Los warekena se guarecen de la guerrilla sobre una piedra en medio del río

Este pueblo indígena casi extinto del Amazonas venezolano tuvo que abandonar sus tierras ancestrales para poner las aguas del Orinoco entre sus jóvenes y los reclutadores de la subversión colombiana. Pero el desplazamiento no les garantiza nada, excepto el deterioro de sus ya pobres condiciones de vida, ​f​rente a las tentaciones de las armas y el narcotráfico.

20 agosto 2023
Getting your Trinity Audio player ready...

Cuando varios hombres llegaron a la pequeña comunidad indígena de Warekena en un rincón lejano de la Amazonía venezolana, a A.* le ofrecieron trabajo como conductor de una lancha a motor y él aprovechó la oportunidad para hacer algo de dinero. 

“Me dijeron que solo iba a trabajar para sostener a la familia”, dice el joven. Recuerda que los hombres lo llevaron a un campamento en la selva, a varias horas de distancia, y ahí vivió durante dos meses. Pero había una trampa. 

“Cuando me quise ir ya no podía porque me dijeron que ya me estaba integrando al grupo, que era parte de las FARC [Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia]. Ahí comencé la vida guerrillera”, dice. "Traía la droga de Colombia a Venezuela”, cuenta A. "De Venezuela la distribuyen en aviones”. 

El pueblo indígena al que pertenece A., los Warekena, del que solo quedan unos pocos cientos en el estado Amazonas de Venezuela y el norte de Brasil, se encuentra entre los amenazados por el desplazamiento debido a la violencia. La minería ilegal de oro y la presencia de grupos armados se han ido expandiendo a sus territorios ancestrales mientras arrasan con los recursos naturales. La Unesco ha advertido que el idioma warekena podría desaparecer. 

Isla secreta

Al principio, la presencia esporádica de los guerrilleros en la pequeña comunidad de los warekena pasó inadvertida. Pero pronto se quedaron y comenzaron a dar órdenes, a controlar quién podía entrar y salir de la zona. Se hicieron cargo de la justicia local y de la aplicación de castigos, que iban desde advertencias hasta la expulsión por delitos como el robo. Imponían restricciones a la pesca y patrullaban la zona con gente armada.

A medida que los guerrilleros se atrevían cada vez más a atraer a los menores indígenas a sus campamentos, unas pocas docenas de familias warekena solo vieron una opción: escapar. El tío de A., F.*, un líder warekena de 55 años, creó un plan. Organizó lo que dijo sería un viaje de pesca comunitaria en el cercano Orinoco pero, en lugar de regresar a casa, el grupo se instaló en una pequeña isla rocosa, una de las cientos que hay cerca de la orilla colombiana del gran río. Bajo un sol por lo general abrasador, los warekena construyeron su propio campo de refugiados. 

Una comunidad del pueblo warekena se trasladó de Venezuela a una isla en el río Orinoco para escapar de las guerrillas que reclutaban a los jóvenes. Crédito: Bram Ebus

Una mañana, nublada pero sofocante, F. llevó al reportero a bordo de una canoa por el borde de un bosque inundado hasta que la amarró a un enorme afloramiento rocoso que formaba una isla. A pocos pasos de distancia estaba un refugio temporal que, por ahora, hace las veces de su hogar: una choza improvisada, construida con lonas de plástico verde, bolsas de basura y restos de madera. 

Sentado en un tronco, describe cómo su sobrino A. se vio poco a poco atrapado en la vida guerrillera en 2016. “Le agarraron primero de motorista”, dice. “Le dieron comida a su familia, a sus padres. Endulzaron a la familia. Y, finalmente, él se quedó”.

F. ve poco probable que la ocupación guerrillera termine. “No se van a ir”, dice. Sin embargo, añade, dubitativo: “En una parte tiene algo de bueno”. 

El grupo guerrillero paga a los maestros, cuyo salario –cuando les llega del gobierno– se ha desplomado. También ayuda con combustible para transportar a los enfermos al hospital y castiga a los ladrones y delincuentes. La esposa de F. está cerca, preparando café en leña, y al escuchar las palabras de su esposo expresa su desacuerdo. “Son malos”, dice, “porque sé que se llevan a los hijos de uno”.

El precario nuevo hogar de algunos indígenas en una de las islas rocosas en el Orinoco ofrece a las familias algo de seguridad aunque todavía estén en territorio guerrillero. Crédito: Bram Ebus

Tres hombres y dos mujeres jóvenes de la comunidad se fueron con los guerrilleros, pero solo A. –sentado al lado de su tío– regresó. Dos años después de huir, las familias subsisten con peces y cultivos que producen en pequeños huertos. La vida en la isla no es fácil, pero F. no está dispuesto a quedarse quieto mientras los guerrilleros arrebatan los jóvenes de la comunidad a sus familias.

“Por eso nos vinimos”, dice. 

Tiene una preocupación persistente: su santuario todavía se encuentra en territorio guerrillero. Aún así, ve la isla como un refugio. Pero solo por ahora.

“Mientras yo no haga nada malo, no le tengo miedo a nadie”, confía. 

Campamentos guerrilleros, un espejismo de lujo

Para los jóvenes en las zonas rurales de Amazonas, los grupos guerrilleros les ofrecen la ilusión de una vida mejor y los atraen con comodidades poco comunes en sus comunidades. hasta que pasan el punto de no retorno.

“Es como un hotel. Ahí comen la mejor comida”, dice E.,  un indígena de 30 años del estado Amazonas, que trabajó tanto para los disidentes de las FARC (facción que no se unió al acuerdo de paz entre la antigua guerrilla y el gobierno colombiano en 2016) como para el ELN (Ejército de Liberación Nacional).

E. comparte sus recuerdos con el reportero en un lugar distinto a la isla, que en este texto no se identifica por protección. Relata que pilotó lanchas, transportó tropas, drogas y armas. Sonríe al recordar el campamento donde vivía con otras 100 personas, en casas de madera que construyeron. Había neveras llenas de carne, médicos para atender a los enfermos o heridos y televisión satelital. “Viven relajados viendo películas”.   

Para los jóvenes en las zonas rurales de Amazonas, los grupos guerrilleros les ofrecen la ilusión de una vida mejor y los atraen con lujos desconocidos en sus comunidades hasta que pasan el punto de no retorno.

La relativa calma y seguridad de Venezuela, donde estos grupos no son perseguidos por las fuerzas de seguridad del gobierno, contrasta fuertemente con la vida en Colombia, donde los escondites, construidos de forma improvisada bajo la espesa selva antes de que el sol se ponga, son parte de la rutina diaria.

Pero para quienes están en Venezuela, la buena vida no necesariamente perdura. Los combatientes rotan cada dos meses y algunos son enviados a Colombia, donde viven bajo el mando estricto de comandantes y entre combates. Los reclutas colombianos de la guerrilla también pasan por campamentos venezolanos. “Llegan alegres”, dice E. “Aquí uno vive como un rey”.  

Por su parte, A. fue reclutado por las FARC cuando aún era menor de edad y se convirtió rápidamente en combatiente. Fue enviado a Colombia y rotó entre unidades de combate en zonas de conflicto como Guaviare, Arauca y Cauca. Este último, un departamento que queda cerca de Ecuador, a unos 900 kilómetros de la frontera con Venezuela.

A veces, pero con muy escasa frecuencia, ocurren combates en la vertiente este de la frontera, entre las disidencias de las FARC y las fuerzas de seguridad venezolanas. Según A., las fuerzas del gobierno que están en la zona fronteriza “tienen relaciones con la guerrilla, pero los que vienen del centro [del interior del país] llegan y combaten”.  

A. pronto descubrió que la buena vida era, más que nada, un espejismo. Cuenta que a veces, luego de haber sido enviado a cobrar impuestos o extorsiones a los mineros ilegales de oro, veía que un guerrillero de alto rango robaba parte del dinero y hacía que A. asumiera la culpa. “Algunos comandantes no dejan que progrese al que le va bien”, dice. “Intentan matarlo hasta que lo matan”.

La membresía en las FARC suele durar toda la vida; en cambio, el ELN permite a sus integrantes abandonar el grupo bajo ciertas condiciones. Sin embargo, el reclutamiento forzado suele ser raro. Con pocas opciones de ganar dinero en sus comunidades, así como de conseguir alimentos, los jóvenes se sienten fácilmente tentados a ir a los campamentos. Eso si sus padres no los han enviado antes. Quienes son reclutados suelen tener alrededor de 15 años, aunque algunos son más jóvenes. 

Como en el caso de A. y E., a menudo la incorporación de estos jóvenes al grupo comienza con trabajos ocasionales, como el de navegar en embarcaciones. Entrenan con una pistola falsa de madera durante unos tres meses antes de recibir un arma de verdad. 

“En la comunidad tú ves unos pelaítos con fusil de palo”, dice E., usando un coloquialismo colombiano para referirse a los niños. “Desde el más chiquito hasta el más grande carga su fusil de palo, jugando”. Con tres hijos que alimentar, E. dice que en la guerrilla vio su única oportunidad para hacer dinero. “Yo trabajé ahí por necesidad. Por eso es que trabajé con ellos”. 

“En la comunidad tú ves unos pelaítos con fusil de palo. Desde el más chiquito hasta el más grande carga sus fusiles de palo, jugando”, dice E. “Yo trabajé ahí por necesidad. Por eso es que trabajé con ellos”.

“Casas de drogas en todos lados”

Venezuela no es un productor importante de coca, la materia prima de la cocaína. Pero como vecino de Colombia –el mayor productor de cocaína del mundo–, el país se convirtió en un canal clave para la exportación de ese suministro. También se volvió un centro de procesamiento, con laboratorios de droga ocultos en la selva, donde se produce una gran cantidad de cocaína destinada a los mercados internacionales.

“Eran casas de drogas por todos lados”, dice E. “Son casas donde ellos almacenan las drogas que van para Brasil”. 

Los habitantes de Amazonas a veces se despiertan con el ruido de aviones que vuelan a baja altura. Varias fuentes, incluidos funcionarios colombianos, pobladores de la zona que vivieron entre los guerrilleros, y los mismos E. y A., dicen que frecuentemente salen vuelos con cocaína hacia países de Centro y Sudamérica, como Panamá o el vecino Brasil. Según A., los aviones son cargados y abastecidos por la tarde, y despegan alrededor de las cuatro de la mañana. “Ellos andan de noche”.

A E. le tocó transportar cocaína hasta una pista de aterrizaje clandestina a dos horas de su comunidad natal. “El que lleva la droga no es de la guerrilla. La guerrilla está en el puesto, la monta en el avión, la custodia. Los que llevan la droga son los traquetos”, dice, usando un término, también colombiano, que se refiere a los narcotraficantes. 

Según los dos indígenas, los laboratorios de cocaína están diseminados por todo el estado venezolano de Amazonas. Cuando se han almacenado grandes cantidades de droga  –hasta cientos de kilos–, se ordena la salida de cargamentos, que no siempre van en avión. Los traquetos también realizan largos viajes en barco para pasar la droga a Brasil.

E. perteneció a un grupo de unos 10 traquetos que hacían viajes frecuentes de contrabando. Cuando uno llegaba a su destino, partía otro. Los ingresos de los envíos se repartían entre las disidencias de las FARC y el ELN, antiguos rivales, que ahora tienen un pacto para repartirse las ganancias, siempre según E.

En sus viajes por el río Negro, afluente del Amazonas, hacia la ciudad brasileña de São Gabriel de Cachoeira, lo acompañaban alrededor de ocho guerrilleros armados con fusiles automáticos y, a veces, con uniformes, pañuelos rojos y una bandera roja y negra.

 “Una vez llevé un cargamento de 530 kilos”, dice E. “Iba marihuana, iba cristal, como le dicen al perico [cocaína], y varios tipos de mercancías”. Las fuerzas de seguridad venezolanas, agrega, nunca los detuvieron.

En Brasil, grandes organizaciones del crimen se encargan de la droga y la distribuyen a compradores de todo el país, para exportarla al por mayor a Europa y África. Pero E. dice que nunca se reunió con miembros de bandas brasileñas de narcotraficantes . En cambio, afirma, sí entregó droga a oficiales brasileños corruptos.

Antes de que su barco alcanzara São Gabriel de Cachoeira, llegaron tres o cuatro policías uniformados, según E. “Esperan hasta que oscurece para montarlo al otro bote”, dice. 

Los medios locales han informado de varios casos de funcionarios policiales brasileños involucrados en el tráfico de drogas en el Amazonas. La región ha experimentado un significativo aumento de las incautaciones de droga y se ha convertido en una importante ruta de tráfico desde la pandemia de la Covid-19.

El atractivo de las economías ilegales

El narcotráfico no es el único negocio lucrativo de las disidencias de las FARC en Venezuela. Aunque la minería fue prohibida en Amazonas por decreto presidencial en 1989, las minas ilegales de oro dejan cicatrices en la selva, en varias partes del estado, incluida la frontera con Brasil y las mesetas características del Escudo Guayanés, conocidas como tepuyes, en el Parque Nacional Yapacana. 

Durante el tiempo que estuvo en la guerrilla, uno de los trabajos de A. consistía en recaudar dinero por protección –es decir, cobrar vacunas– de cada concesión minera en el Parque Nacional Yapacana y la zona llamada de La Esmeralda, sobre el Alto Orinoco, también en el estado Amazonas.

“La regla fija era un kilo de oro por cada minero”, dice. “Tiene que estar completa la vacuna para entregarla a El Viejo”, es decir, el comandante.  Si los mineros no pagaban, él los llevaba al comandante, dice, y agrega: “A algunos los mataron”.

Las disidencias de las FARC han convertido el estado Amazonas en una potencia económica, de donde proviene financiamiento para sus operaciones en Colombia o en cualquier otra parte de Venezuela. 

“Ahorita no están trabajando más por el pueblo, como dicen, sino por la guerra, por las rutas del narcotráfico”, dice A. “Como dicen ellos, según algunos, ya no es más por política. Están peleando por las rutas de la coca, la minería y todo eso”.

El resultado es una economía ante cuyos atractivos a los jóvenes les cuesta resistirse.

“La falta de recursos económicos en las zonas indígenas y mineras ha sido la oportunidad perfecta para maniobras de convencimiento por parte de los grupos irregulares que venden una política de desarrollo y seguridad”, dice un maestro indígena y líder comunitario. “Al mismo tiempo, el manejo de moneda extranjera en grandes cantidades ha provocado la aceptación de estos grupos irregulares en comunidades y zonas mineras, bajo el conocimiento del gobierno”.

La guerrilla es generosa con regalos para los jóvenes. “Les dan cosas, motos, incluso comida, y esto les genera una deuda”, dice un experto en educación en el estado de Amazonas.  “La forma de retribuir esos regalos es juntarse a ellos. Antes de que se den cuenta, ya hacen parte de una organización criminal”.

El brazo de una muñeca yace en el suelo de una casa, en la isla de la comunidad Warekena. Crédito: Bram Ebus

En San Carlos de Río Negro, una pequeña localidad venezolana a orillas del río del mismo nombre, que limita con Colombia y se conecta con Brasil, la mayoría de los estudiantes han abandonado la escuela. En el año escolar 2020-2021, 204 niños se matricularon, pero 50 dejaron los estudios por razones desconocidas, otros 50 fueron reclutados por “grupos irregulares” y 34 se fueron a trabajar en las minas de oro. El siguiente año escolar, solo 70 niños se presentaron. 

Un alto funcionario del estado Amazonas, que pidió no ser identificado, admite que muchos estudiantes y maestros abandonaron la escuela para trabajar en las minas o unirse a grupos armados. 

“Hay abandono estatal y entran a estas actividades ilegales”, dice, y agrega que el Estado carece de recursos para visitar comunidades a las que solo se puede llegar en avión o por río, lo que a veces exige semanas de viaje.

En la isla rocosa del río Orinoco que hoy sirve de refugio a los suyos, A. –el joven warekena que ahora tiene 20 años– sabe que tuvo suerte. Cuando fue capturado por la Armada colombiana en el río Inírida, los oficiales no sabían qué hacer con un combatiente extranjero, menor de edad e indocumentado. Un teniente le dijo a A. que era demasiado joven para ir a la cárcel y que si declaraba que se había entregado voluntariamente, lo dejarían libre.

Sentado en un tronco, F. -el líder de la comunidad– mira a su sobrino y suspira. 

“Yo no les obligo a estar porque son mayores de edad”, admite F. sobre los jóvenes de la comunidad que han dejado de ser adolescentes. Sabe que el traslado a la isla no cambió las condiciones que llevaron a A., y a otros como él, a los campamentos guerrilleros. Escapar de su comunidad no es una solución a largo plazo.

Mira por encima del río hacia la selva venezolana, del otro lado.

“La puerta está abierta”, dice. 

*A., F., y E. son iniciales de nombres ficticios. Los nombres reales de los testimoniantes fueron omitidos para proteger sus identidades.

¡Hola! Gracias por leer nuestro artículo.


A diferencia de muchos medios de comunicación digital, Armandoinfo no ha adoptado el modelo de subscripción para acceder a nuestro contenido. Nuestra misión es hacer periodismo de investigación sobre la situación en Venezuela y sacar a la luz lo que los poderosos no quieren que sepas. Por eso nos hemos ganado importantes premios como el Pulitzer por nuestros trabajos con los Papeles de Panamá y el premio Maria Moors Cabot otorgado por la Universidad de Columbia. 

Para poder continuar con esa misión, te pedimos que consideres hacer un aporte. El dinero servirá para financiar el trabajo investigativo de nuestros periodistas y mantener el sitio para que la verdad salga al aire.

ETIQUETAS:none

Artículos Relacionados

Los mineros invaden Ikabarú a punta de ‘misiles’

Pese a la codicia que despiertan las riquezas minerales de ese territorio del sur del estado Bolívar, ningún grupo irregular ha logrado adueñarse de él gracias a la vigilancia de los pemones, sus propietarios colectivos. Sin embargo, las dragas de guyaneses y brasileños, conocidas como ‘misiles’, han llegado a Ikabarú y podrían causar una destrucción nunca antes vista.

16-07-23
El gran reemplazo en la zona minera

El Estado chavista ha patrocinado desde hace unos años una especie de gentrificación de la explotación del oro al noreste del estado Bolívar: los mineros artesanales e informales están siendo desplazados para abrir paso a operaciones de escala industrial. Alrededor de El Callao la tendencia adquiere matices de drama social, mientras prosperan alianzas mixtas de autoridades oficiales con sujetos de cuyas identidades y credenciales se sabe poco (excepto de su cercanía al gobierno).

25-06-23
El ‘Negro Fabio’ encontró su Dorado

Tiene un nombre de leyenda y una realidad cruda. El Dorado es un pueblo de frontera en el estado Bolívar que debe su existencia a la minería de oro y a las instalaciones penitenciarias. La confluencia de ambas ha dado lugar ahora a una especie de populismo delictivo por el que un ‘pran’ y su banda armada no solo controlan la vida de la localidad con la violencia necesaria y desde las sombras, sino que hacen actos cívicos y de beneficencia a través de una fundación que actúa a plena luz.

La resistencia indígena se organiza en guardias territoriales

Aunque solo cuenten con la razón y el arsenal arcaico de lanzas, arcos y flechas, decenas de comunidades pemón, piaroa, ye´kwana y sanemá en los estados Amazonas y Bolívar han optado por la autodefensa ante el avance en sus territorios de invasores vinculados a la subversión y el crimen organizado. Si esa informalización de la seguridad pública conlleva riesgos, les ofrece una oportunidad mejor que la resignación y la retirada a las que de otra manera las condenaría la ausencia del Estado.

El quién es quién de los cárteles criminales al sur del Orinoco

Los 3.718 sitios de minería y las 42 pistas clandestinas que los satélites identifican desde el espacio en la Guayana venezolana sirven a las actividades ilícitas de bandas delictivas que, extranjeras o nativas, a veces de manera confederada y otras en conflicto entre sí, imponen su ley, casi sin oposición del Estado. No todas son iguales y conocer las diferencias de sus orígenes, historias e intereses, ayuda a comprender la dinámica compleja de la soberanía que, en la práctica, ejercen en ese confín selvático del territorio venezolano. Aquí se describen.

La minería ilegal montó sus bases aéreas en la selva

A partir de imágenes satelitales y con la ayuda de Inteligencia Artificial, fue posible identificar 3.718 puntos de actividad minera, en su mayoría ilegal, en los estados Bolívar y Amazonas, entidades que juntas suman casi la mitad del territorio venezolano. Aledañas a esas áreas deforestadas, que en total equivalen a 40.000 campos de fútbol, a menudo se encuentran pistas clandestinas -hasta 42 se detectaron- que sirven al crimen organizado transfronterizo para despachar valiosos cargamentos de oro y drogas, como se muestra en esta primera entrega de la serie ‘Corredor Furtivo’.

Otras historias

14-04-24
El talentoso míster López exprimió su nombre y terminó en la cárcel

Especializado en el oficio de prestanombres como secuaz de Tareck El Aissami, con quien fue arrestado esta semana por lavado de dinero y demás cargos, el empresario Samark López ofreció una asistencia similar a otro amigo en aprietos. Según la fiscalía lusa, López abrió a su nombre una empresa en Islas Vírgenes solo para canalizar sobornos del Banco Espirito Santo de Portugal a Rafael Reiter, entonces gerente de seguridad de Pdvsa y mano derecha de Rafael Ramírez.

07-04-24
Así quiso el chavismo acabar con la ‘tiradera’ por el legado de Canserbero

Un grupo de raperos afines al gobierno lleva casi un lustro buscando hacerse de los derechos de la música de su ilustre colega, fallecido en 2015 y calificado como el rapero más influyente de Hispanoamérica. Mientras voceros del oficialismo se suman al litigio, atacando al productor fonográfico de la obra de Canserbero, sus canciones, con letras de protesta contra el poder, se escuchan hasta en Miraflores.

31-03-24
Las alarmas de humo no suenan para Mundo Factory

La retención en Buenos Aires de un avión de carga de una aerolínea filial de Conviasa, así como su decomiso final, pusieron en la palestra las relaciones de la comercializadora venezolana Mundo Factory con empresas del Grupo Cartes, un conglomerado que ha sido señalado de inundar el mercado latinoamericano de tabaco ilegal y es propiedad de un expresidente paraguayo, sobre quien pesan sanciones de Washington. Tras esta maraña de relaciones, se asoma la familia de la primera dama, Cilia Flores.

Gradúame pa’que te ayude 

Una disputa familiar por el control de la Universidad Arturo Michelena, en el estado Carabobo, está en el origen de una profusa madeja de corrupción educativa. Desde que se hizo del rectorado, Giovanni Nani Lozada, uno de los herederos, ha entregado decenas de títulos de diversos grados a amigos y relacionados que no habrían cumplido con los requisitos para obtenerlos. A cambio, el Rector ha ganado acceso a funcionarios públicos, jefes de cuerpos de seguridad y otras figuras de poder.

17-03-24
Los operadores (no tan) ocultos bajo el manto del último glaciar

La participación de ProBiodiversa, una poco conocida organización ambientalista, fue una de las sorpresas en la operación de rescate del agonizante glaciar del pico Humboldt en Mérida, con la que Nicolás Maduro se apunta en la lucha contra el cambio climático. La relación de ese ente privado con las instituciones del Estado luce inusual, en tanto aparece, en vez del gobierno, como comprador en España del manto geotextil con el que se intenta, quizás inútilmente, detener el deshielo.

A Morejón las sanciones no lo bajan de las tarimas 

De los templetes de campaña electoral a grandes conciertos pop, Pedro Morejón se ha abierto camino como el empresario dominante en la industria del espectáculo en Venezuela. Para ello usa valiosas conexiones y el padrinazgo de jerarcas como Diosdado Cabello. Pero así será el sigilo con que actúa que, pese a esos lazos con el régimen del que fue ministro, a través de terceros sigue manejando en Estados Unidos varias empresas, entre ellas, MiTickera, a la que fluyen sus ingresos por boletos.

Sitio espejo
usermagnifierchevron-down linkedin facebook pinterest youtube rss twitter instagram facebook-blank rss-blank linkedin-blank pinterest youtube twitter instagram