¿Feminicidio en 2018? No es para tanto. ¿Desfalco a la Nación en 2024? Apenas dos años tras las rejas y después ya se verá. Eso es lo que ha obtenido Manuel Parra Ramírez, oficial de la Guardia Nacional, en su constante regateo con la justicia. Acumula en su haber un par de procesos penales: de uno nunca rindió cuentas reales y del otro acaba de salir por una medida cautelar. ¿Qué lo hace invulnerable? Quizás la sombra protectora de un viejo compañero de armas que hoy es el rostro emblemático de la tortura en Venezuela.
Cada investigación nos toma semanas, meses y hasta años. Tu donación financia ese trabajo.
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
La noche del 28 de abril de 2018, en el restaurante Montes SC, en San Cristóbal, capital del estado Táchira, se sentaron a la mesa Karla Stefanie Romero Quintero, Danny Wualid Hamdan Vera, Cristian Orlando González Romero y Manuel Salvador Parra Ramírez.
Para cada uno de los presentes la ocasión tenía un significado distinto. Para Karla Romero era el final de una relación con Parra Ramírez que, esperaba, pasaría a ser una simple amistad. Danny Handam la interpretó, en cambio, como una velada con su prima Karla y su jefe, el propio Parra Ramírez. Cristian González la tenía por una invitación cordial del novio de su tía Karla. Y para Parra Ramírez fue el umbral de un crimen.
“Cuando Karla vuelve a la casa [esa noche], me dice que hubo algo raro”, recuerda al teléfono su hermana, Luz del Mar Romero, desde la distancia que ofrecen su exilio en Estados Unidos y los ocho años transcurridos desde el asesinato de Karla.
“Un mesero se acercó y le dijo a Manuel que si él iba a pagar la cuenta de la mesa que estaba cerca, con dos personas”, dice la hoy exiliada que su hermana le comentó esa noche en la que el verdadero final empezó. Pero Karla Romero, entonces estudiante de cuarto año de Derecho en la Universidad Católica del Táchira, pronto abandonó la suspicacia frente a ese detalle para aceptar la explicación que le dio su, hasta entonces, amigo íntimo, Manuel Parra Ramírez, Mayor de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) en 2018: que aquellos hombres formaban parte de su escolta de rigor.
La cena —cuyas escenas el reportero de esta historia pudo reconstruir a partir de testimonios de una fuente viva y de testigos citados en tribunales— había servido a manera de una despedida que Karla Romero y Manuel Parra Ramírez pactaron. Se habían enredado en una relación desde un año antes, pero él tenía esposa; ella tenía novio. Karla Romero quiso cortar con Parra. Este no solo accedió, sino que, en un gesto de gallardía, la invitó a comer con sus familiares. Todo transcurrió en paz y con normalidad durante la velada en el Montes SC, si se deja de lado la presencia de los dos hombres, en la que Romero solo reparó por la pregunta del mesonero.
“Yo le dije a Karla que no podían ser escoltas, porque los escoltas están con las personas siempre y no llegan antes [que sus escoltados]”, sigue por teléfono Luz del Mar Romero, a quien Parra también invitó a la cena, invitación que prefirió no atender por una razón sencilla: el militar nunca le cayó bien, asegura.
Menos de dos semanas después, Karla Romero estaba muerta.
Murió asesinada de tres balazos, uno en la espalda y dos en la cabeza, al mediodía del miércoles 9 de mayo de 2018, en la urbanización Pirineos III de San Cristóbal. Las investigaciones posteriores demostraron, como quedó registrado en el expediente del caso que revisó Armando.info para esta historia, que los dos hombres de la mesa contigua eran Ledynsson Berkley Becerra Castillo, sargento de la GNB, y un viejo amigo de éste, Wilfrid Andrés Tovar Landetta. La noche de la cena, de acuerdo con lo que describieron testigos a los que el expediente cita, no estaban acompañando a Parra Ramírez como escoltas, sino que estaban precisando los rasgos de Karla Romero para describirla después a los sicarios que debían matarla. Meses después, Becerra Castillo y Parra Ramírez quedarían imputados como “cooperadores inmediatos del feminicidio agravado” de Karla Romero.
Pese a varias citaciones a declarar y de ser objeto de una orden de aprehensión por este caso, Manuel Salvador Parra Ramírez no solo no fue detenido, sino que siguió ascendiendo en la jerarquía castrense chavista. Aún después del suceso, al que la prensa cubrió y que la familia Romero se esforzó en dar a conocer con protestas ante los tribunales, Nicolás Maduro le confirió en 2020 el grado de teniente coronel para incorporarlo a su anillo de seguridad en la Guardia de Honor Presidencial, un organismo en el que había estado, previamente, en 2011. Y luego, en 2022, quedó designado como presidente de PDV Marina, la filial de la petrolera estatal Pdvsa a cargo de su flota de tanqueros.
En este último destino burocrático, Parra Ramírez quedó expuesto a tentaciones aún mayores para cometer irregularidades. En 2024 fue puesto en prisión por las redadas que las autoridades del gobierno de Maduro iniciaron con las investigaciones del llamado Caso Pdvsa-Cripto. Pero su buena estrella, quizás encarnada en buenas influencias, acaba de manifestarse de nuevo: en febrero de 2026, un mes después de la operación comando estadounidense en Fuerte Tiuna por la que fueron capturados Nicolás Maduro y Cilia Flores, quedó libre mediante una medida sustitutiva de libertad que cumple hasta hoy en día, sin dejar de asistir al juicio que se le sigue por el desfalco, cuyas audiencias orales se iniciaron el reciente 20 de abril en Caracas, a cargo de la jueza Alejandra Verónica Romero Castillo.
Si bien es cierto que la carrera de Parra Ramírez se catapultó desde los cuarteles hasta llegar a la industria petrolera, habrá que matizar este hecho con una salvedad: el impulso para esa trayectoria vino menos de sus propios méritos que de la influencia de un primer mentor, Antonio José Pérez Suárez, este un oficial del Ejército.
Con el rango de coronel y a sus 44 años de edad, Pérez Suárez se convirtió en Vicepresidente de Comercio y Suministro de Pdvsa, un despacho clave, encargado de aprobar las ventas, exportaciones y los contratos a largo plazo de la compañía. De ese puesto gerencial no saldría sino directo a la cárcel en marzo de 2023, arrestado por la Operación Caiga quien Caiga, con la que el régimen chavista purgó a los implicados en la trama de corrupción en la petrolera estatal, todavía bajo la administración de Nicolás Maduro.
Pero Pérez Suárez ya campeaba en la burocracia de las empresas estatales años antes de esa razzia. Por ejemplo, en 2016 asumió como Presidente de la Empresa de Distribución de Productos e Insumos Venezuela Productiva, C.A. y enseguida insertó su propio entorno en el tren gerencial. En el séquito venía Manuel Parra Ramírez, el futuro feminicida, que pasó a ocupar la vicepresidencia de Venezuela Productiva. La mancuerna seguiría en acción a partir de entonces.
“Cuando estaba en la Guardia Presidencial fue designado en Pdvsa”, recuerda, en conversación con Armando.info, Ulbano Miguel García, abogado de la familia de la agraviada en el feminicidio de Karla Romero. Alude al nombramiento de Parra Ramírez en la presidencia de PDV Marina. Allí llegó a instancias de Pérez Suárez, quien ya le había dado otro voto de confianza al designarlo, en 2021, encargado del despacho de la Vicepresidencia de Comercio y Suministros. Pero con el cargo no cesaron los reconocimientos oficiales para Parra. Ese año, obtuvo el grado de teniente coronel por orden de Nicolás Maduro. La estrella de Parra Ramírez refulgía en 2020.
Luego instalado en PDV Marina, en 2022, cuando tomaba cuerpo el desfalco a Pdvsa mediante cargamentos que la petrolera, para evadir las sanciones internacionales, confiaba en consignación a traders improvisados que o no reembolsaban los ingresos de su comercialización o solo lo hacían parcialmente, Parra Ramírez ya decidía qué pasaba con los buques de la compañía.
Lo sorprendente fue que siguió desempeñando esas funciones todavía después de que su mentor, Antonio Pérez Suárez, cayera en prisión en 2023. El turno para su detención le tocó a Parra Ramírez el 11 de mayo de 2024.
De acuerdo con la investigación administrativa, identificada como GNB-CG-IG-DE: 015-24, y al que se tuvo acceso para esta cobertura periodística, a Parra Ramírez también le abrieron un procedimiento disciplinario ordinario por “delito asociado a corrupción y delincuencia organizada”.
La narración de hechos, que también se revisó durante la reportería, detalla que el 11 de mayo de ese año, una comisión de cuatro funcionarios de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim), encabezada por la primera teniente Ivana Escalona, detuvo a Parra Ramírez en la Escuela de Formación de Guardias Nacionales Coronel Martín Bastidas Torres, en Los Teques, estado Miranda. Se le trasladó entonces a la sede del organismo en Boleíta Norte, en Caracas.
A través de fuentes tribunalicias, Armando.info pudo corroborar que Parra Ramírez quedó en libertad a comienzos de 2026 por una medida cautelar, y continúa asistiendo a las audiencias del juicio de Pdvsa-Cripto.
Otros documentos revisados a la vez permiten conocer que Parra Ramírez no había sido desincorporado de las Fuerzas Armadas en 2025, cuando todavía permanecía activo y percibía su sueldo como oficial de la GNB. De hecho, ha acudido al juicio de Pdvsa-Cripto vestido con el uniforme militar como funcionario activo.
Para el abogado Ulbano Miguel García, la salida de Parra Ramírez de la prisión es indicio de un padrinazgo todavía en funcionamiento en medio de la tímida transición política que los hermanos Rodríguez Gómez —Delcy y Jorge— ahora conducen desde el poder y bajo la tutela de Washington, por la que una parte de la estructura anterior del régimen chavomadurista ya fue desmantelada
La protección a Parra podría provenir, según el togado, de un antiguo compañero de estudios de Parra Ramírez, egresado en 2003 de la antigua Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación (Efofac) como parte de la II Promoción Batalla de Mata de la Miel. Se trataría de Alexander Enrique Granko Arteaga, actual director de Operaciones Especiales de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim) y, desde hace tiempo, rostro emblemático de la tortura en Venezuela, según lo ratifican diversos informes de organizaciones internacionales.
Esta versión tiene otros fundamentos, además de coincidir en una cohorte de graduados. Por ejemplo, Luz del Mar Romero recuerda que en 2018, pocos meses antes del asesinato de Karla Romero, la familia coincidió con Parra Ramírez en un restaurante de La Guaira, antes de que tomaran un ferry a la isla de Margarita. En ese encuentro inesperado, Parra Ramírez, quien almorzaba con un grupo de oficiales, les presentó a uno de ellos, un viejo amigo y compañero de promoción: el coronel Alexander Enrique Granko Arteaga.
Tales antecedentes, junto a otros como, por ejemplo, una relación previa de Parra con Roberto Leyba, expareja sentimental de una de las hijas de Hugo Chávez, pusieron justificadamente en sobreaviso a la familia Romero, que acudió a la prensa a comienzos de este año en un intento por prevenir que sus palancas en el régimen dieran lugar a la libertad de Parra, en medio de todos los desajustes que produjo en el organigrama del poder la captura y extracción de Nicolás Maduro. Pero sus alertas fueron la voz del que grita en el desierto. Mientras la familia de Karla Romero hacía su campaña de medios, Manuel Salvador Parra Ramírez salió de la cárcel. Ni la familia ni el abogado han podido precisar dónde reside hoy. Tampoco lo logró Armando.info para esta publicación.
“Lo que sabemos es que siempre está el ángel que lo salva de todo. Porque todos los demás están presos, menos él”, añade, con desazón, el abogado de la familia Romero, en referencia al grupo de 64 imputados por el caso Pdvsa-Cripto.
La suerte de Parra Ramírez, quien se libró de su responsabilidad en un “femicidio agravado”, no es un caso aislado. En realidad, la impunidad es la norma en Venezuela cuando los perpetradores de feminicidios son funcionarios de cuerpos de seguridad.
“Este patrón [de impunidad] es más frecuente en los militares. Con funcionarios de la policía [que cometen este tipo de delitos] pasa que es posible conseguir un padrino, como un gobernador”, expone la abogada Estefanía Mendoza, coordinadora de la ONG Mulier, dedicada a la visibilización de abusos contra las mujeres. “Pero en el entorno militar, la estructura de padrinazgos se concibe como la misma estructura del poder en Venezuela”.
“Esto tiene que ver”, continúa Mendoza, “con cómo se ha organizado el régimen en estos años, que ha hecho que los militares cierren filas y se cuiden entre ellos, porque esa lealtad hace que exista temor de meterse con ellos”.
La coordinadora de Mulier entiende que los casos de feminicidios sin castigo como el de Karla Romero se conectan con el tinglado de la corrupción estructural y de la adhesión al régimen. “Es un cuadro que funciona para la represión: yo no voy a regañar [a un oficial colega] porque le pega a las mujeres, porque es la misma lógica de abusos”, subraya.
Por su parte, la antropóloga Aimée Zambrano, coordinadora general del Monitor de Feminicidios de Utopix, una ONG que también pone atención en el tema, ve otro posible vínculo entre la recurrencia de crímenes cometidos por efectivos castrenses y la violencia inherente al ejercicio de la carrera militar. “La carrera militar es violenta”, alega, “porque implica una construcción de masculinidad violenta. Existe el pacto entre pares, entre hombres, y esto es algo que está muy presente. Y entra otro tema, que es el tipo de trabajo que hacen [los militares en Venezuela], asociado al poder y a cómo se ejerce el poder”.
A ese factor clave en un régimen de ADN militar, le suma el crónico retraso procesal, enquistado en un sistema de justicia permeable a las influencias políticas para beneficiar a perpetradores de crímenes y revictimizar a quienes los padecieron o a sus familiares. Tal como ocurrió en el caso de Karla Romero.
“Debemos tomar en cuenta que sólo hay justicia cuando hay una sentencia. Solo ocurre cuando este hombre que comete un femicidio tiene una sentencia. Pero con los retardos procesales en Venezuela, tarda mucho en llegar la justicia”, añade Zambrano.
La totalidad de estas circunstancias se integran en una paradoja que Estefanía Mendoza menciona: durante 27 años, mientras el chavismo gobernante no se ha cansado de proclamarse feminista y hasta consiguió promulgar una legislación de avanzada como la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, de manera simultánea, en la práctica concreta, favorecía una política de Estado violatoria de todos esos derechos.
“El gobierno ha sido astuto en el manejo del tema de derechos de las mujeres. Tiene una cara pública con la Ley, una ley modelo en el país y Latinoamérica, es verdad”, reconoce Mendoza. “Pero es, a la vez, una ley sin presupuesto, discusión, seguimiento ni estructura, y una ley sin todo eso es sólo una hoja que no sirve de nada”.
Se trata, resume, de una propensión narrativa del régimen,pero sin reflejo en los hechos. “Ellos siempre se han llamado feministas. Y han tratado de capitalizar eso porque es un punto de honor de la izquierda: decir que sí, que están en esa lucha [en pro de los derechos de las mujeres], pero tienen cero interés en que eso se haga realidad”.
Todas las señales que con su conducta Parra Ramírez emitió después del asesinato de Karla Romero sirvieron para alimentar las sospechas en la familia de la víctima. Cuando la familia de Karla Romero lo llamó para darle la noticia, apenas adujo que estaba de servicio. El militar nunca les dio ninguna palabra de pésame. Tampoco asistió ni al velorio ni al entierro de quien fuera su pareja. El hombre que con tan buenos modales había invitado a Karla Romero y familiares a una cena de cierre de su relación, de pronto ni se inmutaba por el crimen.
Las investigaciones, detalladas en el voluminoso expediente del caso determinaron, mediante los cruces telefónicos y las confesiones tanto del sicario ejecutor como del motorizado que lo llevó al lugar del crimen, que Parra Ramírez ordenó la muerte de Karla Romero.
De acuerdo con el expediente, Parra Romero contó al sargento Ledynsson Berkley Becerra Castillo sus propósitos feminicidas. Este, entonces, contactó a su amigo de la infancia, Wilfrid Andrés Tovar Landetta , para que encontrara un brazo ejecutor en los bajos fondos de esa región fronteriza con Colombia. Becerra y Tovar eran el par de sujetos que durante la cena en el restaurante Montes SC no le quitaban la vista de encima a Karla Romero.
Las fotos que le tomaron a la víctima en el local y las precisiones que retuvieron sobre ella, de acuerdo con lo que comenta el abogado de la familia y dijeron los testigos en el expediente, fueron insumos para Jaiver Enrique Velasco Colmenares y para Henderson Daniel Hernández Vargas, los autores materiales del asesinato por encargo. El primero persiguió a Karla Romero en la calle, la tomó por los cabellos, la empujó al suelo y le disparó tres veces. El segundo trasladó al sicario al lugar del crimen, esperó en una motocicleta a que el asesinato se consumara y, luego, condujo hasta un lugar en el que entregaron el arma homicida a Becerra Castillo.
En un primer momento, y por el hecho de que el tirador también se llevó el teléfono de Karla, el suceso fue manejado como un robo.
Cuando Karla Romero fue sorprendida por Colmenares en la entrada de un edificio, estaba hablando con su novio por teléfono, algo que también recoge el expediente. En efecto, Juan Miguel Casanova Toledo, el novio, luego declararía que hablaba con ella al momento del ataque, según consta en el expediente. “Me respondió y me dijo que estaba llegando al apartamento, que iba a almorzar para regresar de nuevo a la universidad. En eso escucho que Karla grita fuerte y se cae la llamada”. Sin que Casanova lo supiera, simultáneamente ella caía abatida por los tres balazos.
Después de varios llamados que Parra no atendió, finalmente, el oficial de la GNB acudió a declarar ante el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc, ente de investigaciones, auxiliar de la fiscalía) de San Cristóbal, el 13 de junio de 2018. Sostuvo que, en el momento del asesinato de Karla Romero, se encontraba en el Destacamento de Frontera N° 353 de la GNB, en Guasdualito, estado Apure, otra zona fronteriza con Colombia, como el propio estado Táchira. Admitió su relación con Romero y que su esposa sospechaba sobre la existencia de esa relación. Pero, en definitiva, aseguró desconocer las circunstancias del crimen.
Para este trabajo, Armando.info intentó obtener la versión de Parra Ramírez a través del abogado que lo representó en el caso, José Alexander Chivico, quien declinó ofrecer cualquier comentario, asegurando que perdió contacto con él desde hace mucho tiempo y que está impedido de ofrecer declaración alguna al respecto. También se contactó a Katty Marín, abogada de Parra Ramírez en el juicio del caso Pdvsa-Cripto. No se recibió respuesta ni a los mensajes ni al cuestionario enviados.
“Si a Parra no lo incorporan a Guardia Presidencial, lo hubiesen capturado”, lamenta, entretanto, Ulbano Miguel García, el representante de los Romero.
Otro detalle no menor en este caso ocurrió en febrero de 2019, cuando el presidente del Tribunal Supremo de Justicia, Maikel Moreno, ordenó el traslado del caso del feminicidio desde los tribunales de Táchira hasta Los Teques, capital del estado Miranda, en el extrarradio de Caracas, donde, como denuncia Ulbano Miguel García, quedó engavetado.
Pero esa inacción todavía debió lucir a Parra como una garantía débil, pues en febrero de 2020 pidió el sobreseimiento del caso a Johana Rivera, jueza del Tribunal Sexto de Primera Instancia en Funciones de Control, con sede en Los Teques. Meses después, Parra Ramírez quedó incorporado en el anillo de seguridad de Nicolás Maduro.
Por el caso, tanto Velasco Colmenares como Hernández Vargas están en prisión, condenados por “femicidio agravado”, el nombre del tipo penal correspondiente. Ledynsson Berkley Becerra Castillo estaría en Chile, en Chile. y Wilfrid Andrés Tovar Landetta en Canadá. Y Parra Ramírez sigue en la Venezuela del “nuevo momento político”, libre del proceso por el feminicidio y enfrentando, esto sí, el juicio por el caso Pdvsa-Cripto, aunque con una medida para salir de la cárcel que no ha alcanzado a otros imputados.
¿Te indignaste con este reportaje?
No dejes la indignación en la pantalla y financia nuestra próxima investigación.
Con apenas 32 años de edad y una formación académica exigua, Alejandra Romero Castillo ya es titular del Tribunal Tercero de Juicio contra el Terrorismo, una posición clave en las prácticas del régimen para reprimir e intimidar a la oposición democrática. Ser hija de un militar chavista y su disposición a impartir castigos con severidad revolucionaria le sirven como únicas credenciales para imponer recientemente la pena máxima al yerno de Edmundo González Urrutia y conducir causas destacadas de prisioneros políticos.
Desde sus tribunales antiterrorismo en Caracas, cuatro jueces improvisados se han dedicado a, precisamente, sembrar el terror. Actúan de manera expedita e implacable, en medio de arbitrariedades y sin detenerse en formalidades, no solo concertados con el gobierno de Nicolás Maduro, sino teledirigidos desde la Sala Penal del Tribunal Supremo de Justicia y del Circuito Penal de Caracas. Su propósito: propinar castigos ejemplarizantes a quienes se manifiesten en desacuerdo con el fraude electoral.
En tan solo 21 meses, United Petroleo Corp, constituida en Panamá y sin experiencia en el negocio, obtuvo contratos -algunos, justo antes de ser disuelta- para comercializar hidrocarburos venezolanos en mercados globales por casi 500 millones de dólares. Tras ella se encuentra Rogers Ramírez Dorante, amigo y compañero de promoción de Antonio Pérez Suárez, el entonces vicepresidente de Comercio y Suministro de la estatal petrolera. Ambos militares están detenidos por la trama Pdvsa-Cripto.
Identificado por la Fiscalía del chavismo como el “jefe de la estructura de corrupción” que desfalcó miles de millones de dólares a Pdvsa, el coronel Antonio José Pérez Suárez es en simultáneo dueño de una lujosa posada ubicada en el páramo de Mérida. Su arresto también deja en evidencia que a lo largo de su carrera en la burocracia estatal chavista tejió una red de empresas, favorecidas por su gestión, y cuyos accionistas eran familiares o personas cercanas.
La promoción ‘Coronel Miguel Antonio Vásquez’ de la Academia Militar es un espejo que refleja la encrucijada que depara la llamada Revolución Bolivariana. A la primera cohorte de oficiales del Ejército graduada bajo el chavismo, que tuvo como padrino al propio Hugo Chávez, el fallecido mandatario le asignó un destino privilegiado que solo a medias se ha cumplido: mientras una parte, comandada por el coronel Antonio Pérez Suárez, número 114 del escalafón, ocupó hasta hace poco cargos clave en la petrolera estatal, otra, simbolizada en el teniente coronel Igbert Marín, número uno de la promoción, vive la cárcel y el exilio.
Los de Venezuela son unos juristas que tienen puertas giratorias. Antes o después han sido diputados, ministros o representantes de gremios bolivarianos. En este reportaje se presentan las conclusiones de un trabajo de periodismo de datos, que cruza los nombres de todos los jueces penales del país con las listas del partido de gobierno, y cuya conclusión advierte que 40% de ellos tienen militancia chavista. Destacan en este caso acólitos que condenaron a presos políticos como Araminta González e incluso el hijo de la primera dama, Walter Gavidia Flores, que estuvo a cargo de un juzgado hasta 2014.
El desplome del imperio del mercader colombiano, tras la captura de Nicolás Maduro y su posterior entrega a la justicia estadounidense, dejó en Venezuela un reguero de activos bajo custodia oficial o en el abandono. Empresas intervenidas, propiedades en zonas exclusivas de Caracas y negocios en Margarita forman parte de un particular memorial, la Pompeya del poder y la corrupción, que al quedar atrás por ahora puede ser visitado por cualquiera.
Uno de los gigantes financieros de Estados Unidos acusa a una gran cadena de televisión mexicana de simular un préstamo a través de una entidad financiera de una isla del Caribe. Detrás del banco 'offshore’, que según una demanda en Florida habría prestado cientos de millones de dólares aunque su capital es de 4 millones, están un par de venezolanos, de los que uno ha sido asesor del presidente salvadoreño, Nayib Bukele.
Un robo de casi 40 kilos de oro cerca de Upata, audaz en su planificación pero extrañamente incruento en su ejecución, dio inicio hace dos años a unas investigaciones policiales de resultado desconocido que, sin embargo, expusieron el nombre de la empresa propietaria de los lingotes. Esta resultó apenas un nodo de una red de compañías, vinculada a una terna de venezolanos, de rastro disperso en jurisdicciones de todo el mundo y con exportaciones de metales que de oro fueron pero hasta de plata, estaño y aluminio llegaron a ser.
La operación militar conjunta del pasado junio entre fuerzas de Venezuela y Estados Unidos despertó expectativas de altos quilates en el sureste del estado Bolívar, una región aurífera hasta entonces sometida al yugo de las bandas criminales. Sin embargo, los desarrollos posteriores se quedaron cortos. Los habitantes de los asentamientos mineros de Las Claritas y Kilómetro 88, donde el Tren de Aragua se había hecho fuerte, apenas sienten mejoras, y ya empiezan a añorar el antiguo orden de los ‘pranes’ que todavía andan por allí.
El empresario panameño, uno de los proveedores favoritos desde el comienzo de su mandato en 2013, fue uno de los intermediarios en el abastecimiento de productos para los cubanos en su peor momento de pobreza. Con el régimen cubano montó una compleja trama internacional que cruza medio mundo, le permite facturar millones, y comercializa desde camionetas de lujo a equipados de aire acondicionado y sucedáneos de la leche.
En una oscura sala judicial de Caracas se acaban de realizar las vistas iniciales de un juicio de naturaleza política, en el que se procesa a los acusados en 2024 de participar en una supuesta conjura para asaltar cuarteles y tramar el asesinato de Nicolás Maduro. Si bien durante las audiencias de apertura empezaron a verse las fisuras en los procedimientos e indicios que sostienen la causa, que esta se haya confiado a una jueza conocida por dictar sentencias duras, alineadas con el régimen, hace incierto su final.
Estudiante de Derecho de la Universidad Católica del Táchira, asesinada en mayo de 2018. Fue pareja del teniente coronel Manuel Parra Ramírez, quien de acuerdo con la investigación penal fue imputado por femicidio agravado tras ordenar el crimen contra Romero.
Coronel de la Guardia Nacional Bolivariana. Ha ido ascendiendo en la nomenklatura de la inteligencia chavista hasta desempeñarse al frente de la Dirección de Asuntos Especiales de la Dirección de General de Contra Inteligencia Militar (Dgcim). Naciones Unidas lo señala como uno de los responsables de las más graves parte de la
Empresa estatal, dependiente de Petróleos de Venezuela, S.A., dedicada al transporte de crudo y de sus derivados.
Militar de carrera, egresado en 2003 de la Escuela de Formación de Oficiales de la Guardia Nacional Bolivariana. Ha ocupado distintos cargos públicos en la administración pública. Estuvo imputado por el feminicidio de Karla Ramírez. En 2024 fue detenido por el caso de corrupción Pdvsa-Cripto.
Con el ministro de Petróleo Tarek El Aissami involucrado, fue un caso de corrupción que se hizo público en marzo de 2023. Su ejecución supuso la pérdida de entre 16.000 y 21.000 millones de dólares para Pdvsa.
Coronel del Ejército que ha recibido 18 nombramientos oficiales en un total de 14 cargos. Actual vicepresidente de Comercio y Suministro de Pdvsa. Fuentes del sector le atribuyen el “control” de las contrataciones de la petrolera.