupo Prisa. Yo conozco directamente a Manuel Polanco. Yo participé en una de las reestructuraciones de esa empresa española. Ellos estaban buscando salir de unos activos en América Latina y llegamos a un acuerdo que se anunció en la prensa”.

Con ello Gill pretende echar por tierra la versión expresada tanto en el reportaje como en el libro A control remoto, del periodista boliviano Raúl Peñaranda. Que La Razón y Extra, junto a una televisora llamada ATB fueron adquiridas en 2008 por una empresa creada especialmente para la transacción llamada Akaishi para ocultar la identidad de los nuevos propietarios. Un esquema que calca al utilizado para la venta de las marcas de la Cadena Capriles (hoy Grupo Últimas Noticias) y del periódico El Universal. “Yo negocié directamente con ellos y el acuerdo se hizo público de inmediato. No tengo nada que ver con Akaishi”.

El equipo de Gill envió una información publicada en el medio español Cinco Días para darle credibilidad a su versión. En la edicióndel 22 de octubre de 2009, en efecto, se anuncia el acuerdo del empresario con Prisa, que consistió en “la permuta de unos activos en Bolivia a cambio del 12% de la participación que Gill tenía en la cadena de televisión estadounidense V-me Media Inc”. Esta explicación, sin embargo, contrasta con lo expresado por el periodista Raúl Peñaranda en su libro. Once meses antes, en noviembre de 2008, el reportero recibió una llamada de un colega que trabajaba en una oficina gubernamental de prensa. “Me dijo que los empresarios venezolanos Carlos Gill y Jordán Silva, que ya habían concretado el proceso de compra de La Razón, deseaban hablar conmigo para ofrecerme la dirección del periódico”. Son once meses al menos en los cuales nadie reclama la propiedad del medio.

Carlos Gill no le da credibilidad a la versión manejada por Peñaranda en su libro y ratifica que no encubre sus transacciones. “Yo soy accionista del diario El Nacional. Por eso mi esposa está en la junta directiva de ese diario, así que nada tengo que ver con el diario El Universal ni con el señor Jesús Abreu Anselmi. Conmigo sí trabaja desde hace 20 años su hermano Rafael Enrique, quien también está en Bolivia como presidente de la junta directiva de Ferroviaria Oriental, cuya sede está en Bolivia y en Venezuela preside la compañía de pinturas Sherwin Williams.

Gill dice que ha decidido expandir sus intereses en el sur, específicamente en Bolivia, Paraguay, Argentina y Uruguay, por el potencial de estos países para hacer negocios. “¿Por qué los periodistas no hablan de las cosas buenas que hace uno? ¿Tú sabes lo que cuesta mantener en Venezuela a una nómina de más de 10 mil empleados en Venezuela y 7 mil fuera del país? ¿Tú tienes idea de eso?”, pregunta.

Gill también niega que la línea editorial de La Razón sea impuesta o se acuerde con el gobierno del presidente Evo Morales. “Es un medio sin sesgo político”, advierte, como para terminar de despachar las versiones que señalan que se ha puesto su dinero al servicio del gobierno de Bolivia como una manera de agradecer el aumento exponencial de su patrimonio durante los tres lustros de gobierno chavista.

En Bolivia también se especula que Gill es uno de los empresarios que financió la construcción del teleférico entre la capital de Bolivia, La Paz, y la vecina ciudad de El Alto, un enclave donde el presidente Evo Morales se ha hecho muy fuerte. “A mí me interesa la logística”, respondió. “Me parece que esa obra es un ejemplo para el mundo. No he puesto dinero allí”. Fue la última pregunta que permitió: “Te dejo porque voy a volar”.

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