<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Gobierno de Venezuela - Armando.info</title>
	<atom:link href="https://armando.info/tag/gobierno-de-venezuela/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://armando.info</link>
	<description>periodismo de investigación venezuela</description>
	<lastBuildDate>Fri, 28 May 2021 16:43:44 +0000</lastBuildDate>
	<language>es</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=7.1.4</generator>

<image>
	<url>https://armando.info/wp-content/uploads/2021/05/cropped-logo-animado1-32x32.gif</url>
	<title>Gobierno de Venezuela - Armando.info</title>
	<link>https://armando.info</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>El gobierno de Wilmito</title>
		<link>https://armando.info/el-gobierno-de-wilmito/?utm_source=rss&#038;utm_medium=rss&#038;utm_campaign=el-gobierno-de-wilmito</link>
					<comments>https://armando.info/el-gobierno-de-wilmito/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[ARMANDO.INFO]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 19 Mar 2017 00:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Investigacion]]></category>
		<category><![CDATA[CÃ¡rcel]]></category>
		<category><![CDATA[Gobierno de Venezuela]]></category>
		<category><![CDATA[Leyes]]></category>
		<category><![CDATA[Pranes]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://armando.info/?p=174</guid>

					<description><![CDATA[Wilmer José Brizuela se convirtió en el epítome del ´pran’ o líder de las cárceles venezolanas. Por sobre las del Estado, impuso su ley en una prisión del sur del país en medio de la lucha encarnizada entre clanes y una venganza mal perpetrada, episodios propios de una saga medieval. Su leyenda, consagrada ya en los confines del sistema penitenciario, acaba de cobrar vigencia nacional cuando un tiroteo en la isla de Margarita permitió saber que estaba en libertad con permiso oficial, a pesar de cumplir condena por complicidad en un asesinato. Todavía tiene poder. El siguiente texto es una versión abreviada de un perfil preparado originalmente por el autor para la antología ‘Los Malos’, que en 2015 publicó la Universidad Diego Portales de Chile, bajo la edición de la cronista argentina Leila Guerriero.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">-Nosotros 
no humillamos a ningún hombre. Preferimos matarlo –dice Wilmer José Brizuela 
Vera.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><I>-¿Y 
qué otras cosas les hacen a los que desobedecen las reglas que tú has impuesto, 
Wilmito?&nbsp;</I></p>



<p class="wp-block-paragraph">Antes 
de dar la respuesta, se estira en la silla de plástico. Respira hondo, alza los 
brazos y la panza se le infla y al tiempo que expulsa el aire baja lentamente 
sus gruesas manos hasta posarlas en la mesa cuadrada. Es miércoles 30 de abril 
de 2014 y estamos en las áreas comunes de la Mínima de Tocuyito, el penal 
localizado en las afueras de la ciudad de Valencia, la tercera más importante de 
Venezuela, capital del estado de Carabobo, a donde Wilmer José Brizuela 
Vera,&nbsp;<I>el goldo</I>, como también le llama su gente de confianza, ha sido 
trasladado después de un motín en el otro penal en el que estaba, Vista Hermosa, 
en Ciudad Bolívar, al sur de Venezuela, que culminó con dos guardias nacionales 
asesinados por los presos que él había liderado durante ocho años. Cuando 
finalmente coloca sus dedos sobre la superficie de la mesa, 
dice:</p>



<p class="wp-block-paragraph">-No 
les damos tiros en la espalda, sino donde les pegue. Yo no estoy todo el día 
dando órdenes. Las personas se mueren en la cárcel por la rutina impuesta. Así 
uno no quiera, lamentablemente hay que cumplir las reglas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y 
estas son las reglas.</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="556" height="417" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-1.jpg" alt="" class="wp-image-52366"/><figcaption>Wilmito portando una ametralladora estando en la cárcel. Fotografìa tomada de su cuenta de Facebook</figcaption></figure>


<p class="wp-block-paragraph">***&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es 
lunes 16 de diciembre de 2013 y voy hacia el penal de Ciudad Bolívar a visitar a 
Brizuela, el líder máximo del reclusorio. Fuera del penal nadie lo conoce como 
Wilmer, sino como&nbsp;<I>Wilmito.</I></p>



<p class="wp-block-paragraph">Le 
he pedido al taxista que me deje a tres cuadras de la cárcel, en la esquina de 
la avenida San Francisco, frente a una tienda llamada Comercial Romar. Las 
bicicletas con cestas de mimbre delante del manubrio forman dos filas simétricas 
en la entrada. A las tres de la tarde no hay clientes dentro del local. Nadie 
camina en la acera del frente y los autos circulan con vidrios polarizados y el 
aire acondicionado encendido. Ciudad Bolívar es a esta hora de la tarde una 
plancha de aluminio sobre la que se refleja un sol gelatinoso. Sólo quien tiene 
necesidad u obligación camina a esa hora por las calles solitarias que rodean a 
uno de los penales más peligrosos del país. Vista Hermosa, el sector donde está 
ubicado, no hace honor a su nombre. En realidad es un predio de clase media 
venido a menos, compuesto por calles rotas y casas de uno o dos pisos, con 
techos de platabanda, de verjas altas y puntiagudas y paredes desconchadas. Hace 
rato que muchas de las viviendas que se levantan a la vera de la calle que 
conduce hasta el penal no reciben una mano de pintura. Cuando en los años 
sesenta del siglo XX la ciudad se expandió desde las orillas del río Orinoco, 
esta urbanización, como le llaman a los sectores de clase media en Venezuela -en 
contraposición a los&nbsp;<I>barrios</I>&nbsp;de clase popular- se convirtió en 
el sitio preferido de las nuevas familias. El rápido crecimiento del sector 
terminó rodeando al penal, construido años antes, en 1951, en esa zona muy 
alejada del casco histórico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eran, 
desde luego, otros tiempos. El Estado mantenía el control de las cárceles y era 
inconcebible que un interno tuviera un fusil AR-15, pistolas 9 mm o una escopeta 
recortada. Hoy, como ha llovido durante varios días, los huecos de las calles 
están rebosados de aguas pestilentes. Los vehículos aminoran la marcha para no 
reventar el tren delantero. Las aceras están levantadas y las viviendas que 
están en la acera contraria a la del reclusorio tienen sus fachadas agujereadas. 
Esos vecinos viven frente a un sitio donde se escuchan disparos cada día y donde 
cada tanto los presos arrojan a la calle a hombres cosidos a balazos, como 
ocurrió en agosto de 2011, cuando dejaron en la puerta el cadáver de Marlon 
Guevara, luego de una riña por el control del penal. También está agujereado el 
portón principal de la cárcel, de color verde, por el que entraré dentro de 
minutos, aunque hoy no es un día establecido para las visitas. Pero eso no 
importa. Los presos deciden quién entra y cuándo puede hacerlo. Mientras 
arreglábamos nuestra primera cita, Wilmito me dijo por teléfono: “Usted llega 
hasta la puerta de la entrada y desde allí me llama para mandarlo a 
buscar”.&nbsp;</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>"Todavía no puedo creer que voy a entrar a la cárcel con mi teléfono celular y que nadie me va a revisar."</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph">Eso 
hice. Me detuve en la acera, junto a la garita de vigilancia de la Guardia 
Nacional –en realidad, se trata de un quiosco con techo de machimbrado a dos 
aguas con banquitos de hierro casi oxidado-, para enviar un mensaje de texto. 
“Estoy aquí”. Pasan diez minutos y Wilmito no me responde. Decido llamarlo. 
“¿Cómo estás vestido?”, me pregunta casi a modo de saludo. Le digo que uso un 
pantalón negro de algodón, una polo blanca y un cuaderno de tapa blanca y vivos 
azules en degradé en la mano derecha. “Ya mando a buscarte”, me responde. Los 
oficiales de la Guardia Nacional están distraídos hablando entre ellos y no sé 
si reparan en que estoy comunicándome con uno de los internos. Todavía no puedo 
creer que voy a entrar a la cárcel con mi teléfono celular y que nadie me va a 
revisar.</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img decoding="async" width="604" height="453" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-2.jpg" alt="" class="wp-image-52367"/><figcaption>Wilmito, whisky y armas. Fotografìa tomada de su cuenta de Facebook</figcaption></figure>


<p class="wp-block-paragraph">Minutos 
después se escuchan golpes en el portón verde. Un guardia se acerca, abre una 
puerta minúscula y veo la cabeza de un hombre joven. Aunque en ese momento no lo 
conozco, con los meses sabré que se llama Juan Carlos Hernández, y es una de las 
personas de confianza de Wilmito. El hombre mira a la izquierda, luego a la 
derecha, hasta que fija su mirada en mí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Usted 
viene buscando a Wilmer?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-<I>Sí</I>&nbsp;–respondo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Él 
viene con el jefe –dice Juan Carlos Hernández, dirigiéndose a los 
guardias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Uno 
de los oficiales deja la conversación que mantenía con sus colegas y se dirige 
hasta una mesa de hierro de esquinas romas que completa la escenografía de la 
garita. Hay apenas espacio para colocar las manos porque todo está ocupado por 
un archivo que contiene, ordenadas alfabéticamente, las cédulas de identidad de 
los visitantes. Le entrego mi documento y él a su vez me extiende un carné que 
me identifica. Camino hacia el portón y, antes de entrar, le estrecho la mano a 
Juan Carlos. Y así es como llego a un Estado dentro de otro Estado: un Estado 
que Wilmer José Brizuela Vera,&nbsp;<I>Wilmito</I>, el<I>&nbsp;pran</I>&nbsp;más 
temido de Venezuela, domina con mano férrea desde hace ocho 
años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un&nbsp;<I>pran</I>&nbsp;es 
el líder de los reclusos. Es un término acuñado en la jerga carcelaria y que 
llegó a Venezuela desde Puerto Rico. Al margen de esas inexactitudes suena, sí, 
como un nombre muy musical y de fácil recordación para los internos y las 
personas de la calle. Quien mencione esa palabra –“Pran”- delante de otros sabe 
que lo entenderán porque se refiere, incluso en el extendido ámbito de la guasa 
caribeña, a la persona que tiene el poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quienes 
llegan al penal que lidera Wilmito ingresan a un territorio sin reglas donde el 
único mandamiento necesario para sobrevivir es no demostrar que se teme al otro 
y adaptarse de la mejor manera a lo 
inesperado.</p>


				<figure class="wp-block-embed is-type-rich is-provider-embed-handler wp-block-embed-embed-handler wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
				<iframe title="Produce 0" width="500" height="375" src="https://www.youtube.com/embed/c4IYPWs8RQg?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
				</div></figure>
				
				 

<p class="wp-block-paragraph">El 
de Vista Hermosa es el penal donde menos muertes han ocurrido desde 2011. Y no 
son pocos los que atribuyen esa disminución a la labor de Wilmito y su idea de 
reproducir en la prisión el entorno que el preso dejó atrás. Desde la entrada 
intuyo que caminaremos por un barrio cualquiera al escuchar la música sonando a 
todo volumen, como en cualquier sector popular del Caribe. Veo mujeres cruzando 
el patio con sus rollos en la cabeza y los hijos de los presos crecen corriendo 
entre hombres que blanden pistolas. El Caribe y su anarquía 
feliz.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">Son 
las cuatro y media de la tarde. Del cinto de Juan Carlos Hernández, que viste 
bermudas y una remera ceñida, sobresale una pistola. Es un hombre flaco pero 
atlético, de piel y ojos claros y con el pelo a cepillo, y me conducirá hasta la 
habitación del<I>&nbsp;Pran</I>: nadie llama celdas a los sitios donde viven 
aquí los presos. En este penal las rejas fueron eliminadas hace muchos años, 
quizás incluso antes de que Wilmito se convirtiera en 2006 en su máxima 
autoridad. El hacinamiento explica una prisión sin 
barrotes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
Internado Judicial de Vista Hermosa fue construido para 650 internos, pero en él 
viven 1.750. Los presos, pues, deben aprovechar cualquier espacio posible para 
vivir y en ese afán sobrevienen los conflictos y las 
muertes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estoy 
en un gran patio con piso de cemento. Allí, un hombre transporta una carretilla 
llena de tierra mientras otro lo espera junto a un promontorio de arena. Como en 
cualquier sector popular de Venezuela, los internos construyen sus propias 
chabolas. De hecho, mientras estaba en la calle esperando entrar a la cárcel, vi 
un camión estacionado frente al portón de entrada. Dos hombres introducían al 
penal bloques de cemento y materiales para la construcción. Más tarde sabré que 
habían sido autorizados por Wilmito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al 
fondo de ese patio hay un galpón pequeño. Por órdenes de Wilmito, allí están 
confinados los presos que no se someten al régimen impuesto. Les 
dicen&nbsp;<I>gandules</I>, porque viven de pedir a los otros y del tráfico de 
drogas y porque, según la cosmovisión del gobierno interno (o sea, de Wilmito), 
no quieren progresar. En la puerta del galpón un hombre mira fijamente hacia el 
cielo, como alelado, e intempestivamente, cada tanto, lanza manotazos al 
aire..</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>"¿Usted se va a quedar esta noche? Porque si es así de inmediato le arreglamos una habitación."</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph">Dejamos 
el patio y atravesamos un pasillo que nos llevará hasta la habitación de 
Wilmito, ubicada en las oficinas que alguna vez estuvieron destinadas a las 
autoridades designadas por el Estado. Pasamos frente al taller de carpintería. 
Después de pasar un pequeño jardín interno, llegamos al borde de unas escaleras 
que conducen al piso superior. Un hombre armado está sentado al pie del primer 
escalón en una banqueta de plástico. No hay barandas para sostenerse y el 
cemento de los escaños está incompleto, como si un animal lo hubiera 
mordisqueado. En el primer piso, hay un pequeño recibo con un televisor de 
pantalla plana y un sofá de color negro, descosido. Juan Carlos me indica que me 
siente. Él continúa caminando hacia la izquierda. Dos personas están sentadas 
allí, manipulando sus teléfonos celulares.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al 
final del pasillo está la habitación de Wilmito. Lo intuyo porque la puerta está 
cerrada y, sobre la superficie de falsa madera de la puerta, veo las iniciales 
de su nombre y apellido, WB, dibujadas sobre dos pliegos de cartulina de 
colores. Desde el sofá en el que estoy sentado puedo ver el patio principal de 
la cárcel, donde hay una multitud que va y viene. Las columnas de humo, 
provenientes de las parrillas donde se cocinan alimentos, se elevan hacia el 
primer piso. Hay puestos que venden comida, golosinas, y mesas sobre las cuales 
se disponen dosis de droga, también a la venta para aquellos que puedan pagarla. 
De pronto, se escucha el motor de una moto. Me levanto del sofá para asomarme a 
las ventanas que dan al patio y, en efecto, es una moto, conducida por un hombre 
que se pierde por la vereda que va hacia el campo de 
béisbol.</p>

<div class="kb-gallery-wrap-id-_1sEwe2-8O alignnone wp-block-kadence-advancedgallery"><div class="kb-gallery-ul kb-gallery-non-static kb-gallery-type-slider kb-gallery-id-_1sEwe2-8O kb-gallery-caption-style-below kb-gallery-filter-none kb-gallery-magnific-init" data-image-filter="none" data-lightbox-caption="true"><div class="kt-blocks-carousel splide kt-carousel-container-dotstyle-dark kt-carousel-arrowstyle-whiteondark kt-carousel-dotstyle-dark kb-slider-group-arrow kb-slider-arrow-position-center" data-slider-anim-speed="400" data-slider-scroll="1" data-slider-arrows="true" data-slider-fade="true" data-slider-dots="true" data-slider-type="slider" data-slider-hover-pause="false" data-slider-auto="" data-slider-speed="7000" data-show-pause-button="false"><div class="splide__track"><ul class="kt-blocks-carousel-init kb-blocks-slider splide__list"><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-3.jpg" data-description="Mural con la imagen de Wilmito. Fotografìa tomada de su cuenta de Facebook." class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img loading="lazy" decoding="async" width="960" height="960" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-3.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-3.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-3.jpg" data-id="52368" class="wp-image-52368 skip-lazy" srcset="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-3.jpg 960w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-3-700x700.jpg 700w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-3-768x768.jpg 768w" sizes="auto, (max-width: 960px) 100vw, 960px" /></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">Mural con la imagen de Wilmito. Fotografìa tomada de su cuenta de Facebook.</div></a></figure></div></div></li><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-4.jpg" data-description="Wilmito junto a una miniteca. Fotografìa tomada de su cuenta de Facebook" class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img loading="lazy" decoding="async" width="960" height="720" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-4.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-4.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-4.jpg" data-id="52369" class="wp-image-52369 skip-lazy" srcset="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-4.jpg 960w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-4-700x525.jpg 700w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-4-768x576.jpg 768w" sizes="auto, (max-width: 960px) 100vw, 960px" /></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">Wilmito junto a una miniteca. Fotografìa tomada de su cuenta de Facebook</div></a></figure></div></div></li></ul></div></div></div></div>

<p class="wp-block-paragraph">La 
cárcel de Ciudad Bolívar se levanta en un inmenso terreno. El área 
administrativa está separada de los pabellones donde viven los presos, que 
pueden verse desde la ventana por donde ahora miro. El sol comienza a ponerse y 
el penal adquiere un tono ocre, reforzado por el color durazno de la pintura de 
las paredes. En la fachada principal de los pabellones de los presos hay dos 
rostros pintados. A la derecha, Nelson Mandela. A la izquierda, Wilmito. Las dos 
imágenes están encerradas en un óvalo que a la distancia se parece a las 
ventanillas de un avión. Al lado del rostro de Mandela hay una frase: “No se 
puede juzgar a una nación por la manera que trata a sus ciudadanos más ilustres, 
sino por el trato brindado a los más marginados, sus presos”. Y junto al de 
Wilmito: “No dejes que cuatro paredes roben tu sonrisa”. Mientras apunto esas 
frases en mi libreta, alguien se me acerca por el costado. Es Wilmito, que se 
planta delante de mí y me extiende la mano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Usted 
se va a quedar esta noche? Porque si es así de inmediato le arreglamos una 
habitación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">Wilmer 
José Brizuela Vera nació en Ciudad Bolívar el 20 de marzo de 1982. No hay que 
dejarse llevar por la impresión que causan las fotos que con frecuencia cuelga 
en su perfil de Facebook. Algunas veces está más gordo, otras menos, de modo que 
no es fácil reconocerlo al primer golpe de vista. En diciembre de 2013, cuando 
lo vi por primera vez, pesaba 93 kilos, y no es un hombre alto: mide un metro 
sesenta y cinco. Camina con las piernas semiabiertas, un pie apuntando hacia un 
lado, el otro hacia el otro. A veces, cuando usa cholas, arrastra los pies, pero 
es un hombre ágil y se precia de ser un gran amante. “Mi único vicio son las 
mujeres”, suele decir.</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>“Mi único vicio son las mujeres”, suele decir.</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph">Padre 
de nueve hijos concebidos con siete mujeres, Wilmito es, paradójicamente, el 
único descendiente de Vidalina, el primer nieto de María y el primer sobrino de 
un gran matriarcado. Su padre, Carlos Delgado, era, al momento de concebirlo, un 
obrero de la industria de la bauxita. En la década de los 70, impulsado por el 
entonces presidente Carlos Andrés Pérez, el estado Bolívar desarrolló una 
industria nacional para trabajar el hierro y el aluminio. Carlos Delgado fue uno 
de los hombres beneficiados por los empleos que se generaron en la zona, y en 
aquellos años tuvo una relación casual con Vidalina. Es muy curioso que ella 
solo diera a luz a un niño. En las familias pobres venezolanas, suele haber 
muchos más.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Mamá 
dice que siempre se conformó con tenerme a mí- dice 
Wilmito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
de Wilmito es una pieza más bien pequeña. En la pared del fondo hay una 
biblioteca con tres repisas que llena todo el espacio, con muchos libros. Sobre 
otro de los entrepaños están sus efectos personales –colonias, desodorantes- y, 
en la última repisa, están los zapatos. Cuento más de diez pares. Detrás de la 
silla que ocupa Wilmito hay un fusil de asalto AR-15 y una pistola 9 milímetros. 
Sobre la cabecera de la cama, de tamaño matrimonial, cuelga un afiche, enmarcado 
en marco dorado, con la foto de un tigre. Debajo de la fotografía leo: “El Señor 
va delante de mí, él estará contigo, no te dejará ni te desamparará. No temas ni 
te intimides”. La voz de barítono de Wilmito dice:</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Dígame, 
hermanito, qué se le ofrece?</p>



<p class="wp-block-paragraph">***&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Conozco 
a Vidalina, la madre de Wilmito, una mañana de enero de 2014 en un estadio de 
softbol, El equipo de la cárcel de Vista Hermosa –llamado Los Hit Man- está 
inscrito en un torneo que enfrenta a cuatro equipos y hasta allí ha llegado 
Vidalina para aupar a Wilmito, titular en su escuadra. Estamos en el barrio 
Medina Angarita, de Ciudad Bolívar. Las viviendas, pintadas en tonos de rosado, 
ocre o azul pálido, son de una planta, y el tendido eléctrico cruza sobre los 
techos de platabanda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vidalina 
–una morena robusta, entrada en sus cincuenta, que cuando sonríe enseña unos 
dientes parejos y muy blancos- aún vive en el barrio Hipódromo Viejo de Ciudad 
Bolívar, una lonja de tierra entre el margen más angosto del Río Orinoco y la 
Laguna del Medio. Trabajó como camarera durante muchos años en el Hotel Bolívar, 
el más importante de la ciudad en la década de los años setenta, y Wilmito, 
durante sus ausencias, quedaba al cuidado de la abuela María. El niño creció en 
un matriarcado, rodeado de afecto, alejado de las drogas y sin extrañar la 
figura paterna. Recibió su apellido de una pareja estable que tuvo Vidalina 
mientras transcurrió su embarazo. Aceptaba los regaños de los vecinos sin abrir 
la boca y sin contradecir las órdenes. Jugaba con canicas –aquí las 
llaman&nbsp;<I>metras</I>- y un trompo. Iba al colegio Rotario por las mañanas y 
pasaba las tardes jugando a la pelota en las calles de tierra, a la sombra de 
árboles de mango.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Nunca 
me llamaron para plantearme una queja de él-, dice Vidalina, sentada en la 
tribuna sobre dos tablas rectangulares de madera cuarteada, en medio del 
bullicio de los jugadores, que ahora beben cervezas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Wilmito 
está en la otra tribuna con Luis Zamora, alias&nbsp;<I>Boliqueso</I>, el segundo 
de sus lugartenientes y encargado de administrar los castigos en el penal. El 
equipo de los presos ha perdido el partido frente a la formación de Brisas del 
Orinoco, constituida por vecinos de ese sector, y él no tuvo una buena 
tarde.</p>

<div class="kb-gallery-wrap-id-_61Rjtm-I7 alignnone wp-block-kadence-advancedgallery"><div class="kb-gallery-ul kb-gallery-non-static kb-gallery-type-slider kb-gallery-id-_61Rjtm-I7 kb-gallery-caption-style-below kb-gallery-filter-none kb-gallery-magnific-init" data-image-filter="none" data-lightbox-caption="true"><div class="kt-blocks-carousel splide kt-carousel-container-dotstyle-dark kt-carousel-arrowstyle-whiteondark kt-carousel-dotstyle-dark kb-slider-group-arrow kb-slider-arrow-position-center" data-slider-anim-speed="400" data-slider-scroll="1" data-slider-arrows="true" data-slider-fade="true" data-slider-dots="true" data-slider-type="slider" data-slider-hover-pause="false" data-slider-auto="" data-slider-speed="7000" data-show-pause-button="false"><div class="splide__track"><ul class="kt-blocks-carousel-init kb-blocks-slider splide__list"><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-5.jpg" data-description="Wilmito junto a alias Boliqueso. Fotografía tomada de su cuenta de Facebook." class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img loading="lazy" decoding="async" width="417" height="417" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-5.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-5.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-5.jpg" data-id="52370" class="wp-image-52370 skip-lazy"/></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">Wilmito junto a alias Boliqueso. Fotografía tomada de su cuenta de Facebook.</div></a></figure></div></div></li><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-6.jpg" data-description="Wilmito en práctica de boxeo. Fotografía tomada de su cuenta de Facebook." class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img loading="lazy" decoding="async" width="960" height="720" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-6.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-6.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-6.jpg" data-id="52371" class="wp-image-52371 skip-lazy" srcset="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-6.jpg 960w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-6-700x525.jpg 700w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-6-768x576.jpg 768w" sizes="auto, (max-width: 960px) 100vw, 960px" /></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">Wilmito en práctica de boxeo. Fotografía tomada de su cuenta de Facebook.</div></a></figure></div></div></li><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-7.jpg" data-description="En lo juegos nacionales penitenciarios Hugo Chavez.  Fotografía tomada de su cuenta de facebook" class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img loading="lazy" decoding="async" width="960" height="540" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-7.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-7.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-7.jpg" data-id="52372" class="wp-image-52372 skip-lazy" srcset="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-7.jpg 960w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-7-700x394.jpg 700w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-7-768x432.jpg 768w" sizes="auto, (max-width: 960px) 100vw, 960px" /></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">En lo juegos nacionales penitenciarios Hugo Chavez.  Fotografía tomada de su cuenta de facebook</div></a></figure></div></div></li></ul></div></div></div></div>

<p class="wp-block-paragraph">Para 
los presos, de cualquier manera, estos partidos son una fiesta. Vigilados por la 
Guardia Nacional, que está apostada en las entradas y salidas de las tribunas y 
rodea cada punto del estadio, el juego de béisbol es la excusa para encontrarse 
con sus familiares e hijos en las tribunas. Bien lo sabe Vidalina. Es, también, 
el modo que ella tiene de apoyar esa suerte de programa de gobierno que su hijo 
repite a los periodistas que lo han visitado, y que podría resumirse en cuatro 
mandamientos: nada de andar en los pasillos sin camisa, hay que respetar a los 
familiares que visitan el penal, no hay que robar a los compañeros y se debe 
practicar algún deporte. Tal vez por esa razón, los presos se toman estos 
campeonatos como si se tratara de un torneo profesional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">Siendo 
todavía un niño, Wilmito empezó a practicar boxeo aunque su madre se oponía. El 
responsable de esa pasión fue su abuelo Cándido Vera, un ex boxeador y luchador 
profesional, con quien veía los programas de boxeo que transmitía la televisión 
–las históricas peleas de&nbsp;<I>Ray Sugar</I>&nbsp;Leonard con Marvin Hagler o 
Tommy Hearns- en la década de los ochenta. Un día, mientras miraban una de esas 
peleas, Wilmito le dijo que quería aprender.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Tú 
me estás jodiendo –le contestó el abuelo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-No 
–le respondió Wilmer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
abuelo se levantó de la silla y se puso en posición de combate: Las piernas 
flexionadas, los codos pegados a las costillas, los pasos hacia adelante y hacia 
atrás, uno, dos, uno, dos. A partir de entonces, y de manera más o menos 
improvisada y rústica, el abuelo entrenó al nieto en los principios del boxeo. 
Cinco meses más tarde, Wilmito pidió matricularse en una academia. Tenía 13 
años. Ciudad Bolívar tenía entonces dos campeones mundiales –los hermanos 
Ernesto y Crisanto España- que atribuyeron el poder de sus puños a los mangos 
que comían y una legendaria escuela, el gimnasio Boris Planchart, dirigida por 
el entrenador Ángel Salaverría. Hasta allá lo llevó Cándido Vera una tarde. 
Salaverría y Vera se saludaron sin especial deferencia. Cuando Vera le contó el 
motivo de la visita, Salaverría encaró a Wilmito, y sostuvieron un breve 
diálogo:</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Quieres 
aprender?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Sí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Quieres 
ser alguien?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Sí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
entrenador se quedó callado, mirándolo a los ojos. Después, le dijo una frase 
que hoy, casi veinte años después, Wilmito es capaz de recitar de memoria: 
“Necesitas tener un corazón de guerrero, una vista de águila y unos puños de 
acero”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 
el boxeo, Wilmito tenía talento y ganas, pero le faltaba la preparación física. 
Ángel Salaverría, fallecido hace dos años, pulió aquellas primeras lecciones del 
abuelo Cándido Vera. Wilmer llegaba del colegio a la una de la tarde, recogía un 
bolso con una muda de ropa y una pimpina de agua, y salía en autobús hacia el 
gimnasio, donde pasaba cuatro horas entrenándose hasta que, derrotado por el 
cansancio, volvía a casa a comer y a dormir. Estaba matriculado entonces en el 
liceo Ernesto Sifontes, cursaba la escuela secundaria y era un chico 
delgadísimo, de apenas 48 kilos. A los 14 años, cuando su entrenador decidió que 
estaba listo para debutar en la categoría Mosca, no resaltaba por la fuerza de 
su pegada. Pero a Salaverría le llamaba la atención la tranquilidad de su 
discípulo. Aplanado, casi inexpresivo, Wilmito no parecía alterarse cuando lo 
golpeaban. Con el tiempo, aprendió a anticipar los movimientos del rival para 
esquivarlos. Muchos años después, el boxeo le serviría para mantener la calma en 
medio de situaciones muy complejas: ¿Cómo encarar el robo de un banco sin 
alterarte cuando el plan no funciona como lo habías diseñado, sin ser capaz de 
anticipar las reacciones del otro, que está tan aterrado como 
tú?</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 
aquel primer combate enfrentó a Luis Palma, a quien venció por decisión de los 
jueces. El profesor Salaverría tomó aquella refriega como el inicio de la 
carrera de un campeón al que había que cincelarle la paciencia. Wilmito vio en 
aquellos años los videos de Marvin Hagler, un legendario campeón de peso medio 
que jamás dejaba de pegar. ¿Qué pasaría si él, que entonces era una poquita 
cosa, un gorrión de lavandero sin alas, el hijo único y pobre de una camarera, 
se convertía en un nuevo campeón mundial de boxeo, como Hagler? De las 
siguientes 280 peleas, solo perdió tres: con Gilmer Pino, José Rincón y Patrick 
López, medallista de oro en los Juegos Panamericanos de 2003 celebrados en 
República Dominicana. Hasta hoy Wilmito los recuerda con nombre y apellido, y no 
porque aún no haya asimilado la derrota, sino porque Patrick López llegó hasta 
donde él hubiera querido llegar: Los Juegos Olímpicos. A Wilmer solo le faltó 
ese escalón para coronar una progresión exitosa: ganó la presea dorada en los 
Juegos Nacionales Juveniles de 1997 y participó, en 1999 y 2000, del torneo 
internacional Batalla de Carabobo, el evento más importante del pugilismo 
aficionado en Venezuela.&nbsp;</p>


				<figure class="wp-block-embed is-type-rich is-provider-embed-handler wp-block-embed-embed-handler wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
				<iframe loading="lazy" title="Wilmito vs pequeño Juan en Uribana 08/14" width="500" height="375" src="https://www.youtube.com/embed/W8FU9HKy0hY?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
				</div></figure>
				
				 

<p class="wp-block-paragraph">Esa 
capacidad para esquivar los golpes y castigar al rival a la zona media con la 
mano izquierda –una técnica que Salaverría le enseñó utilizando como blanco un 
muñeco relleno de arena- fue también advertida por los entrenadores de la 
selección nacional, José Sayago y Ángel Fermín. Fue quizá el momento más 
esplendoroso de su vida. En 2000, con 18 años, fue llamado a la preselección que 
participaría en el nuevo ciclo olímpico. En 2004 se celebrarían las Olimpiadas 
en Atenas, y Wilmito comenzó a pensar que podía colgarse en el pecho una medalla 
de oro. Había desarrollado la valentía de intercambiar golpes de principio a 
fin. Con el tiempo, había ganado poder en su pegada: su entrenador lo obligaba a 
golpear sacos de aserrín de más de 100 kilos. Un round dura tres minutos, pero 
sobre el ring tres minutos son la eternidad. Decía Joyce Carol Oates, en su 
ensayo&nbsp;<I>Del boxeo</I>, que el que practica este deporte debe aprender a 
inhibir su propio instinto de supervivencia y a doblegar el impulso humano de 
eludir el dolor. Wilmito dice que, con los años, el boxeo lo enseñó a perder el 
miedo. Y eso era algo que iba a necesitar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras 
evoca sus glorias idas, sus ayudantes llegan con la cena: dos sánduches rellenos 
con pollo a la parrilla, rociados con salsa rosada, preparados, supongo, en uno 
de los expendios de comida del penal. Cuando nos disponemos a comer, tocan la 
puerta de la habitación. Es&nbsp;<I>Boliqueso</I>&nbsp;que viene abrazado a dos 
mujeres arregladas como para ir a bailar. Una de ellas, vestida con una blusa 
escotada, unos jeans desteñidos y sandalias, tiene el cabello veteado de tinte 
amarillo. El tinte no ha logrado colonizar las raíces negras. Lleva las uñas de 
los pies perfectamente pintadas en varios colores. La otra, más discreta, 
permanece callada y parece triste.&nbsp;<I>Boliqueso</I>&nbsp;lleva en su mano 
una botella de licor de anís y tiene el pecho henchido. Wilmito, que dice no ser 
un aficionado a las bebidas alcohólicas, bromea con el grupo que se prepara para 
seguir la fiesta. Frente a los chistes de Wilmito, en un lenguaje casi cifrado, 
la falsa rubia se dobla como si tuviera arcadas, ríe con energía y parece a 
punto de caer. Son conversaciones que un extraño no entiende sin contexto. Los 
tres han entrado al cuarto para buscar vasos plásticos. Wilmito se levanta de su 
silla y toma tres vasos de color fosforescente del mueble colocado frente a su 
cama. Sobre la repisa que lo corona hay un televisor pantalla plana de 42 
pulgadas y varios discos compactos de una banda llamada Voces de Libertad. Al 
ver los discos, Wilmito tiene una idea, que ejecuta una vez 
que&nbsp;<I>Boliqueso</I>&nbsp;y las chicas salen del cuarto, abrazados como 
entraron: amenizaremos nuestra cena con la música de la formación que, faltaba 
más, lo tiene a él entre sus integrantes.</p>


				<figure class="wp-block-embed is-type-rich is-provider-embed-handler wp-block-embed-embed-handler wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
				https://youtube.com/watch?v=1jhef1aBJSs
				</div></figure>
				
				 

<p class="wp-block-paragraph">Su 
sánduche está todavía intacto sobre la mesa. Wilmito enciende el DVD y prepara 
el televisor para que veamos el show mientras cenamos. Voces de la Libertad es 
una orquesta de presos que toca versiones de grandes clásicos de la salsa. En la 
carátula del disco cuento los nombres de dieciocho personas, entre personal 
técnico, coristas, cantantes y músicos. La primera pieza que escuchamos 
es&nbsp;<I>Aguanilé</I>, el viejo tema que grabaron Héctor Lavoe y Willie Colón 
en una memorable placa llamada El Juicio, de 1972, y que más recientemente ha 
sido cantada por Marc Anthony. Los músicos se presentan sobre una tarima que 
nada tiene que envidiar a las que se ven en los conciertos de las bandas 
establecidas..</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Esa 
es una fiesta que dimos aquí el día de Nuestra Señora de Las Mercedes, patrona 
de los presos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
tarima, me dice, estaba colocada al fondo del penal, en el patio de deportes, un 
terreno en forma de diamante donde suelen jugar béisbol.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 
octubre de 2002, cuando tenía 20 años, Wilmito fue a una función de matiné en la 
discoteca Atenas, muy de moda en Ciudad Bolívar, con un amigo que llevaba una 
pistola. Wilmito, vestido con la chaqueta de la selección nacional de Venezuela, 
una pieza con los colores de la bandera nacional, conversaba con unos amigos 
cuando la policía llegó al local para hacer una requisa. Ya era un hombre 
reconocido por sus méritos deportivos y, aprovechando esa circunstancia, su 
amigo le entregó la pistola que llevaba, para evitar problemas. Esa noche, 
ninguno se salvó de la revisión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Yo 
creo que el policía me vio cuando recibí el&nbsp;<I>hierro</I>. Todo fue muy 
rápido. Me quitaron la pistola, me esposaron y me sacaron de allí detenido. De 
pronto las cosas cambiaron para mí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Wilmito 
dice que hasta ese momento jamás había delinquido. Pero eso no es cierto, según 
lo comprobé después de mi visita al chequear sus antecedentes penales. Desde el 
13 de mayo de 2001 estaba solicitado por la subdelegación de Ciudad Bolívar por 
robo. Una semana después, 20 de mayo, volvió a robar y también lo hizo el 19 de 
octubre de 2001. De acuerdo con los registros policiales había delinquido en 
tres ocasiones antes de ser capturado dentro de la discoteca, pero él ha 
preferido obviar ese detalle.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De 
la discoteca lo llevaron a la cárcel de Vista Hermosa, donde pasó seis meses. 
Durante los primeros cuatro días no salió nunca de la habitación. Se las había 
arreglado para conseguir la protección de uno de los líderes del pabellón donde 
lo alojaron, Luis Oswaldo Martínez. No lo dejaban ver los coliseos, las peleas a 
cuchillo entre presos enfrentados por alguna disputa, y que son ordenadas por 
el&nbsp;<I>pran</I>&nbsp;para que esas disputas se diriman. Dejó de alimentarse 
como un atleta –carnes blancas, vegetales, zumos naturales- para comer harinas y 
a deshora.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al 
salir de la prisión con una medida cautelar, el Instituto Nacional de Deportes 
(IND) sometió su caso a la consideración de un tribunal disciplinario en 
Caracas, que resolvió expulsarlo de la preselección nacional de boxeo. Wilmito 
regresó decepcionado a su casa, sin ganas de seguir entrenando, a pesar del 
respaldo que le daba su mentor, Ángel Salaverría. Había quedado fuera del ciclo 
olímpico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vidalina, 
su madre, estaba sin trabajo, en medio de una feroz contracción económica por el 
paro de la industria petrolera venezolana de principios de 2003. Wilmito comenzó 
a frecuentar a los amigos del barrio que no tenían una vida sino un prontuario. 
Vidalina le pidió que no se juntara con los malandros del barrio. Pero él tenía 
una certeza: creía que los hombres jamás pueden zafarse de su prontuario, y él, 
aunque pequeño, ya tenía uno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
primera vez participó en un robo a un comerciante de oro y diamantes, en el 
aeropuerto de Ciudad Bolívar, una terminal modesta que sólo recibe un vuelo 
comercial por día desde Caracas. Salvo eso, por lo general allí aterrizan 
avionetas con personas que transportan metales –oro, diamantes- desde las minas 
del sur y el oeste del Estado. Fue una operación simple, en la que él sólo se 
encargó de cuidar las espaldas de los compañeros que asaltaron al comerciante. A 
ese debut le siguieron varias operaciones similares hasta que, acusado de un 
delito que él nunca reconoció – el secuestro de Juliano Elías Abboud, un 
conocido comerciante árabe de la zona, ocurrido el 26 de septiembre de 2004- 
volvió por segunda vez a Vista Hermosa. Era el año 2005 y Wilmito estaba 
dispuesto a convertirse en líder.</p>

<div class="kb-gallery-wrap-id-_vaiPoV-wW alignnone wp-block-kadence-advancedgallery"><div class="kb-gallery-ul kb-gallery-non-static kb-gallery-type-slider kb-gallery-id-_vaiPoV-wW kb-gallery-caption-style-below kb-gallery-filter-none kb-gallery-magnific-init" data-image-filter="none" data-lightbox-caption="true"><div class="kt-blocks-carousel splide kt-carousel-container-dotstyle-dark kt-carousel-arrowstyle-whiteondark kt-carousel-dotstyle-dark kb-slider-group-arrow kb-slider-arrow-position-center" data-slider-anim-speed="400" data-slider-scroll="1" data-slider-arrows="true" data-slider-fade="true" data-slider-dots="true" data-slider-type="slider" data-slider-hover-pause="false" data-slider-auto="" data-slider-speed="7000" data-show-pause-button="false"><div class="splide__track"><ul class="kt-blocks-carousel-init kb-blocks-slider splide__list"><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-8.jpg" data-description="Wilmito en una moto BMW. Fotografía tomada de su perfil de Facebook." class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img loading="lazy" decoding="async" width="604" height="453" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-8.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-8.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-8.jpg" data-id="52373" class="wp-image-52373 skip-lazy"/></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">Wilmito en una moto BMW. Fotografía tomada de su perfil de Facebook.</div></a></figure></div></div></li><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-9.jpg" data-description="Wilmito sentado en el medio, alias Boliqueso, a su izquierda con franela azul.  Fotografía tomada de su perfil de Facebook." class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img loading="lazy" decoding="async" width="333" height="333" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-9.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-9.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-9.jpg" data-id="52374" class="wp-image-52374 skip-lazy"/></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">Wilmito sentado en el medio, alias Boliqueso, a su izquierda con franela azul.  Fotografía tomada de su perfil de Facebook.</div></a></figure></div></div></li></ul></div></div></div></div>

<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como 
presidenta del circuito judicial penal, Mariela Casado ratificó en 2007 el 
primer fallo de los tribunales locales, publicado en octubre de 2006, contra 
Wilmito: diez años de prisión por raptar a Abboud. No era la primera vez que se 
veían, ni tampoco sería la última. Se habían conocido en la cárcel de Vista 
Hermosa cuando ella recién se estrenaba en su cargo y él apenas comenzaba a 
despuntar como un líder. Ella visitaba el penal para conocer las demandas de los 
presos y él era quien transmitía las peticiones. Con lo poco que hablaron, 
Casado elaboró el perfil de un hombre astuto, amoral y siniestro, con mucha más 
facilidad para expresarse que el resto de sus compañeros. Varios de los presos 
que acudían a los tribunales confirmaron sus presunciones cuando, en el receso 
de las audiencias, le confiaban que para sobrevivir dentro del penal había que 
obedecerlo y pagar sin falta el impuesto semanal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ya 
es de noche, pero la música, ensordecedora, continúa. Ahora son casi las ocho y 
Wilmito me reitera la invitación:</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Si 
quieres puedes quedarte a dormir. Yo arreglo un cuarto y mañana 
continuamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero 
no acepto quedarme, porque tengo miedo.</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>"Si quieres puedes quedarte a dormir. Yo arreglo un cuarto y mañana continuamos."</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph">Antes 
de irme, le pido dar una vuelta por otras áreas del penal, y Wilmito acepta. 
Salimos del cuarto y nos encontramos con Juan Carlos Hernández, el hombre que me 
había recibido en la entrada, sentado en el sofá del recibidor. Cuando nos ve 
aparecer, hace el ademán de levantarse, como si ante él hubiera aparecido un 
militar de rango superior. Todavía lleva la pistola en el cinto. Wilmito le pide 
que se quede sentado con un gesto apenas perceptible. Seguimos caminando por el 
mismo pasillo hasta la puerta del fondo. Al abrirla, entramos a un cuarto oscuro 
iluminado por la luz que rebota de un televisor de 42 pulgadas de pantalla 
plana, que refleja una transmisión de circuito cerrado. En todo el penal hay 48 
cámaras que le permiten al&nbsp;<I>Pran</I>&nbsp;y a sus segundos vigilar todas 
las áreas: la planta baja de los pabellones, la vereda donde se reproducen 
kioscos de venta de comida y golosinas, la verja verde de la entrada principal, 
el área destinada a los homosexuales y a los evangélicos, y la zona de La 
Guerrilla, donde están los presos que no quieren acatar las reglas impuestas. Es 
un galpón donde viven hacinadas varias personas. Wilmito toma el mouse del 
ordenador que controla el sistema y se posa sobre cualquiera de las imágenes, 
para ver con detalle qué sucede.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Wilmito 
pasa mucho rato mostrándome la cárcel a través de la pantalla, y entonces le 
pido que dejemos para otro momento el recorrido. Wilmito me acompaña, escaleras 
abajo, hacia la puerta de salida del penal. Por el camino le pregunto quién pone 
el dinero para comprar las cámaras y los televisores. No hay una respuesta 
concluyente y variará en los meses que siguen: a veces me dice que son 
donaciones de amigos; otras, que se compraron con el dinero que cada preso 
entrega al&nbsp;<I>Pran</I>&nbsp;todos los domingos de cada mes para mantener 
las instalaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">Regreso 
a Vista Hermosa a media tarde del jueves 9 de enero de 2014. Sopla una brisa 
fresca y no hace tanto calor como en diciembre. Juan Carlos Hernández me recoge 
otra vez en la puerta, pero no caminamos hacia la habitación de Wilmito. 
Recorremos el penal a la luz del día. Mientras caminamos por el pasillo de uno 
de los pabellones, Hernández se detiene y toca la puerta de una de las 
habitaciones. Entramos a un cuarto iluminado por luces de neón. Una mujer está 
sentada sobre una cama matrimonial, con una niña paralítica entre los brazos. 
Wilmito está a su lado. Al verme, y antes de extenderme la mano, se inclina para 
besar la frente de la niña, que, sabré después, tiene cuatro años. Luego utiliza 
el dedo índice y el medio a modo de pinza para tocarle la nariz y hacerle cariño 
mesándole el cabello. El aire acondicionado mantiene la habitación a una 
temperatura casi polar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando 
salimos le pregunto quién era y me responde:</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Ella 
era mi mujer, pero ya no estoy con ella. Ella vive aquí con mi 
hija.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Wilmito 
no sabe precisar qué le pasa a la niña, por qué está paralizada. A esa mujer, a 
la que ni siquiera menciona por su nombre, la dejó por otra, y a esa otra la 
sustituyó por otra más y así.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Seguimos 
caminando por el pasillo que desemboca en el patio central. Allí hay dos niños 
jugando. Uno de ellos –pequeño, fornido, moreno y con el cabello casi al rape- 
usa una camiseta del Barcelona y debe tener unos seis años. Se parece mucho a 
Wilmito y, en efecto, es uno de sus hijos. Antes de seguir, él se toma unos 
segundos para jugar con él. Padre e hijo se colocan en posición de combate, con 
la pierna izquierda más adelantada, semiagachados, y con los puños a la altura 
del mentón. Después, unen sus puños derechos, como si estuvieran jugando a los 
superhéroes. Juan Carlos Hernández y yo seguimos nuestro camino y Wilmito se va 
a su habitación.</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>“Ese Wilmito como que manda más que tú, Rangel”</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph">El 
paseo que hemos dado por casi toda la cárcel tiene un solo propósito: que yo vea 
que los presos son más capaces que el Estado para manejar el penal. El fallecido 
presidente Hugo Chávez consideraba a Wilmito casi un gobernador<I>&nbsp;in 
pectore</I>. Chávez, que solía bromear con sus invitados al programa dominical 
que conducía,&nbsp;<I>Aló, Presidente</I>, le dijo al gobernador del estado 
Bolívar, Francisco Rangel Gómez, presente entre el público, “Ese Wilmito como 
que manda más que tú, Rangel”. El gobernador esbozó una media 
sonrisa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este 
día de enero, el recorrido por la cárcel termina en la cancha, que está muy bien 
conservada. Dos equipos de presos juegan al fútbol. Algunos tienen camisetas de 
clubes como Arsenal o Real Madrid; otros, usan camiseta de clubes locales: 
Deportivo Táchira y Caracas Fútbol Club.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Wilmito 
es uno de los jugadores. Acompaña la jugada con parsimonia de elefante y no 
traba la pelota en la mitad del terreno. Parado cerca de la banda, siempre 
espera desmarcado el último pase para patear al arco. En dos ocasiones, el 
arquero bloquea la pelota, pero en la tercera Wilmito recibe en el vértice del 
área, regatea a un contrario que se desliza para quitarle el balón, y le pega al 
ángulo. No se escuchan aplausos desmedidos tras el gol. Wilmito regresa 
caminando hacia la mitad de la cancha que defiende su equipo, y ocupa su 
posición de extremo. Noto, sí, el esfuerzo de los rivales por no pegarle 
patadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><I>Boliqueso</I>&nbsp;está 
sentado a mi lado, ajeno a lo que ocurre en el juego, porque se entretiene 
manipulando su teléfono inteligente de última generación. Los guardaespaldas de 
Wilmito se apostan con armas largas en las esquinas de la cancha, y detrás de 
nosotros. Lo primero que me dice&nbsp;<I>Boliqueso</I>&nbsp;es que él es 
responsable de que los presos aprendan a convivir. Esa frase suena extraña en 
boca de hombre que apenas abre los labios, de frases cortas y silencios amplios. 
De pronto, toda su autoridad queda en evidencia cuando dos de sus lugartenientes 
se presentan ante nosotros escoltando a un hombre que trasgredió uno de los 
mandamientos del&nbsp;<I>Pran</I>. La noche anterior, un preso dejó olvidado un 
teléfono celular en las gradas de la cancha. A través de las cámaras, alguien 
vio que este hombre nervioso, que ahora está parado delante de nosotros, se lo 
llevaba escondido entre la ropa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
hombre empieza a gesticular con movimientos ampulosos cuando lo acusaron del 
robo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-No,&nbsp;<I>causa</I>, 
usted cree que yo voy a estar pendiente de ese teléfono.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 
la jerga carcelaria, “causa” significa amigo cercano o 
aliado.&nbsp;<I>Boliqueso</I>&nbsp;apenas lo mira y parece pendiente de su 
propio teléfono. El hombre sigue gesticulando, con una pistola de cacha 
niquelada en la mano. Una, dos, tres veces sube y baja los brazos en un gesto 
visible de contrariedad, al tiempo que trata de explicar que él no ha tomado el 
aparato. Cuando repite el gesto por cuarta vez, tengo miedo de que se le escape 
un disparo, y cierro los ojos. De pronto, la voz 
de&nbsp;<I>Boliqueso</I>&nbsp;dice:</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Quítenle 
la pistola y que regrese al techo.</p>

<div class="kb-gallery-wrap-id-_HJoNzu-hi alignnone wp-block-kadence-advancedgallery"><div class="kb-gallery-ul kb-gallery-non-static kb-gallery-type-slider kb-gallery-id-_HJoNzu-hi kb-gallery-caption-style-below kb-gallery-filter-none kb-gallery-magnific-init" data-image-filter="none" data-lightbox-caption="true"><div class="kt-blocks-carousel splide kt-carousel-container-dotstyle-dark kt-carousel-arrowstyle-whiteondark kt-carousel-dotstyle-dark kb-slider-group-arrow kb-slider-arrow-position-center" data-slider-anim-speed="400" data-slider-scroll="1" data-slider-arrows="true" data-slider-fade="true" data-slider-dots="true" data-slider-type="slider" data-slider-hover-pause="false" data-slider-auto="" data-slider-speed="7000" data-show-pause-button="false"><div class="splide__track"><ul class="kt-blocks-carousel-init kb-blocks-slider splide__list"><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-10.jpg" data-description="Wilmito junto a la ministra Iris Varela.  Fotografía tomada de su perfil de Facebook." class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img loading="lazy" decoding="async" width="720" height="960" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-10.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-10.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-10.jpg" data-id="52375" class="wp-image-52375 skip-lazy" srcset="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-10.jpg 720w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-10-700x933.jpg 700w" sizes="auto, (max-width: 720px) 100vw, 720px" /></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">Wilmito junto a la ministra Iris Varela.  Fotografía tomada de su perfil de Facebook.</div></a></figure></div></div></li><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-11.jpg" data-description="Imagen tomada de su perfil de Facebook." class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img loading="lazy" decoding="async" width="480" height="480" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-11.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-11.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-11.jpg" data-id="52376" class="wp-image-52376 skip-lazy"/></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">Imagen tomada de su perfil de Facebook.</div></a></figure></div></div></li></ul></div></div></div></div>

<p class="wp-block-paragraph">El 
hombre entrega el arma y se va, pateando el aire. Durante mi primera visita 
había visto a varios hombres sobre la platabanda de los pabellones, pero supuse 
que allá arriba, mientras caía la tarde, se distraían viendo hacia el horizonte, 
o buscaban la brisa fresca que, a nivel del asfalto, apenas se siente. Pero no. 
En el techo están castigados durante días aquellos internos que transgreden las 
normas impuestas por el&nbsp;<I>Pran.</I>&nbsp;Y no pueden bajar hasta que se 
los autoricen.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Wilmito 
termina de jugar y camina hacia nosotros. Uno de los guardaespaldas le ofrece 
una silla. Casi se arroja sobre ella en el esfuerzo de recuperar el ritmo normal 
de las pulsaciones. Se ve bastante cansado. Pocos minutos más tarde, me invita a 
ir hasta su habitación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Esa 
escena que tú presenciaste, del muchacho que se robó el celular, es una de las 
formas que tenemos de imponer la disciplina –dice, una vez que nos instalamos en 
el cuarto.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><I>-¿Pero 
aquí en Vista Hermosa han ocurrido cosas peores?</I></p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Como 
cuáles? –pregunta Wilmito, reclinándose en una silla de 
plástico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
camisa sudada reposa en el respaldar del 
asiento.</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>"Él no murió. Pero al que tomó el video que circuló en Internet sí lo matamos."</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph"><I>-En 
otras cárceles venezolanas, por ejemplo, a los internos que roban les cortan los 
dedos con un machete. ¿Eso pasa aquí?</I></p>



<p class="wp-block-paragraph">-No. 
Pero le podemos dar un tiro en la mano para que no lo vuelvan a 
hacer.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><I>-¿Y 
cómo castigan a los que cometen faltas más graves?</I></p>



<p class="wp-block-paragraph">-Depende 
de la falta que hayan cometido.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><I>-A 
los violadores, por ejemplo, creo que no les perdonan la vida.</I></p>



<p class="wp-block-paragraph">-Eso 
es cierto.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><I>-En 
Youtube pude ver un video llamado ‘La reina del arroz con pollo’. ¿Esas imágenes 
fueron grabadas en este penal?</I></p>



<p class="wp-block-paragraph">-Ese 
chamo violó a una niña de ocho años. Él debe sufrir lo que ella 
sufrió.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><I>-¿Lo 
violaron y luego lo mataron?</I></p>



<p class="wp-block-paragraph">-Él 
no murió. Pero al que tomó el video que circuló en Internet sí lo 
matamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">Wilmito 
está ahora sentado a orillas de un inmenso terreno que en la cárcel se utiliza 
para jugar béisbol. Es martes 18 de marzo de 2014. Son las tres de la tarde y 
bajo la canícula polvorienta, un interno alto y barbudo trota a paso de 
maratón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nos 
acompañan<I>&nbsp;Sincamisa</I>&nbsp;y varios de los guardaespaldas. Uno de 
ellos le pide que cuente cómo fue que se convirtió en el jefe de todos. Recuerdo 
entonces lo que me había contado en su habitación en una de mis primeras 
visitas. En 2005 William, un preso con el que había cometido algunos atracos, 
tenía que salir en libertad y decidió entregarle el control del grupo. Fue casi 
como la coronación de un discípulo: “Tú lo puedes hacer mejor de nosotros”, 
afirmaron los dos subalternos de William, a quienes correspondía por jerarquía 
conducir al grupo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A 
mediados de aquel año, todas las áreas del penal tenían sus líderes. Las 
rencillas por el control completo de la cárcel eran frecuentes y había cada vez 
más muertos. Las disputas se dirimían en una actividad medieval –llamada 
Coliseo- donde dos internos, por órdenes del&nbsp;<I>Pran</I>, se enfrentan a 
cuchillo en el medio de una rueda formada por sus compañeros. Por todas esas 
cosas, dice Wilmito, la idea de controlar el penal, instaurar sus reglas y 
masificar la práctica deportiva generó la simpatía de los 
internos.</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>Al primero lo liquidó con un disparo entre los ojos y, después, mató a tres más.</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph">Con 
60 de ellos, planificó tomar el área de Reos –otra de las partes en las que se 
divide el penal, que tenía su líder- el 16 de octubre de 2005. Armaron un 
croquis e identificaron por dónde entrarían a matar a los miembros del grupo 
rival. Fabricaron escudos con tambores de hojalatas y puertas de escaparates, 
que servirían para avanzar mientras se protegía al líder. El invento, al que 
llamaron&nbsp;<I>Papa Móvil</I>, funcionó de la mejor manera porque logró 
amortiguar el impacto de una granada, y Wilmito y sus compañeros sólo recibieron 
algunas esquirlas. Aturdidos y confundidos, los miembros del grupo rival 
quedaron a merced de Wilmito, que emergió desde atrás de los escudos con su 
ametralladora terciada y su pistola. Al primero lo liquidó con un disparo entre 
los ojos y, después, mató a tres más. El grupo de Wilmito solo tuvo una baja. 
Los presos de Reos que sobrevivieron de inmediato reconocieron su 
autoridad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Semanas 
después se prepararon para atacar a los del sector de Observación. Wilmito 
sentía por ellos un particular desprecio. En la mañana del 15 de noviembre de 
2005, un hombre de la banda que allí mandaba “cantó una luz”. En la jerga 
carcelaria, eso significa que nadie puede moverse del lugar en el que está. Son 
momentos de mucha tensión, porque pueden estar moviéndose armas de un escondite 
a otro, y entonces se necesita discreción. Pero un interno de ese sector, que 
estaba preso por haber robado un cerdo, desobedeció y lo mataron. A las dos de 
la tarde de ese día, Wilmito, asqueado, le dijo al parquero, el hombre que 
conoce dónde se guarda el armamento:</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Prepara 
todo porque vamos a tomar esa mierda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo 
cumplieron. Después de Observación, Wilmito y su banda tomaron el área de 
Taller. Luego cayeron el Rancho y el Anexo. En 2006 ya tenía control sobre todo 
el penal y había establecido las reglas: respetar a la visita del interno por 
sobre todas las cosas (el que no lo hiciera tendría que pagar con su vida); 
nunca revelar a la Guardia Nacional el sitio donde se esconden las municiones y 
las armas; y jamás intentar despojarlo de su oficiosa 
autoridad.</p>


<p class="wp-block-paragraph">Ese 
mandamiento casi nunca es respetado y él mismo lo sabe. En 2009 intentaron 
asesinarlo. Un hombre joven le salió al paso mientras Wilmito caminaba por las 
áreas administrativas, y comenzó a dispararle. Casi al mismo tiempo, empezaron a 
sonar balazos en otras áreas. Wilmito fue herido en el hombro, pero pudo subir 
las escaleras hasta llegar a su habitación. Tomó la ametralladora, y volvió a 
salir de la habitación con un compañero que lo custodiaba. Sabiendo que todo era 
muy confuso, que aquello podía ser un nido de traidores, con la ametralladora 
terciada y con un bolso en el que llevaba dos mil balas y cinco granadas, tocó 
el hombro de su custodio y, tras persignarse, le dijo:</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Que 
sea lo que Dios quiera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para 
entonces,<I>&nbsp;Boliqueso</I>&nbsp;y&nbsp;<I>Sincamisa</I>&nbsp;habían 
ordenado cortar la luz. Así, Wilmito y sus compañeros, tiro a tiro, sofocaron la 
rebelión. Los conspiradores eran siete y cuatro murieron 
ajusticiados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me 
doy cuenta de que Wilmito ha estado recordando todas sus operaciones en medio de 
un público que, salvo yo, parece casi indiferente a sus hazañas. Nadie lo 
interrumpe, todos asienten. Están sus guardaespaldas, están<I>&nbsp;Juan 
Carlos</I>&nbsp;y&nbsp;<I>Sincamisa</I>, pero todos escuchan el relato como si 
estuvieran un poco hartos del mismo cuento escuchado una y otra vez. El sol 
comienza a ocultarse detrás del muro del penal, y dicen que van a acompañarme 
hasta la salida. Yo, sin querer, me quedo un poco rezagado amarrándome los 
cordones de los zapatos mientras Wilmito y sus espalderos caminan adelante. 
Cuando me estoy incorporando para sumarme al grupo siento el fuerte rugido del 
motor de una moto muy cerca del oído. Veo a un hombre a mi lado, subido a una 
moto. Apenas recojo mi cuaderno cuando escucho:</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Te 
puedo llevar hasta la puerta para que no camines este trayecto. Son 20 
bolívares.</p>

<div class="kb-gallery-wrap-id-_HpMPfC-M5 alignnone wp-block-kadence-advancedgallery"><div class="kb-gallery-ul kb-gallery-non-static kb-gallery-type-slider kb-gallery-id-_HpMPfC-M5 kb-gallery-caption-style-below kb-gallery-filter-none kb-gallery-magnific-init" data-image-filter="none" data-lightbox-caption="true"><div class="kt-blocks-carousel splide kt-carousel-container-dotstyle-dark kt-carousel-arrowstyle-whiteondark kt-carousel-dotstyle-dark kb-slider-group-arrow kb-slider-arrow-position-center" data-slider-anim-speed="400" data-slider-scroll="1" data-slider-arrows="true" data-slider-fade="true" data-slider-dots="true" data-slider-type="slider" data-slider-hover-pause="false" data-slider-auto="" data-slider-speed="7000" data-show-pause-button="false"><div class="splide__track"><ul class="kt-blocks-carousel-init kb-blocks-slider splide__list"><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-12.jpg" data-description="Wilmito pescando. Fotografía tomada de su perfil de Facebook." class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img loading="lazy" decoding="async" width="960" height="720" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-12.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-12.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-12.jpg" data-id="52377" class="wp-image-52377 skip-lazy" srcset="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-12.jpg 960w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-12-700x525.jpg 700w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-12-768x576.jpg 768w" sizes="auto, (max-width: 960px) 100vw, 960px" /></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">Wilmito pescando. Fotografía tomada de su perfil de Facebook.</div></a></figure></div></div></li><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-13.jpg" data-description="Wilmito tocando timbales. Fotografía tomada de su perfil de Facebook." class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img loading="lazy" decoding="async" width="960" height="960" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-13.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-13.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-13.jpg" data-id="52378" class="wp-image-52378 skip-lazy" srcset="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-13.jpg 960w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-13-700x700.jpg 700w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-13-768x768.jpg 768w" sizes="auto, (max-width: 960px) 100vw, 960px" /></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">Wilmito tocando timbales. Fotografía tomada de su perfil de Facebook.</div></a></figure></div></div></li></ul></div></div></div></div>

<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
28 de diciembre de 2009, a la hora del almuerzo, Wilmito se desplomó entre 
bocado y bocado. Acababa de molestarse con un interno que “se había comido una 
luz”. Esa expresión significa en la jerga carcelaria una falta a las reglas 
impuestas por los reos y es merecedora de un castigo proporcional a ese 
“delito”. Wilmito fue trasladado hasta la policlínica Santa Ana de Ciudad 
Bolívar, y volvería a despertarse doce días después, tumbado en una cama y 
preguntándose qué le había pasado. Le había subido la presión arterial con la 
potencia suficiente para generar un edema cerebral que con los días fue cediendo 
a base de inyecciones de diuréticos y esteroides.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Asesorado 
por sus abogados, Wilmito identificó en ese percance la oportunidad de solicitar 
al tribunal cumplir el resto de la pena en su casa. Al escrito que razonaba la 
petición agregaron un informe médico que certificaba sus padecimientos –una 
elevada presión arterial y alteraciones en los valores de los triglicéridos y el 
colesterol- y lo presentaron con las formalidades debidas para que la audiencia 
incluso se celebrara en su lecho de enfermo. Todos suponían que la decisión 
favorable era un hecho mas no fue así. Advertida por los médicos de la clínica, 
la jueza Mariela Casado sabía que Wilmito podría regresar a la cárcel sin 
mayores inconvenientes. Como magistrada rectora ella pidió explicaciones a la 
jueza de primera instancia que llevaba el caso por la falta de decisión. Había 
transcurrido un mes desde el desmayo y Wilmito era el de siempre. Hacía y 
deshacía. Tenía las llaves de su habitación, entraba y salía de la clínica, y 
sus familiares se habían alojado en el cuarto contiguo para acompañarle. ¿Era 
posible que un preso ahora utilizara la clínica como un hotel?, se preguntaba 
Mariela Casado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con 
esas evidencias, y quizás con la silenciosa presión de Mariela Casado, la jueza 
del caso decidió que los días de Wilmito como paciente habían terminado. Debía 
volver a la cárcel.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">A 
juzgar por lo que vino después Wilmito no recibió la noticia de buena manera y 
urdió una venganza en dos actos. El primero comenzó el sábado 30 de enero de 
2010, cuando sacó una ventana del marco de su habitación en la clínica, rompió 
los barrotes y ganó la calle con la aparente complicidad del piquete policial 
que lo resguardaba, de acuerdo con el relato contenido en los expedientes del 
caso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 
la clínica los médicos conocieron otra versión. Era imposible que un hombre de 
esas dimensiones pudiera escapar por una ventana. Wilmito había salido a ver en 
la televisión el último juego de la serie final de la Liga Venezolana de Béisbol 
Profesional entre los Leones del Caracas y los Navegantes del Magallanes, un 
acontecimiento deportivo que paraliza al país. Se trata de los dos equipos con 
más seguidores y Wilmito, un seguidor del Caracas, que obtuvo el título aquella 
noche, estaba entre aquellos absortos hinchas. En el júbilo de la celebración 
el&nbsp;<I>Pran</I>&nbsp;se quedó dormido y no regresó a su 
habitación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando 
la policía advirtió su ausencia inició una búsqueda casi frenética. El 2 de 
febrero vaciaron una casa donde suponían que estaba escondido. No lo 
encontraron. Hallaron, sí, a tres hombres e incautaron, según la prensa, 700 
municiones calibre 7.62 para un fusil automático liviano. El cerco se estrechó 
tanto hasta que el 4 de febrero Wilmito se entregó en Caracas, en una oficina de 
la Policía Científica. Había recorrido 600 kilómetros desde Ciudad Bolívar 
porque creía que solo en la capital de Venezuela podrían reparar la injusticia 
que, según creía, la jueza Casado había cometido en su contra al impedir una 
decisión favorable. Le había planteado su caso a Lina Ron, una activista del 
gobierno con sólidos nexos con el presidente Chávez, quien lo llevó con el 
entonces director de la Policía Científica, Wilmer Flores 
Trossel.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Wilmito 
no regresó a Vista Hermosa. A los pocos días lo trasladaron hasta la Mínima de 
Tocuyito –el penal donde ahora se encuentra- y agregaron a su expediente el 
intento de fuga de la clínica. Tenía asegurado no solo un nuevo juicio, sino un 
incremento de la condena. Lejos de su familia y del poder que había acumulado, 
Wilmito comenzó a subir de peso y a sufrir quizá como nunca antes dentro de un 
reclusorio. Su familia, mientras tanto, denunciaba en los medios locales sus 
padecimientos y la mala voluntad de la jueza Casado como máxima autoridad 
judicial al no querer reconocerlos. Dos meses después volvió a Ciudad Bolívar 
para ser juzgado por el intento de fuga. El juez Roberto Delgado ratificó en 
abril de 2010 que debía volver a la cárcel de Tocuyito tras la primera 
audiencia. Un alguacil que estuvo presente me contó su reacción cuando escuchó 
el fallo. Wilmito se enfureció y lanzó maldiciones a todos los presentes en la 
sala. “Ella es la culpable. Mariela Casado es la culpable de esto”, gritaba. 
Desde entonces, comenzó a planear la manera de vengarse de ella.</p>

<div class="kb-gallery-wrap-id-_PjDTu8-iY alignnone wp-block-kadence-advancedgallery"><div class="kb-gallery-ul kb-gallery-non-static kb-gallery-type-slider kb-gallery-id-_PjDTu8-iY kb-gallery-caption-style-below kb-gallery-filter-none kb-gallery-magnific-init" data-image-filter="none" data-lightbox-caption="true"><div class="kt-blocks-carousel splide kt-carousel-container-dotstyle-dark kt-carousel-arrowstyle-whiteondark kt-carousel-dotstyle-dark kb-slider-group-arrow kb-slider-arrow-position-center" data-slider-anim-speed="400" data-slider-scroll="1" data-slider-arrows="true" data-slider-fade="true" data-slider-dots="true" data-slider-type="slider" data-slider-hover-pause="false" data-slider-auto="" data-slider-speed="7000" data-show-pause-button="false"><div class="splide__track"><ul class="kt-blocks-carousel-init kb-blocks-slider splide__list"><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-14.jpg" data-description="Entrada al centro penal de Tocuyito." class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img loading="lazy" decoding="async" width="825" height="460" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-14.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-14.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-14.jpg" data-id="50090" class="wp-image-50090 skip-lazy" srcset="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-14.jpg 825w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-14-700x390.jpg 700w, https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-14-768x428.jpg 768w" sizes="auto, (max-width: 825px) 100vw, 825px" /></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">Entrada al centro penal de Tocuyito.</div></a></figure></div></div></li><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-15.jpg" data-description="Lina Ron junto a Hugo Chavez." class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img loading="lazy" decoding="async" width="630" height="420" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-15.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-15.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/19032017-15.jpg" data-id="50091" class="wp-image-50091 skip-lazy"/></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">Lina Ron junto a Hugo Chavez.</div></a></figure></div></div></li></ul></div></div></div></div>

<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mariela 
Casado quería regresar a Valencia, de donde era oriunda. Había pasado mucho 
tiempo enfrentando un entorno hostil que no le permitía trabajar con comodidad. 
A sus familiares les había confesado que no se sentía una mujer libre. La mitad 
de su libertad, contaba, la había perdido cuando se recibió de abogado y la otra 
mitad la estaba perdiendo lentamente en su pedregoso ejercicio 
profesional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las 
imprecaciones de Wilmito sumaron otro motivo a las ganas de marcharse de la 
ciudad. No era la primera amenaza que recibía, es cierto, pero ya había perdido 
la fuerza que durante cinco años la llevó a soportar las presiones. Recordó 
entonces cómo, entre 2005 y 2010, había decidido abstenerse de conocer cualquier 
causa relacionada con él para evitar la tortura de lidiar con Vidalina, la madre 
del&nbsp;<I>Pran</I>, y María, la abuela, quienes siempre pasaban por los 
tribunales para exigir cualquier cosa: desde medidas alternativas al encierro 
para cumplir la pena o el regreso de Wilmito a su ciudad de 
origen.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mariela 
Casado se ocupó, sí, de dejar asentadas esas amenazas en una denuncia 
interpuesta ante la fiscalía del estado Bolívar. Hoy sus familiares piensan que 
gracias a ese afán por documentarlo todo se despejó el camino para resolver el 
crimen que la alejó del país. El 6 de junio de 2007, según consta en el 
expediente, había revelado que en varios mensajes enviados a los celulares de 
sus colaboradores la amenazaban de muerte. Dos de ellos decían así: “Wilmel 
(sic), hay que joder a esa Mariela Casado, la juez de Ciudad Bolívar. Ya cuadré 
el atraco (…) Pégale un tiro”. Y otro: “Los panas (amigos) fueron a la cárcel a 
visitar a Wilmito y él cuadró todo. Mosca (pendiente), dile a Cara de 
Ratón”.</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>“Doctora, yo no amenazo, yo actúo”</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph">A 
ella, sin embargo, no le parecía que Brizuela pudiera ser el autor de ese 
mensaje. De hecho, en 2007 había despedido a varios secretarios y alguaciles de 
los tribunales y cualquiera de ellos tenía incluso más razones para amenazarla. 
Y el mismo Wilmito se encargó de llamarla para aclarar cómo procedía él poco 
después de que recibiera esas amenazas. Mariela Casado le contó a un amigo 
cercano, quien a su vez aceptó revelarme esto siempre y cuando mantuviera en 
secreto su identidad, lo que entonces le dijo el&nbsp;<I>Pran</I>: “Doctora, yo 
no amenazo, yo actúo”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No 
tenía por qué dudar de su palabra. Cuando el 23 de marzo de 2007 la prensa local 
difundió el asesinato de cuatro hombres que tenían pocas horas dentro del penal, 
Wilmito la llamó para confirmar los corridos que se escuchaban en la calle: “Por 
ahí están diciendo que yo maté a esos muchachos. Quiero que sepa que yo sí los 
maté a ellos en represalia por la muerte de un primo, a quien ellos asesinaron”. 
Lo había advertido al juez antes de que sus víctimas llegaran a la cárcel. “De 
aquí no salen vivos”. Y cumplió. La prensa aseguró que una de las víctimas fue 
torturada y mutilada. Los hombres de Wilmito colocaron los ojos y la cabeza 
dentro de unos envases de vidrio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Wilmito 
no amenaza. Wilmito actúa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los 
presos comenzaron a matarse por el control del penal de Vista Hermosa después de 
la baja de Wilmito. En febrero de 2010 asumió el control Ausberto Medrano, 
alias&nbsp;<I>Niño Criminal</I>, que era parte de su clan. Durante su liderazgo 
murieron Frank Viamonte, después de un roce entre reos, y Ronny Rodríguez y 
Wilber Hernández, media hora después de haber ingresado a la 
cárcel.&nbsp;<I>Niño Criminal</I>&nbsp;se fugó el 19 de octubre de 2010 y fue 
abatido por la policía en un enfrentamiento un mes más tarde. Tomó entonces el 
control<I>&nbsp;Pata’e loro</I>, con quien siguió la ristra de muertes. Once 
días después de su coronación, el 30 de octubre, balearon a Miguel José Bolívar 
Solís, Roger Ernesto Requena García, José Wilfredo Bejarano Vargas y otros dos 
reclusos no identificados, en medio de un motín por el control de Vista Hermosa. 
Y meses más tarde el gobierno de Marlon Alirio Guevara –quien a su vez había 
sustituido a<I>&nbsp;Pata’e loro</I>, trasladado a otro penal- culminó de forma 
trágica, acribillado con más de 20 impactos de bala.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mariela 
Casado sentía que un hombre la seguía cada vez que regresaba a su casa desde la 
Universidad Bolivariana de Venezuela, una institución creada por el comandante 
Chávez para ampliar la oferta educativa. Era el mes de abril de 2010 y la jueza 
rectora cumplía con algo de desgano con uno de los últimos compromisos en Ciudad 
Bolívar.</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>“Podría equivocarme como te has equivocado tú, Mariela, sin embargo soy justo y debes irte”</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph">Tenía 
razones para sentir que todos la miraban. Aunque, paradójicamente, no temía un 
atentado en su contra, tomó algunas previsiones. No utilizaba siempre el mismo 
vehículo, por ejemplo. No solo eran los señalamientos directos de Wilmito. 
Recordó entonces que entre abril y diciembre de 2009 había recibido mensajes de 
texto en su teléfono celular casi elegíacos, que prefiguraban su actual 
situación. El 14 de abril le escribieron esto: “Días vendrán en que de verdad la 
justicia prevalezca, por los momentos aún le queda tiempo para recapacitar, 
cuídese”. Y un día después le llegó lo siguiente: “Mis pasos se bañarán con la 
sangre del impío. Hay un Dios que reivindica al justo y está haciendo justicia 
en la tierra”. Tres días después leyó amenazas más explícitas: “Escribo y borro, 
busco y no encuentro elementos para salvarla. He usado ya todo cuanto me ayudó a 
impedir su partida”. Y a continuación: “Podría equivocarme como te has 
equivocado tú, Mariela, sin embargo soy justo y debes 
irte”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su 
cuerpo comenzó a somatizar todas sus angustias hacia principios de junio, con 
atroces puntadas en el vientre. Sin tiempo que perder su hermana Maria Gabriela 
le fijó para el 18 de junio una cita con un médico en Valencia. Mariela Casado 
dudó por un momento. Para ausentarse de la ciudad debía obtener el permiso de 
sus superiores en Caracas. También alguien debía encargarse de buscar y traer a 
sus hijos al colegio. Su hermana le dice entonces:</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Anda. 
Yo busco a los muchachos en el colegio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
14 de junio de 2010, Manuel Gutiérrez, entrenador deportivo de Edelca, la 
compañía eléctrica del Estado de Bolívar, se dirige hacia la casa de su hijo 
menor Christian conduciendo una camioneta blanca, marca Jeep, modelo Gran 
Cherokee. Son las ocho y media de la noche. Manuel vive en Puerto Ordaz, la 
segunda ciudad más importante del estado Bolívar, y el polo de desarrollo de la 
industria del hierro y el aluminio venezolanos. En el baúl lleva 150 pelotas de 
tenis, tres raquetas, otros implementos deportivos y una 
guitarra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Christian 
sale apenas escucha la bocina de la camioneta junto a su hermana Yenibel y se 
entretienen conversando en la acera. Un grito de Yenibel interrumpe la 
conversación. Dos hombres armados, que habían bajado de un Fiat Siena, apuntan 
al grupo, los separan y le piden a Manuel las llaves de la 
camioneta.</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>El patrón está determinado a matar a la jueza Mariela Casado</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph">Marlon 
Medina, moreno, peliteñido, es uno de los atracadores y quien ahora conduce el 
vehículo que va de vuelta hacia Ciudad Bolívar. Se siente contento porque pronto 
tendrá en su bolsillo 5.000 bolívares que le había ofrecido alias&nbsp;<I>El 
Pucho</I>, el jefe de la operación, por buscar la camioneta que necesita el 
patrón. Al patrón también le dicen&nbsp;<I>el goldo</I>&nbsp;Wilmer –así, con 
una ele intercalada- o Wilmito. El patrón está determinado a matar a la jueza 
Mariela Casado en cuatro días más y para la misión ha encargado un 
carro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">A 
las once y media de la mañana del jueves 18 de junio&nbsp;<I>El Pucho</I>, cuyo 
nombre real es Luis Ramón Acosta, es citado por alias&nbsp;<I>El 
Ciego</I>&nbsp;en el estacionamiento del Bingo Calypso.&nbsp;<I>El 
Ciego</I>&nbsp;es el gran coordinador de la operación que está a punto de 
empezar, y se mantiene en contacto con Wilmito por vía telefónica, de acuerdo 
con la voluminosa acusación que los fiscales escribieron para imputarles el 
crimen que pronto cometerían.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al 
llegar,&nbsp;<I>El Pucho</I>&nbsp;saluda a otras dos personas a quienes solo 
conoce por sus apodos:&nbsp;<I>La Niña</I>&nbsp;y&nbsp;<I>El 
Menor.</I></p>



<p class="wp-block-paragraph">-Vamos 
a matar a una señora –dice&nbsp;<I>El Ciego</I>.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><I>El 
Ciego</I>&nbsp;le 
pide a&nbsp;<I>El Pucho</I>&nbsp;que maneje la camioneta Cherokee y que lleve 
como acompañantes a estas dos personas. Él, mientras tanto, sube a otro vehículo 
que hará de lazarillo para conducirlos hasta el sitio donde&nbsp;<I>La Niña</I>, 
cuyo verdadero nombre es Edgar Silva Rondón, bajará del vehículo y cumplirá con 
el encargo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A 
las doce y media del mediodía la profesora María Gabriela Casado enciende su 
Toyota Yaris color negro, ese que a veces utiliza su hermana para trasladarse 
hasta la Universidad Bolivariana de Venezuela, y maneja hasta el colegio Nuestra 
Señora de las Nieves, situado en el cruce de las avenidas Jesús Soto y Táchira. 
Es un sitio estratégico porque está ubicado frente al aeropuerto y es una de las 
vías expresas que conduce hasta la salida de Ciudad Bolívar. El tráfico del 
mediodía es denso porque a esa hora todos están buscando a sus hijos. A las 
12:45 sale con sus sobrinos y se detiene en un restaurante de comida rápida para 
comprar el almuerzo. No tardaría mucho allí. Poco después de la una llegan a la 
casa. Los chicos bajan del carro y corren a tocar el timbre para que el abuelo, 
Héctor Casado, les abra la puerta. Cuando uno pasa mucho tiempo expuesto al 
calor húmedo de Ciudad Bolívar solo le provoca correr y colocarse delante de un 
ducto de aire acondicionado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 
el carro queda olvidada la cajita roja, llena de papitas fritas, con una letra m 
pintada en color amarillo sobre una de las caras. Antes de entrar a la casa, 
María Gabriela Casado atiende a un vecino, llamado Pedro Pérez, que le viene a 
dar buenas noticias. Es cuestión de días para que arreglen un bote de aguas 
servidas que está afectando tanto a su casa como a la residencia de la familia 
Casado. Casi al mismo tiempo que se produce esta conversación,<I>&nbsp;El 
Ciego</I>&nbsp;llamó a&nbsp;<I>La Niña</I>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Esta 
es la mujer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">***</p>



<p class="wp-block-paragraph">Wilmito 
no amenaza, Wilmito cumple.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dos 
días después de mi segunda visita al penal de Vista Hermosa, el jueves 9 de 
enero de 2014, Wilmito asiste a la penúltima audiencia del largo juicio seguido 
por el asesinato de la profesora María Gabriela Casado. Recuerdo que hablaba por 
teléfono para coordinar el traslado hasta Valencia en un autobús, donde fue 
radicado el juicio. Unos llevarían carne asada. Otros, la bebida. La condena 
definitiva llega tres semanas después: 14 años y diez meses como cómplice no 
necesario en robo agravado del vehículo automotor, sicariato y asociación para 
delinquir. A&nbsp;<I>El Pucho</I>&nbsp;le correspondieron 16 años y diez 
días.</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>Cuando escucha preguntas alejadas del guión del personaje que está construyendo, el Pran se estira y se toma su tiempo</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph">Antes 
de salir para aquella vista le pregunté a Wilmito por la doctora Casado. Estamos 
en su habitación con el aire acondicionado encendido en su máxima velocidad. 
Cuando escucha preguntas alejadas del guión del personaje que está construyendo, 
el&nbsp;<I>Pran</I>&nbsp;se estira y se toma su tiempo. Es una pausa necesaria 
para elaborar respuestas ajustadas a la imagen de líder que desea proyectar. En 
esta ocasión, sin embargo, parece ligeramente molesto. Sin alzar la voz, como si 
de pronto sintiera la necesidad de demostrar sin poses quién es, me responde con 
la primera idea que le viene a la cabeza.</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>"Muchas veces me llamaban cuando la tenían enfrente para preguntarme qué hacían con ella"</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph">-Si 
yo hubiera querido asesinar a Mariela Casado lo habría hecho. Yo no me equivoco. 
Yo sabía dónde lavaba su ropa, cuándo viajaba a Caracas. Muchas veces me 
llamaban cuando la tenían enfrente para preguntarme qué hacían con ella. Y nunca 
actué en su contra. Yo decidí admitir mi responsabilidad por la relevancia del 
caso y porque tenía la pelea perdida contra la jueza más poderosa del estado 
Bolívar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después 
del asesinato de su hermana, Mariela Casado salió de Venezuela con rumbo 
desconocido y con el imperioso objetivo de olvidarse de que alguna vez ejerció 
como abogada y jueza. Sus familiares tienen prohibido revelar dónde se encuentra 
por miedo, ahora sí, a que se concrete un atentado.</p>

<div style="display:flex; gap:10px;justify-content:center" class="wps-pgfw-pdf-generate-icon__wrapper-frontend">
		<a  href="https://armando.info/tag/gobierno-de-venezuela/feed?action=genpdf&amp;id=174" class="pgfw-single-pdf-download-button" ><img src="https://armando.info/wp-content/plugins/pdf-generator-for-wp/admin/src/images/PDF_Tray.svg" title="Generar PDF" style="width:auto; height:45px;"></a>
		</div>]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://armando.info/el-gobierno-de-wilmito/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
			</item>
	</channel>
</rss>
