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	<title>Warao - Armando.info</title>
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	<description>periodismo de investigación venezuela</description>
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	<title>Warao - Armando.info</title>
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		<title>Un pueblo abandonado a su suerte</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MINERVA VITTI]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 01 Dec 2015 00:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Investigacion]]></category>
		<category><![CDATA[Delta Amacuro]]></category>
		<category><![CDATA[Indígenas]]></category>
		<category><![CDATA[Salud]]></category>
		<category><![CDATA[VIH]]></category>
		<category><![CDATA[Warao]]></category>
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					<description><![CDATA[Los antirretrovirales se quedan en Tucupita, la capital del estado Delta Amacuro, ubicada a 11 horas de las comunidades indígenas afectadas por la epidemia de VIH. El Estado está presente solo en costoso material POP, y de vez en cuando, en giras que más bien parecen turísticas.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Lea la primera, segunda 
y tercera entrega de este trabajo periodístico: Una epidemia de sida está 
diezmando a los warao, Viaje al fondo de una etnia enferma y El HIV trasmutó 
hasta los matrimonios warao.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No es solo contraer la 
cepa mortal del VIH-Sida y vivir a la vera de los caños que forman el delta del 
río Orinoco en el estado Delta Amacuro. El estado no tiene la infraestructura 
para entregar el tratamiento a los pacientes. Tampoco hay muchos médicos que los 
atiendan. Cuando la persona sale positivo en las pruebas debe acudir al Hospital 
Luis Razzeti, en Tucupita, para ser atendido por el infectólogo que asiste dos 
jueves al mes. El infectólogo es de Maturín, capital del estado Monagas que se 
encuentra a unas tres horas de Tucupita; y también atiende en Puerto Ordaz, 
estado Bolívar.</p>


<p class="wp-block-paragraph">Zenaida Matteus, 
coordinadora de enfermería del Programa ITS/VIH en Delta Amacuro, cuenta que 
antes la Dirección Regional de Salud les daba estadía de una semana a estas 
personas para que asistieran a la consulta y que a veces los alojaban en un ala 
del hospital. Ahora esto no funciona y cuando vienen tienen que quedarse con 
familiares o amistades. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Los antirretrovirales, 
que se entregan a la población de forma gratuita, llegan desde Caracas a 
Tucupita los quince de cada mes y que generalmente hay una buena dotación del 
medicamento. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero donde existe la 
falla mortal es en la distribución. “Realmente nosotros le prestamos atención al 
que viene porque ni siquiera contamos con vehículo para ir al hospital. Usted 
sabe El Cierre, donde está la venta de comida, bueno de Volcán viniendo a 
Tucupita hay unas casas indígenas y nosotros no hemos ido para allá y es aquí 
mismo. Entonces realmente no se está haciendo el trabajo que se debe hacer”, 
denuncia la doctora Mar Medina, coordinadora del Programa Nacional de ITS/VIH. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hay embarcaciones 
para distribuir el tratamiento en las comunidades del bajo delta. A finales de 
noviembre de 2014 Medina y su equipo en el puerto de Volcán desde las seis de la 
mañana. Se suponían que ya las lanchas estaban preparadas pero a las once de la 
mañana le dijeron que el motor no arrancaba. La doctora rememora el 
momento:</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Pero cómo si hace tres 
días estaba todo bien. </p>



<p class="wp-block-paragraph">—Bueno doctora si se 
quiere ir con un motor. </p>



<p class="wp-block-paragraph">—¡Cómo! ¿Pero tú eres 
loco? ¿Con qué me auxilio después si se me apaga el motor?”. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">El viaje estaba 
planificado para Guayo donde entregarían 80 frascos con Viraday, uno de los 
antirretrovirales. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Ante esta situación 
Medina responde que los pacientes van a Tucupita a buscar los medicamentos: “Por 
ejemplo hay un paciente de San José de Amacuro [una comunidad más distante que 
Guayo] que cuando viene nosotros lo tomamos de transporte y le pedimos que lleve 
tratamiento a los otros. Se supone que deben de venir cada mes pero ellos como 
son de allá se les distribuye por hasta tres meses”. </p>



<p class="wp-block-paragraph">“Los que no vienen es 
porque no han asumido el conocimiento de la enfermedad, tienen otra cultura, 
dicen que es brujería”, argumenta, por su parte, Zenaida Matteus 
</p>


<h2 class="wp-block-heading">El infierno queda en Tucupita</h2>


<p class="wp-block-paragraph">Otra es la realidad de 
los caños: “Si le dices a un warao que debe buscar el tratamiento en Tucupita es 
como si le mencionaras el infierno. Incluso algunos se han ido de la consulta. 
No tienen dinero para el pasaje, no tienen dinero para la logística que implica 
moverse”, comenta el doctor Luis José Rodríguez. </p>



<p class="wp-block-paragraph">“No tenemos un 
transporte para garantizar que la persona se mueva, aunque en 2009 el ministerio 
facilitó 20 lanchas pequeñas para todos los centros de salud, pero hoy en día no 
queda ninguna, están desaparecidas; y sobretodo porque hay desgaste de los 
motores y todo eso ha afectado la movilización. Lo mínimo es que cada comunidad 
tuviera su lancha, para moverse y ver si el paciente está recibiendo su 
tratamiento, porque si no hay garantía de que ese doctor o enfermero pueda ir, 
es mentira que ese paciente va mejorar su estado de salud”, dice Yaneth Ypuana, 
directora de la Dirección de Salud Indígena, ente adscrito al ministerio del 
Poder Popular para la Salud. </p>



<p class="wp-block-paragraph">En lo que va de año los 
médicos no han recibido tratamiento para administrar entre los que tienen VIH en 
Guayo y otras comunidades. Luce inexplicable que el Programa, teniendo una lista 
de las personas con VIH en los caños, y sabiendo que no cuentan con embarcación, 
no haya aprovechado la oportunidad para enviar los antirretrovirales con los 
doctores este julio de 2015 cuando estaban en Tucupita o cada vez que alguno de 
ellos sale de permiso. </p>



<p class="wp-block-paragraph">“Nuestras limitaciones 
de acceso a las zonas indígenas siempre son dificultades logísticas: 
movilización de recursos, médicos, medicamentos, pacientes. En este momento con 
el costo de los lubricantes y los repuestos se nos ha incrementado el problema”, 
se une al coro de penurias Yajaira Segovia, jefe de atención médica y 
coordinadora de la red hospitalaria de la Dirección Regional de Salud. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pese a que algunas 
autoridades argumentan que los warao sí se trasladan a Tucupita a buscar el 
tratamiento todo demuestra lo contrario, la realidad es otra: el warao muere por 
no tener medicamentos y más al estar contagiado con una cepa más mortal que la 
normal. </p>


<h2 class="wp-block-heading">El riesgo del embarazo</h2>


<p class="wp-block-paragraph">Las warao embarazadas 
con VIH tampoco están recibiendo tratamiento. En ellas el riesgo se incrementa 
debido a su desconocimiento de la enfermedad, y a la falta de un control 
prenatal que permita proporcionar los medicamentos específicos de acuerdo al 
tiempo de gestación, y posteriormente practicar cesárea para reducir las 
probabilidades de contagio del niño. Por ejemplo, las embarazadas no pueden 
tomar Viraday, un antirretroviral, en las primeras 15 semanas de embarazo porque 
produce malformaciones en el embrión o feto. En cambio deben tomar zidovudina y 
lamiduvina, que en 2014 presentaron fallas de suministro en todo el país, al 
igual que ciertos reactivos para aplicar las pruebas de VIH. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese momento 
interrumpe una mujer warao que viene a pedir leche maternizada. Ella tuvo un 
niño que diagnosticaron con VIH cuando nació. Para su segundo embarazo habían 
programado una cesárea pero se le adelantó el parto y la hicieron tenerlo por 
parto natural. “Los obstetras pelotean a las pacientes VIH embarazadas. Muchos 
piensan que van a salir positivos, pero hay niños que han nacido y no se han 
contagiado de milagro”. En el estante de al lado reposa un kit quirúrgico para 
cesárea y cirugía general. Ahora el niño debe ser enviado al Instituto Nacional 
de Higiene en Caracas para que le hagan el examen de reacción de polimerasa en 
cadena (PCR), estudio específico para descartar el contagio por VIH. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">“La gobernación nos 
ayudaba a trasladar a Caracas a los bebes que nacen con VIH para los exámenes 
porque la Dirección Regional de Salud no hacía nada. Les daba el traslado, todo. 
Incluso llegamos a lograr que le dieran los viáticos a una secretaria del 
programa para que se fuera con el grupo y se encargara de arreglar todo en 
Caracas. Este año solo han ido tres y porque los padres tuvieron pagaron el 
traslado”, denuncia Mar Medina. </p>


<h2 class="wp-block-heading">Una combinación mortal</h2>


<p class="wp-block-paragraph">Zenaida Matteus tiene 
las estadísticas de la incidencia del sida en el bajo delta. “En Guayo hay 58 
casos de los cuales 25 reciben tratamiento”, afirma. Dice que algunas de estas 
personas fueron diagnosticadas desde 2006 y que han ido al infectólogo. Matteus 
prosigue: “Curiapo 9 casos registrados, Nabasanuka 9 casos, San José de Amacuro 
7 casos, Tucupita 14 casos”. También dice que de 2010 a 2015 se han reportado 14 
fallecidos en Guayo, y que en 2015 murieron dos en el Hospital Luis Razetti de 
Tucupita, también procedentes de Guayo. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Solo basta un viaje a 
estas comunidades para confirmar que muchas de las personas registradas han 
muerto y que hay nuevos casos de contagio. Ha pasado un día y hay contradicción 
entre los números facilitados por Matteus y las declaraciones de Mar Medina: “Yo 
le puedo decir que Guayo puede que tenga alguna comunidad indemne, porque 
existen comunidades donde si hay 100 familias, el 90% tiene a alguien con VIH. 
Nosotros no le podemos dar la lista a la gente, qué familia ni cuál es el 
nombre, pero si le podemos decir ‘hay tantos indígenas, tantos niños’. Los 
médicos que están allá ahorita vinieron alarmados. Todos los que trajeron ya 
nosotros los tenemos registrados, por eso es que yo me opongo a que estén 
haciendo estudios en los indígenas a cada rato. Lo bueno sería que a nosotros 
como nos dieran las herramientas para poder ir y evaluar, porque ¿qué hace uno 
sacándole la sangre a quien ya está diagnosticado?”. </p>



<p class="wp-block-paragraph">En Delta Amacuro hay 
una autoridad única en salud. El director regional de salud es el representante 
del Ministerio de Salud y de la rectoría de salud de la gobernación. 
Recientemente el médico Martín Márquez fue designado como rector de salud en el 
Delta y hasta ahora no se ha pronunciado sobre la situación de los warao. En dos 
oportunidades se intentó concertar una entrevista pero por motivos de viaje y 
agenda fue complicado. Del mismo modo se solicitaron cifras de personas con VIH 
en Delta Amacuro a través de una dirección de correo electrónico facilitada por 
la funcionaria Yajaira Segovia sin respuesta. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Según el Ministerio del 
Poder Popular para la Salud para 2012 se calculaba que 110.000 personas con VIH 
vivían en Venezuela. De acuerdo con Claudia Morón, viceministra de redes de 
salud colectiva, había 101.867 pacientes infectados con VIH-Sida 2013. De esa 
cantidad 42.936 son los que están acudiendo a recibir el tratamiento. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estas cifras contrastan 
con las de informes presentados por organizaciones no gubernamentales. Una de 
estas, Stop-VIH, señala que en el país existen cerca de 220 mil personas con 
VIH, de las cuales el Ministerio de Salud atiende a 44 mil que ya han sido 
diagnosticadas. </p>



<p class="wp-block-paragraph">En una ocasión los 
doctores de Guayo&nbsp; necesitaban la lista de las personas VIH-positivas de 
las comunidades para contactarlas y el Programa no quería dárselas. Finalmente 
solo proporcionaron los nombres de la gente de Guayo y Nabasanuka. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">También ha habido 
fallas de coordinación. Según Matteus a veces los doctores han traído listados 
sin número de cédula o a veces los indígenas se cambian el nombre. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">“El bajo delta es como 
una zona de guerra y en Tucupita prefieren tener un muerto antes que falte una 
cédula, una fecha de nacimiento o un nombre. O incluso han exigido muestras de 
sangre que deben llegar en menos de 24 horas, conociendo las dificultades que 
existen con la gasolina. Caiga quien caiga el requisito debe estar completo. 
Prefieren tener una ficha completa en lugar de resolver”, dice con resignación 
el doctor Alfredo Silva y recuerda que en Murako murió una niña de 12 años, 
porque no les dieron el tratamiento para la tuberculosis por no tener en el 
momento su fecha de nacimiento. </p>


<h2 class="wp-block-heading">Un gobierno de un médico</h2>


<p class="wp-block-paragraph">En noviembre de 2012 
dos médicos se disputaban la gobernación del estado Delta Amacuro. Resultó 
reelecta la médico cirujano y candidata del gobierno por el Partido Socialista 
Unido de Venezuela (Psuv), Lizeta Hernández Abchi. Los warao continuaron 
muriendo. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Como reza en la página 
de la gobernación, Hernández ya había pasado por distintos cargos en el área de 
salud en la entidad: en el año 2005 fue designada directora de salud del 
ejecutivo regional. Cuatro meses más tarde es nombrada Rectora de Salud y 
Desarrollo Social; cargo que desempeña hasta enero de 2008, cuando “atendiendo 
el llamado de su pueblo” acepta participar en las elecciones internas del PSUV 
como candidata a la Gobernación del Estado Delta Amacuro. </p>



<p class="wp-block-paragraph">A principios de julio 
de este año la gobernadora visitó Guayo en compañía de Amado Heredia, candidato 
del PSUV por el circuito uno, que comprende los municipios Casacoima y Antonio 
Díaz. También iban con ella Edgar Guzmán, alcalde del municipio Casacoima; Ramón 
Antonio Yánez, diputado regional; Fátima Salazar y Evaristo Rodríguez, 
presidente del Instituto Regional de Atención al Indígena. Un medio de la 
entidad reseñó: “A la caravana fluvial fueron asistidos, originarios de todas 
partes del municipio, contando con más de 200 embarcaciones fluviales que casi 
arropan las aguas de San Francisco de Guayo”. Pero al parecer ni la gobernadora 
ni ninguna de las autoridades se percataron que la comunidad tenía más de cuatro 
meses sin luz, tampoco funcionaban los generadores eléctricos del hospital y ni 
siquiera tenían una ambulancia fluvial. </p>



<p class="wp-block-paragraph">En 2013 Dalia Herminia 
Yanez, diputada oficialista y coordinadora de la Comisión de Pueblos Indígenas y 
Etnias del Parlamento Latinoamericano, Grupo Venezolano, dijo que en las zonas 
del bajo delta había un problema muy serio. Uno de los dirigentes, Emilio 
Valenzuela, había denunciado casos de VIH-SIDA. También dijo que era un asunto 
casi silencioso, que nadie se escapaba de eso pero que aún no había podido 
recorrer a la zona: “Han muerto indígenas de sida, pero no tengo el número 
exacto de cuántos están contagiados. También de tuberculosis. A pesar que hay la 
atención hay una desconexión de instituciones”. Un año después en otra 
entrevista la diputada de la etnia warao declaró no tener información al 
respecto, pero denunció la falta de coordinación de las instituciones del Estado 
que deben velar por los derechos de los indígenas. </p>



<p class="wp-block-paragraph">“A lo mejor con la Cruz 
Roja hubiésemos podido frenar la epidemia pero las autoridades sanitarias y 
civiles los echaron de los caños porque estaban alarmando”, señala Mar Medina. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para 2015 el Ministerio 
de Salud recibió 38 mil 705 millones 374 mil 057 bolívares, un incremento de 29% 
con relación al año 2014. De ese dinero 598.752.120 bolívares se destinaron para 
el fortalecimiento de los servicios regionales que atienden pacientes con: 
VIH/Sida/ITS, enfermedades respiratorias, tuberculosis (TBC), asma; enfermedades 
pulmonares, obstructivas y crónicas (Epoc), hepatitis y bancos de sangre; la 
cantidad solo representa 1,54 % del presupuesto total. </p>



<p class="wp-block-paragraph">En 2013, el presupuesto 
para esas enfermedades fue de 517 millones de bolívares y se pretendía atender a 
1.551.052 personas. En 2014 bajó la atención a 750.000 pacientes con 598 
millones de bolívares presupuestados. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Al revisar la memoria y 
cuenta de 2013 y compararla con la de 2014 se advierte el progresivo desinterés 
del Estado por la suerte de los warao afectados con VIH. En 2013 existía la 
Dirección Regional de Salud del estado Delta Amacuro. Dentro de sus líneas y 
planes de acción para 2014 no había referencias a la prevención de VIH-SIDA en 
comunidades warao ni en criollos. Dentro de sus actividades mencionan 586 
consultas a pacientes con VIH/ITS/SIDA y 382 educación sanitaria sobre VIH/SIDA, 
pero no identifican si los beneficiados eran warao o no warao. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, presentan 
obstáculos que dejan por escrito la situación sanitaria y sustentan las demandas 
de algunas autoridades sanitarias: falta de embarcaciones, de médicos, de 
vehículos para supervisar la red ambulatoria y hospitalaria. En la memoria y 
cuenta de 2014 desaparece esta dirección regional. Así sobreviven o mueren los 
warao. El Estado está presente solo en costoso material POP, y de vez en cuando 
en giras que más bien parecen turísticas. Ellos siempre “están planificando su 
próximo viaje al bajo delta”, pero nada mejora. Y mientras tanto solo las aguas 
del Orinoco lloran la muerte de este grupo indígena que continúa sumergido en 
una epidemia de sida. </p>



<p class="wp-block-paragraph"><I>(*) Este trabajo es el 
último de cuatro entregas desarrolladas a lo largo del Diplomado de Periodismo 
de Investigación, que dicta el Instituto de Prensa y Sociedad (IPYS) en alianza 
con la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).</I></p>

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			</item>
		<item>
		<title>El VIH trasmutó hasta los matrimonios warao</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MINERVA VITTI]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 30 Nov 2015 00:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Investigacion]]></category>
		<category><![CDATA[Delta Amacuro]]></category>
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		<category><![CDATA[Salud]]></category>
		<category><![CDATA[VIH]]></category>
		<category><![CDATA[Warao]]></category>
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					<description><![CDATA[Las familias más notables de las etnias del Delta del Orinoco incluían, dentro de su estructura, a una segunda esposa. Pero no cualquier esposa: individuos transgéneros que han terminado por desaparecer, más por los coletazos de una epidemia de sida que por décadas de misiones católicas.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">El sida está cambiando 
hasta la manera de concebir la sociedad en las comunidades indígenas del Delta 
del Orinoco. Los primeros casos se conocieron en el año 2007 y tiempo después 
catalizó el repudio de la figura de los tidawinas, cuyo vocablo warao traduce 
“mujer con pene".</p>



<p class="wp-block-paragraph">A contracorriente del 
mundo occidental, las familias más notables y acaudaladas de la etnia warao 
incluían dentro de su estructura a una segunda esposa y se trataba precisamente 
de los <I>tidawinas</I>, que mantenían relaciones sexuales exclusivamente con su 
marido y se desempeñaban, en algunos hogares, como ayudante de la primera 
esposa. Ya está visto que el VIH terminó de trastocar su rol; concretó lo que la 
Iglesia venía trabajando durante décadas. </p>


<p class="wp-block-paragraph">Según el antropólogo 
Olivier Allard, en su libro <I>Pueblos Indígenas e Identidades de Género: el 
dualismo sexual sometido a discusión</I>, la discriminación comenzó por presión 
de los misioneros y la sociedad criolla quienes proscribieron, invisibilizaron y 
ridiculizaron a esta figura transgénero, desestructurando su identidad y 
llevándolo a ocupar un lugar marginal en el tejido social: “Exiliada su figura 
social del mundo warao, el tidawina deja de cumplir un rol en él y pasa a 
convertirse en una figura propia del mundo criollo y ajena al warao, es decir, 
un 'maricón', una aberración, una desviación, un desterrado social”; y ahora 
responsable directo del VIH, porque ya muchos warao relacionan al tidawina como 
un factor de riesgo para contraer la enfermedad. </p>



<p class="wp-block-paragraph">El antropólogo Luis 
Felipe Gottopolo explica todo: “Al preguntar sobre los <I>tidawinas</I>, una 
mujer warao inmediatamente contestó que no los querían, pues ellos salían "por 
la noche con <I>sujebu</I> a contagiar a los hombres con esa enfermedad Sida". 
Por otra parte, al preguntarle a otra mujer warao sobre el origen del Sida, 
contó que seis <I>tidawinas</I> habitantes de la comunidad de Koberuna se 
contagiaron en San Francisco de Guayo, y propagaron la enfermedad en 
sucomunidad”. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Los <I>tidawinas</I> 
han quedado desligados de las relaciones socioproductivas y por ende las 
personas transgéneros y homosexuales, que antes eran tolerados por la sociedad 
warao, ya no pueden tener parejas estables, familia, ni ninguna función social. 
Relegados a la clandestinidad, algunos de ellos se han dedicado a la 
prostitución. </p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="550" height="413" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/30112015-1.jpg" alt="" class="wp-image-50921"/><figcaption>Imagen de una mujer warao. Foto: Minerva Vitti.</figcaption></figure>


<p class="wp-block-paragraph">En el estudio <I>HIV-1 
Epidemic in warao amerindians from Venezuela: spatialphylodynamics and 
epidemiological patters</I> (2013) algunos pacientes VIH positivos confirmaron 
haber tenido experiencias sexuales con <I>tidawinas</I> o con otros hombres 
(64%). </p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo anterior supone un 
cambio muy fuerte en materia sexual y familiar para los warao. El antropólogo 
Emilio Monsonyi documentó en 1984 en su libro, <I>La sexualidad indígena vista a 
través de dos culturas: Waraos y Guajibos</I>, que existían normas que limitaban 
la libertad sexual en estas comunidades. </p>



<p class="wp-block-paragraph">“Las relaciones entre 
hombres y mujeres se caracterizan por el formalismo, la sobriedad y la 
distancia, capaces de neutralizar y controlar emociones y pulsiones”, explicaba 
Mosonyi en su libro. “Los niños tienen prohibido hablar de sexo y las mujeres 
deben llegar en estado de virginidad al matrimonio. Las normas que rigen el 
comportamiento y los hábitos sexuales son más bien estrictas y conservadoras. 
Los vínculos sexuales fuera del matrimonio son mal vistos y reprobados”. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gottopo añade ahora, a 
30 años de aquel análisis, que las contradicciones actuales pueden ser el 
resultado de la flexibilización de las normas sexuales tradicionales, como 
consecuencia de la interacción con el mundo criollo. Sin embargo, este 
antropólogo insiste en que no son los <I>tidawinas</I> ni las migraciones de 
muchos warao las principales causas a atacar para frenar la epidemia de VIH. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por el contrariodice 
que es necesario garantizar, antes que nada, la atención médica y la prevención 
a través de campañas especiales. Después de todo, se trata de una enfermedad que 
llegó del mundo exterior, por lo que también deben recibir tratamientos de ese 
mundo exterior. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde Delta Amacuro, el 
médico Luis José Rodríguez cuenta que una vez entregaron condones y algunos 
warao los agarraron para hacer globos: “Ahorita estamos trabajando dando charlas 
pero no es un método muy efectivo porque está fracasando. ¿Cómo hacemos para 
educar al warao en prevención sin afectar su cultura?”, pregunta. “¿Cómo tú le 
dices al warao que no tome agua del río porque le va dar diarrea? Cuando no hay 
una planta potabilizadora de agua. ¿Cómo tú le dices al warao no cocines en leña 
porque te van a dar enfermedades respiratorias?”. 
</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img decoding="async" width="550" height="413" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/30112015-2.jpg" alt="" class="wp-image-50922"/><figcaption>Hay presencia de VIH en 26 comunidades del Delta del Orinoco. Foto: Minerva Vitti.</figcaption></figure>


<h2 class="wp-block-heading">Los jebus de la gente de los caños</h2>


<p class="wp-block-paragraph">En su investigación 
sobre la medicina natural de este pueblo, <I>Fitoterapia Warao</I>, libro 
editado por la Fundación La Salle de Ciencias Naturales (1996), el antropólogo 
Wilbert Werner señala que en el imaginario warao existen, paralelamente, dos 
teorías de la enfermedad. Ambas suponen un origen espiritual o mágico, pero se 
diferencian en las terapias que se emplean. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Por un lado, de acuerdo 
a la teoría chamánica, las enfermedades son producidas mediante el ataque de 
espíritus caníbales devoradores de almas (<I>jebus</I>), objetos patógenos 
(<I>bajanas</I>) o encantamientos (<I>joas</I>) que se introducen en el cuerpo 
de un individuo, causándole dolencias. Generalmente este tipo de enfermedades 
son tratadas por los chamanes. Hay otra teoría que entiende el contagio de 
patologías a través de olores fétidos que son transportados por el aire, el agua 
o el <I>fomes</I>, hasta el cuerpo, en el cual se introducen para alojarse en 
cualquiera de las varias almas que componen la esencia del warao y que se ubican 
en la cabeza, tórax, pecho y abdomen. </p>



<p class="wp-block-paragraph">La terapia aplicada a 
este tipo de enfermedades carece de rituales y se fundamenta en la sustitución 
de un olor fétido y patogénico, por otro aromático y terapéutico, donde los 
medicamentos naturales, de índole vegetal, son administrados mediante el consumo 
oral, inhalación o unción tópica, con el fin de desplazar los olores fétidos 
causantes de enfermedades. </p>



<p class="wp-block-paragraph">El diagnóstico de la 
enfermedad lo hacen chamanes y fitoterapeutas de forma mancomunada. Si ninguno 
de los campos médicos tradicionales logra determinar la patología, entonces se 
asume que es de origen exótico y que el paciente debe ser tratado con la 
medicina del criollo. Es el caso de la tuberculosis o el VIH. El problema es que 
por la falta de información muchos de ellos solo reconocen los síntomas más no 
el virus. Saben, de cualquier modo, que es mortal porque casi nadie sale ileso 
cuando comienzan a sentir <I>diaraya</I> (fiebre), <I>sojo</I> (diarrea), 
<I>botukataya</I> (pérdida de peso), <I>botobotoya</I> (debilidad), 
<I>ataearakateobo</I> (mareos). </p>



<p class="wp-block-paragraph">“El problema con los 
tratamientos de VIH y tuberculosis no es la disponibilidad, gracias a Dios y al 
Estado la tenemos, sino el apego del paciente al tratamiento, además que al 
sentirse bien deja de tomarlo”, señala Yajaira Segovia, jefe de Atención Médica 
y coordinadora de la Red Hospitalaria de la Dirección Regional de Salud. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este caso es peor el 
remedio que la enfermedad porque la persona puede desarrollar resistencia al 
medicamento. De hecho en el estudio <I>Evidence of at Least Two Introductions of 
HIV-1 in the Amerindian Warao Population from Venezuela</I> (2012) se 
encontraron algunas mutaciones del virus, personas con estas resistencias que 
habían contaminado a otros, aunque no todos los individuos infectados y 
resistentes al fármaco habían recibido tratamiento antes del estudio. 
</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img decoding="async" width="550" height="550" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/30112015-3.jpg" alt="" class="wp-image-50923"/><figcaption>Los niños tienen prohibido hablar de sexo y las mujeres deben llegar vírgenes al matrimonio. Foto: Minerva Vitti.</figcaption></figure>


<p class="nota wp-block-paragraph">(*) Este trabajo es el tercero de cuatro entregas desarrolladas a lo largo del Diplomado de Periodismo de Investigación, que dicta el Instituto de Prensa y Sociedad (IPYS) en alianza con la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).</p>

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			</item>
		<item>
		<title>Viaje al fondo de una etnia enferma</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MINERVA VITTI]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 29 Nov 2015 00:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Investigacion]]></category>
		<category><![CDATA[Delta Amacuro]]></category>
		<category><![CDATA[Indígenas]]></category>
		<category><![CDATA[Salud]]></category>
		<category><![CDATA[VIH]]></category>
		<category><![CDATA[Warao]]></category>
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					<description><![CDATA[Una expedición médica zarpó en julio a la Venezuela más recóndita para examinar las poblaciones indígenas que atraviesan la peor epidemia de sida que se haya visto en el país. Una periodista los acompañó y desde allí reportó, en clave de crónica, un periplo por los campamentos warao y las vicisitudes que pasan a la hora de enfrentar el VIH sin tan siquiera un ambulatorio surtido de medicinas.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Los médicos querían 
salir desde Puerto Volcán –un pueblo que creció a la vera de un muelle 
localizado a 45 minutos de Tucupita, la capital de Delta Amacuro– hasta San 
Francisco de Guayo, en los caños del delta del Orinoco, cuando recibieron la 
noticia: no había gasolina para completar el recorrido. Todo parecía indicar que 
la espera sería larga. Andrés, el motorista encargado de la expedición en 
lancha, les dijo que un hombre llevaba una semana esperando la llegada del 
combustible. Solo se podía salir a tiempo pagando un tambor de gasolina que en 
el mercado negro oscila entre 3.000 y 7.500 bolívares. Pero ni Andrés ni los 
doctores tienen para pagarlo. Así que el lanchero sacó su chinchorro y durmió 
cerca de la embarcación para evitar que le robaran los 
motores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los doctores, 
resignados, esperaron hasta el día siguiente para iniciar una travesía vital en 
esta zona de la Venezuela más recóndita. El extremo oriental es quizá el último 
lugar de la geografía nacional en el orden de prioridades de todos. Allí, donde 
la prevalencia del VIH es más alta que en cualquier parte del país, los 
especialistas quieren evaluar el impacto del virus en la población warao de 15 a 
50 años, pertenecientes a 15 comunidades de la parroquia Padre Barral y 11 de la 
parroquia Manuel Renaud. Hay que aplicar dos pruebas rápidas de diagnóstico 
(Oraquick y Alere) y determinar cuántos pacientes conocidos por el Ministerio 
del Poder Popular para la Salud (la mayor parte por los estudios realizados por 
estos investigadores) sobreviven en el hospital Hermana Isabel López de Guayo. 
La travesía es perentoria: el equipo aspira a que quienes aún sobreviven sean 
incluidos en las estadísticas nacionales a través del Programa Nacional de 
ITS/VIH y puedan recibir tratamiento. Los que han fallecido arrojan una 
conclusión quizá más importante: cuán letal es la cepa que tienen los warao. 
</p>


<p class="wp-block-paragraph">Amaneció el jueves en 
Puerto Volcán, una comunidad con estructuras improvisadas de madera, zinc y 
bolsas negras donde viven, de forma permanente o pasajera, los warao que vienen 
de los caños más adentrados del delta, y los doctores Jacobus de Waard, un 
biotecnólogo holandés que actualmente dirige el Laboratorio de Tuberculosis en 
el Instituto de Biomedicina de la Universidad Central de Venezuela; Sergio Poli 
que trabaja en el mismo laboratorio; Alfredo Silva, Luis José Rodríguez y Jan 
Costa, quienes actualmente hacen su año de rural en los hospitales de San 
Francisco de Guayo y Nabasanuka, llegaron al embarcadero con el propósito de 
zarpar. Los médicos comenzaron a meter la carga en la curiara de hierro azul 
identificada con el nombre del “Instituto Autónomo de Biomedicina de la UCV”, y 
se percataron que aún faltaban dos tambores más de gasolina. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Habían pedido seis para 
poder visitar todas las comunidades. En este puerto la venta de gasolina está 
restringida a dos tambores, de 200 litros cada uno por mes, lo que apenas es 
suficiente para un viaje de ida y vuelta desde Puerto Volcán hasta San Francisco 
de Guayo o Winikina. “Hablamos con el comandante”, decía el doctor Jacobus con 
una carta en la mano, mientras que uno de los tenientes insistía en que debía 
llamar para verificar. Luego de unos minutos los militares vendieron la gasolina 
que necesitaban y el grupo partió a las 10:30am, un día después de lo pautado. 
</p>

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<p class="wp-block-paragraph">Al 
principio un sendero de agua es todo el camino. Luego el río Orinoco se abre 
como un abanico formando una red intrincada de caños y diversas islas deltaicas. 
Esta cuenca, ubicada en el extremo nororiental del país, cubre una superficie de 
aproximadamente 32.000 kilómetros cuadrados. Solo el delta tiene 22.500 
kilómetros cuadrados, demarcado por el Caño Manamo en el oeste, el Río Grande en 
el sur y las aguas del océano Atlántico que bordean sus costas.&nbsp; De lado y 
lado hay manglares, árboles retorcidos que emergen del agua, la vegetación 
típica de esta zona.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
travesía duró varias horas porque uno de los motores de la lancha desapareció. A 
las 8:00 de la noche el equipo médico desembarcó en San Francisco de Guayo, un 
lugar muy remoto que queda casi tocando el océano Atlántico. Desde ahí se 
desplazarían a las otras comunidades donde aplicarían las pruebas de despistaje 
de VIH. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Llegar 
hasta aquí es un milagro. El resto del equipo que ya está instalado, formado por 
siete pasantes de la escuela de medicina José María Vargas de la UCV, también 
vivió una odisea. La Dirección Regional de Salud del estado Delta Amacuro solo 
les facilitó dos camionetas pick up para su equipaje y ellos tuvieron que 
contratar un camión 350 para el resto de las cosas: comida para dos meses y 
medicinas que ellos mismos habían recolectado a través de donaciones. 
</p>


<h2 class="wp-block-heading">Una vida precaria y a la deriva</h2>


<p class="wp-block-paragraph">Una 
ambulancia fluvial, corroída por el óxido y llena de agua, permanece encallada 
frente al hospital Hermana Isabel López. El ir y venir de las pequeñas olas del 
Orinoco la golpean constantemente y ella permanece ahí, un poco torcida, pero 
negada a hundirse. </p>



<p class="wp-block-paragraph">A 
finales de abril tenían que trasladar a un bebé de seis meses con diarrea hasta 
el hospital en Tucupita, y no fue posible por no contar con una embarcación. El 
doctor y los familiares tuvieron que resignarse a verla morir. Otro caso fue el 
de un niño warao con un cuadro de tuberculosis, que murió al no ser trasladado a 
tiempo a Tucupita. En mayo Nubia López murió tras 11 días de convalecencia por 
la misma razón. Un medio local publicó las fotos de la mujer cadavérica. En 
enero de 2015 se fue la luz y los médicos tuvieron que atender los partos con 
velas. Otro día nació un niño y no lloraba. Resulta que había inhalado meconio, 
las primeras heces del bebé, durante el parto, cuando lo estaban aspirando se 
fue la luz y el recién nacido murió. </p>



<p class="wp-block-paragraph">A 
estas historias, que parecen de otro continente y de un siglo lejano, y a una 
precaria infraestructura se enfrenta el equipo que viene a establecer el alcance 
de la epidemia de VIH en el Delta del Orinoco. El hospital en Guayo cuenta con 
16 camas y cuatro camillas de observación. Existen algunos equipos: dos 
incubadoras, una centrifugadora que perteneció al doctor Jacinto Convit, una 
estufa y un microscopio. Pero es como si no existieran. Los dos generadores 
eléctricos del hospital no funcionan desde hace dos años y el generador que 
proporciona luz en el pueblo tiene problemas por piezas dañadas o falta de 
gasoil. </p>


<p class="wp-block-paragraph">Existe 
una máquina para tomar placas de rayos X que los doctores descubrieron este año. 
Había estado dentro de una caja debajo de una camilla por meses y nadie había 
mostrado interés por su contenido. Pero de poco sirve, no hay un cuarto plomado 
–un espacio adaptado para trabajar con rayos X– y los doctores hacen las pruebas 
de la forma más rudimentaria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
hospital no tiene lavadoras industriales para mantener una higiene continua: 
todavía los obreros lavan en el río. Tampoco cuenta con los insumos necesarios 
para atender a los pacientes. En promedio son 1.200 al mes, 45 y 50 consultas 
diarias, y 4 o 5 hospitalizados a la semana. Un ejemplo es la falta de un yelco 
pediátrico, una especie de catéter utilizado para administrar suero a los niños, 
por lo que deben utilizar el de adultos y atravesar sus diminutos huesos. No hay 
cremas azufradas para la escabiosis; y ni mencionar los tratamientos 
antirretrovirales para los pacientes con VIH. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta 
situación avergüenza a la hermana Isabel López, de la congregación Terciarias 
Capuchinas. “Yo dije un día: el hospital no amerita que lleve mi nombre”, dice. 
Ella está consciente de que los médicos son muy competentes, pero que poco 
pueden hacer sin insumos. “En la temporada en que descubrieron los casos de VIH 
morían al menos 5 mujeres al mes porque no podían ser trasladadas”,&nbsp; agrega 
López, que tiene más de 50 años conviviendo entre los indígenas warao del bajo 
delta. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Es 
esta congregación, la que aporta la comida para los pacientes hospitalizados, la 
tienen difícil para que todos reciban sus raciones. La Alcaldía del Municipio 
Antonio Díaz solamente les dona 7.000 bolívares mensuales. A veces los doctores 
y pasantes deben ir a los mercados populares de la red Mercal y colocar su dedo 
pulgar en las máquinas captahuellas para comprar la comida con este dinero. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
doctor es como un conserje del hospital. Debe proveer todo lo necesario para él 
y los pasantes, incluso el agua que consumen. Esta la consiguen en Teikuburojo 
donde tienen una planta potabilizadora y la compran a cambio de darles un poco 
de gasolina: “Pensar hacer un hospital en Guayo fue una idea muy buena y 
estratégica ya que está ubicado en un lugar grande, remoto y de difícil acceso. 
Pero al no estar dotado y las comunidades no disponer de motores fuera de borda 
ni gasolina se les dificulta el traslado al mismo”, comenta el médico Alfredo 
Silva. </p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
desplazamiento de una comunidad a otra puede durar 10 o más horas, e incluso 
días si el trayecto se realiza a canalete o remo. Algunas comunidades cuentan 
con lanchas a motor, pero su uso es restringido por la escasez del combustible. 
</p>


				<figure class="wp-block-embed is-type-rich is-provider-embed-handler wp-block-embed-embed-handler wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
				<iframe loading="lazy" title="Mujer en Jobure habla sobre el VIH" width="500" height="375" src="https://www.youtube.com/embed/BPinqVkkmyk?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
				</div></figure>
				
				 

<h2 class="wp-block-heading">Dos grupos estadísticos</h2>


<p class="wp-block-paragraph">La mañana del viernes 
el equipo se reunió en la residencia de los doctores, justo al lado del hospital 
Hermana Isabel López. Una salita con mueble, una computadora y una nevera para 
guardar las vacunas es todo el mobiliario. Las paredes están pintadas de rosado 
y en una de ellas está pegado un papel con el horario de guardias y consultas. 
Los días están escritos en idioma warao. También hay un José Gregorio Hernández 
y una virgen. El resto de la casa tiene una cocina, dormitorios, baños y un 
espacio en la entrada donde están guindados unos chinchorros y las cajas con las 
pruebas Oraquick que fueron donadas por una empresa estadounidense. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Oraquick es una prueba 
oral que se usa recogiendo una muestra de saliva mediante el frote de las encías 
superiores e inferiores con una paleta recolectora. Luego el dispositivo se 
introduce en el tubo de prueba que contiene un líquido y se obtienen los 
resultados en 20 minutos: si solo aparece la línea C, los resultados de la 
prueba son negativos; pero si los anticuerpos contra el VIH se depositan en la 
línea T esto indica que los resultados son positivos. </p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese caso los médicos 
aplican una segunda prueba rápida –llamada Alere Determine HIV - 1/2– que 
requiere una muestra de sangre. El Programa Nacional de Control de VIH incorpora 
a sus estadísticas a un paciente que haya dado positivo en ambos exámenes. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Deciden que para el 
estudio tendrán dos grupos. El grupo A donde usarán una muestra probabilística 
(cada 4 casas en comunidades con más de 40 casas, cada 2 casas en comunidades 
más pequeñas). El grupo B con una muestra no probabilística, grupo de estudio 
intencional donde los criterios de inclusión serán: VIH positivo conocido, con 
síntomas aparentes, contacto de VIH positivo conocido, voluntario. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Hay que ser activos. 
Yo acá tenía 10 años que no venía y me recuerdan. Yo venía a hacer pruebas de 
tuberculosis”, dice el doctor Jacobus de Waard con un acento extranjero muy 
difícil de ocultar pese a estos 20 años que tiene en Venezuela, y sale de la 
residencia con el grupo a realizar las primeras pruebas. 
</p>

<div class="lazyblock-embed-script-l8sDY5 wp-block-lazyblock-embed-script"><iframe loading="lazy" allowfullscreen="" scrolling="no" src="http://albumizr.com/a/PW8" frameborder="0" height="367" width="550"></iframe></div>

<h2 class="wp-block-heading">La etnia de las aguas</h2>


<p class="wp-block-paragraph">San Francisco de Guayo 
pertenece a la parroquia padre Barral y forma parte de las más de 365 
comunidades asentadas en el municipio Antonio Díaz. El municipio, que es el más 
grande de los cuatro que integran el estado Delta Amacuro, tiene una superficie 
de 22.746,49 kilómetros cuadrados. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Según el censo del año 
2011, la población indígena venezolana representa 3% del total de la población 
del país. De ese porcentaje los warao constituyen el segundo pueblo indígena más 
numeroso, con una población de 48.771 individuos, lo que corresponde a 6,7% del 
total de los indígenas de Venezuela. Los warao se encuentran distribuidos en 
todo el territorio nacional; sin embargo, se concentran mayoritariamente en sus 
territorios de origen (40.280 individuos), es decir, en el estado Delta Amacuro 
y, en menor medida, en la región oriental del país y el Distrito Capital. En 
Delta Amacuro la población ronda los 165.525 habitantes, de los cuales 24% se 
asumen warao, según el censo de 2011. El 13% de ellos se asienta en áreas 
urbanas, mientras que 87% restante lo hace en zonas consideradas tradicionales 
en los municipios de Antonio Díaz (58,7%), Tucupita (29,5%), Pedernales (10,9%) 
y Casacoima (0,9%). </p>



<p class="wp-block-paragraph">Fray Julio Lavandero, 
sacerdote capuchino, explica que los warao se quedaron en la era del palo, ni 
siquiera la de la piedra. Nunca han salido de las aguas. No en vano el 
significado de la palabra warao significa “gente de la canoa” o “gente de los 
caños”. Su modo de vida se desarrolla en las riberas del río Orinoco, en 
viviendas autóctonas tipo palafito y se transportan usando una curiara. Pero el 
hecho de haberse quedado en este lugar tan recóndito de Venezuela no les aseguró 
que su cultura haya permanecido intacta. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Este poblado tiene una 
misión católica fundada en 1942 por el padre de la orden capuchina Basilio de 
Barral, quien construyó una escuela y un internado para niños warao. 
Posteriormente en 1951 llegaron las religiosas de la congregación Terciarias 
Capuchinas quienes todavía permanecen en Guayo. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Guayo tiene dos 
sectores: Guayo I (la Calle de los casados y la Ranchería) y Guayo II. Una parte 
de las caminerías de Guayo son de cemento y los janokos, vivienda de los warao 
que se levantan sobre las aguas, rozan apenas sus orígenes. Ahora muchas reposan 
en estas veredas, elevadas a escasos centímetros del suelo para evitar que se 
inunden cuando llueve, y están construidas con listones de madera pintados, casi 
no tienen partes abiertas, solo las ventanas y la puerta. En otra parte de la 
comunidad estos palafitos y caminerías están sobre las aguas, y estás últimas sí 
son de listones de madera o de troncos. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Los habitantes de las 
primeras casas de la calle de Los Casados, donde empezó a trabajar el grupo, 
salen negativos a la prueba de VIH. </p>



<p class="wp-block-paragraph">—¿Saben cómo se 
transmite?—le pregunta Jacobus a uno de los jóvenes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Relaciones sexuales y 
drogas—responde.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Yo le digo a los 
muchachos que se cuiden—interviene Miguel, profesor de deportes de la comunidad, 
e inmediatamente menciona el caso de Florentino. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Florentino era muy 
activo. A sus 41 años pertenecía al equipo de futbol de San Francisco de Guayo y 
trabajaba como obrero cuando había construcciones. Su cuarto estaba lleno de 
zapatos deportivos, gorras y medallas. El licor era su único vicio, pero desde 
el 8 de marzo, día de su cumpleaños, no tomó más. En enero le dio una gripe muy 
fuerte y a partir de ese momento cada tarde lo visitaba la fiebre. Cada vez que 
comía le dolía el estómago. Luego se comenzó a poner flaco. “Será la diarrea”, 
le decía a sus familiares. El 7 de junio lo encontraron tirado en su chinchorro. 
“¿Qué te pasa, mijo?”, le preguntó su madre Aura y él no dijo nada. “Perdió el 
habla, había quedado como ciego, parecía como un niño y no quería que lo 
vieran”, recuerda ella con una tristeza que apenas encuentra consuelo. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aura fija su mirada en 
sus pies descalzos. Su hija, que la observa desde la vereda, prosigue: “Él tenía 
el virus desde 2011, desde que vino el doctor Julián, pero nunca dijo nada. 
Florentino tenía en el cuarto un montón de pastillas y no sabíamos qué eran. 
Venía una doctora y se iban para adentro. Él tenía su secreto. Con el doctor 
Alfredo se dejó colocar el tratamiento pero ya parecía un niño, le cambiaban el 
pañal varias veces. Se puso duro como una piedra, el cuello, los brazos y, ¡ay!, 
ese hipo que daba miedo. Él se la pasaba en la Ranchería y los que tuvieron 
trato con él murieron el año pasado”. </p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img loading="lazy" decoding="async" width="550" height="413" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/29112015-2.jpg" alt="" class="wp-image-50917"/><figcaption>La palabra warao significa “gente de la canoa” o “gente de los caños. Un mito warao advierte que la primera curiara fue hecha por Jaburi, el primero de sus patriarcas. Foto: Minerva Vitti.</figcaption></figure>


<p class="wp-block-paragraph">La 
diarrea era continua. Un día lo estaban alimentando con una manguera y el mismo 
se la sacó. Otro día Aura le fue a llevar jugo de guayaba y en el pañal había 
sangre. Y otro día comenzó a golpearse en el pecho: “Lo agarraba a uno fuerte y 
ni abría la boca”, evoca su madre.&nbsp; Cuando el padre le administró los 
santos óleos el cuerpo de Florentino perdió la consistencia de la piedra. La 
piel se ablandó y cerró los ojos. Sus ocho días en el hospital habían 
terminado.</p>


<h2 class="wp-block-heading">Basura y gente enferma</h2>


<p class="wp-block-paragraph">Cuando 
los doctores llegan a la Ranchería todo cambia. En este lugar, ubicado en Guayo 
I, hay más ancianos y la mayoría habla warao. También está en peores condiciones 
higiénicas, hay mucha basura debajo de las viviendas. Comienzan a aparecer las 
personas con VIH tanto en la búsqueda activa como en el conteo al azar. El 
primero es un joven de 15 años. </p>



<p class="wp-block-paragraph">En 
una de las casas Isaac está enrollado en su chinchorro y se mece lentamente. 
Tiene ojos tristes y está muy delgado. De las ventanas cuelgan dos afiches 
decolorados por el sol: “Digna Sucre, alcadesa”. La mujer sale sonriente junto 
al presidente Nicolás Maduro y la gobernadora de Delta Amacuro, Lizeta González. 
Uno de los doctores le pide a Isaac que abra la boca e introduce el Oraquick. 
Minutos después, otro caso positivo. El doctor le da un comprobante para que 
vaya a hacerse la prueba de sangre en el hospital, que está unas casas más allá 
pasando la escuela, la Iglesia y la casa de las religiosas. Isaac se levanta 
bastante débil y con papel en mano comienza a caminar, es inevitable que su 
cuerpo se vaya de un lado. Hace solo unos meses tomaba ron con Florentino. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Él 
es hijo de Silvio Rico, el wisidatu (dueño del dolor), que funge como chamán o 
sacerdote étnico y sirve de mediador entre la gente y el jebu (espíritu malo). 
Silvio está encargado de mantener la salud de su pueblo y de presidir el ritual 
del sagú, utiliza la maraca sagrada y canta mensajes curativos. Solo que esta 
medicina no ha resultado para este mal. A Silvio se le han muerto dos hijos. El 
primero fue Melesio (35 años): “Pasó dos semanas en Tucupita pero como no había 
nada que hacer me lo traje a la casa. Vomitó sangre y se murió”. Tenía sida y 
tuberculosis. El segundo fue Silvano (24 años) que también “murió flaquito”. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Antes 
no había la enfermedad. Esa gente que se muere es porque ha estado en San 
Félix”. Silvio también piensa que este mal salió del ron porque dice que cuando 
la gente toma se vuelve como animal y no puede hablar con ellos porque lo 
quieren matar. Pero lo que realmente pasa es que en las fiestas se forman 
verdaderas orgías donde los tomadores no usan ningún método anticonceptivo y 
quedan expuestos al contagio. </p>



<p class="wp-block-paragraph">En 
otra de las viviendas Jhon Grande viste una camisa ajustada que deja ver parte 
de su abdomen, un short y tiene el cabello recogido en un moño. Cuando camina 
marca bien sus pasos y mantiene el pecho erguido. Abre la boca para hacerse la 
prueba. Positivo. Le dan el mismo papel y lo envían a tomarse la muestra de 
sangre. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Uno 
a uno van apareciendo. La mayoría son hombres jóvenes y ninguno está tomando el 
tratamiento. Queda claro que los hombres mantienen relaciones sexuales con 
hombres sino no existiría una diferencia tan marcada en la prevalencia entre 
hombres y mujeres. </p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img loading="lazy" decoding="async" width="550" height="413" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/29112015-3.jpg" alt="" class="wp-image-50918"/><figcaption>Varios médicos que actualmente hacen su año de rural en los hospitales de San Francisco de Guayo y Nabasanuka recolectaron en julio las muestras de un estudio que el Instituto de Biomedicina de la UCV está por publicar. Foto: Minerva Vitti.</figcaption></figure>


<p class="wp-block-paragraph">El 
antropólogo Luis Felipe Gottopo explica que aunque en los warao lo habitual es 
la vida familiar monogámica, no es extraño entre ellos la presencia de 
individuos transgéneros llamados tida-winas (mujer con pene), los cuales 
mantienen relaciones sexuales con otros hombres. En un estudio llamado <I 
style="mso-bidi-font-style: normal">HIV-1 Epidemic in waraoamerindians from 
Venezuela: spatial phylodynamics and epidemiological patters</I> (2013), algunos 
pacientes VIH positivos confirmaron haber tenido experiencias sexuales con 
tida-winas o con otros hombres (64%).</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
factor de riesgo no radica en la homosexualidad en sí misma, sino en la práctica 
del sexo anal. El doctor Jacobus explica que el problema es que el epitelio 
vaginal tiene mayor cantidad de capas celulares por lo que no se rompe o 
desgarra con facilidad, a diferencia del anal que son pocas capas de células y 
es más frágil. A la larga las células epiteliales no se infectan sino las 
dendríticas. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante 
la jornada un hombre llama al doctor Jacobus y comienza a hacer reclamos “La 
gente se está muriendo”, le dice Es un exenfermero del hospital. “No están 
mandando el tratamiento al bajo delta y usted lo sabe”, le contesta Jacobus. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Saliendo 
de la Ranchería varios jóvenes interceptan a los doctores: “Queremos hacernos la 
prueba”. En la calle alguien grita: “Reactivo”, y suelta una carcajada. 
Probablemente tanta muerte los tiene alerta. 
</p>


<h2 class="wp-block-heading">Sexo y mosquito</h2>


<p class="wp-block-paragraph">—¿Cuéntame 
qué es el VIH? —pregunta Jacobus a uno de los jóvenes que tiene 17 años. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Una 
enfermedad que se transmite por el sexo y el mosquito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Por 
el mosquito no. ¿Mueres o vives?</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Mueres.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¿Qué 
haces para no morir?</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Condón. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Apenas 
nos enteramos no nos quedamos con las manos cruzadas, comenzamos a pasar 
películas, hacer charlas. Estoy segura que en 2009 había como 60 casos y deben 
quedar vivos como cinco. El primero en morir fue un señor de 50 años, él 
contagió a muchos”, cuenta la religiosa Isabel López. Mar Medina, coordinadora 
del Programa de ITS/VIH en Delta Amacuro, también asegura que en Guayo colocaron 
películas para explicar la situación e incluso se apoyaron en traductores warao, 
“pero se cayó el interés de la Dirección Regional de Salud”. Muchos doctores que 
han pasado por esta comunidad han brindado información sobre esta enfermedad, 
así que algunos habitantes de Guayo conocen la letalidad del virus y aunque 
muchas veces no lo llamen por su nombre –la palabra VIH o sida no existe en 
warao– ya identifican los síntomas: diaraya, sojo, botukataya, botobotoya, 
ataearakateobo. El problema sigue estando en la prevención y el acceso a los 
medicamentos. </p>


				<figure class="wp-block-embed is-type-rich is-provider-embed-handler wp-block-embed-embed-handler wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
				<iframe loading="lazy" title="Epidemia de sida en el Delta del Orinoco" width="500" height="375" src="https://www.youtube.com/embed/EK2N5w0C0gs?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
				</div></figure>
				
				 

<h2 class="wp-block-heading">Próxima parada</h2>


<p class="wp-block-paragraph">Los doctores suben a la 
lancha y siguen su recorrido hacia la Isla de Jobure, a unos 30 minutos de 
Guayo. Tres perros raquíticos y un joven los recibe en el muelle de tablas 
desgastadas por la humedad. Sobre estas hay un pescado salándose. Más atrás dos 
jóvenes observan desde el vaivén de su chinchorro.&nbsp; El resto de la familia 
ha salido. Alfredo le explica al joven el motivo de la prueba y se la aplica. El 
resultado es negativo. Jacobus saca su lista de viejos casos diagnosticados y 
pregunta por Jhenny Freites de 28 años. “Está en Tucupita con sus hijos”, 
responde el joven, que resulta ser su hermano. Él no sabe si Jhenny volverá, así 
que por ahora es una portadora del virus que vive en la capital del estado y no 
hay información que indique si está recibiendo tratamiento. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los doctores navegan 
hasta la segunda casa donde encuentran a tres personas, dos de ellos, una mujer 
y un hombre, acostados cada uno en su chinchorro. Sus ojos están apagados, han 
perdido mucho peso y tienen una tos que no se detiene. Ambos tienen tuberculosis 
y los doctores le aplican la prueba para descartar VIH, porque muchas veces este 
virus queda silenciado por el padecimiento de la ocasión y los warao no tienen 
manera de saberlo. De todos modos deberán ir el lunes al hospital de Guayo para 
hacerles las pruebas. Ellos no tienen motor, así que irán en una curiara 
utilizando canaletes. “Salimos a las 4: 00 am y llegamos allá a las 7:00 am”, 
dice Kenny, el esposo de la mujer que está en el chinchorro y el único que está 
en pie. Él tiene VIH. </p>



<p class="wp-block-paragraph">En la tercera casa, 
donde hay un afiche con la cara de Nicolás Maduro que ha ido borrando el sol, 
todos resultan negativos. El saldo es que en una comunidad de solo tres familias 
hay dos que tienen a alguien con VIH, lo cual resulta alarmante.&nbsp; Jacobus 
saca nuevamente su lista. “Ese se murió hace como dos años trabajaba en 
Cambalache (…) Ismenia murió hace como una o dos semanas”, responde uno de los 
hombres del lugar. </p>


<h2 class="wp-block-heading">Un nuevo contagio</h2>


<p class="wp-block-paragraph">Comienza a oscurecer y 
los doctores van en la curiara de regreso a Guayo. Las noches en Guayo 
transcurren con el sonido de las olas que forman los balajús que pasan a toda 
velocidad por el Orinoco, la lluvia y las historias sobre los fallecidos por la 
enfermedad. Ya se confunden los nombres y las historias. La hermana Ilvia Rosa 
dice que en Jobure una familia completa murió: “Primero fue la esposa, luego el 
señor se casó y murió la otra esposa, sus hijos y él. El último hijo que quedaba 
murió hace poco”. La hermana Isabel cuenta que un hombre contagió a un montón: 
“Eran como una pandilla y todos fueron muriendo menos él, luego un doctor me 
dijo que eso podía suceder pero con el pasar del tiempo él también caería”. 
</p>


				<figure class="wp-block-embed is-type-rich is-provider-embed-handler wp-block-embed-embed-handler wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
				<iframe loading="lazy" title="Solo una persona tenía su tratamiento antirretroviral" width="500" height="375" src="https://www.youtube.com/embed/C5jh9-jOCGQ?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
				</div></figure>
				
				 

<p class="wp-block-paragraph">Ronald Ortiz es 
enfermero de Merejina, comunidad de la parroquia Padre Barral del municipio 
Antonio Díaz. El ambulatorio es su propia vivienda: “Lo que más hago es 
inyectar, pero a los niños es difícil porque solo tengo yelco 18 y es demasiado 
grande”. La embarcación que usa es la de su madre. Cuenta que busca la medicina 
en Tucupita: “Cuando hay traigo y cuando no me vengo con las manos vacías”. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su testimonio evidencia 
la deficiencia en la articulación del sistema de salud en el territorio: no 
cuenta con ningún tipo de infraestructura oficial, el programa de salud no lo 
provee con un motor fuera de borda para trasladar a sus pacientes al hospital 
más cercano, y tampoco para reabastecerse de medicamentos en Tucupita, aunque lo 
ideal sería que también lo hiciera en el sitio más cercano a su zona de 
influencia, en este caso Guayo. Además los médicos y el personal auxiliar de los 
hospitales tipo I deberían evaluar el trabajo de estos auxiliares, pero se 
vuelve a lo mismo no hay embarcaciones. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Werner y Ayala 
Lafée-Wilbert lo explican muy bien en el libro Salud Indígena en Venezuela, 
editado paradójicamente por el Ministerio del Poder Popular para la Salud: “Bajo 
estas condiciones, la mayoría de los warao no encuentra una solución confiable a 
sus problemas de salud. En muchos casos, cuando necesitan de atención médica 
urgente no tienen manera de trasladarse al CAI 2 [actualmente hospitales tipo I 
en el Delta] y, en el CAI 1 [ambulatorio] de su comunidad, no hay médico o se 
acabaron los fármacos porque el auxiliar no ha podido trasladarse a Tucupita a 
buscarlas. Es de esperar entonces que el warao siga atendiendo a su gente a la 
manera tradicional, a través de sus chamanes”. </p>



<p class="wp-block-paragraph">En una de las casas 
Ismael se niega a hacerse la prueba de VIH porque dice que “es evangélico y 
creen en Dios”. Después de explicarle accede. Sin embargo hay otras personas que 
deciden no realizarse la prueba por la misma razón. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Del otro lado de la 
comunidad las caminerías están destruidas. Manuel Beria con tuberculosis se 
esfuerza en toser para darle un esputo a Sergio, uno de los doctores. Comienza a 
llover y los doctores se mueven como pueden entre las tablas rotas para hacer el 
resto de las pruebas de VIH. Afortunadamente nadie se cae, ya en el otro sector 
de Merejina una de las caminerías había colapsado y más de uno se golpeó. Rafael 
Niño, uno de los enfermeros warao que trabaja en Guayo y también formado con el 
Plan Delta, ha sido un gran apoyo en esta jornada. </p>



<p class="wp-block-paragraph">La lluvia no cesa. Una 
neblina blanca y densa resta visibilidad. Aun así los doctores deben regresar a 
Guayo, que queda a una hora. Comienza a oscurecer y faltando veinte minutos para 
llegar al poblado la curiara se queda sin gasolina. En medio de la noche 
empiezan a remar con lo que tienen. El sonido de pájaros, ranas, árboles o 
cualquier cosa entre los manglares los acompaña. Al cabo de un rato pasa una 
curiara cargada de gente y les regala un poco de combustible. Empapados y sin 
almorzar llegan a la residencia. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Por primera vez en 
cuatro meses la noche de Guayo está iluminada. Ayer llegó el gasoil y hoy 
encendieron el generador eléctrico. Las luces de los palafitos flotan en las 
aguas del Orinoco y se escucha Bailando de Enrique Iglesias, Como yo le doy de 
Don Miguelo y No voy a llorar de Los Diablitos, todo es un mix de música urbana, 
reggaetón y vallenato. Hay risas y los perros también ladran. Aquí muchas 
fiestas terminan en peleas por los efectos del alcohol o en encuentros sexuales 
casuales. Las palabras del wisidatu de la comunidad, Silvio Rico, reaparecen en 
la escena: “Este mal salió del ron”. “Cuando la gente toma se vuelve como 
animal”. Hoy seguro habrá un contagio de VIH. 
</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img loading="lazy" decoding="async" width="550" height="413" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/29112015-4.jpg" alt="" class="wp-image-50919"/><figcaption>El torotoro es una cesta rectangular que los warao utilizan para guardar objetos rituales. El doctor Alfredo lo usa como una suerte de maletín para que los pacientes indígenas reduzcan sus pruritos con la medicina occidental. Foto: Minerva Vitti.</figcaption></figure>

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			</item>
		<item>
		<title>Una epidemia de sida está diezmando a los warao</title>
		<link>https://armando.info/una-epidemia-de-sida-esta-diezmando-a-los-warao/?utm_source=rss&#038;utm_medium=rss&#038;utm_campaign=una-epidemia-de-sida-esta-diezmando-a-los-warao</link>
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		<dc:creator><![CDATA[MINERVA VITTI]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 28 Nov 2015 00:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Investigacion]]></category>
		<category><![CDATA[Delta Amacuro]]></category>
		<category><![CDATA[Indígenas]]></category>
		<category><![CDATA[Salud]]></category>
		<category><![CDATA[VIH]]></category>
		<category><![CDATA[Warao]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://armando.info/?p=313</guid>

					<description><![CDATA[Los indicadores del Delta del Orinoco superan la media mundial. Los médicos estiman que los indígenas están enfrentando una cepa mucho más agresiva que pone en riesgo la supervivencia de todo un pueblo. Las autoridades, entretanto, han optado por mantener el caso en silencio. Aquí la primera entrega de este reportaje de investigación.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><I>Delta 
Amacuro</I>.- El día que monseñor 
Felipe González le pidió a los habitantes de San Francisco de Guayo –un poblado 
indígena localizado en el Delta del Orinoco, al extremo nororiental de 
Venezuela– que describieran lo que la gente sentía antes de morir, todos 
comenzaron a nombrar: diaraya (fiebre), sojo (diarrea), <I>botukataya</I> 
(pérdida de peso), <I>botobotoya</I> (debilidad), <I>ataearakateobo</I> 
(mareos). Ninguno mencionó la enfermedad que engloba todos esos síntomas. 
“Señores ustedes están muriendo de sida”, sentenció el sacerdote. En San 
Francisco de Guayo, como en otras comunidades de los caños cercanos, muchos 
indígenas de la etnia warao no llaman al VIH-sida por su nombre sino por los 
síntomas que experimentan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luis José Rodríguez, 
médico de la zona, ha tenido que dar explicaciones similares a las del 
sacerdote. Los indígenas warao solo advierten la fulminante presencia de la 
enfermedad cuando el cuerpo comienza a descomponerse. Rodríguez, de 26 años, 
está realizando su rural en Guayo. Acomoda sus lentes y continúa frente al 
computador revisando la lista de casos de pacientes con VIH, tiene muy presente 
el episodio porque recientemente le dio la noticia a una paciente de Jeukubaca, 
otra comunidad del municipio Antonio Díaz en Delta Amacuro. “Lo tomó como si 
nada”, recuerda. “Le pregunté: ‘¿sabes lo que es el VIH-sida?’. Y me dijo: "No, 
no sé”. Al revisar la historia de esta paciente encontraron que su anterior 
esposo había muerto de VIH. </p>


<h2 class="wp-block-heading">Prueba piloto</h2>


<p class="wp-block-paragraph">San Francisco de Guayo 
fue una de las ocho comunidades –las otras fueron Jobure de Guayo, Isla de 
Jobure, Jobotoboto, Ibute, Usidu, Guayo, Jeukubaka, Ibuiruina– donde a finales 
de 2011, el doctor Julián Villalba y otros investigadores del Instituto 
Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) y el Instituto de Biomedicina 
de la Universidad Central de Venezuela elaboraron el estudio <a title="Opens external link in new window" href="http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/23435304" target="_blank" rel="noopener"><I>HIV-1 Epidemic in warao 
amerindians from Venezuela: spatial phylodynamics and epidemiological 
patters</I> (2013)</A>, que arrojó como 
resultado que 55 indígenas tenían el Virus de Inmunodeficiencia Humana. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los especialistas se 
alarmaron porque 9,55% de los habitantes de ocho comunidades estudiadas habían 
contraído el virus. La más alta prevalencia en el mundo corresponde hasta ahora 
a una región lejana: el África subsahariana, con 5% de su población. El promedio 
mundial para el año 2013 –las últimas cifras disponibles de la Organización 
Mundial de la Salud– era de 0,8% en adultos entre 15 y 49 años, ligeramente 
superior a la población venezolana comprendida en el mismo rango para 2005. Con 
respecto a esta última cifra algunas autoridades sanitarias nacionales declaran 
que está en 0,56%. </p>



<p class="wp-block-paragraph">El análisis genético 
del genoma del virus sugería, además, que la epidemia de VIH en las comunidades 
warao se duplicaría cada 10 meses. La prevalencia del virus fue más 
significativa en los hombres (15,6 %) en comparación con las mujeres (2,6%), 
todos en edades comprendidas entre los 18 y 30 años. Y la comunidad más afectada 
fue Usidu (21,6% seropositividad). </p>



<p class="wp-block-paragraph">Los warao que dieron 
positivo en el estudio del IVIC estaban infectados con el VIH-1 subtipo B, que 
es el más común en Venezuela; y solo hubo un caso de una mujer con VIH-1 subtipo 
C. Ya esto había sido indicado en otro estudio titulado <a title="Opens external link in new window" href="http://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0040626" target="_blank" rel="noopener"><I>Evidence of at Least 
Two Introductions of HIV-1 in the Amerindian Warao Population from 
Venezuela</I> (2012)</A>. 
</p>

<div class="lazyblock-embed-script-jZ8IdO wp-block-lazyblock-embed-script"><iframe loading="lazy" allowfullscreen="" scrolling="no" src="http://albumizr.com/a/eD4" frameborder="0" height="367" width="550"></iframe></div>

<p class="wp-block-paragraph">Este trabajo fue 
presentado en reuniones con las viceministras de salud Miriam Morales y Claudia 
Morón, en 2012 y 2014, respectivamente. De estas autoridades sanitarias 
solamente Claudia Morón continúa como viceministra de Redes de Salud Colectiva. 
En aquel momento las funcionarias aseguraron que tomarían medidas, que una parte 
de la institución ya conocía el problema, y que debían planificar una 
investigación de campo. En 2015 algunos especialistas de estos estudios y 
antropólogos de otra investigación <I>Estudio de VIH en poblaciones warao. 
Determinantes sociales</I> (Fundacredesa), que aún no se ha publicado, también 
se reunieron con representantes de la Defensoría del Pueblo para plantearles la 
situación. Solo se sabe que luego de esto viajaron a Tucupita, se reunieron con 
autoridades y realizaron talleres con líderes comunitarios. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde ese entonces, sin 
embargo, nada ha cambiado. Mientras las aguas del Orinoco siguen corriendo, hay 
nuevas historias de indígenas warao con VIH. Con el paso del tiempo los médicos 
han advertido que los nuevos portadores del virus llevan en la sangre una 
variante más agresiva que los está matando en menos de cinco años. Ningún ente 
está garantizando que todos puedan acceder al tratamiento: “Yo tengo siete años 
aquí, he escuchado que tienen VIH y no he visto que han recibido tratamiento. 
Cada año mueren cuatro o cinco”, aseguró Luis Tocoyo, profesor en una escuela de 
Jobure, otra comunidad con alta prevalencia en casos con VIH. 
</p>


<h2 class="wp-block-heading">Una cepa más agresiva</h2>


<p class="wp-block-paragraph">Una persona con VIH 
puede estar infectada entre ocho y diez años sin presentar ningún tipo de 
síntoma y sin embargo transmitir el virus. Alguien infectado con la cepa más 
común en Venezuela, el VIH-1 subtipo B, podría vivir ese tiempo sin tratamiento, 
pero los warao están desarrollando síntomas del sida en menos de cinco años. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Flor Pujol, bióloga del 
Laboratorio de Virología Molecular del Instituto Venezolano de Investigaciones 
Científicas (IVIC) y una de las investigadoras del estudio <a title="Opens external link in new window" href="http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/26414846" target="_blank" rel="noopener"><I>The evolving HIV-1 
epidemic in Warao Amerindians is dominated by anextremely high frequency of 
CXCR4-utilizing strains</I> (2015)</A>, explica que en las 
muestras de los warao, el doctor Héctor Rangel, del mismo laboratorio, analizó 
la envoltura del genoma, que es la parte por donde el virus se une con su 
receptor a los correceptores, y el resultado fue que 90% de las muestras eran 
X4, una cepa del virus más virulenta. Los afectados con esta cepa manifiestan 
más rápido los síntomas. En los warao esta transición al virus más letal se 
produce más rápido. Esto puede ocurrir cuando la persona ha sido infectada por 
más de una cepa del virus. Casos como este se han detectado en Cuba y la 
investigación fue publicada en <I>EbioMedicine bajo el título de </I><a title="Opens external link in new window" href="http://www.ebiomedicine.com/article/S2352-3964%2815%2900038-9/abstract" target="_blank" rel="noopener"><I>CRF19_cpx is an 
Evolutionary fit HIV-1 Variant Strongly Associated With Rapid Progression to 
AIDS in Cuba</I></A>. Los warao, además de 
tener una variante más agresiva del virus, tienen alta prevalencia de 
tuberculosis, hepatitis B, entre otras enfermedades que ensombrecen más la 
situación. </p>



<p class="wp-block-paragraph">En los estudios 
señalados anteriormente se destaca que uno de los subgrupos de VIH encontrado en 
los pacientes del Delta del Orinoco está constituido por personas de las 
comunidades de San Francisco de Guayo y Usidu, y el otro subgrupo por habitantes 
de Jeukubana y de la Isla de Jobure. Basándose en esta información, se 
determinaron los movimientos migratorios y las rutas de transmisión a través de 
la historia filogenética del virus: Una ruta llamada GU probablemente se inició 
en San Francisco de Guayo en el año 2005, desde ahí el virus se diseminó hacia 
Isla de Jobure, Jobure de Guayo y Usidu. Luego desde Usidu pasó hacia Jobure de 
Guayo, Jobotoboto y Kuberuna. Y otra ruta, llamada JE, tal vez comenzó en 
Jeukubaka también en 2005, desde donde se esparció hacia Cambalache (estado 
Bolívar), Isla de Jobure, Nabasanuka y Usidu. Finalmente, desde Nabasanuka hubo 
un desplazamiento hacia Caño Yeri. Aparentemente la conexión entre ambas rutas 
de transmisión es mínima. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Los análisis 
filodinámicos sugieren que el virus se introdujo en poblaciones warao a 
principios del año 2000. Luego de atravesar su fase inicial de crecimiento 
lento, alcanzó San Francisco de Guayo y Jeukubaka alrededor de 2005. Hace diez 
años que comenzó su fase de crecimiento exponencial de expansión. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 2007 la Cruz Roja 
Venezolana había identificado 15 casos de VIH en la comunidad de San Francisco 
de Guayo, Murako, Jobure, Isla Jobure, Murako, Ajimurina, Merejina, Kuamujo, La 
Mora y Guayaboroina. En ese tiempo la doctora Oriana Contreras estuvo primero 
trabajando como médico rural en el hospital de Guayo y luego apoyando en un 
proyecto de la Cruz Roja Internacional, que profundizó en la búsqueda de 
enfermedades graves. Así encontró sida, pero también algunos casos de VDLR o 
sífilis. Las autoridades de la Dirección Regional de Salud de Delta Amacuro 
entonces comenzaron a desacreditarla como profesional hasta el mismo día de su 
salida. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Al finalizar el 
proyecto, Contreras fue vetada por el director regional de salud para esa época, 
Luis Beltrán Gómez. Le dijo que no podía ejercer más allá, que no debía haber 
informado sobre el caso. “¿Cómo iba a quedar el ante las autoridades del 
Ministerio de Salud en Caracas?”, recuerda Contreras a ocho años de aquella 
escena. </p>

<div class="lazyblock-embed-script-lv35ID wp-block-lazyblock-embed-script"><iframe loading="lazy" src="https://www.google.com/maps/d/embed?mid=zmaIqORbpGxU.kE6mJBcn0VWM" height="480" width="640"></iframe></div>

<p class="wp-block-paragraph">Según 
Pujol, el virus ingresó a la comunidad hace casi tres lustros y ha evolucionado 
muy rápido. El panorama, bien lo sabe, es devastador: la magnitud de la 
epidemia, la velocidad con que se está transmitiendo y en especial la 
agresividad de la cepa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
comunidad que está al frente de Jeukubaca desapareció hace dos años. Gran parte 
de sus habitantes murieron de sida, como lo confirma una lista con la 
estadística de fallecidos que lleva el hospital de Guayo. La mayoría eran 
hombres y las mujeres que quedaron abandonaron el lugar. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Uno 
de los habitantes de Jeukubaka denunció a través de <I>TaneTanae</I>, un medio 
de comunicación local, que la mitad de los parroquianos de su comunidad han 
fallecido con claros síntomas del sida: “Narciso, una tía mía, su hijo Jesús, su 
nuera Amelia y ahora murió otro hijo que se llamaba Rafael… también murió 
Avilio, un nieto, Jaime, su papá, y los primos Juan Méndez, Julio y Elio; este 
último era el jefe de la comunidad”. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Fray 
Ernesto “Kiko” Romero, recientemente nombrado vicario de Tucupita, dijo que una 
vez estuvo 40 días en una comunidad y hubo 12 muertes de jóvenes con VIH. “El 
Ministerio de Salud tiene prohibido decir que hay casos de VIH y los indígenas 
no llaman al VIH por su nombre, sino que le dicen tuberculosis, diarrea. Yo en 
todas las homilías me encargo de repetirlo”, dice el sacerdote. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin 
duda lo que ocurre en las comunidades indígenas del Delta del Orinoco es una 
epidemia de VIH. Allí se cumplen a rajatabla todas las características que 
engloban el término: enfermedad propagada en cierto periodo de tiempo, en una 
zona geográfica determinada, que afecta simultáneamente a muchas personas y 
supera la cantidad de gente esperada. La prevalencia del virus para estas 
comunidades es extremadamente superior a los estándares nacionales, incluso 
internacionales. </p>

<div class="lazyblock-embed-script-8yGT6N wp-block-lazyblock-embed-script"><iframe loading="lazy" src="//cdn.knightlab.com/libs/timeline3/latest/embed/index.html?source=1nP43Dm_2lawFbQlJBNQzRF-9WELl7cXgQKknYwcYPEA&amp;font=Default&amp;lang=en&amp;initial_zoom=2&amp;height=400" frameborder="0" height="400" width="550"></iframe></div>

<h2 class="wp-block-heading">De Cambalache a Guayo</h2>


<p class="wp-block-paragraph">La mayoría de los 
infectados llega al hospital ya en la última etapa del sida, donde uno de los 
síntomas es una diarrea que no se detiene. “Cuando ellos llegan con un síndrome 
diarreico crónico de más de un mes de evolución, uno pregunta ¿eres casado? 
‘Sí’. ¿Concubino? ‘Sí’. ¿Cómo se llama tu esposo? ¿Vive contigo? Muchísimas 
veces el esposo está en Bolívar, está en Cambalache”, explica el doctor 
Rodríguez. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Cambalache es un 
basurero ubicado en el estado Bolívar, a unos 260 kilómetros de San Francisco de 
Guayo, donde buena parte de los warao que van a este lugar regresan con VIH. Es 
el caso de una joven que estaba hospitalizada. Ahora tiene un hijo de seis 
meses, también infectado, y su esposo se quedó viviendo en Bolívar: “Viene, se 
busca otra mujer y la infecta”, dice la religiosa Ilvia Rosa, quien pertenece a 
la congregación Terciarias Capuchinas, presente en Guayo desde 1951. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este vertedero de 
basura la prostitución y el tráfico de drogas son frecuentes. De hecho, se 
reportó en el mismo estudio, <I>HIV-1 Epidemic in warao amerindians from 
Venezuela: spatial phylodynamics and epidemiological patters</I> (2013), que 53% 
de los individuos VIH positivo en Delta Amacuro habían visitado esta comunidad. 
Se especula que las idas y venidas entre Cambalache sean la causa de la 
generalizada propagación del virus entre la población warao. Otro lugar donde 
adquieren el virus es la ciudad de San Félix, también en el estado Bolívar. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">El antropólogo Luis 
Felipe Gottopo explica que la transmisión y propagación del virus puede estar 
relacionado con el éxodo hacia Tucupita, Ciudad Guayana y Barrancas de una parte 
de la población warao luego de la epidemia de cólera desatada entre 1992 y 1993. 
En aquella oportunidad al menos 500 warao perdieron la vida. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Otra hipótesis apunta 
hacia los barcos que transportan mercancías relacionadas con la industria minera 
y cuyas rutas atraviesan o se aproximan al Delta del Orinoco. “¿Ves esos 
barcos?”, pregunta Jacobus de Waard, biotecnólogo holandés que actualmente 
dirige el Laboratorio de Tuberculosis en el Instituto de Biomedicina de la 
Universidad Central de Venezuela, mientras le pasa uno en frente. “Traen 
tuberculosis, VIH, hepatitis y una semana sin actividad sexual. Entran sin 
ningún control sanitario”. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Muchos de los marineros 
proceden de Filipinas, un país asiático, y pasan por estas locaciones en busca 
de sexo. Luce probable que de alguno de estos lugares los warao hayan importado 
el virus y que cuando regresaron al Delta del Orinoco comenzara la 
proliferación. </p>



<p class="wp-block-paragraph">“Hace diez años Guyana 
era el país con más VIH en Latinoamérica, ahora lo tienen más controlado pero en 
la frontera no sabemos qué pasa”, dice Jacobus. Pujol también reafirma que ellos 
no saben qué cepa del virus está circulando en Guyana. 
</p>


<h2 class="wp-block-heading">Una epidemia que no se detiene</h2>


<p class="wp-block-paragraph">En julio de 2015 se 
tomaron las muestras para un nuevo estudio. Después de analizar las pruebas de 
VIH aplicadas a 666 individuos warao, de entre 15 a 50 años de edad, de las 15 
comunidades ubicadas en el radio del hospital de San Francisco de Guayo (Guayo, 
Usidu, Ibute, Jobotoboto, Isla de Jobure, Jobure de Guayo, Guayaboroina, 
Teikuburojo, Jeukubaka, Ibuiruina, Murako, Kuamujo, La Mora, Merejina y Jabana 
de Merejina) pertenecientes a la parroquia Padre Barral, los doctores 
encontraron una prevalencia de 7% (48 casos), que continua siendo mayor a la 
estimada tanto en Venezuela como en el resto del mundo. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Los médicos también 
concluyeron que las comunidades con mayor prevalencia de infección VIH son 
Jobure de Guayo, Usidu y San Francisco de Guayo; que los hombres resultan más 
propensos a la infección que las mujeres y la mayor prevalencia de VIH se 
encuentra en el grupo etario comprendido entre los 15 y 24 años. La mortalidad 
de infección por VIH en los últimos 8 años es elevada y la prevalencia de 
infección por VIH en las comunidades estudiadas se ha mantenido en los últimos 3 
años. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Paralelamente el grupo 
que trabajó en las 11 comunidades ubicadas en el radio del hospital de 
Nabasanuka (Arawabisi, Bamutanoko, Bonoina, Burojosanuka, España, Kuarejoro, 
Kuberuna, Manakal, Nabasanuka, Siawani, Winikina) de la parroquia Manuel Renaud, 
realizó las pruebas de VIH&nbsp; a 361 waraos de los cuales resultaron positivos 
6 (4 hombres y 2 mujeres) para una prevalencia de 1,69%. El número es 
significativo tomando en cuenta que se trata de comunidades más alejadas y que 
habían estado aparentemente sin ningún caso hasta 2012. Además es la primera vez 
que se realiza la detección de casos de VIH asociados a TBC (tuberculosis) en la 
parroquia Manuel Renaud, lo que quiere decir que las personas presentan ambas 
enfermedades, ya que al tener VIH están más propensas a adquirir otras. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">El VIH debilita el 
sistema inmunológico. Según la Organización Mundial de la Salud, “los pacientes 
infectados tienen una probabilidad hasta 50 veces mayor de sufrir tuberculosis a 
lo largo de su vida”. No en vano, la mayoría de los casos de TBC en personas 
infectadas por el VIH se registran nuevamente en el África subsahariana, donde 
80% de los pacientes con TBC también tienen probabilidad de estar infectados por 
VIH. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego de analizar los 
resultados los doctores determinaron: la mayor prevalencia de VIH se encuentra 
en el grupo etario comprendido entre los 22 y 50, la mayoría de las personas con 
VIH (5) había realizado viajes fuera de su comunidad y 4 señalaron haber tenido 
contacto con múltiples parejas. En cuanto a la tendencia sexual 3 dijeron ser 
heterosexuales, 1 homosexual y 2 bisexuales. Ninguno tenía tuberculosis. 
</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las comunidades con 
mayor incidencia de VIH fueron Nabasanuka (3 casos que representa una 
prevalencia de 5%), Burojosanuka (2 casos que representa una prevalencia de 
6,6%), y Bamutanoko (1 caso que representa 5,26%). Son evidencias claras de que 
lo que ocurre en el Delta de Orinoco es una epidemia, una epidemia que está 
poniendo en riesgo la supervivencia de todo un pueblo indígena. 
</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img loading="lazy" decoding="async" width="550" height="413" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/28112015-1.jpg" alt="" class="wp-image-52139"/><figcaption>Muchos de los marineros proceden de Filipinas, un país asiático, y pasan por estas locaciones en busca de sexo. Luce probable que de alguno de estos lugares los warao hayan importado el virus y que cuando regresaron al Delta del Orinoco comenzara la proliferación.</figcaption></figure>


<p class="wp-block-paragraph">“Hace diez años Guyana 
era el país con más VIH en Latinoamérica, ahora lo tienen más controlado pero en 
la frontera no sabemos qué pasa”, dice Jacobus. Pujol también reafirma que ellos 
no saben qué cepa del virus está circulando en 
Guyana.</p>


<h2 class="wp-block-heading">Una epidemia que no se detiene</h2>


<p class="wp-block-paragraph">En julio de 2015 se 
tomaron las muestras para un nuevo estudio. Después de analizar las pruebas de 
VIH aplicadas a 666 individuos warao, de entre 15 a 50 años de edad, de las 15 
comunidades ubicadas en el radio del hospital de San Francisco de Guayo (Guayo, 
Usidu, Ibute, Jobotoboto, Isla de Jobure, Jobure de Guayo, Guayaboroina, 
Teikuburojo, Jeukubaka, Ibuiruina, Murako, Kuamujo, La Mora, Merejina y Jabana 
de Merejina) pertenecientes a la parroquia Padre Barral, los doctores 
encontraron una prevalencia de 7% (48 casos), que continua siendo mayor a la 
estimada tanto en Venezuela como en el resto del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los médicos también 
concluyeron que las comunidades con mayor prevalencia de infección VIH son 
Jobure de Guayo, Usidu y San Francisco de Guayo; que los hombres resultan más 
propensos a la infección que las mujeres y la mayor prevalencia de VIH se 
encuentra en el grupo etario comprendido entre los 15 y 24 años. La mortalidad 
de infección por VIH en los últimos 8 años es elevada y la prevalencia de 
infección por VIH en las comunidades estudiadas se ha mantenido en los últimos 3 
años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Paralelamente el grupo 
que trabajó en las 11 comunidades ubicadas en el radio del hospital de 
Nabasanuka (Arawabisi, Bamutanoko, Bonoina, Burojosanuka, España, Kuarejoro, 
Kuberuna, Manakal, Nabasanuka, Siawani, Winikina) de la parroquia Manuel Renaud, 
realizó las pruebas de VIH&nbsp; a 361 
waraos de los cuales resultaron positivos 6 (4 hombres y 2 mujeres) para una 
prevalencia de 1,69%. El número es significativo tomando en cuenta que se trata 
de comunidades más alejadas y que habían estado aparentemente sin ningún caso 
hasta 2012. Además es la primera vez que se realiza la detección de casos de VIH 
asociados a TBC (tuberculosis) en la parroquia Manuel Renaud, lo que quiere 
decir que las personas presentan ambas enfermedades, ya que al tener VIH están 
más propensas a adquirir otras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El VIH debilita el 
sistema inmunológico. Según la Organización Mundial de la Salud, “los pacientes 
infectados tienen una probabilidad hasta 50 veces mayor de sufrir tuberculosis a 
lo largo de su vida”. No en vano, la mayoría de los casos de TBC en personas 
infectadas por el VIH se registran nuevamente en el África subsahariana, donde 
80% de los pacientes con TBC también tienen probabilidad de estar infectados por 
VIH.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego de analizar los 
resultados los doctores determinaron: la mayor prevalencia de VIH se encuentra 
en el grupo etario comprendido entre los 22 y 50, la mayoría de las personas con 
VIH (5) había realizado viajes fuera de su comunidad y 4 señalaron haber tenido 
contacto con múltiples parejas. En cuanto a la tendencia sexual 3 dijeron ser 
heterosexuales, 1 homosexual y 2 bisexuales. Ninguno tenía 
tuberculosis.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las comunidades con 
mayor incidencia de VIH fueron Nabasanuka (3 casos que representa una 
prevalencia de 5%), Burojosanuka (2 casos que representa una prevalencia de 
6,6%), y Bamutanoko (1 caso que representa 5,26%). Son evidencias claras de que 
lo que ocurre en el Delta de Orinoco es una epidemia, una epidemia que está 
poniendo en riesgo la supervivencia de todo un pueblo 
indígena.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><I>(*) Este reportaje es 
el primero de cuatro entregas desarrolladas a lo largo del Diplomado de 
Periodismo de Investigación, que dicta el Instituto de Prensa y Sociedad (IPYS) 
en alianza con la Universidad Católica Andrés Bello 
(UCAB).</I></p>

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