Max Arveláiz, el diplomático de Hollywood

Hay hombres del chavismo que trepan con agilidad en los negocios. Este es el perfil de Maximilien Sánchez Arveláiz, un franco-venezolano adoptado por la Revolución Bolivariana, que después de desempeñarse en cargos del gobierno de Venezuela ha debutado en el mundo cinematográfico como productor ejecutivo de la millonaria película Snowden.

9 abril 2017

Maximilien Sánchez Arveláiz no está sentado en la primera fila. Mientras el presidente Nicolás Maduro anuncia el cese de sus funciones como encargado de negocios en Washington, una cámara de televisión encuentra al diplomático mezclado entre jerarcas chavistas. Apenas es enfocado durante tres segundos: anteojos al estilo hípster, traje grisáceo, cuarentón, inexpresivo. Es 9 de marzo de 2016 y él, un francés adoptado por la autodenominada Revolución Bolivariana, hasta ese día había esperado –y durante 18 meses– por el beneplácito del Gobierno de Estados Unidos para ser embajador de Venezuela. Pocas veces había tenido un papel relevante en el tablero político.

Siete meses más tarde y en Roma, Sánchez ha atraído nuevamente a las cámaras. Esta vez se ha tratado de una aparición menos tímida. Acompañado del director de cine, Oliver Stone, y el productor argentino, Fernando Sulichín (famoso por supuestamente acompañar al actor Sean Penn y Kate del Castillo en una visita clandestina al narcotraficante El Chapo Guzmán), el exdiplomático ha acudido al Film Festival para presentar una película que discretamente había financiado: Snowden.

Su debut como productor ejecutivo ha girado muchos ojos hacia él. Unos 40 millones de dólares se han invertido en reconstruir la historia de Edward Snowden, el exconsultor informático de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) que filtró documentos clasificados que señalan a la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos como responsable de capitanear una red de vigilancia de correos electrónicos y otras plataformas de comunicaciones en el mundo.

Pero la realidad de ahora era impensable hace 16 años. En 2001, Sánchez no tenía un colchón económico que impulsara sus proyectos personales. “A Max le costó conseguir plata para comprar un pasaje en avión y así viajar a Venezuela, por vez primera. Era un muchacho de clase media que, apenas, había conseguido un puesto asesorando a la embajada de Venezuela en Francia (entonces presidida por el ahora opositor Hiram Gaviria y después por Jesús Pérez)”, asegura un examigo.

Venezuela se había asomado como la tierra prometida. El presidente Hugo Chávez, un militar de izquierda, se había propuesto conquistar a otros países en su afán por expandir su revolución. De ahí que necesitara de un pujante grupo de asesores internacionales. Es en los albores de este cambio político que Sánchez, un estudiante de maestría del Instituto de Ciencias Políticas Latinoamericanas de la Universidad de Londres, dedica una tesis al fenómeno: "Utopía rearmada, Chávez y la izquierda venezolana".

La oportunidad de demostrar su devoción por el gestor de la revolución bolivariana había surgido en la Universidad de La Sorbona (París) en 2001. Sánchez había organizado un encuentro entre Chávez y pensadores europeos en esa prestigiosa academia. De ese momento obtuvo una de las bazas más importantes que impulsaron su despliegue político.

Chávez, el padrino de la revolución venezolana, había quedado impactado con el joven Sánchez. “Lo llamaría el ‘flaco’. Él estaría detrás del Presidente, casi siempre”, recuerda una fuente vinculada a la diplomacia venezolana. Su hoja profesional estaba destinada a engordar en los años siguientes: ministro consejero de la misión venezolana ante las Naciones Unidas, director general de Relaciones Internacionales del Despacho de la Presidencia, embajador de Venezuela en Brasil, encargado de negocios en Estados Unidos y ahora productor ejecutivo en Hollywood.

El trópico de los franceses

Los que rememoran las cuitas del joven Sánchez, mejor conocido como Max Arveláiz, ahora atribuyen su sorpresiva y buena racha a un legendario refrán: el que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija.

El roble de algunos políticos, empresarios, militares y hasta intelectuales, fue Chávez. En el curso de su revolución se habían popularizado los términos de “boliburguesía” y “bolichico”, como un calificativo que muestra grupos que han amasado grandes fortunas gracias a la bendición del gobierno venezolano en sus negocios. No se puede afirmar que este sea el caso de Sánchez. Hasta ahora es difícil desdeñar la ruta del financiamiento de la multimillonaria película Snowden, pero lo que sí es notable es la habilidad de este franco-venezolano para trepar con habilidad hacia altos cargos.

“Antes de entrar en la embajada venezolana (en París) solo había tenido un único trabajo"

“Max no tenía experiencia”, acota desde Francia un viejo amigo ya distanciado de él. “Antes de entrar en la embajada venezolana (en París) solo había tenido un único trabajo como secretariado de administración en la escuela de idiomas de su tío (Colin D. Gordon) en Londres”.

Su madre, una venezolana que se había residenciado en París, era el único vínculo con este país caribeño. Sánchez había nacido y crecido en Francia. En esas tierras había estudiado Derecho Internacional Público en Universite Pantheon Assas. Solo se había mudado a Londres para estudiar inglés y un curso de cine, medios y multimedia en South Thames Collage, en 1997. Pero el surgimiento del chavismo despertó su interés por Sudamérica.

De él es conocida su animadversión hacia el político venezolano y ex guerrillero, Teodoro Petkoff. De hecho, en el libro Piratas del Caribe: el eje de la esperanza, escrito por el periodista paquistaní Tariq Ali, se muestra un intercambio de cartas entre ambos, en el que Sánchez no escatima palabras en contra del también editor del periódico TalCual: “Pobre Teodoro, terminaste como el editorialista preferido del este de Caracas. Lo más fascinante contigo es tu capacidad aún de hacer creer a unos pobres periodistas extranjeros que eres de ‘izquierda’. No sé si son tus bigotes, pero chapeau (vocablo francés que además de traducir sombrero se emplea como una suerte de expresión de respeto)”.

La primera misión encomendada a este francés en Caracas, en el Palacio de Miraflores, fue conectar al líder de la Revolución bolivariana con intelectuales de izquierda de Europa. Lo hizo y bien. En julio de 2002, Chávez se reunía con Danielle Mitterrand, esposa del expresidente François Mitterrand, en el Coloquio Mundial en Venezuela. Seguirían otros personajes de izquierda que serían llevados de la mano por Sánchez

El internacionalista Carlos Romero asegura que a través de Sánchez Arveláiz, la embajada de Venezuela en París fue el pilar de la penetración del chavismo en algunos países de Europa, Medio Oriente y hasta África. Había gestionado la entrada a un hemisferio desconocido por Chávez. “Max tenía algo positivo: era callado o prudente. Así llegó hasta el presidente de Venezuela, al punto de estar en su círculo cercano y hasta hacer cosas que correspondían a cancilleres. Se convirtió en el ayudante de Chávez, no en el mal sentido de la palabra; sino que en ocasiones era su traductor y enlace con abogados, expertos y hasta artistas. Él fue uno de los promotores de las visitas de actores de Estados Unidos”, agrega Romero.

"Eran cultos y eso hacía que brillaran ante poca gente ilustrada."

Romero lo describe como un “maestro de pasillo”, un silencioso y frío diplomático que supo maniobrar under the shadow (bajo la sombra). “No hay que ver a Max como un individuo aislado, sino como parte de un grupo de jóvenes preparados que incursionó en el Gobierno mediante la diplomacia. Eran cultos y eso hacía que brillaran ante poca gente ilustrada. Eso también generó mucha envidia”, explicó.

Sánchez no actuaría solo. Pronto se iba a reconocer en las filas del “grupo de los franceses”, llamados así a lo interno del chavismo como una casta de intelectuales extranjeros o formados en el exterior que asesoraban a Chávez y, posteriormente, al presidente Nicolás Maduro. En este clan compartió filas con el periodista español Ignacio Ramonet, el venezolano Temir Porras, expresidente del Banco de Desarrollo Económico y Social de Venezuela, y el economista francés Jacques Sapir, entre otros.

Los “franceses” aportaron otro aire a la izquierda profesada por Chávez, uno más fresco. “Ellos intentaron suavizar la imagen del Presidente. Muchos eran ya cercanos a Maduro, pues estaban inmiscuidos en la Cancillería por esa época”, agrega la misma fuente diplomática. 

Pero las críticas recayeron sobre este grupo después de la muerte de Chávez, el 5 de marzo de 2013. En un audio filtrado en mayo de 2013, Mario Silva –el polémico presentador de uno de los programas prime time del canal del Estado, Venezolana de Televisión– aseguró a un hombre al que llamaba Palacios, presumiblemente miembro de la inteligencia cubana, que el presidente Nicolás Maduro estaba embelesado por las recomendaciones de esta casta: “Te hablan de un grupo francés que es el que trajo Temir Porras, que es el que está asesorando a Nicolás, cosa que me parece absurda, pero no sé, eso no lo he confirmado (…). Pero hay algo más importante, el 1x10 (un método aplicado por el Partido Socialista Unido de Venezuela para obtener votos) no funcionó, Palacios. La convocatoria del partido, el partido no existió en ningún momento, primero porque supuestamente a esos señores de las asesorías de los franceses le dijeron a Nicolás, y lo puedes ver en los afiches, que desvinculara al partido de su persona, cosa que me pareció terrible (…). En segundo término le ponen al lado todos estos tipos, todos estos artistas, convierte a la campaña en un show tipo Sábado Sensacional de Venevisión, y la gente comienza a tener arrechera y hay un rechazo a ese tipo de actos”.

Jorge Giordani, el ministro de Planificación y Finanzas de Venezuela del Gobierno de Chávez (1999-2014), atribuyó en una carta pública que su distanciamiento con Maduro, en primer lugar, obedecía al reclamo que había hecho por la “interferencia” de unos asesores franceses en la “operación” de la cartera que dirigía. Había hecho esta revelación un día después de ser destituido de su cargo como ministro, el 17 de junio de 2014. Señalaba esta “injerencia”, que creía nada tenía que ver con la situación que vivía el país, como uno de los factores que hundía al chavismo.

Sobre ese tema Sánchez nunca respondió. Ni siquiera ahora para una entrevista en la que se intentó consultarlo para este perfil. Pero justo unos meses después de la denuncia de Giordani, fue postulado a la embajada de Venezuela en Estados Unidos. El excanciller Elías Jaua lo había calificado como “un hombre de confianza de Maduro” cuando lo propuso en este cargo, aunque en esa oportunidad solo iba a desempeñar un rol secundario en las tensas relaciones bilaterales, pues Washington nunca dio el plácet. Después de todo, el diplomático ha tenido mejor suerte en Hollywood.

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