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	<title>Ciencias - Armando.info</title>
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	<description>periodismo de investigación venezuela</description>
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	<title>Ciencias - Armando.info</title>
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		<title>De colegas de ciencia a camaradas de la SS (III)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[EWALD SCHARFENBERG]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 09 Sep 2012 09:20:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Investigacion]]></category>
		<category><![CDATA[Alemanes]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencias]]></category>
		<category><![CDATA[IVIC]]></category>
		<category><![CDATA[Nazi]]></category>
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					<description><![CDATA[Última entrega 
Tres exoficiales de la SS, la organización ideológico-militar del régimen nazi, científicos que estuvieron a cargo de un proyecto secreto para crear las superespecies de cultivos que debían mantener a los colonos alemanes una vez conquistado el este de Europa, se reagruparon tras la II Guerra Mundial en Venezuela. Vareschi, Schäfer y Brücher, ¿el bueno, el astuto, y el desgraciado? Tres personajes muy diferentes, cuyas travesías se cruzaron más de una vez, pero tuvieron destinos opuestos.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">El 
martes&nbsp;17 de diciembre de 1935, día en que se conmemoraba el 105to 
aniversario de la muerte del&nbsp;<i style="mso-bidi-font-style: normal">Libertador</i>&nbsp;Simón Bolívar, el pueblo 
de Venezuela supo del deceso de Juan Vicente Gómez,&nbsp;<i style="mso-bidi-font-style: normal">El Benemérito</i>, hombre fuerte del país 
desde 1908. La noticia de la muerte del presidente ascendió desde Maracay –la 
ciudad que, durante su mandato, Gómez había hecho terruño de adopción, capital 
oficial del estado Aragua, capital de facto de Venezuela y, al final, lugar de 
defunción- por la carretera que todavía hoy la conecta con el puerto de Ocumare 
de La Costa y que el dictador ordenó construir en 1910 con mano de obra esclava 
de prisioneros políticos y comunes. Rauda alcanzó el punto más alto de la 
carretera, a 1.200 metros sobre el nivel del mar, en el sitio de la antigua 
Hacienda Rancho Grande, y cuando llegó a oídos de los 196 obreros que trabajaban 
en la construcción de un hotel de lujo allí, la noticia les hizo abandonar sus 
labores y herramientas. Decidieron caminar a Maracay en procesión, para nunca 
más regresar a la obra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así 
quedó inconcluso, hasta el día de hoy,&nbsp;<a href="http://www.youtube.com/watch?v=uHU8pCz2F8Y&amp;feature=youtu.be" target="_blank" rel="noopener">el 
Gran Hotel Rancho Grande</a>. 
A 77 años de su abandono, todavía se puede apreciar la imponente estructura, 
desde un plano superior, como un signo de interrogación de dimensiones 
colosales, un castillo o búnker de cemento que luce desguarnecido, a pesar de su 
mole, ante la gula paciente de la selva que lo rodea. Lianas y helechos se le 
incrustan por todas partes y, aunque un solitario guardaparques andino – en 
realidad, de Biscucuy, Portuguesa- se afana por hacerlo parecer un sitio 
residencial con su&nbsp;<a href="http://www.youtube.com/watch?v=9Np8pLz7jdw&amp;feature=youtu.be" target="_blank" rel="noopener">modesto 
mobiliario</a>, 
los cristales rotos de la mayoría de las ventanas le dan aspecto de lugar de 
paso o, incluso, de asiento, para comunidades de aves y murciélagos. Pero en 
1935 la idea era que se convirtiera en un hotel de alto estándar, que 
aprovechara el delicioso clima templado de la selva de neblina como principal 
reclamo turístico. Como hacían los funcionarios de las administraciones 
coloniales en el trópico, se suponía que los cortesanos de Gómez subirían desde 
Maracay durante los meses cálidos de julio a septiembre para atemperarse en las 
instalaciones de montaña. Como la comitiva era amplia y las labores de gobierno 
no podían interrumpirse en esa temporada estival, se pensó en grande: 80 
habitaciones tendría el hotel. &nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
estampida obrera de diciembre de 1935 devolvió ese sitio de la Cordillera de la 
Costa a la desolación que le era natural. Aunque no por mucho tiempo. Un axioma 
en Venezuela establece que a la escasa propensión nativa para continuar o 
completar empresas de largo aliento, le corresponden unas ganas permanentes por 
renombrar, refundar o reciclar los cimientos de lo poco que se ha hecho. 
&nbsp;Así que no tardaron mucho en surgir las primeras propuestas para darle un 
nuevo uso a la estructura, sobre todo, desde que en 1937 todos sus alrededores 
fueron declarados Parque Nacional. Desde entonces, Henri Pittier (1857-1950) 
–naturalista suizo-estadounidense, de quien en 1953 el Parque Rancho Grande 
recibiría el nombre- aupaba para el edificio un destino como estación 
científica. En los hechos, la estructura sirvió de base de operaciones para la 
expedición de un año de duración que, en 1945, William Beebe y Joselyn Crane, 
del Departamento de&nbsp;Investigaciones Tropicales de la Sociedad Zoológica de 
Nueva York, realizaron por el bosque circundante, bajo los auspicios de la 
Creole Petroleum Corporation, que fondeó las refacciones y equipamiento del 
lugar. Ese mismo año, la III Conferencia Interamericana de Agricultura, reunida 
en Caracas, aceptó con beneplácito la propuesta de hacer de Rancho Grande una 
Estación Biológica internacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo 
turístico del lugar –el clima fresco, la paz, la frondosidad vegetal, la vida en 
plena diversidad- se debe a lo ecológico del lugar. Su proximidad por dos caras 
con el mar y la planicie tórrida ya define una particularidad. El ascenso por la 
carretera gomecista, desde El Limón a Rancho Grande, se convierte en una 
sucesión de microclimas y hábitats que parecen variar por cada 100 metros de 
altura. En el propio sitio de Rancho Grande, quien conduzca por la cinta 
ondulante de asfalto, justo antes de una curva en “U” que da inicio al descenso 
hacia la costa aragüeña, presenciará un espectáculo majestuoso y casi 
ininterrumpido: el trasvase de un caudal de neblina desde la vertiente caribeña 
del cerro al valle por el paso Portachuelo, un pórtico natural entre los picos 
Periquito y Guacamayo, a 200 metros del hotel-estación. La riqueza biológica del 
Parque lo convierte en un indiscutible atractivo para la investigación. Como 
aloja más de 500 especies de aves, en la actualidad sigue siendo un destino 
importante para observadores de aves de todo el mundo. Y por eso mismo es hoy, 
como en 1949, un verdadero paraíso para ornitólogos, como lo era William Phelps 
–quien, según la carta de Von Steinberg desde Boconó, buscaba junto a Lasser en 
esa fecha un naturalista para encargarse de una tarea en Venezuela- y como Ernst 
Schäfer –quien, al recibir la carta de Von Steinberg, seguía desempleado y no 
tenía cómo asegurar el sustento para sí y los suyos del día siguiente- Von 
Steinberg informó del currículo y la disposición de Schäfer a Phelps y a 
Tobías&nbsp; Lasser. Este último, científico falconiano de ascendencia libanesa, 
escritor y médico cirujano, formado como botánico en la Universidad de Michigan, 
Estados Unidos, en 1949 era director del reciente Instituto Botánico del 
Ministerio de Agricultura y Cría. En calidad de tal tenía la potestad y, aún 
más, la urgencia de encontrar a un responsable de la nueva Estación Biológica 
Rancho Grande, a la que por fin el gobierno venezolano había decidido abrir. No 
podía ser cualquiera, sino alguien cuyo perfil científico asegurara a la 
estación un manejo con estándares y proyección 
internacionales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De 
suerte tal que Lasser terminó por contratar a Ernst Schäfer. El zoólogo alemán, 
líder de la expedición al Himalaya de 1938-39, jefe del Instituto Sven Hedin y 
potencial investigador de los judíos del Cáucaso, desembarcó en Venezuela en 
diciembre de 1949. En enero de 1950 ya estaba instalado, a tiempo para su 
inauguración, como residente en la “Estación Biológica y Museo de Flora y Fauna 
Henri Pittier”; pomposo nombre que el ministro de Agricultura y Cría de 
entonces, Amenodoro Rangel Lamus, le asignó pero que luego el sentido común 
acortó por “Estación Biológica Rancho Grande”. A nombre del gobierno de la Junta 
Militar que ocupaba por esos días el Palacio de Miraflores, el ministerio aprobó 
para la estación el triple propósito de servir de centro educativo para el 
público, centro de investigaciones científicas, y baluarte para la protección 
del entorno contra incendios, cazadores furtivos o avances 
agrícolas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
lóbrega edificación en medio de la selva podía asustar a cualquiera menos a 
Schäfer. Además de ser un sobreviviente por excelencia, Schäfer debió presentir 
en la oportunidad que se le otorgaba en Venezuela, una vía para salir de la 
indigencia y del aislamiento científico. Además, no llegó solo. Vino con su 
esposa desde 1939, Ursula von Gartzen, y sus tres hijas. Enseguida tuvo 
oportunidad de contratar a dos ayudantes alemanes –el taxidermista Willy Tille y 
el ilustrador Eberstein- y cuatro venezolanos. &nbsp;En vez de una ruina, Rancho 
Grande empezaba a asemejarse a una colmena.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
revista corporativa de la Creole Petroleum Corporation, <i style="mso-bidi-font-style: normal">El Farol</i>, en su número 140 de 1952, 
publica un reportaje sin firma sobre la estación, donde da cuenta de la 
actividad de diversas misiones científicas, encabezadas por “el doctor Teusher, 
director del Jardín Botánico de Montreal, en Canadá; el Sr. Foster, presidente 
de la Asociación Internacional de las Bronceliaceas [sic]; y los doctores Test, 
señor y señora, de la Universidad de Michigan”. &nbsp;Por cierto, el redactor 
anónimo de la revista se permitió una travesura al colocarle la leyenda a una de 
las fotos, donde aparecen empleados de segunda línea de la estación y ejemplares 
de pájaros disecados: “Aquí, entre la más rica colección de pájaros del mundo, 
trabaja a diario el Dr. Shafer [sic]”, pone en la leyenda, sin dejar de notar a 
continuación: ´El científico odia las fotos”. &nbsp;Más que fobia, con toda 
probabilidad se trataba de precaución. “En el exilio en Venezuela, Schäfer rara 
vez discutía sobre la guerra”, asegura Christopher Hale en su libro<i style="mso-bidi-font-style: normal">&nbsp;La cruzada de 
Himmler</i>&nbsp;(11).</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
hervidero en que Schäfer había logrado convertir a Rancho Grande no lo nutrían 
solo científicos. También pululaban amigos y turistas que dejaban sus rúbricas 
en los cuadernos escolares que funcionaban, por no haber mejor alternativa, como 
libros de visita. Entre los primeros se encontraba también otro viejo conocido 
de Bernhard Von Steinberg, el providencial hotelero de Boconó. Este sujeto se 
llamaba Hermann Pannier, un vendedor viajero de productos farmacéuticos que en 
1942 había tenido que dejar Venezuela –donde vivía desde mucho antes- y regresar 
a Alemania después de que el gobierno del general Isaías Medina Angarita, bajo 
presión de Estados Unidos, declarase la guerra al Eje y distribuyera la 
famosa&nbsp;<i style="mso-bidi-font-style: normal">Lista Negra</i>&nbsp;con la 
que pedía a los ciudadanos venezolanos identificar y boicotear los negocios de 
alemanes y japoneses en el país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A 
principios de la década de los 50 Pannier estaba de regreso en Venezuela y 
trabajaba para una marca estadounidense de textiles. Von Steinberg lo había 
puesto en contacto con Schäfer. Cuando Hermann Pannier se dejaba ver en Rancho 
Grande, con frecuencia venía acompañado de su hijo 
Federico&nbsp;Fritz&nbsp;Pannier Pocaterra –futuro científico-, producto de su 
primer matrimonio, y de su bebita Christine, nacida en segundas nupcias con 
Liesselotte Zettler, sí,&nbsp;Lotte, la que al final de la historia se 
convertiría en esposa de Volkmar Vareschi. Liesselotte también hacía parte de 
las visitas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Del 
trato frecuente se llegó a una relación íntima. Cuando Zettler empezó el trabajo 
de parto de la que sería su segunda hija, Ursel, en la casa de una planta y 
techos de caña amarga donde los Pannier vivían, en Sebucán, al este de Caracas, 
quien yacía en la cama de al lado y se percató primero que nadie de que la bebé 
ya venía en camino, fue Ursula Schäfer, la mujer de Ernst.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pannier, 
durante su breve exilio en Alemania, había conocido a&nbsp;Lotte, ella entonces 
desplazada del este en control soviético. Formaron pareja en la posguerra, se 
casaron en abril de 1947, y tuvieron su primera hija en enero de 1948 en 
Baviera, cuando ya Hermann y el adolescente&nbsp;Fritz&nbsp;habían viajado de 
regreso a Venezuela para hacer los trámites de inmigración del resto de la 
familia.&nbsp;Lotte&nbsp;y la recién nacida Christine llegaron a Maiquetía el 13 
de octubre de 1948.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás 
como expresión de apoyo entre jóvenes matronas alemanas, Ursula von Gantzer de 
Schäfer y Lieselotte Zettler de Pannier se hicieron buenas amigas. Una y otra se 
brindaban compañía y alojamiento, bien en Sebucán, en ocasiones en Rancho 
Grande. En&nbsp;<i style="mso-bidi-font-style: normal">Ahora escribo con plumas 
de loro</i>,&nbsp;Lotte&nbsp;describe con nostalgia lo que fueron las jornadas 
que durante unos meses le tocó pasar en Rancho Grande, como una suerte de exilio 
de maternidad: “…en verano 1951 ¡fue toda una aventura! Yo fui enviada con 
Christine y la pequeña Ursel de 3 ½ meses adonde los Schäfer, en Rancho Grande, 
donde sus pañales ondeaban en los espacios abiertos de la ‘ruina en 
construcción’, donde en las noches supuestamente andaban errantes los ocelotes, 
y donde arriba en la gran azotea les echaba cuentos a las hijas de los Schäfer, 
cuando, al caer la noche, las numerosas golondrinas, que anidaban en los 
agujeros de los muros, volaban de un lado al otro y los velos de la neblina 
atravesaban las copas de las enormes&nbsp;<i style="mso-bidi-font-style: normal">Gyrantheras</i>” (12).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con&nbsp;Lotte&nbsp;en 
Venezuela, pues, se completaba el elenco necesario para que, de nuevo, Ernst 
Schäfer se convirtiera en el artífice del cambio en la vida de Volkmar 
Vareschi.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al 
apenas tomar las riendas de Rancho Grande, en 1950, Schäfer supo por su 
supervisor, Tobías Lasser, los planes que este se traía entre manos para 
promover la creación de un Jardín Botánico, al estilo europeo, en 70 hectáreas 
de terreno aledañas al viejo emplazamiento de la Hacienda Ibarra, sitio donde se 
levantaría la nueva Ciudad Universitaria de Caracas. Lasser calculaba que el 
proyecto, de inminente aprobación, aumentaría la presión de trabajo en la 
dependencia a su cargo, el Instituto Botánico, y sobre todo en la gestión de una 
de sus más caras posesiones, el Herbario Nacional. Por lo tanto, de nuevo se 
encontraba en búsqueda de personal científico especializado en botánica. Schäfer 
no dudó en postular a Volkmar Vareschi, su viejo camarada de Múnich y 
Mittersill, como candidato.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Qué 
había sido de Vareschi? El final de la guerra le pilló en Austria. Como Schäfer, 
cayó en manos de los estadounidenses, que no tuvieron contemplaciones durante 
los interrogatorios que le hicieron. Una cicatriz marcada por una bayoneta en la 
espalda de Vareschi era, según el relato de&nbsp;Lotte, una de las pruebas 
visibles de las torturas a las que su esposo fue sometido por los agentes del 
CIC.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vareschi 
fue a dar al Campo de Refugiados de Zell am See, un importante cruce de líneas 
de ferrocarril en Austria y donde, por esos días de 1946, se había estacionado 
parte de la famosa 101ra División Aerotransportada de Estados Unidos, cuyas 
peripecias darían pie al guión de la teleserie<i style="mso-bidi-font-style: normal">&nbsp;Band of Brothers</i>. El 10 de mayo de 
1946, cerca de su 40mo cumpleaños, Vareschi obtuvo su salvoconducto, que lo 
identificaba como Docente de Botánica y daba por lugar de residencia una 
dirección muy cercana al campo, en la población de Bramberg-Habach. Esto es 
congruente con una fuente de Internet, que para entonces lo ubica trabajando en 
la estación botánica de Radstadt, al sur de la ciudad de Salzburgo (13). En 1947 
consiguió un cargo como profesor auxiliar en la Universidad de Innsbruck, la 
ciudad de sus orígenes, donde recibió el aviso desde Venezuela -¡el país del 
Orinoco!- de Schäfer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
llamado desde Venezuela formaba parte de una cadena de favores recíprocos entre 
colegas, y todavía más, entre amigos. La lealtad de esa relación personal 
acababa de quedar en 1946 cuando, al apenas salir de su confinamiento en Zell am 
See, Vareschi envió al Campamento de Ludwigsburg, donde Schäfer estaba preso, 
una declaración en la que el ya hombre libre buscaba exculpar a su colega ante 
las autoridades de ocupación. De acuerdo al autor Peter Mierau en&nbsp; <i style="mso-bidi-font-style: normal">Política Nacionalsocialista de Expediciones 
</i>(<i style="mso-bidi-font-style: normal">Nationalsozialistische 
Expeditionpolitik</i>), la misiva de Vareschi argumentaba que Schäfer había sido 
“un opositor a los nazis que vivió en un ‘volcán’ y muchas veces asumió peligros 
personales para ayudar a jóvenes científicos” (14).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta 
vez Vareschi tampoco dejó de atender el llamado de Schäfer. Como ya se vio, 
desembarcó en La Guaira el 2 de julio de 1950, pero solo vino a aparecer la 
tarde del 3 de julio en Caracas. Según dijo, abandonó su equipaje en el puerto 
y, extasiado por la visión de la naturaleza, se dejó llevar por las callejuelas 
ascendentes de La Guaira y las picas del cerro El Ávila hasta llegar a pie, como 
en una excursión, al valle capitalino. Polvoriento y con su ropa de kaki raída 
por la maleza en la caminata, continuó hasta una dirección en Caracas que 
Schäfer le había dado para su orientación. Se trataba de una casa de una sola 
planta y techo de caña amarga en la zona de Sebucán en la que, una vez le 
abrieran la puerta, preguntaría: “¿Aquí viven los 
Pannier?”.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Diezmo real</h2>



<p class="wp-block-paragraph">En 
la&nbsp;actualidad, la mayoría de los materiales científicos producidos en la 
Estación Biológica de Rancho Grande, como restos de dioramas, expedientes de 
investigación y especímenes disecados –también se encuentran las grabaciones de 
los cantos de 683 especies de aves recogidos por el ornitólogo Paul Schwartz 
(1917-1979)-, los conservan con gran celo y escaso presupuesto los empleados de 
la Estación El Limón, justo a la entrada al Parque Henri Pittier, desde Maracay. 
&nbsp;Allí también se guardan los ejemplares que aún quedan de los libros de 
visita –cuadernos escolares con hojas a una sola raya- que en su época Schäfer 
ponía a disposición de quienes llegaban a conocer el centro. Son pocos los 
cuadernos y no guardan una secuencia exacta de fechas entre sí. Sin embargo, en 
uno de ellos, al final de la única columna escrita en una página impar, se lee 
una signatura que parece brillar:&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; 
|</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp; 
&nbsp;&nbsp;<a href="http://www.scribd.com/doc/105339092/Foto-i" target="_blank" rel="noopener">“Rey 
de Bélgica 9-1-50”</a></p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
inscripción, hecha a lápiz, destaca por el trazo, tan firme que casi se hace 
perceptible como una hendidura sobre el papel. La caligrafía muestra, en cambio, 
otro tipo de rigidez, la que se puede achacar a quien intenta falsificar una 
firma ajena. Si ya suena improbable que el rey de los belgas firmase en 
castellano y con letra tan indigna de su condición, un par de anacronismos 
terminan por despejar el fraude. Pues, que se sepa, en enero de 1950, el rey 
Leopoldo III de Bélgica aún no abdicaba y, de hecho, acababa de regresar a 
Bruselas a ocupar su trono luego de un controvertido exilio que lo había 
mantenido en Suiza desde 1945, luego de ser liberado de su cautiverio nazi. 
Además, la página del cuaderno donde se encuentra la aparente impostura 
corresponde a un grupo de firmas de marzo de 1952, no de 1950, entre las que se 
incluye la rúbrica de Hedda Schäfer, segunda de las tres hijas del 
matrimonio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Muchos 
renglones de ese y otros cuadernos están rellenos con&nbsp;<a href="http://www.scribd.com/doc/105339270/Foto-j" target="_blank" rel="noopener">la 
escritura infantil de las niñas Schäfer</a>. 
Con ello, cabe suponer que la firma, de presunto puño y letra del Rey Leopoldo, 
no es más que una jugarreta de mocosas. Pero lo significativo es, justamente, 
que esas criaturas eligieran el nombre de Leopoldo III para sus chiquilladas y 
no el de un héroe de tiras cómicas. Indicio claro de que Leopoldo ya era una 
mención familiar en ese hogar selvático.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 
efecto, Leopoldo III, después de renunciar a la corona en 1951 en favor de su 
hijo Baduino, dedicó el resto de su vida a hacerse una carrera de naturalista. 
Entre sus expediciones a distintas partes del mundo, en tres ocasiones visitó 
Venezuela: 1952, 1954 y 1956; siempre con el arqueólogo José María Cruxent como 
escudero. En junio y julio de 1952 lideró su primera expedición y quizá también 
la más celebrada, al Alto Orinoco, bajo el nombre oficial de Expedición Leopoldo 
al Territorio Amazonas (Elata). Aún sin la certificación de la firma, todo 
indica que Leopoldo no perdió entonces la oportunidad de ir a conocer la 
Estación de Rancho Grande, de renombre internacional. Desde entonces trataría de 
persuadir a Ernst Schäfer para que regresara con él a Europa y convertirse en su 
asesor científico. Para Schäfer la oferta resultaba atractiva, pero se tomó dos 
años, hasta 1954, para aceptarla mientras atendía el Pabellón de Venezuela en la 
Convención Mundial de Caza y Pesca en Düsseldorf, 
Alemania.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 
cierto modo se entrecruzan en la crónica de esos días dos flechazos: el que 
Leopoldo III y Ernst Schäfer intercambiaron en 1952 para conveniencia mutua de 
sus respectivos proyectos, científicos y vitales; y el que desde 1950 –cuando se 
vieron en el umbral de la casa de los Pannier- y para siempre conectó a Lotte 
Zettler y Volkmar Vareschi.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Presas 
de una atracción inmediata, Zettler y Vareschi enfrentaron con tacto las 
convenciones sociales de entonces para dar cauce a su relación. Con 
meticulosidad, Lotte buscó no herir a su esposo, Hermann Pannier, quien 
entretanto había dado un trato cordial a Vareschi y emprendido, en una apartada 
loma del sector Los Guayabitos, sobre una parcela adquirida a nombre de Lotte, 
la construcción de un par de casas que debían recibir, una vez concluidas, a las 
familias Vareschi –Volkmar, por su parte, había dejado esposa e hijos en 
Alemania- y Pannier. El concepto de las residencias venía de un bosquejo de 
Vareschi, quien decía haberse inspirado en una casa de Knut Hamsun, el noruego 
Premio Nobel de Literatura 1920 que, como el sueco Hedin, expresó sin tapujos su 
simpatía con el nazismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde 
su arribo a Venezuela en 1950, la situación profesional y económica de Vareschi 
se había reafirmado. Acompañó expediciones al sur del país, a los Andes y a 
Perijá, amén de la suya propia al Delta del Orinoco. En 1953 alcanzó el 
escalafón de profesor asociado de la Facultad de Ciencias de la Universidad 
Central de Venezuela (UCV), de cuyo Instituto Botánico llegaría a hacerse cargo. 
Y si bien no lo dice en ninguno de sus escritos, es bastante seguro que había 
estado varias veces en Rancho Grande con su amigo y valedor 
Schäfer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
de 1954 mostró ser, pues, un año decisivo. El entrevero romántico entre Zettler 
y Vareschi iba en camino a aclararse. Vareschi pidió el divorcio a su esposa de 
ultramar a la que todavía en 1953 recibió, en Venezuela, en un postrero intento 
de reconciliación y convivencia.&nbsp;Lotte&nbsp;obtuvo entre tanto su divorcio. 
Un breve paréntesis de concubinato desembocó en la formalización del matrimonio 
Vareschi-Zettler en 1957.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También 
en 1954, Ernst Schäfer se radicó en Bélgica con su familia. Pronto verificó que, 
además de ofrecérselas, Leopoldo III en efecto le había concedido villas y 
castillos: se le instaló con todo esplendor en el castillo de Villers-sur-Lesse. 
Schäfer tenía sus planes de investigación. Pero Leopoldo III se le adelantó con 
una asignación: quería que Schäfer hiciera el trabajo previo de campo y luego 
rodara una película en el Congo Belga (hoy República Democrática del Congo, 
ex&nbsp; Zaire), en ocasión del 50mo aniversario de la creación de la colonia 
-escenario de un verdadero genocidio desde los tiempos de su antepasado directo, 
Leopoldo II-. El proyecto contaba de inicio con un fondo de cinco millones de 
dólares para su realización. Schäfer, que jamás había manejado un presupuesto de 
ese tamaño para ninguna de sus expediciones anteriores, puso entonces su mira en 
África.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Resulta 
curioso que para ese mismo año de 1954 al menos dos fuentes, la ya mencionada 
Pringle y un forista, al parecer bien enterado, del website&nbsp;<a href="http://passionmilitaria.fr/" target="_blank" rel="noopener">http://passionmilitaria.fr</a>&nbsp;(15), 
aseguran que Volkmar Vareschi hacía una expedición privada por el norte de 
África, en Marruecos y Argelia, en compañía de Bruno Beger, el etnólogo de la 
expedición al Himalaya y funesto cazador de esqueletos humanos en Mittersill. 
Beger también estuvo prisionero desde el fin de la guerra hasta 1948, cuando 
salió en libertad. Lotte de Vareschi, entrevistada en Caracas, dice no recordar 
al tal Beger, pero tiene presente un viaje a Marruecos por esas fechas de 
Vareschi con Ludwig&nbsp;Lutti&nbsp;Stigler, un viejo camarada austríaco, 
arquitecto de cierta reputación, que en 1948 emigró, primero a Argentina, y 
luego a Venezuela –murió en 1994 en Baviera-.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Schäfer 
tardó unos tres años en filmar la película con un equipo predominantemente 
alemán, que incluyó al zoólogo y cineasta Heinz Sielmann (1917-2006) como 
guionista y director. De ese período, al menos durante año y medio contó con la 
presencia en el plató de Leopoldo III y su segunda esposa, Lilian de Rethy, 
quienes en sucesivas visitas contribuyeron a darle a la empresa científica un 
aire de retiro estival. En 1958 al fin estuvo lista <i style="mso-bidi-font-style: normal">Los señores de la selva</i> (<i style="mso-bidi-font-style: normal">Les seigneurs de la forêt</i>). La 
consultada Internet Movie Data Base (IMDB), cuya ficha técnica no incluye a 
Schäfer, describe la cinta como “un documental que muestra la lucha de los 
habitantes -tanto humanos como animales- del entonces llamado Congo Belga”. La 
narración en inglés para Estados Unidos fue hecha por Orson Welles, y la 
Twentieth Century Fox se encargaría de su distribución 
mundial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero 
la apoteosis que parecía asegurada se trocó en ridículo una vez el pasado de 
Schäfer afloró de nuevo. La Asociación Belga de la Resistencia denunció en el 
diario socialista <i style="mso-bidi-font-style: normal">Le Peuple</i> que el 
hombre detrás de la película era el mismo del Himalaya y Mittersill. La <i style="mso-bidi-font-style: normal">première</i> en Bruselas tuvo que ser 
pospuesta varias veces, entre llamados a boicotear la película; en una de esas 
galas frustradas, el Sindicato de Trabajadores de la Electricidad se negó a 
proveer del servicio eléctrico a la sala de cine. En Ámsterdam, la otra capital 
clave del Benelux, ocurrió algo similar. La noche del estreno, en marzo de 1959, 
la reina Juliana de Holanda, el príncipe Bernardo, y todo el quién -es-quién de 
los Países Bajos, se excusaron a última hora de asistir. Leopoldo III y Lilian, 
casi solitarios en la sala del cine Ámsterdam City, entendieron que las noticias 
desde Bélgica habían alertado a los veteranos de la resistencia 
holandesa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A 
pesar del fiasco, la Fox pudo estrenar el filme en 1960 en Estados Unidos y 
otros países de Occidente. Ante la necesidad de controlar los daños y preservar, 
no solo lo que pudiera quedar del negocio cinematográfico, sino la misma 
factibilidad del Instituto Internacional para la Conservación Natural que 
Leopoldo III entre tanto había fundado, el rey en retiro negoció con Schäfer una 
indemnización equivalente a 200.000 euros de hoy, a cambio de su extrañamiento y 
silencio. Schäfer consiguió un puesto de curador en un museo en Hannover, 
Alemania, y nunca más figuró en los créditos ni de la película ni de la 
fundación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
muerte le alcanzó a una edad avanzada y sobre suelo alemán, donde yace desde 
1992. &nbsp;Sus correrías, intensas y dilemáticas, al final consiguieron 
extenuar a quienes buscaban ajustar cuentas de la II Guerra Mundial con él. En 
medio de esta parábola escrita a cuatro manos entre la desmemoria y la 
reinvención deliberadas, Schäfer nunca rompió su nexo con Venezuela. En 1981, 
según el investigador Jorge González, visitó por última vez la Estación de 
Rancho Grande, y todavía tendría energías para preparar con sus apuntes de campo 
de la década de los 50, una obra que se publicaría de manera póstuma en 1996: <i style="mso-bidi-font-style: normal">Las aves de Venezuela y sus condiciones 
ecológicas </i>(<i style="mso-bidi-font-style: normal">Die Vogelwelt Venezuelas 
und ihre Oekologischen 
Bedingungen</i>&nbsp;).</p>



<h2 class="wp-block-heading">Fosforito en la Renovación Universitaria</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Un 
día a&nbsp;mediados de 1968, un joven tesista de la Universidad de Roma, Otto 
Huber, llegó al Instituto Botánico de Caracas, donde estaba por terminar el 
procesamiento de datos de un trabajo de campo que durante meses había hecho en 
Calabozo, estado Guárico. Oriundo del Tirol del Sur o Alto Adigio, territorio 
italiano de habla alemana, el estudiante de Botánica había hecho buenas migas 
con el también tirolés (del norte) Volkmar Vareschi, ya por entonces una 
autoridad mundial en temas de Ecología y Director del Instituto. La simpatía 
mutua se había estrechado tanto desde que ambos se conocieron en la Estación 
Biológica Francisco Tamayo de Calabozo, a principios de ese año, que para sus 
últimos días en Venezuela, Huber tenía asegurado hospedaje en la legendaria 
Quinta&nbsp;Tepuy&nbsp;de los Vareschi, en Los Guayabitos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al 
entrar, Huber se sorprendió de ver a su anfitrión y futuro mentor, Vareschi, en 
compañía de otro hombre que aparentaba 50 años de edad, algo corpulento, con 
quien hablaba en alemán. Una vez Huber se acercó, Vareschi presentó al 
desconocido con grandilocuencia: “Te presento a la autoridad mundial en la 
genética de la papa”. Se llamaba Heinz Brücher. El líder en 1943 del comando de 
rescate de las semillas de Vavilov había ido a parar a Venezuela por una 
conexión que esta investigación periodística no logró determinar. Es seguro, sin 
embargo, que desde 1963 ocupó una cátedra en la Facultad de Ciencias de la 
UCV.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
trayectoria geográfica que siguió, desde que fue nombrado al frente del 
Instituto de Genética de Plantas de la SS, en 1943, hasta Venezuela, confirma el 
talante aventurero de Brücher. En febrero de 1945, ante la proximidad de las 
tropas soviéticas a Lannach, Brücher recibió desde Berlín unas órdenes que nunca 
pensó en obedecer: volar con explosivos el castillo y la colección Vavilov de 
germoplasma. Huyó, en cambio, con el material científico y supo mezclarse como 
un paisano más con la población hasta 1947, cuando los estadounidenses lo 
capturan en su ciudad natal de Darmstadt, Alemania. A pesar de ser aprehendido, 
desde entonces no hubo más rastros sobre la colección de Vavilov, acerca de la 
que se tejerían innumerables leyendas, muchas de las cuales emparejan su destino 
con la del propio Brücher.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y 
es que en el momento de su detención ya ocurre algo extraño: en vez de ponerlo 
en aprietos –como sucedió con colegas como Schäfer, Vareschi o Beger-, los 
servicios de investigación norteamericanos piden su colaboración. David Gade, 
investigador del Departamento de Geografía de la Universidad de Vermont, Estados 
Unidos, quien conocería personalmente a Brücher en Paraguay en la década de los 
70, corrobora que el antiguo oficial de la SS trabajó bajo contrato por varios 
meses para las fuerzas de ocupación estadounidenses. Thorström y Hossfeld, por 
su parte, rastrean un informe científico que Brücher preparó para la 
Agencia&nbsp;<i style="mso-bidi-font-style: normal">Field Information 
Assistance-Technical &nbsp;</i>(FIAT) del Ejército norteamericano, que se 
encargaba de detectar en campo a los sabios y talentos alemanes con potencial 
para su empleo en industrias estratégicas de Estados Unidos. No se sabe qué 
tanto interés pudo despertar su trabajo a la larga, pero, en cierto momento, 
Brücher llega a comprender que no está segura su exportación a Estados Unidos y 
que, en caso de perder valor ante los americanos, su status quo podría peligrar. 
Así que, sin mayores trabas, en 1947 viaja a Suecia, desde donde lo invita el 
legendario Sven Hedin.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hedin 
pone en contacto a Brücher con su amigo, Herman Nilsson-Ehle, director de la 
Estación Experimental de Reproducción de Svalöv, donde le da trabajo y una 
atmósfera de comprensión para su conflictivo pasado. También en Suecia, Brücher 
terminó por casarse con Ollie Berglund, botánica y quien sería su única 
esposa.&nbsp;&nbsp; Pero la cercanía de 
Suecia con Alemania y el giro que los acontecimientos tomaban con la Guerra 
Fría, eran factores que apenas dejaban vivir con tranquilidad a Brücher. Además, 
ya desde Lannach venía interesándose en la genealogía histórica de los cultivos 
sudamericanos y, en particular, de la papa y el frijol. Decidió entonces zarpar 
a la Argentina del presidente Juan Domingo Perón, en compañía de su reciente 
compañera. De acuerdo a los archivos de Uki Goñi, el periodista argentino 
especializado en la caza de nazis, los Brücher llegaron el 25 de noviembre de 
1948 a Buenos Aires (16) desde Gotemburgo, Suecia, a bordo de un vapor de la 
Línea Johnson de nombre premonitorio, el M/F<i style="mso-bidi-font-style: normal">&nbsp;Orinoco</i>. Para alimentar las 
leyendas, se registró entonces que las valijas del matrimonio pesaron media 
tonelada, suficiente para contener instrumental científico y quizás una 
colección extraviada (17). </p>



<p class="wp-block-paragraph">Con 
el respaldo de una recomendación personal del genetista austríaco Erich von 
Tschemak –el redescubridor de las Leyes del padre Mendel sobre la Herencia-, 
Brücher fue contratado por la Universidad de Tucumán entre 1949 y 1954. Luego se 
incorporaría al personal docente e investigativo de Universidad Nacional de 
Cuyo, en la provincia de Mendoza, donde tuvo actividad hasta 1959 
(18).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Brücher 
usa sus cargos académicos como lanzaderas hacia diversas exploraciones por su 
país de adopción, Argentina, y otros de la Cordillera de los Andes, en busca de 
especies salvajes de papas. Trabaja junto a su esposa y otros expertos que 
vienen de Europa. En su reporte<i style="mso-bidi-font-style: normal">&nbsp;La 
‘Ahnenerbe’ </i>y las actividades de Enrique Brücher en el Departamento de 
Investigaciones Científicas&nbsp;(1954-1957) de la Universidad de Cuyo, el 
investigador argentino Pablo Antonio Pacheco refiere que los informes de Brücher 
en esa época todavía mezclan “el lenguaje de la genética” con “ideas de higiene 
y eugenesia racial”. “Estas ideas articulan sus proyectos en Latinoamérica, y en 
particular, sus actividades en el DIC”, concluye (19).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es 
en Mendoza donde también protagoniza un episodio que, sin duda, le demandó toda 
la sangre fría que había demostrado en el&nbsp;<i style="mso-bidi-font-style: normal">Sammelkommando</i>&nbsp;de 15 años antes. 
Recibió, de paso por la ciudad, una expedición científica soviética comandada 
por Piotr Zhuzovsky, director en 1958 del antiguo Instituto de Botánica Aplicada 
y Nuevos Cultivos, ahora rebautizado Instituto Nikolai Vavilov, en honor al 
pionero cuyo nombre había sido rehabilitado tras la denuncia por Nikita Jruschov 
de los crímenes de la era estalinista. No se ha determinado si para esa reunión 
Zhukovsky estaba consciente de que su interlocutor era el perpetrador, en carne 
y hueso, del saqueo de la colección Vavilov en 1943. Tampoco se conoce si, 
sabiéndolo o no, Zhukovsky presionó a Brücher para que compartiera con los rusos 
sus simientes agrícolas y hallazgos o si, por el contrario, Brücher se adelantó 
a ofrecerlos como estratagema. Cualquiera fuera el motivo, en 1960 las ironías 
de la historia cerraron un ciclo, pues entonces Brücher, el saqueador, se 
convirtió en proveedor del saqueado, el Instituto Nikolai 
Vavilov.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
talento de Brücher como agente encubierto de contrainteligencia no tenía 
límites. En 1968, año de la rebelión juvenil mundial, el movimiento de 
Renovación Universitaria de la UCV lo sorprende en Caracas y, tras una serie de 
intrigas palaciegas de las que dan testimonio unas cartas archivadas hoy en la 
Facultad de Ciencias, Brücher queda sin cátedra y con una extensión de contrato 
de apenas tres meses. Luego de agotar otras instancias internas y externas, 
amenazando con una campaña internacional de protesta y con desertar al IVIC, 
Brúcher termina por redactar un resumen de los agravios que ha padecido, 
dirigido al entonces rector de la UCV, Jesús María Bianco, desde Moscú 
–<a href="http://www.scribd.com/doc/105339382/Foto-k" target="_blank" rel="noopener">que 
escribe Moskwa-, donde los soviéticos –sus enemigos de 1943- le dan 
acogida</a>. 
Sin ruborizarse, llega a asegurar en esa carta del 1 de septiembre de 1969, que 
la UCV se ha convertido en un <i style="mso-bidi-font-style: normal">circus</i> 
(en inglés, en el original) de luchas por el poder a nombre de una llamada 
Renovación Académica “Comunista” (así, entre comillas en el original para 
subrayar la ironía). Y remata: “Los comunistas aquí (en Moscú) deploran el uso 
de esta palabra”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Parece 
factible que cuando Otto Huber se consiguió con Brücher en el Instituto 
Botánico, por esos días de 1968, Volkmar Vareschi le estuviese brindando asilo 
temporal a su colega. De hecho, recuerda Huber en entrevista por el servicio 
Skype desde su residencia en Merano, Italia, durante las siguientes dos semanas 
que estuvo en el Instituto ocupó un escritorio “a un metro” del que le fue 
asignado a Brücher. “Brücher no se ocupó mucho de mí; por supuesto, yo era solo 
un estudiante”, ríe ahora Huber, exdirector del Instituto Botánico de Caracas y 
destacado investigador que vivió por 25 años en Venezuela. “Pero de vez en 
cuando hablamos. Lo que llamaba la atención era su agresividad, ladraba como un 
perro. Hablaba mal de&nbsp;<i style="mso-bidi-font-style: normal">tutti li 
mundi</i>, ‘que si Venezuela era una mierda, que si esto y lo otro’. Y era muy 
desconsiderado con los colegas venezolanos. Él les decía en la cara que no 
valían nada”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También 
así –“como un fosforito”- recuerda&nbsp;Lotte&nbsp;de Vareschi a Brücher: “Él 
estuvo cierto tiempo en el Instituto Botánico, pero tenía problemas con las 
otras doctoras. Era un hombre difícil de tratar. Volkmar no estaba muy de 
acuerdo con Brücher. Ellos no eran verdaderamente amigos. Eran tipos muy 
diferentes”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si 
algún aspecto saboteó las innatas cualidades de Brücher para la doble identidad, 
fue su invariable mal humor. El archivo de la Facultad de Ciencias de la UCV 
arde en intercambios de reclamos y epítetos entre Brücher y personal de la 
Facultad. Quedó documentado, por ejemplo, un impasse de principios de 1968 entre 
Brücher y el profesor Leandro Aristiguieta, por la disponibilidad de un vehículo 
Land Rover que se usaba para el trabajo de campo. El caso llega finalmente hasta 
el Consejo de Facultad, ante el que el director encargado de la Escuela de 
Biología, Otto Núñez-Montiel,&nbsp;<a href="http://www.scribd.com/doc/105339515/Foto-l" target="_blank" rel="noopener">rinde 
un informe</a>&nbsp;por 
el que diagnostica: “Con anterioridad, el profesor H. Brücher ha tenido otros 
roces poco gratos con personal de la Escuela, según copia de otros documentos. 
Parece que el profesor H. Brücher es sumamente temperamental y se ofusca 
fácilmente cuando no logra satisfacer sus deseos”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es 
difícil calcular cuánto aportó esa conflictividad a la decisión final de 
separarlo de la Universidad. Las comunicaciones oficiales se limitan a avisarle, 
a partir de junio de 1968, &nbsp;de una restructuración en la que no tendrán ni 
cabida ni presupuesto suficiente los programas de investigación del Departamento 
de Genética a cargo de Brücher, máxime –como puntualiza&nbsp;<a href="http://www.scribd.com/doc/105339736/Foto-m" target="_blank" rel="noopener">un 
memorando</a>&nbsp;del 
Decano de Ciencias para el momento, Luis Tugues-, cuando estos parecían duplicar 
“los esfuerzos que hacen otras facultades (…) El campo de la fitogenética es 
desarrollado por la Facultad de Agronomía y otras instituciones en el país con 
magníficas posibilidades materiales que a nuestra Facultad le costaría muchos 
esfuerzos alcanzar”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De 
que esta línea argumental no sentó bien a Brücher dan fe muchas cartas donde 
lamenta que la ignorancia de sus colegas amenace con interrumpir sus 
investigaciones, concentradas en ese momento en la manipulación genética 
mediante partículas atómicas del lupino o chocho, una leguminosa andina de alto 
rendimiento pero con un contenido tóxico que Brücher intentaba neutralizar. 
Pataleó, amenazó con una conflagración mundial de organizaciones científicas, 
hizo saber que no dejaría en manos de la UCV un microscopio Leitz Aristophot 
cuya donación él había gestionado, y, por fin, cuando capituló, dejó saber en 
otra carta que el Ivic mostraba interés por su trabajo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero 
sería de otra índole el infortunio que por fin apartaría al obstinado Brücher de 
Venezuela. Su esposa, Ollie Berglund, también había obtenido un cargo como 
profesora de la Facultad de Ciencias. Todavía en 1969 daba horas de la materia 
Biología Vegetal mientras el Departamento de Bioquímica, de la misma Facultad, 
la tenía bajo contrato como investigadora de un proyecto sobre proteínas en la 
caraota. Los Brücher habían fijado residencia en San Antonio de los 
Altos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
25 de enero de 1971, Ollie Berglund de Brücher, de 45 años de edad, murió en un 
accidente de tránsito en la carretera Panamericana, en el trayecto del Ivic a 
San Antonio de los Altos. Una gandola que venía desde el estado Zulia, cargada 
con madera, le pasó por encima al Ford Falcon donde iba la investigadora, quien 
falleció de inmediato. Al volante del carro venía uno de los dos hijos de Heinz 
y Ollie Brücher, Erik Humberto, de 18 años, quien fue rescatado con vida de los 
fierros retorcidos después de varias horas de labor conjunta entre bomberos y 
miembros de la Guardia Nacional, pero falleció en la mesa de operaciones del 
Periférico de Coche.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ileso 
pero algo consternado, Antonio José Rosas, el conductor del camión, 
dio&nbsp;<a href="http://www.scribd.com/doc/105339867/Documento-n" target="_blank" rel="noopener">su 
versión</a>&nbsp;del 
hecho al corresponsal del diario&nbsp;<i style="mso-bidi-font-style: normal">El 
Nacional</i>&nbsp;en la zona, Carlos Lugo: “El auto me quitó la derecha, hice 
todo lo posible por evitar el choque, pero lo fuerte del impacto me hizo perder 
el control de la gandola y ocurrió la tragedia”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llama 
la atención que todavía hoy, diversas fuentes sigan dando por cierto que Ollie 
de Brücher y su hijo murieron por disparos de soldados venezolanos tras no 
atender la voz de alto en una alcabala. El profesor Gade, de la Universidad de 
Vermont, todavía lo sostiene (20), y el periodista norteamericano Alex 
Shoumatoff, que cubrió en 2006 la historia de Brücher para un reportaje nunca 
publicado de la revista <i style="mso-bidi-font-style: normal">Vanity Fair</i>, 
menciona en correo electrónico para esta nota “el misterio del accidente de 
automóvil que mató a la esposa de Brücher y a su hijo, según recuerdo, en 
Caracas” (21). Shoumatoff, de todas maneras, anuncia que pronto publicará su 
propia versión en un reportaje de 100 páginas en su website,&nbsp;<a href="http://blog.dispatchesfromthevanishingworld.com/" target="_blank" rel="noopener"><i style="mso-bidi-font-style: normal">DispatchesFromTheVanishingWorld.com</i></a>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero 
no. La esposa e hijo de Brücher perdieron sus vidas en un evento azaroso. La 
idea de una conspiración oculta puede haber surgido de una confusión con otro 
incidente de cierta similitud en el que, en 1963, soldados mataron a tiros 
frente a un centro de votación –y no una alcabala- de Caripe, estado Monagas, a 
Eduardo Fageström, padre del naturalista e investigador finlandés Juhani Ojasti 
(22). Como también pudo tener origen en el oscuro y violento desenlace de la 
vida del mismo Brücher.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
tragedia cortó las amarras de Heinz Brücher con esta tierra que le había 
resultado tan ingrata. Hasta para un hombre corrido en siete leguas, la 
conmoción era tremenda. “Después de eso”, sentencia<i style="mso-bidi-font-style: normal">&nbsp;</i>Lotte<i style="mso-bidi-font-style: normal">&nbsp;</i>de Vareschi, “Brücher no se quedó 
mucho tiempo más, porque nadie estaba muy bien con él 
acá”.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El ocaso de los dioses</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Con 
su&nbsp;categoría como asesor de la FAO (Organización de las Naciones Unidas 
para la Agricultura y la Alimentación, con sede en Roma) y contratista de Unesco 
(Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, 
con sede en París), Brücher hizo trabajo de campo en Trinidad-Tobago y luego en 
Paraguay, como investigador de la Universidad de Asunción. Allí lo conocería 
David Gade, de la Universidad de Vermont, en 1975, fecha a partir de la que 
seguirían intercambiando correspondencia. Desde Paraguay Brücher reclamaría el 
descubrimiento de los ancestros arcaicos del maní y de la piña, y también sería 
uno de los precursores en el estudio de las posibilidades de una planta nativa, 
la<i style="mso-bidi-font-style: normal">Stevia rebaudiana</i>, como cultivo 
comercial. Hoy la hoja de Stevia se ha difundido globalmente como un exitoso 
sucedáneo del azúcar tradicional. Pero cuando ese último contrato expiró, 
Brücher regresó a la ciudad de Mendoza, en Argentina, a la Universidad de Cuyo y 
al Centro Regional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Cricyt), y en 
especial al lugar que en esas etapas finales de su vida sentiría como su hogar, 
la Estancia Kondorhuasi, en Ugarteche, una localidad cordillerana al sur de 
Mendoza. La casa grande de la estancia la habían construido los Brücher desde 
los años 50, cuando adquirieron la propiedad. Pero ahora era solo una sombra de 
los sueños que tal vez entonces abrazaron. De su precaria estructura solo 
destacaba, como nunca dejaron de observar las posteriores notas periodísticas, 
el portal coronado con un emblema de un ave que podía parecer o un cóndor o un 
águila imperial alemana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Brücher 
se mudó solo, pues su hijo sobreviviente, Sven Alberto, prefirió asentarse en 
otra ciudad argentina, Córdoba. La soledad no apaciguó el impulso del 
investigador. Por el contrario, fue durante ese período que completó sus dos 
libros, incluyendo<i style="mso-bidi-font-style: normal">&nbsp;Useful plants of 
neotropical origins and its wild relatives</i>&nbsp;(1989) publicado por la 
todopoderosa editorial alemana Springer. La obra, un compendio de las 
investigaciones de Brücher, prometía también convertirse en la summa sobre la 
genealogía de los cultivos americanos que habían conquistado el mundo, como el 
maíz, la papa, el tomate, el cacao o la yuca. Pero recibió profusas críticas de 
sus colegas por su pobre edición científica y las libertades con que Brücher 
deslizó entre el texto simples opiniones, que evocaban vagamente su ideología. 
Entre los críticos estuvieron los científicos venezolanos&nbsp;<a href="http://www.scribd.com/doc/105342426/Useful-Plants-of-Neotropical-Origin-and-Their-Wild-Relatives" target="_blank" rel="noopener">Erika 
Wagner y Freddy Leal</a>. 
Ellos vertieron sus objeciones en un artículo del&nbsp;<i style="mso-bidi-font-style: normal">Journal of Tropical Ecology</i>&nbsp;en 
1991. Pero luce poco probable que Brücher se diera por enterado de ellas, porque 
en ese mismo 1991 murió asesinado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una 
nota del&nbsp;<i style="mso-bidi-font-style: normal">Diario de Los 
Andes</i>&nbsp;de Mendoza (23), titulada <i style="mso-bidi-font-style: normal">INVESTIGAN ASESINATO DEL CIENTÍFICO Y EX 
OFICIAL NAZI</i>, reportaba que el martes 17 de diciembre fue encontrado el 
cuerpo sin vida de Brücher en su finca de Kondorhuasi. El autor de la nota, un 
anónimo, habló con los vecinos del lugar y registró “que nadie escuchó nada. El 
homicidio se realizó en horas de la madrugada”. El cadáver fue encontrado por el 
encargado de la finca, un empleado de nacionalidad paraguaya, quien dio parte a 
las autoridades. El cuerpo se hallaba “con las manos atadas a la espalda, para 
lo cual se utilizó una cinta engomada, al igual que los pies y parte de la cara, 
lo que le habría provocado la muerte por asfixia”. &nbsp;Si bien en el local 
reinaba el desorden, no parecía producto del registro azorado por parte de los 
atacantes, concordaba el reportero con una mujer a la que cita, sino el desorden 
“propio de un hombre que vive solo”. Nada de valor faltaba en el inventario 
paterno, certificó el hijo, Sven Brücher, venido de Córdoba. Y como de rigor 
correspondía, la policía, en persona del subcomisario Ramón Ignacio Ahumada, 
anunció que las investigaciones continuarían.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;Pero el caso nunca tendría resolución. En 
diciembre de 2008, 17mo aniversario del crimen, una nota del mismo diario (24), 
con el vendedor título de <i style="mso-bidi-font-style: normal">EL EXTRAÑO CASO 
DEL BIÓLOGO DE ADOLF HITLER</i> y la firma de la reportera Marianna Guzzante, se 
preguntaba: “¿Qué pasó esa noche en Cóndor Huasi (sic)?”. Ante la falta de 
respuestas, que perdura hasta hoy, algunos creyeron ver en el hecho las firmas 
del secreto israelí Mossad o de la KGB soviética. La pista más sólida, no 
obstante, la brindó David Gade, desde la Universidad de Vermont. Durante sus 
últimos meses de vida, Brücher se ufanaba de la delicada investigación en la que 
trabajaba. Ufanar: el verbo no es gratuito. Iracundo y audaz, la desfachatez 
acompañaba también al exoficial de la SS. Un ejemplo menor de esa 
característica, pero que la ilustra al detalle, lo tenemos en&nbsp;<a href="http://www.scribd.com/doc/105340063/documento-p" target="_blank" rel="noopener">un 
papel científico</a>&nbsp;que 
publicó en 1988. Sin ningún reparo usa para el texto, escrito en alemán, un 
epígrafe en inglés: “<i style="mso-bidi-font-style: normal">We shall go to the 
pyre, we shall burn, but we shall not renounce our conviction</i>” (“Iremos a la 
hoguera, arderemos, pero no renunciaremos a nuestra convicción”). La cita es de 
Nikolai Vavilov, el hombre de cuyo trabajo se había aprovechado, y al que quizás 
en secreto admiraba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Según  Gade, Brücher le aseguraba en sus últimas correspondencias que investigaba sobre  el uso de una enfermedad viral, la Estalla, como agente para una guerra  biológica; para más señas, una guerra biológica contra la coca. De hecho, el  agente activo de la <i style="mso-bidi-font-style: normal">Estalla</i>,  el<i style="mso-bidi-font-style: normal"> Fusarium exysporum f. sp.  Erythroxyli</i> fue aislado de hojas de plantas muertes de coca. Con escasa  precaución, Brücher dejaba saber a quién se lo preguntara sobre su trabajo para  hacer de la Estalla un producto que pudiera propagarse entre las plantaciones de  coca de toda Sudamérica para exterminarlas, sin afectar a otras plantas anexas.  Era el sueño dorado de la DEA (<i style="mso-bidi-font-style: normal">Drug  Enforcement Administration</i>) en Estados Unidos para su arsenal de recursos  contra el tráfico de drogas. Pero la muerte detuvo los progresos de Brücher en  el laboratorio. Tal vez el narcotráfico había buscado una forma eficaz de  proteger su negocio.|<br><br></p>



<h2 class="wp-block-heading">La culpa como epílogo</h2>



<p class="wp-block-paragraph">La entrevista&nbsp;de Liesselotte Zettler de Vareschi que se cita –cuando no se trata de extractos de sus memorias,&nbsp;Ahora escribo con plumas de loro- a lo largo de este reportaje, no se suponía que fuera con ella. Frágil a sus 94 años de edad, se había excusado de asistir a un homenaje para su esposo en diciembre de 2011 en la Asociación Cultural Humboldt (ACH) de Caracas, cuando también se presentó la nueva edición de su libro. En su lugar, prefirió enviar un evocador video de salutación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cita era con Peter Vareschi, el hijo de ambos, diseñador gráfico y artista. Sería en&nbsp;Tepuy, el proyecto de autoconstrucción de los años 50 cerca del Valle de Sartenejas, que hoy luce como una cabaña de muros blancos, asediada por el avance de la vegetación tropical. En la sala donde Peter me recibe, fotos y libros de Volkmar Vareschi enseñan los efectos del paso de tiempo. Máscaras rituales de alguna etnia amazónica cuelgan de las paredes. Pero de pronto irrumpe&nbsp;Lotte&nbsp;en silla de ruedas. Acude por el llamado no solo de la memoria histórica, quiero imaginar, sino además porque los seres queridos que la muerte se ha llevado de algún modo reviven cuando se les recuerda y nombra en voz alta. En el diálogo se refiere con indistinto cariño a “Volkmar” o “Vati” (“Papi”, en alemán). Como todo hay que decirlo, habrá que precisar que no fue un diálogo en rigor, aunque tampoco conversación colectiva de tres. En su ancianidad –dice Peter-, con una pobre audición pero el intelecto intacto, su madre entiende mejor las palabras y tonos de voz que le son familiares. De modo que para la entrevista Peter sirve de repetidor de las preguntas que hago, así como de traductor de los tramos de respuestas que&nbsp;Lotte&nbsp;ofrece en alemán. Termina por sorprenderme la serenidad con que atiende a un reportero que quiere&nbsp;indagar, exactamente a 70 años de los hechos, sobre el molesto tema del pasado de su difunto esposo en conexión con la SS. No es que nunca parezca alterarse; es que siempre se mantiene atenta y amable, hasta que aduce cansancio para retirarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es verdad que quería corroborar con ella algunos aspectos de las historias de Vareschi, Schäfer y Brücher. Pero lo que más estimulaba mi curiosidad y quería despejar allí era la supuesta existencia de un libro inédito de Vareschi, algo como una autobiografía novelada, que de existir, tal vez ayudaría a iluminar muchos de los trechos de esas historias ocupados hasta ahora con especulaciones. Zettler de Vareschi lo nombra en diversas partes de sus memorias. Su esposo había empezado a trabajar en él ya en los años 50, con el nombre provisional de Libro Z, pero nunca dejó de reescribirlo, a máquina y en alemán. Vareschi luego seleccionó un título definitivo para el libro El ciudadano con culpa (Der Schuldbürger). Pero no alcanzó a completarlo. Aún antes de su muerte, había confiado la conclusión del último capítulo, para el que dejó algunas fichas preparadas, a Lotte. Esta se pregunta, todavía hoy, si será capaz de terminarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La viuda confirma la existencia del libro. Aclara que si bien se apoya sobre episodios autobiográficos, está escrito como ficción, un recurso que Vareschi utilizó como marco para sus reflexiones acerca del verdadero tema que le ocupaba, el de la culpa. “El título del libro”, explica Lotte, “contiene hasta cierto punto una ironía que Volkmar usa para preguntarse de qué forma podía ser él culpable individualmente. Y no solo se refería a la guerra. Por ejemplo, cuenta que cuando estuvo en Marruecos, él hizo un dibujo de una mezquita. Y un musulmán le reclamó que no debía hacer eso, porque era contra su religión, y tomó de la basura una muñeca y empezó a golpearlo con ella en la cabeza. Volkmar corrió, huyendo del agresor, y pasó por una calle donde había mucho tráfico y se ocultó entre los carros, y detrás de él oyó que unos carros chocaron y que la gente gritaba, dejando así la pregunta abierta: ¿Tuve culpa en el choque? ¿Le pasaría algo al tipo? A Volkmar le interesaba mucho ese tema, la culpa. El capítulo que no terminó, por ejemplo, trata sobre nuestros indios. Y se pregunta si nosotros, los blancos, tenemos culpa o no de que ellos en parte desaparezcan, o si los religiosos, que ayudaron fantásticamente a los indios del Orinoco, sin embargo con esa ayuda no tendrían culpa en hacerlos perder su identidad. Él quería poner esas cuestiones a la consideración de los otros. ¿Qué culpa tiene el individuo que hace su vida con buenos deseos y buena voluntad?”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La culpa. Debe haber sido un tema en las evocaciones, públicas o no, de Vareschi, Schäfer y Brücher, tres personalidades muy distintas a las que la vida hizo camaradas y llevó a cruzarse en la SS, en Mittersill, en la ciencia y en Venezuela. El peso del pasado les persiguió todo el tiempo. Algunas veces lo consiguieron eludir, pero en otras les cobró caro. A la culpa innata de ser alemanes de la Alemania enloquecida de los años 30 y 40, cargarían con la de formar parte -de manera convencida o desprevenida- de una organización criminal, además de la de sobrevivir a un apocalipsis que borró de la faz de la tierra a más de ocho millones de compatriotas. Y todavía así, ¿luce inhumano o proporcional el tributo que, en forma de una permanente desazón, pagaron el resto de la vida por lo hecho durante un período de menos de diez años? Si uno se pregunta, en las dramáticas circunstancias del nazismo y la II Guerra Mundial, ¿tuvieron esos científicos en verdad la opción de decidir por ellos, o fueron arrastrados por corrientes que escapaban de su control? ¿Qué respuesta obtendría, con toda honestidad?</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Yo creo que mi esposo sabía que para muchas preguntas no tenemos respuesta”, dice Lotte. “Precisamente porque era científico, sabía cuántas cosas estamos en capacidad de saber y cuántas cosas no podemos contestar”.<br><br></p>



<p class="nota wp-block-paragraph"><em>Con reportes de Silvina Acosta (Washington DC, Estados Unidos) y Luis Leonardo Gregorio (Mendoza, Argentina).   </em></p>
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		<title>De colegas de ciencia a camaradas de la SS (II)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[EWALD SCHARFENBERG]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 08 Sep 2012 08:18:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Investigacion]]></category>
		<category><![CDATA[Alemanes]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencias]]></category>
		<category><![CDATA[IVIC]]></category>
		<category><![CDATA[Nazi]]></category>
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					<description><![CDATA[Segunda entrega 
Tres exoficiales de la SS, la organización ideológico-militar del régimen nazi, científicos que estuvieron a cargo de un proyecto secreto para crear las superespecies de cultivos que debían mantener a los colonos alemanes una vez conquistado el este de Europa, se reagruparon tras la II Guerra Mundial en Venezuela. Vareschi, Schäfer y Brücher, ¿el bueno, el astuto, y el desgraciado? Tres personajes muy diferentes, cuyas travesías se cruzaron más de una vez, pero tuvieron destinos opuestos.



Lea la primera entrega aquí ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Ernst 
Schäfer gozaba en ese 1937 de cierta fama, que anticipaba la imagen de 
personajes del cine de aventuras estadounidense.&nbsp;Mezcla de erudición y 
mundanidad, ambicioso y seductor, no solo se parecía al Indiana Jones de la 
cinematografía sino, con más exactitud, al doctor Jones de <i style="mso-bidi-font-style: normal">La última cruzada</i> (1989), que intenta 
–en 1938, según la trama escrita mucho después por Steven Spielberg y George 
Lucas- recobrar el Santo Grial para privar a los nazis de sus poderes mágicos. 
Solo que Schäfer buscaba, en sentido contrario y algo más metafórico, el Santo 
Grial para entregárselo a los nazis.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Zoólogo 
de la Universidad de Gotinga, especializado en ornitología, había nacido en la 
ciudad de Colonia en 1910. Venía de dos resonantes expediciones en los años 30 
que se adentraron en China por el río Yang Tzé, dirigidas y financiadas por un 
millonario heredero de Filadelfia, Brooke Dolan II (1908-1945). En ambas alcanzó 
las estribaciones de los Himalayas. Y también en ambas, a la vez de recolectar 
cientos de especies desconocidas, mostró una destreza nada académica que se 
revelaría, sin embargo, indispensable para las expediciones de la época: era un 
magnífico cazador. Su puntería legendaria le permitió abatir a un oso panda que 
se había atrincherado en la copa de los árboles y al que no podía ver sino 
apenas oír. Esas dotes añadieron ironía al accidente en que Schäfer mató a su 
primera esposa, Herta Volz. Durante una cacería de patos, el 9 de noviembre de 
1937, Schäfer resbaló dentro del bote de remos desde el que acechaban a sus 
presas. Su escopeta cayó y se disparó, hiriendo a Herta en la 
cabeza.&nbsp;Apenas tres meses después, en la primavera de 1938, Schäfer partía 
con su equipo de cuatro acompañantes hacia Calcuta, India, primera etapa de la 
expedición al Himalaya. En tan escaso tiempo había reunido suficiente ánimo para 
sobreponerse a la tragedia de su esposa, así como recursos suficientes para una 
misión grandiosa como ninguna otra. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Historiadores 
actuales, como Isrun Engelhardt, experta en el Tíbet, vienen sacando a la luz 
pública correspondencia y documentación que muestran una lealtad bastante laxa 
de Schäfer con respecto a los fines propagandísticos del viaje y a la misma 
Ahnenerbe (7). Llega a comprobar que la Ahnenerbe no financió directamente la 
excursión, debido a recelos del director ejecutivo de la fundación, Wolfram 
Sievers. Pero no hay duda de que Himmler le sirvió de mecenas. Y como repara 
Heather Pringle en su libro <i style="mso-bidi-font-style: normal">El Plan 
Maestro</i>, los fondos que se necesitaron procedieron de empresas 
pertenecientes a la red corporativa de la SS, incluyendo la compañía editora 
tanto del <i style="mso-bidi-font-style: normal">Völkischer Beobachter</i> (El 
Observador Popular), periódico racista que Alfred Rosenberg dirigía, como del <i style="mso-bidi-font-style: normal">Mein Kampf</i>, el manifiesto psicopolítico 
de Adolfo Hitler, que en la Alemania nazi se adoptó como una Biblia 
(8).&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cierto 
que, como asegura Engelhardt, en el Virreinato de la India, controlado por 
Londres, resultaba un estorbo lo que en Alemania era un espaldarazo: el nombre 
oficial de la empresa, grabado en el membrete de toda su papelería y 
portaequipajes, que rezaba Expedición Alemana al Tíbet ‘Ernst Schäfer’, bajo el 
patrocinio del SS-Reichsführer Heinrich Himmler y vinculada con la ‘Ahnenerbe’. 
Pero las justificadas suspicacias del servicio colonial británico nunca 
constituyeron un obstáculo insalvable para la combinación de audacia, maneras 
diplomáticas y convicción de Schäfer.&nbsp;Esas mismas cualidades permitieron a 
Schäfer, y sus expedicionarios, alcanzar metas casi inesperadas. Para desespero 
de los británicos, los alemanes exploraron el Reino de Sikkim, pero también 
consiguieron que se les franqueara el paso hasta Lhasa, la capital del Tíbet, 
vedada de manera regular a los occidentales. Con sus modales de persuasión, 
Schäfer entabló una amistad verdadera con el quinto regente Reting Rinpoche 
(nacido como Jamphel Yeshe Gyaltsen), quien gobernaba Tíbet en nombre del niño 
de tres años, Tenzin Gyatso, el actual décimocuarto Dalai Lama que se refugia en 
India.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando 
los exploradores alemanes debieron abandonar el subcontinente indio, apresurados 
por la inminencia de las hostilidades de la II Guerra Mundial, pudieron cantar 
victoria en buena lid. Sus trofeos científicos incluían pieles de todo tipo de 
animales muertos y ejemplares vivos de muchos otros, miles de semillas y 
muestras disecadas de distintas especies vegetales, junto a carpas, banderas, 
ornamentos y otras piezas de valor antropológico.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 
cuanto al costado histórico y racial de la partida, cabía destacar que el 
antropólogo del grupo, Bruno Beger, había tomado medidas craneales y hecho 
moldes de cabeza a 376 personas, entre ellos, miembros de las noblezas de Bután, 
Sikkim, Nepal y Tíbet. Mientras, Ernst Krause, fotógrafo, traía consigo miles de 
instantáneas y pies de película. Tanto Beger como Krause, así como todos los 
otros miembros de la expedición –Schäfer, el líder; Wienert, el geofísico; y 
Geer, el coordinador logístico-, tenían grados de la SS. Y ambos serían, 
posteriormente, personajes-bisagras en el cierre de la brecha de seis grados que 
por entonces separaba a Schäfer de Volkmar Vareschi.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como 
para no dejar dudas del carácter oficial de la expedición, el propio 
SS-Reichsführer Himmler envió su avión personal a recoger a los cinco héroes en 
Viena, penúltima escala en su largo periplo de regreso a Múnich, desde Calcuta y 
Bagdad. Sobre la pista del aeródromo muniqués, el 4 de agosto de 1939, Himmler 
los recibió con honores. Al día siguiente, los periódicos de toda la nación 
celebraban la hazaña. Sus notas destacaban, en particular, los tres obsequios 
que el regente de Tíbet había enviado al Führer con los expedicionarios: un 
perro de la raza Lhasa Apso, una túnica de seda y una moneda de oro, junto a una 
carta personal que luego se prestaría a malentendidos 
políticos.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una 
apoteosis de estas magnitudes para nada anticipaba la próxima caída en desgracia 
de Schäfer. La razón no queda clara, todavía en estos tiempos que corren en los 
que los estudios sobre la Ahnenerbe y la expedición nazi al Tíbet han cobrado 
renovados bríos gracias a trabajos como los de Heather Pringle, Walter Hagen, 
Christopher Hale, Peter Levenda, Isrun Engelhardt, Peter Mierau, Karl Meyer y 
Shareen Brysac. Pero en 1941, todavía en las primeras de cambio bélicas, Schäfer 
no fue solo dejado de lado, sino enviado al frente de Finlandia como simple 
soldado de un Batallón de Castigo de la SS. Según algunas versiones, Himmler 
receló de Schäfer al saber que este había informado aspectos inéditos de su 
expedición al Almirante Wilhelm Canaris, jefe del espionaje militar alemán y 
rival de Himmler en la corte nazi (9). Según otras, el castigo derivaba de la 
escasa diligencia que Schäfer mostró con respecto a actividades de tipo 
propagandístico.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo 
que es cierto es la suerte con que Schäfer esquivó entonces una probable muerte 
en combate, gracias a la intervención de Sven Hedin. Hedin (1865-1952) era un 
explorador sueco de renombre, pionero en el reconocimiento del Asia Central y 
China interior durante el primer cuarto del siglo XX. Era el héroe científico de 
Schäfer y los nazis lo veneraban. Hedin retribuía esas pasiones con un 
filonazismo que no se esforzaba en ocultar, pero que con los años de la guerra 
supo matizar mediante algunas críticas tímidas contra Hitler. Gracias a ese leve 
distanciamiento, a su intervención humanitaria en el rescate de algunos 
científicos (como Schäfer o el noruego Didrik Arup Seip [1884-1963]), y a sus 
propias proezas de explorador, Hedin se le escurrió al ostracismo científico que 
pudo corresponderle en la posguerra.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero 
en 1942, Hedin tenía la influencia suficiente en Berlín para rehabilitar a 
Schäfer. En opinión de Hedin, la valiosa colección de muestras y especímenes del 
Himalaya no tendría jamás ningún otro estudioso mejor. Así que, en 1942, Schäfer 
recibió del propio Heinrich Himmler la orden de conformar el Instituto de 
Investigación para el Asia Interior y Expediciones (Forschungsstätte für 
Innerasien und Expeditionen), bajo el amparo de la Ahnenerbe y en el marco de la 
Universidad de Múnich, donde desde 1938 Schäfer era catedrático; y después, en 
ese mismo año de 1942, recibiría el grado de Doctor 
Habilitatis.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Librado 
de su personal travesía por el desierto, de nuevo con el favor de Himmler, 
Schäfer puso manos a la obra sin rencores y con toda energía. El principal 
proyecto del instituto sería, por ahora, la experimentación con las especies de 
plantas que había traído consigo desde el Himalaya para determinar su posible 
uso en fitogenética aplicada. Para ello, reunir de nuevo a su equipo de leales 
colaboradores le pareció lo más apropiado: Beger, Wienert y el propio Krause 
que, además de fotógrafo, tenía conocimientos de 
entomología.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin 
embargo, Schäfer se dio cuenta de que la encomienda específica de Himmler 
requería del concurso de botánicos bien formados y dignos de una confianza más 
profesional y personal, que política. Él mismo no daba con un nombre adecuado 
para ello. Hasta que Krause, el fotógrafo, le sopló una referencia. Pocos años 
antes, en 1938, había hecho las fotos para ilustrar el libro de un joven 
botánico, Volkmar Vareschi, sobre la flora de los Alpes austríacos. El libro, <i style="mso-bidi-font-style: normal">La montaña en flor</i>, inicialmente 
publicado en Alemania (ya Austria había sido objeto de la anexión o Anschluss), 
tuvo buena acogida, y hasta había sido editado en inglés por Mac Millán, en 
Nueva York (1940). ¿No podría ser el candidato que buscaban?&nbsp;La sugerencia 
contenía en sí misma una ironía imperceptible entonces para Schäfer y Krause. 
Pues resulta que desde 1936 Vareschi figuraba como Asistente de Investigación y 
Docente de Botánica en la mismísima Universidad de Múnich donde conversaban. En 
cualquier otro día en la vida normal de ese campus, lo habrían encontrado a unos 
cuantos metros de distancia. Pero ese justo día, con sus camaradas del Batallón 
de Montaña, iba a bordo de un tren rumbo al frente del río 
Volga.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Parece 
increíble que Schäfer y Vareschi no se hubiesen conocido antes, siendo ambos 
profesores e investigadores de la Universidad de Múnich, tal como se constata en 
el Directorio (Personenstand) de esa casa de estudios en 1941. El testimonio de 
la viuda de Vareschi, Lotte, lo niega: se vinieron a conocer en Múnich, sí, pero 
a fines de 1942 y en el despacho de la calle Widenmayer, luego del providencial 
llamado para que rompiera filas en la estación de 
Rum.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sea 
como fuere, Vareschi –en sus palabras, un firme pacifista- no había podido 
escapar de las categorías en las que el nacionalsocialismo, como cualquier 
totalitarismo, forzaba a su población a enmarcarse. En 1938, el jefe de Vareschi 
en el Laboratorio Botánico de la Universidad de Múnich, Friedrich Carl Von Faber 
(1880-1954), instó a sus ayudantes de investigación a militar en el partido nazi 
y en alguna de sus organizaciones de base. No era una recomendación, sino una 
orden, y una orden, por lo demás, “sentida”. Von Faber, un nazi ferviente de 
insigne carrera como científico en las Indias Orientales Holandesas, los animaba 
no solo a enrolarse en una causa patriótica, sino a preservar sus cargos en la 
Universidad de Múnich, en ese momento, como todas las universidades de Alemania, 
sujeta a un proceso de arianización inclemente.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Puestos 
en la disyuntiva, uno de los ayudantes, Fritz Gessner –el mismo que 14 años más 
tarde acompañaría a Vareschi al Delta del Orinoco y habría de ser, aún después, 
director del Instituto Oceanográfico de la Universidad de Oriente (UDO), en 
Cumaná- optó por entrar a la SS que, según su perspectiva, era “lo más 
inteligente” entre los nazis. Algo más indolente o astuto, Volkmar Vareschi, 
otro ayudante, quiso hacerse miembro de las SA, una logia reducida a su mínima 
expresión desde la purga de 1934 y que, para mayor atractivo, tenía un Grupo de 
Montaña que no hacía ni ejercicios militares ni asambleas políticas, sino que se 
limitaba a escalar durante los fines de semana.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así  fue cómo ocurrió, según el relato de Liesselotte Zettler, viuda de Vareschi,  narración que para efectos de este reportaje no pudo contrastarse con documento  alguno. Pero a manera de confirmación, Lotte también recuerda que, ya en la  posguerra, Gessner (1905-1972) confesó en una entrevista a la prensa alemana que  había pertenecido a la SS a instancias de Von Faber. Entonces, la viuda de Von  Faber –cuyo marido se había retirado de la academia en 1949 y falleció en 1954-  le puso una demanda por difamación. “Pero Gessner ganó el juicio”, sigue Zettler  de Vareschi. “¡Claro! Porque había suficientes testigos. Gessner escribió  después a Volkmar, y a otros que estaban con ese asunto, una carta donde les  dijo que, en tal expediente, bajo tal número, en determinada oficina de Múnich,  quedaba el caso donde se establece que ellos fueron obligados a unirse a los  nazis”. Todavía, según la narración de su viuda, de todas maneras, Vareschi  no tendría a la mano las artimañas necesarias para librarse del servicio  militar. En algún momento de 1942 fue reclutado. Por su formación universitaria,  le correspondía instruirse en la Escuela de Oficiales del Heer (Ejército de  Tierra). Pero una vez en el plantel, se declaró “pacifista”, advirtiendo que  “aunque no iba a rehuir el servicio por la patria”, no quería cargar “con  responsabilidades en el campo de batalla”. El gesto bien pudo haberle valido una  pena de muerte, en tiempos de guerra. El castigo que le impuso el oficial de  registro a cargo de la leva fue menos riguroso: presentarse como soldado raso  ante el Batallón de Montaña de la Wehrmacht (Fuerzas Armadas), junto al que  debía viajar a Stalingrado a combatir al enemigo  bolchevique. </p>



<h2 class="wp-block-heading">La ‘blitzkrieg’ de las semillas</h2>



<p class="wp-block-paragraph">A unos meses del regreso de Vareschi a Múnich, en 1942, para trabajar de nuevo como científico, pero esta vez al servicio de la SS, muchas cosas habían cambiado en el instituto de Ernst Schäfer, quien entre tanto pudo asistir al estreno de su documental Geheimnis Tibet (El Tibet Secreto), una cinta de 110 minutos que, dicen, el Führer vio con desgano en la Wolfsschanze (Guarida del Lobo), su búnker de comando en Prusia Oriental.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 17 de enero de 1943 –un par de semanas antes de la rendición del mariscal Von Paulus y su VI Ejército en Stalingrado-, se celebraron los 470 años de la Universidad de Múnich. El acto de orden tuvo como invitado de honor a Sven Hedin, cuyo nombre se asignó en la misma velada al Instituto de Estudios del Asia Central. Motivos para honrar al sueco con el nombre del instituto no escaseaban.&nbsp;Pero, al concluir la celebración, hubo que levantar las mesas y recoger la plata en volandas para la mudanza. La balanza de la guerra venía cambiando de lado. Ahora Múnich, como todas las grandes ciudades del territorio alemán, estaban al alcance de los bombardeos británicos y estadounidenses. El material científico de la universidad peligraba. Los primeros evacuados fueron los integrantes del Instituto Sven Hedin, que cambió de sede a un castillo que dominaba –como todavía lo hace- el pueblo de Mittersill, en la Alta Austria, construido durante el siglo XII para defender el cruce del cercano río Salzach, y recientemente refaccionado luego de su destrucción parcial por un incendio en 1938.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">La intensificación de la guerra también trajo otras señales de cambio, más ominosas. Instalados en Mittersill, los científicos del instituto descubrirían que el personal de mantenimiento del castillo lo constituían prisioneras del cercano Campo de Concentración de Pinzgau, este, a su vez, uno de los 50 campos-satélite del tenebroso Campo de Mauthausen. Si bien la población de prisioneros en el campo era variopinta –prisioneros de guerra rusos, polacos y franceses, republicanos españoles capturados en Francia, gitanos y judíos, entre otros-, quienes en Mittersill hacían las veces de ordenanzas –por turnos de 15 mujeres- eran invariablemente Testigos de Jehová, uno de los muchos grupos que el Estado nazi había señalado como “enemigos políticos incorregibles”. A pesar de ese grave señalamiento, en general se consideraba a los Testigos de Jehová individuos poco peligrosos, amén de que sus creencias les hacían especialmente aptos para las tareas de apoyo en los laboratorios: eran incapaces de aplastar una hierba o de matar un bicho. También hubo prisioneros de guerra británicos trabajando en las labores científicas.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero con la guerra fue la propia misión de la Ahnenerbe y de sus 43 filiales la que había sufrido la mayor transformación. Las expediciones pueriles del período de preguerra tomaban ahora el cariz de los llamados Sammelkommandos (Comandos de Recolección), verdaderas misiones de expolio del patrimonio cultural de los territorios ocupados en Polonia, Rusia y Ucrania.&nbsp;Dentro de la Ahnenerbe, el Instituto Sven Hedin, por su trabajo en el campo de la genética, parecía además diseñado a priori para abordar uno de los asuntos que se volvieron prioritarios para el III Reich: la Endlossung (Solución final) de la llamada “Cuestión Judía”. Había, pues, que saber a ciencia cierta quién era de raza judía para aniquilarlo. Aunque la industria de exterminio nazi no se anduvo con rodeos para iniciar su tarea, el problema no había perdido vigencia a fines de 1942, pues la categoría de “judío” era para la fecha una fórmula socio-política en lugar de genético-anatómica. El odio no pasaba por encima de la pulsión alemana, por ser precisos: los científicos no habían dado todavía con una configuración genética o morfológica que definiera a los judíos, fuera de toda duda, y que permitiera a los verdugos separar el grano de la paja. Las matanzas podían ser más o menos indiscriminadas en los shtetl (asentamientos rurales hebreos) de Polonia, Ucrania y Bielorrusia. Pero el margen de error se haría excesivo en encrucijadas étnicas y culturales como el Cáucaso, a donde el ejército nazi se aproximaba a comienzos del otoño de 1942.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el abigarrado catálogo del Cáucaso, podían encontrarse pueblos turcomanos, probables descendientes de los legendarios jázaros, que habían abrazado siglos atrás las creencias mosaicas pero que, en otros aspectos más visibles, en poco se diferenciaban de sus vecinos turcos, persas o azeríes; también había comunidades originarias de los dos exilios milenarios de Israel que, instaladas en la región, pasaron a profesar el zoroastrismo; estaban incluso los armenios, quienes, aunque cristianos, por sus rasgos y la naturaleza de sus actividades, podían confundirse con los judíos y, de hecho, habían sufrido su propio holocausto durante la I Guerra Mundial. <br></p>



<p class="wp-block-paragraph">En previsión de lo que allí se encontraría y acuciada por sus propias metas de exterminio en masa, a fines de 1942, la SS encargó a Ernst Schäfer y su Instituto Sven Hedin para organizar un Sammelkommando Kaukasus, que tendría por misión la de descifrar el rompecabezas racial de la zona, a fin de determinar quiénes eran étnicamente judíos y quienes no, por lo tanto, se daría muerte. Schäfer no le hizo ascos a la tarea. Diseñó la expedición y propuso un presupuesto base para ella. La derrota de Stalingrado y la subsecuente retirada de las tropas alemanas del frente del Volga y el Cáucaso; sin embargo, hicieron imposible su ejecución.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un seguro miembro de la expedición frustrada y pupilo predilecto de Schäfer, Bruno Beger, no se dejó arredrar por la cancelación del proyecto y pronto consiguió cómo hacer, desde el castillo de Mittersill, su aporte a la pureza racial de los arios, un tema que lo había ocupado desde sus tareas de medición de cráneos en el Himalaya.&nbsp;Esta vez se propuso adelantar un macabro trabajo de investigación con el doctor August Hirt. Para conducirlo, había que escoger primero a 86 prisioneros judíos de campos de concentración. Después de gasearlos, sus cuerpos tendrían que ser sumergidos –como, en efecto, lo fueron- en unos tanques metálicos especiales donde se someterían a unos tratamientos de ácidos que los desollaría y evisceraría de un modo tan perfecto que, como resultado, obtendrían 86 esqueletos níveos y relucientes. Los esqueletos así macerados debían de servir para una investigación a profundidad sobre qué, en la humanidad tangible de un judío, lo distinguía anatómicamente de las otras personas. La investigación no se llevó a efecto por la victoria aliada, pero hubo tiempo para obtener los esqueletos. A pesar del crimen, Beger pasaría indemne los procesos de desnazificación posteriores a la guerra y una detención preventiva como sospechoso en 1960. Solo en 1970 un tribunal civil alemán en Frankfurt del Meno consiguió juzgarlo y lo condenó a una pena exigua de tres años de libertad condicional.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">La desbandada de los ejércitos nazis en la Unión Soviética, a mediados de 1943, traía los peores presagios a Mittersill, así como a la jerarquía nazi que en Berlín contaba con información confiable del frente. Gracias a esa información privilegiada, el SS-Reichführer Himmler y el SS-Obergruppenführer (Mayor General) Oswald Pohl (1892-1951), jefe del Consejo de Administración de la SS, pudieron identificar unos valiosos activos que, en su retirada de la Unión Soviética, los alemanes bien podían requisar y, con ello, salvar los muebles.&nbsp;Así, el 1 de junio de 1943, ambos acordaron con Schäfer y el SS-Untersturmführer (subteniente, tal como Vareschi) y botánico (también como Vareschi), Heinz Brücher, montar una operación comando para “rescatar” esos bienes, operación que la revista New Scientist llamó, en su edición de enero de 2008, “La Gran Guerra Relámpago (Blitzkrieg) de las semillas”, y que el equipo de investigación sueco-alemán de Carl-Gustaf Thornström y Uwe Hossfeld no dudaría en calificar, en 2002, como “el primer caso de biopiratería en la historia”.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta vez el Santo Grial sería un cargamento de semillas o, para decirlo en la jerga científica, kilogramos de germoplasma; esto es el material genético único de origen vegetal que se conservaba en centros de acopio desde los años 20, cuando fue recolectado en todo el mundo por un grupo de científicos soviéticos, encabezado por Nikolái Vavilov.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">El de Nikolai Ivánovich Vavilov es el drama clásico del genio incomprendido y adelantado a su tiempo. Nacido en Moscú en 1887, se graduó como agrónomo en 1912. Pero influido por los hallazgos de Gregorio Mendel, en el siglo XIX, y luego de una pasantía con el inglés William Bateson, se concentró en la nueva ciencia de la genética. La efervescencia intelectual que la Revolución de Octubre encendió durante los primeros años 20, favoreció a Vavilov, quien entre tanto había prescrito una teoría justamente revolucionaria: a su entender, los grandes cultivos que la humanidad cosechaba para su sustento, en realidad procedían de especies silvestres que tuvieron sitios geográficos de origen específicos, a partir de los cuales evolucionaron y viajaron, tanto por procesos naturales como por la intervención del hombre. Vavilov se creía capaz de reconstruir ese trayecto hasta dar con los orígenes. El gobierno de los Soviets lo respaldó; primero, financiando expediciones heroicas a todos los confines del planeta (incluyendo el Ártico y las cumbres andinas de América del Sur) para recabar muestras vegetales, en especial, de granos; se dice que llegó a reunir muestras de 200.000 especies en su banco. Y después, se le concedió en 1924 la dirección del Instituto de Botánica Aplicada y Nuevos Cultivos de la Unión Soviética, en Leningrado (hoy San Petersburgo, Rusia), donde se retendría la colección y se daría inicio a las investigaciones correspondientes.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las purgas estalinistas, sin embargo, encontraron que la de Vavilov era una “seudociencia burguesa”. En 1940 fue sentenciado a muerte, condena que de inmediato se le conmutó a 20 años de reclusión. Para nada: en 1943 moría, de enfermedad e inanición, en un gulag a orillas del río Volga. Sus ideas, clasificadas en la incorrección política, parecían condenadas al olvido.&nbsp;Pero no fue así. Lejos de Rusia, los científicos alemanes habían tomado años atrás debida nota de los postulados de Vavilov. Desde junio de 1941, al servicio de las fuerzas de ocupación nazis en la Unión Soviética, esperaban con impaciencia el momento de echar mano a la colección de germoplasma global. Ni el banco principal de semillas en Leningrado, ni las cerca de 200 estaciones subsidiarias que se habían abierto como respaldos en Crimea y Ucrania, fueron trasladadas por los soviéticos al este de los Urales ante el avance de los alemanes, como sí habían hecho con sus industrias y centros de investigación; era una prueba de la escasa importancia que los rusos daban a ese muestrario caído en desgracia.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">En plena retirada alemana, en cambio, los jefes de la SS sí le daban valor.&nbsp;De manera que, en junio de 1943, apenas un mes antes de que el Führer Adolfo Hitler en persona ordenara al SS-Obersturmführer (Teniente) Otto Skorzeny (1908-1975) iniciar una operación especial para rescatar al Duce Benito Mussolini (1883-1945) en su cautiverio del Gran Sasso, Italia, Himmler encargaba al director del Instituto Sven Hedin llevar a cabo un Sammelkommando con el que guardaría algunos paralelismos: “secuestrar” las semillas de Vavilov en la Unión Soviética y traerlas a Alemania.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sobre el terreno, Heinz Brücher quedaría al mando de la operación. Al momento con 27 años de edad, como oficial de la Wehrmacht había participado en las campañas de Polonia, Francia y la Unión Soviética, donde se había ganado la reputación de hombre resuelto y leal camarada. Además, desde 1939 tenía el título de Botánico de la Universidad de Tubinga, donde defendió su tesis a pesar de que mayormente se formó en la Universidad de Jena. Al regresar a esta, en 1941, se incorpora como asistente del profesor Karl Astel en el Instituto para la Investigación de la Herencia Humana y la Política Racial, cuya denominación lo dice casi todo; solo faltaría agregar que allí Brücher encontró un lugar propicio para sus concepciones sobre la eugenesia –la intervención deliberada para mejorar los rasgos hereditarios humanos- inspiradas en los trabajos previos del biólogo y darwinista social Ernst Häckel (1834-1919). <br></p>



<p class="wp-block-paragraph">De vuelta a la ciudad de Jena y al trabajo de oficina, después del frente de batalla, las condiciones también se hicieron las deseables para que Brücher, miembro del partido nazi desde 1934, se apuntara a la SS. Y ya en la organización, con su perfil académico y político, enseguida encauzó su carrera hacia el grupo de investigadores del Instituto Sven Hedin y al Sammelkommando de las semillas de Vavilov; en ambos, bajo las órdenes de Ernst Schäfer.&nbsp;Pero Brücher no estaba para ser un segundón. Con pronunciado don de mando, le bastó un equipo de otras dos personas y dos vehículos para partir el 16 de junio de 1943, solo 15 días después de la orden dictada por Himmler, a requisar 18 estaciones genéticas en Ucrania y Crimea, justo detrás de las líneas de las fuerzas alemanas que se replegaban. Nunca tuvo acceso al banco principal de Vavilov, elusivo en medio de la heroica resistencia que la ciudad de Leningrado presentó ante el sitio militar. Pero con lo que se llevó de esos 18 centros, a los que, para mayor facilidad, no hubo que someter a la fuerza, tuvo suficiente para llenar dos maletas grandes de viajero.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al regresar a Alemania, por su éxito obtuvo un ascenso dentro de la SS y la Cruz de Hierro. Con los agasajos y las distinciones sintió llegada la oportunidad de hacer saber que esa era “su” colección y que, como subalterno, no sería hueso fácil de roer para nadie. Tenía con qué plantarse: en su defensa de tesis en Tubinga, cobró notoriedad al mantener una dura controversia con su propio tutor, Ernst Lehmann. Muchos años después, en 2008, uno de los miembros de la operación de secuestro de las semillas de Vavilov y su único sobreviviente para la fecha, Arnold Steinbrecher, recordaba a Brücher para la revista New Scientist como un hombre “meticuloso y altamente inteligente, pero muy ambicioso, exigente, enérgico y autocrático”.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con esa ofrenda envenenada, no hubo más contención para que los celos entre Schäfer y Brücher se manifestaran de manera abierta y, para colmo, Brücher debió eludir como mejor pudo la presión de Hans Stubbe, director del Kaiser-Wilhelm-Instituts für Kulturpflanzenforschung (Instituto “Emperador Guillermo” para la Investigación de Cultivos) en Viena, que quería captarlo, quizá no tanto por las cualidades de Brücher, sino por la dote que llevaba consigo, la colección Vavilov, para muchos, la palanca con que se podría dominar la agricultura mundial en los años venideros.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">En noviembre de 1943, por fin, el SS-Reichsführer Himmler tomó una decisión con espíritu salomónico. Brücher no trabajaría ni para Schäfer ni para Stubbe. Se crearía un nuevo Instituto de la SS para la Genética de Plantas, con Brücher a la cabeza y la colección Vavilov como principal patrimonio. Del mismo modo que el Sven Hedin en Mittersill, el nuevo instituto tendría prisioneras de campos de concentración en el rol de personal de limpieza, y un castillo austríaco como sede, pero esta vez mucho más al este, en Lannach, cerca de las fronteras con Eslovenia y Hungría. Las tierras en torno al castillo venían sirviendo desde antes como campos de prueba para los granos que los científicos del Instituto Sven Hedin lograban.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">La estrella de Brücher no perdería brillo a partir de allí. En 1944 fue nombrado Untersturmführer de la Waffen-SS, adscrito al Estado Mayor Personal del SS-Reichsführer Heinrich Himmler en Berlín. Aunque amarga, y tal vez aleccionadora, de seguro Schäfer pudo digerir la defección de Brücher con sus valiosas valijas. De peores situaciones había salido a flote. Pero también era verdad que Brücher no era el único problema que enfrentaba. Según avanzaba 1944, los suministros de todo tipo, no solo científicos, escaseaban. Los primeros resultados aplicables de los programas de investigación con cereales estarían listos en la primavera de 1945, justo cuando se sellaría el destino final del III Reich con la victoria de los Aliados. Y con la caída del Reich, Schäfer cayó a la vez prisionero de los estadounidenses en Múnich. Como miembro de la SS y líder científico de un programa especial de la organización, Schäfer quedó a las órdenes del CIC (Counterintelligence Corps) del Ejército norteamericano, para las averiguaciones de rigor. Debía de ser juzgado y condenado por un tribunal de desnazificación. Para ello pasó luego cuatro años en un campo de internamiento que las fuerzas de ocupación estadounidenses crearon en el antiguo cuartel de la Artillería Antiaérea alemana en Ludwigsburg, cerca de Sttutgart, Alemania. El reclusorio estaba pensado para alojar a los procesados de alto rango y criminales de guerra que hubiesen caído en manos del VII Ejército de Estados Unidos. Además de Schäfer, entre los huéspedes más connotados del lugar, estuvieron en ese lapso el hijo del Kaiser Gullermo, último Emperador de Alemania, el Príncipe Augusto Guillermo de Prusia (1887-1949, diputado del partido nazi y segundo al mando de las SA); el Conde Lutz Schwerin von Krosigk (1887-1977, exministro de Hacienda nazi y Canciller del efímero gobierno de capitulación del almirante Karl von Dönitz); y Walther Darré (1895-1953, exministro de Agricultura, Jefe de la Oficina de Raza y Reasentamiento, e ideólogo nazi). Pero, como ilustra con maestría la película de Stanley Kramer, El juicio de Nuremberg (1961), también durante esos cuatro años empezaron a colarse los vientos gélidos de la nueva confrontación Este-Oeste. Antes aliados para doblegar a la Alemania nazi, ahora Estados Unidos y sus socios occidentales se preparaban, por un lado, para medir fuerzas con la Unión Soviética y los satélites que conformarían el Pacto de Varsovia; por el otro, en una suerte de boxeo de sombra global llamada Guerra Fría. En esa guerra de simulacros y escaramuzas a lo largo de la línea del Telón de Acero, por lo general fría o a punto de calentarse, a cualquiera de los bandos en pugna le iba a venir bien el refuerzo de los experimentados técnicos y militares alemanes que, quién lo dudaría, bastante habían tenido que ver con los nazis. De llamarse las cosas por sus nombres, el pueblo alemán tendría que haber sido objeto de una purificación colectiva, tal su compenetración con el nazismo y sus desmesuras; pero, a la vez, a ambos bandos se le hacía impráctica esa purga, no solo por sus dimensiones, sino porque profundizaría el encono de los lugareños del que parecía destinado a ser el teatro de operaciones principal de la probable IV Guerra Mundial. <br><br></p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue cuando a indiciados y testigos les empezó a parecer difícil el hacer memoria ante las cortes. Jueces y fiscales de las naciones victoriosas, tanto civiles como militares, empezaron a hacerse de la vista gorda. Las mismas instalaciones de Ludwigsburg, ocupadas hasta entonces por unos prisioneros de guerra razonablemente bien alimentados, ahora eran demandadas con urgencia para acoger a los refugiados de ascendencia y habla alemanas que en venganza eran expulsados por los nuevos gobiernos comunistas de Polonia, Hungría, Rumania y Checoeslovaquia.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1949, Ernst Schäfer salió en libertad con su conciencia en aparente paz y su prontuario blanqueado mediante un Persilschein (Documento Persil), el salvoconducto que las autoridades aliadas de ocupación expedían y que los propios alemanes bautizaron con sorna usando la marca de un popular detergente, Persil, para referirse tanto a las propiedades limpiadoras que el documento tenía en el historial de alguien, como a la facilidad para obtenerlo, como si de un premio dentro de una caja de jabón se tratara.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Schäfer constató de inmediato que la libertad en una Alemania ocupada, dividida entre fuerzas rivales, y que literalmente trataba de levantarse de sus escombros, era parcial. Le resultaba difícil ganarse la vida. Tenía casi un lustro fuera del circuito científico y el mismo hecho de salir de prisión, a pesar de la dispensa obtenida, generaba suspicacias a su alrededor y le convertía en un recordatorio insoportablemente bullicioso de algo que todos querían olvidar. Quizá ni siquiera había una empresa que requiriese sus servicios tan especializados, ni algún colega dispuesto a emprender a su lado. Como escribe el entomólogo venezolano Jorge González, de la Universidad Texas A&amp;M, casi por prodigio Schäfer fue capaz de “ganar algún dinero dando conferencias sobre sus investigaciones y expediciones” (10). Pero era la comida del día para él y su familia. El futuro pintaba poco prometedor. La tabla de salvación vendría en forma de una carta de un viejo amigo, Bernhard Von Steinberg. Era un alemán, dueño de un hospedaje en Boconó, estado Trujillo, en los Andes de la lejana y misteriosa Venezuela, pero también allegado a dos científicos locales, William Phelps (1902-1988) y Tobías Lasser (1911-2006). Mediante la correspondencia, Von Steinberg avisaba a Schäfer que los científicos buscaban a un naturalista que quisiera trabajar en un proyecto en Venezuela, específicamente, al servicio de Lasser. ¿No le interesaría tomar esa oferta?.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br></p>



<p class="nota wp-block-paragraph"><em>Con reportes de Silvina Acosta (Washington DC, Estados Unidos) y Luis Leonardo Gregorio (Mendoza, Argentina).  *Lea mañana la última entrega  7 EHRENHARDT, Isrun: “Mishandled Mail: The Strange Case of the Reting’s Regent Letter to Hitler” en revista ZAS, document .pdf.  8 PRINGLE: Op. Cit., pp. 209-210.  9 Der Spiegel: “Der Anti-Disney” en www.spiegel.de/spiegel/print/d-42624950.html  10 GONZÁLEZ, Jorge M. : “Ernst Schäfer (1910-1992)- From the mountains of Tibet to the Northern Cordillera of Venezuela: a biographical sketch” en Proceedings of the Academy of Natural Sciences of Philadelphia, No 159, Philadelphia 2012, p. 84.</em></p>
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		<title>De colegas de ciencia a camaradas de la SS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[EWALD SCHARFENBERG]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 07 Sep 2012 08:13:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Investigacion]]></category>
		<category><![CDATA[Alemanes]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencias]]></category>
		<category><![CDATA[Holocausto]]></category>
		<category><![CDATA[IVIC]]></category>
		<category><![CDATA[Nazi]]></category>
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					<description><![CDATA[Primera entrega 
Tres exoficiales de la SS, la organización ideológico-militar del régimen nazi, científicos que estuvieron a cargo de un proyecto secreto para crear las superespecies de cultivos que debían mantener a los colonos alemanes una vez conquistado el este de Europa, se reagruparon tras la II Guerra Mundial en Venezuela. Vareschi, Schäfer y Brücher, ¿el bueno, el astuto, y el desgraciado? Tres personajes muy diferentes, cuyas travesías se cruzaron más de una vez, pero tuvieron destinos opuestos.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Volkmar 
Vareschi hizo su primera expedición propia por latitudes intertropicales cuando 
contaba 46 años. Una edad tardía para cualquier otro científico, quizá, pero no 
para él, que alcanzaba su destino.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mucho 
antes, en su Austria natal, un día de Navidad cuando tenía tan solo 14 años, 
juró en voz alta ante su familia que iba a hacerse naturalista “para viajar al 
Orinoco”. Quedó tan atónito como sus padres. No sabía de dónde le había salido 
eso tan espontáneo, tan auténtico; al menos, es lo que después relató en Orinoco 
arriba, su libro publicado de más claro aliento autobiográfico. Solo adivinaba 
que tenía que ver con la fascinación que le embargó al encontrar, ese mismo día, 
en un libro que algún pariente había traído, una lámina ilustrada en la que 
aparecía Alejandro de Humboldt acampando a orillas del gran río venezolano (1). 
En 1952 pudo por fin conocer el río al tiempo que su pronosticada vocación. 
Navegaba por el Delta del Orinoco con una verdadera Legión Extranjera: su 
colega, amigo y viejo compañero de la Universidad de Múnich, el también 
austríaco Fritz Gessner; un médico esloveno y exoficial del ejército imperial 
austrohúngaro, de apellido Pospichal, establecido en Tucupita; y un baquiano de 
origen francés, Serafín, que se había fugado de la colonia penal de Cayena, 
Guayana Francesa, por la misma ruta marítima que poco antes siguió Henri 
Charrière, Papillon, para alcanzar costas 
venezolanas.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando, 
de boga lenta por el laberinto de caños, Vareschi pudo divisar una choza 
aborigen en la orilla, le sobrevino “un susto placentero”. Tomó su cámara Leica 
y, casi sin poder esperar al desembarco, corrió hacia el rancho. En el 
descampado frente al cobertizo topó con una muchacha de la tribu guarao que, 
cuenta, “estaba arrodillada ante un fuego casi extinguido y, mirándome con ojos 
horrorizados, hundió sus manos crispadas en la ceniza, con un gesto tan 
desesperado que tuve la impresión de haberle causado daño”. Aunque entre ellos 
no mediase palabra alguna –Vareschi optaría con frecuencia por hablar a los 
nativos de las selvas venezolanas en su dialecto tirolés de los Alpes 
austríacos, convencido de que tampoco le entenderían en un castellano que, por 
lo demás, aún no dominaba- , bastó la expresión facial de la chica, “como si 
fuera a echarse a llorar”, para que el naturalista prefiriese guardar la cámara 
sin tomar una foto y se ensimismara en una nube de remordimientos que “decidió 
para siempre mi conducta para con los indios” (2).&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Qué 
licencia le habilitaba para irrumpir así en la vida de una extraña? ¿Por qué se 
comportaba como si estuviese en un museo etnográfico o en un parque de 
atracciones? Tomar una fotografía de la chica indígena, ¿podía hacerse con el 
automatismo liviano del turista, o ameritaba otro tipo de acercamiento entre 
personas? ¿No estaba menospreciando la experiencia de encontrar “gente de otro 
mundo o, mejor dicho, de la prehistoria, gente para la cual también el dolor y 
la alegría están asignados, gente con pleno derecho a gozar de los bienes 
imponderables y ponderables de este mundo”?&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cavilaciones 
de este calibre dan muestra de la sensibilidad humana de Vareschi y de la ética 
sobre la que fundaría su labor científica y docente en Venezuela. Pero 
sorprenderían a quien supiera que, solo siete años antes, Vareschi portaba el 
uniforme negro de la SS (Schutzstaffel o Escuadrón de Protección, en alemán) 
nazi, una organización condenada como “criminal” durante el proceso de Nuremberg 
de la posguerra, y verdadero vivero de los superhombres arios que, según 
vaticinaba Adolfo Hitler, estaban llamados a dominar Europa y el 
mundo.&nbsp;</p>



<h2 class="wp-block-heading">Encuentros providenciales</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Desde 
que arribó a Venezuela como inmigrante por el puerto de La Guaira, el 2 de julio 
de 1950, junto a una “multitud de inmigrantes italianos gesticulantes y 
ruidosos” (3), Volkmar Vareschi se convirtió en un bienhechor. Sus logros 
científicos fueron múltiples, y aunque para enumerarlos y ponderarlos tal vez 
sea necesario disponer de un conocimiento especializado que de común no está al 
alcance de periodistas y lectores, debería resultar suficiente con decir que fue 
el padre de los estudios de Ecología en Venezuela; descifrador del viejo enigma 
del Caño Casiquiare, cuyas aguas parecen correr al mismo tiempo hacia el Orinoco 
y hacia la cuenca de otro gigante, el Amazonas. Miembro, en 1956, de apenas la 
segunda expedición botánica que alcanzó la cumbre del Auyantepuy y pionero entre 
quienes estudiaron y ensalzaron el bosque tropical de neblina –por ejemplo, el 
de Rancho Grande, en el estado Aragua- como uno de los ecosistemas más 
eficientes del planeta. El Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas 
(Ivic) y la Universidad Central de Venezuela (UCV) preparan para el próximo 
noviembre un acto en homenaje a su memoria. A su manera, Vareschi fue un émulo 
en el siglo XX de Humboldt, cuya ruta por el Orinoco remontó entre 1958 y 1959, 
en ocasión de los 250 años de la visita del insigne 
berlinés.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero 
en libros, revistas y fuentes de Internet, la hoja curricular de Vareschi 
siempre reserva un llamativo espacio en blanco para un período anterior, entre 
los años 1942 y 1945. Pareciera que no hizo nada recordable en ese tiempo, un 
vacío que un pensamiento convencional rellenaría con la presunción de que estuvo 
en la guerra.&nbsp;Lo que es cierto, pero solo a 
medias.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">No 
disparó ni un tiro, pero participó de otro esfuerzo funcional para la expansión 
del Reich alemán. Era el esfuerzo científico de crear, en laboratorio, las 
superespecies de granos, resistentes a heladas y hábitats hostiles, que debían 
acompañar a los soldados-agricultores arios cuando colonizaran las extensas 
estepas del este de Europa. Con Polonia bajo control nazi desde el otoño de 
1939, en junio de 1941 se dio inicio a la invasión de la Unión Soviética. Las 
planicies de Ucrania, Bielorrusia y Rusia no serían un botín de guerra 
cualquiera, sino el nuevo Lebensraum (Espacio Vital) que el Führer Adolfo Hitler 
(1889-1945) reclamaba para el bienestar del pueblo 
alemán.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al 
siguiente año de 1942, Vareschi fue asignado al Instituto Imperial Sven Hedin 
para la Investigación de Asia Central (Reichinstitut Sven Hedin für 
Innerasienforschung), con sede primero en la capital bávara, Múnich, y luego en 
el castillo de Mittersill, un pueblo de Austria. Como el Instituto Sven Hedin 
estaba adscrito a la Ahnenerbe, o Fundación para el Patrimonio Ancestral, creada 
y dirigida personalmente desde 1935 por el Reichsführer Heinrich Himmler 
(1900-1945), comandante supremo de la SS, Vareschi recibió de manera automática 
el rango de SS-Untersturmführer, equivalente al de subteniente. En un documento 
(Personalfragebogen) fechado en Múnich en 1943, que yace en la actualidad en el 
Archivo Nacional de Washington D.C., Vareschi confirmó de su puño y letra que en 
ese momento estaba inscrito en el Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores 
Alemanes (NSDAP, o partido nazi) y detentaba ese rango en la 
SS.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vareschi 
falleció en Caracas en 1991, de modo que no está presente para alegar en su 
descargo. De todos modos, no se precisan elucubraciones mayores para concluir 
que prefirió obviar ese dato en su hoja de vida con tal de evitar, a posteriori, 
explicaciones que siempre resultarían tan esforzadas como insuficientes. Pero 
quienes le sobrevivieron, su viuda e hijo, aseguran hoy que en casa no le 
importaba hablar del asunto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp; 
“Sí lo hablaba, claro, sin ningún problema. Mi esposo siempre fue muy, muy 
franco”, sostiene Lieselotte Zettler de Vareschi, una prestigiada profesora en 
el área de Letras, jubilada de la UCV, y desplazada por la II Guerra Mundial 
desde la ciudad de Schwerin, sobre la costa Báltica alemana, a 
Venezuela.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">De 
la franqueza y buen humor de Volkmar Vareschi sobran los testimonios, que no 
siempre provienen de familiares u otras partes interesadas. Carsten Todtmann, 
editor, quien asegura haberlo conocido, pero “no muy de cerca”, recuerda una 
emblemática fotografía que adornaba el salón de Frisco, el café y confitería que 
por años reunió a la colonia alemana en Chacaíto. En ella aparecían Franz Dorn, 
el dueño del local, y Vareschi “muertos de la risa”.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
doctor Klaus Jaffé, investigador y académico de la Universidad Simón Bolívar 
(USB), asegura, por su parte, que “Vareschi nunca mostró ninguna actitud 
racista, él era muy cordial”. Vareschi pasaba mucho tiempo en casa de los Jaffé 
y agradece, en Orinoco arriba, el aporte del patriarca, Werner Jaffé –profesor 
de bioquímica en la UCV, impulsor de las ciencias en el país y, para ampliar su 
foja, uno de los creadores de la fórmula Lactovisoy-, en el éxito de su 
Expedición Conmemorativa de Humboldt. Werner Jaffé, padre de Klaus, había tenido 
que abandonar sus estudios de Química en Alemania para continuarlos en Suiza y 
luego encontrarse con su padre, ya exiliado en Venezuela, en 1940. “Yo soy medio 
judío, por el lado de mi padre”, reconoció Werner Jaffé al escritor Karl Krispin 
en una entrevista, poco antes de su fallecimiento (4), en 2009, y estribaba en 
ese dato familiar el motivo para que tuviesen que dejar Alemania. De modo que en 
el hogar de los Jaffé había la sensibilidad suficiente para captar por el radar 
la cercanía de alguna amenaza antisemita, una alarma que Vareschi jamás hizo 
activar. “Casi todos los alemanes que vinieron después de la guerra a Venezuela 
tuvieron algo que ver con el partido nazi. En esa época era inevitable”, 
descarta Klaus Jaffé en entrevista telefónica, antes de ensayar una analogía: 
“Hacer ciencia en esa época para los nazis equivalía a trabajar hoy en el Ivic 
bajo el gobierno bolivariano. Sería una tontería ponerse después a ver quién 
trabajó con el chavismo y quién no lo hizo”.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a name="_gjdgxs"></a>Con 
todo ello, parece natural que Vareschi ingresara a las filas de la SS de un modo 
casi cómico. Lo cuenta Lotte de Vareschi en sus libros de memorias, <i style="mso-bidi-font-style: normal">Ahora escribo con plumas de loro</i>: 
Vareschi estaba en el andén de la estación de trenes de Rum (cerca de Innsbruck, 
Austria, ciudad de origen de Vareschi) en espera del transporte que lo llevaría, 
junto a sus compañeros del Batallón de Guardia de Montaña (Bergwacht), a los 
combates de lo que después se conocería como batalla de Stalingrado (hoy 
Volgogrado, Rusia), cuando la voz de un oficial le llamó: “Cabo Vareschi, 
¡salirse!”. Se le convocaba con urgencia a una oficina de la SS en Baviera. Si 
bien el parte militar no era muy preciso y en primera instancia lo condujo por 
equivocación hasta una oficina bávara de la SS de aspecto siniestro, que resultó 
estar en el campo de concentración de Dachau, por fin pudo alcanzar su meta, una 
oficina de la calle Widenmayer de Múnich, sede del Instituto Sven Hedin 
(5).&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Allí, 
recién conocería a quien sería su jefe asignado y, a la larga, su protector. 
“Por favor, doctor Vareschi, tome asiento”, lo recibió. El llegado pensó: “¡Ah! 
¡Ahora vuelvo a ser “doctor”! ¡Ya no más “recluta de mierda”!”. En efecto, 
Vareschi pasaba a otro nivel. Investigaría con botánicos y especialistas en 
genética, con verdaderos colegas. Un documento de 1943 revela que en el 
instituto devengaría un salario respetable de 480 marcos del Reich al mes. 
Además, aprendería que su jefe no era un tipo cualquiera, como tampoco trabajar 
para la SS era lo mismo que vérselas con cualquier otra rama burocrática del 
nacionalsocialismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;De 
ambas distinciones da fe un episodio que Lotte de Vareschi oyó de su esposo pero 
que hasta ahora no había dado a conocer en público. Un día Heinrich Himmler, el 
mandamás de la SS, anunció una inesperada visita al castillo de Mittersill. Es 
probable que se tratara de la misma visita reportada el 12 de mayo de 1944, 
cuando, según la periodista e historiadora Heather Pringle, Himmler pareció 
“complacido con lo que veía, remarcando con auténtico interés la labor racial 
del instituto” (6).&nbsp;Según el relato de Lotte, todos los investigadores del 
instituto fueron llamados en emergencia para acudir, con el uniforme negro de la 
agrupación, a la revista. Himmler quería conocerlos de uno en uno. Entre el 
personal de la instalación se había colado un empleado informal, una especie de 
factótum del director del instituto que, en esos tiempos de escasez impuesta por 
la economía de guerra, se encargaba de conseguir provisiones en el mercado 
negro. El director decidió presentarlo, ponerle un uniforme de SS y hacerle 
decir que era el encargado del desarrollo de nuevos granos que los campesinos de 
los Alpes pronto pondrían a prueba. Pero esa era, en realidad, la labor de 
Volkmar Vareschi en el laboratorio. ¿Qué diría entonces? Su jefe instruyó a 
Vareschi para que dijera a Himmler que el proyecto a su cargo era la cría de 
caballos genéticamente más robustos para el servicio de las tropas en el este- 
una tarea genuina a la que el propio director del Instituto Sven Hedin había 
consagrado parte de sus investigaciones.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando 
llegó la hora de presentarse ante Himmler, la honestidad de Vareschi le jugó una 
trastada. Titubeó ante la pregunta de a qué se dedicaba y apenas consiguió 
murmurar, entre carraspeos: “Bueno, Reichsführer…”. Enojado por la vaguedad de 
la respuesta, que rozaba la insolencia, Himmler volteó hacia el director del 
Instituto, un oficial de graduación media de la SS (a la sazón 
SS-Sturmbannführer, o Mayor), así como también un científico de gran reputación, 
y le increpó: “A este hombre, ¿qué le pasa?”. Y entonces el director del 
instituto tuvo un reflejo que tal vez salvó la vida a Vareschi por segunda 
ocasión desde que lo llamó justo antes de partir a Stalingrado: “Reichsführer”, 
sacó a relucir lo mejor de su repertorio de adulaciones, “este hombre está tan 
impresionado de encontrarse por primera vez frente a usted, que le faltan las 
palabras”.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">El  autor de la ocurrencia, el director del Instituto Sven Hedin, el  SS-Sturmbannführer, el jefe de Vareschi y tal vez su salvador, se llamaba Ernst  Schäfer. </p>



<h2 class="wp-block-heading">Al asalto del Himalaya</h2>



<p class="wp-block-paragraph">La SS fue fundada en 1925 como un cuerpo de élite que escoltaría al Führer Adolf Hitler. Pero bajo la dirección de Heinrich Himmler creció de manera descomunal hasta convertirse en un Estado dentro del Estado, con millones de afiliados y leyes, jurisdicciones y armas propias.&nbsp;Lo que se esperaba fuera una guardia de honor se convirtió pronto en una facción del partido nazi, lo bastante numerosa y feroz como para primero equilibrar y luego neutralizar a las díscolas SA o Sturmableitung (Tropas de Asalto, en alemán), camorreros de camisas pardas que fueron útiles para la toma del poder, pero que, llegada la hora de las formalidades institucionales, debieron ser purgados de manera cruenta durante la denominada Noche de los cuchillos largos de junio de 1934.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">La SS llegó a hacer las veces de aparato policíaco y de seguridad dentro del sistema de terror nazi, incluyendo, a la postre, la vigilancia de los campos de la muerte. Fue al mismo tiempo un enorme conglomerado empresarial, que reportó ganancias pingües a todos los que estuvieron en posición de meter la mano en su sinuoso organigrama. La SS también fue un ejército, con la creación de la Waffen-SS y sus batallones, algunos de ellos entre los más victoriosos de las fuerzas armadas alemanas durante la II Guerra Mundial, pero también de los más despiadados.&nbsp;La SS se hizo al fin tan grande que requirió de un cuerpo ideológico, una razón de ser.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">El fervor por lo militar, tan característico del nacionalsocialismo y de la SS, puede achacarse a sus deudas con las pompas del fascismo italiano, que los precedió, y a un rasgo de la germanidad más obvia. Pero la SS también escogió apropiarse –entre muchos otros, como la vindicta contra “la puñalada por la espalda” de Versalles, la necesidad de un espacio vital y el odio por igual tanto al bolchevismo como a los valores burgueses- de uno de los puntales de las reivindicaciones alemanas: el derecho, o el deber, de preservar la pureza racial. La SS, como el nazismo que le servía de fuente, propugnaba la identidad del pueblo alemán con la herencia en custodia de una raza superior, los arios, que provenían de las brumas de tiempos virginales, que aparecían apenas esbozados en las sagas nórdicas y las leyendas del sacro imperio, y con los que quizá también se emparentaban, pero mediante un nexo más débil, los pueblos de Escandinavia, Flandes, Normandía y Gran Bretaña.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta tesis sirvió para dar rienda suelta en la SS al misticismo, más que a la ideología. Siempre se ha señalado, como un detalle curioso, si no risible, que tanto Hitler –un antiguo cabo de pelo oscuro, oriundo de la cuenca alta del Danubio- como Himmler –un enclenque católico bávaro, criador de pollos, calvo y con lentes- replicaran en escasa o ninguna medida el ideal fisonómico de los arios. Pero algo que a Himmler distinguía, sin compartirlo con Hitler, era la atracción que sentía por el ocultismo, la seudohistoria y los mitos, una afición de la que también eran entusiastas practicantes otros jerarcas nazis como Alfred Rosenberg (1896-1946) y Rudolf Hess (1894-1997).&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Himmler quiso que la SS diera la imagen de una Orden Teutónica rediviva. Las gorras de plato de la oficialidad llevaban una insignia propia de tribus germánicas: una calavera sobre dos tibias cruzadas –aunque también fuera durante el siglo XIX emblema de un escuadrón de húsares del Kaiser-, y el logotipo de la organización incluía sus iniciales escritas como dos runas vikingas de la victoria. Convirtió el castillo de Wewelsburg, en Westfalia, en una suerte de Camelot nazi. La SS revisaba a fondo la genealogía aria de sus miembros, a quienes impedía casarse con no-arias y animaba a procrear numerosos hijos. Los matrimonios se celebraban con ceremonias calcadas de los ritos ancestrales paganos, y la Navidad se sustituiría poco a poco por la Fiesta del Solsticio de Invierno. La SS debía ser, ni más ni menos, la fuente de regeneración racial y cultural de la sociedad alemana.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero para consolidar esta feria del pasado y proyectarla como modelo de futuro, no bastaba con tener fe. Hacía falta una base empírica.&nbsp;Así que la SS impulsó una ciencia völkisch (expresión alemana por étnico-nacional) que desplazara de las universidades a la ciencia judía. La nueva verdad debía imponerse en el mundo del conocimiento.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llegó a haber, por ejemplo, una geología aria que dejó de lado la teoría de la deriva de placas tectónicas –nacida, por cierto, también en Alemania con Alfred Wegener- en favor de una nueva propuesta, la del planeta de hielo. Como también hubo una electrofísica aria que decía que la atmósfera terrestre, debidamente manipulada, podía comportarse como un control remoto gigante, capaz de apagar y encender al antojo todos los artefactos eléctricos del globo.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un papel similar, si no más relevante, tocó a la arqueología, la antropología y la genética arias; esta última, mutada en Rassenkunde (o Estudios de la Raza). Sus tareas quedaban sesgadas desde el principio por un deber que no era el de comprobar una hipótesis, sino de forjar en campo las evidencias verosímiles de una historia rescrita a placer y conveniencia por el totalitarismo nazi. En particular, de lo que se trataba era de sustentar la existencia previa de los arios, la primigenia raza de gentes superiores.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como plataforma de este empeño, en 1935 Himmler creó y puso bajo jurisdicción de la SS, dos años después, la llamada Deutsches Ahnenerbe- Studiengessellschaft für Geistesurgeschichte (o Herencia Ancestral Alemana- Sociedad para el Estudio de la Historia de las Ideas Primitivas), un nombre demasiado descriptivo –y abarcador, a la vez- que pronto se abrevió como Ahnenerbe. No tardó mucho en funcionar como un imán para charlatanes de toda guisa. En su misión de reordenar la historia, la Ahnenerbe contrató a falsificadores, gurúes y aventureros. Antes de la guerra –cuando no había asumido todavía otras responsabilidades más graves- apoyó expediciones extravagantes a Finlandia, Irak y Suecia, por ejemplo, o a Bolivia; esta última al final abortada, pues nada más tenía por sustento central la certeza de que la Puerta del Sol en Tiahuanaco, a orillas del lago Titicaca, era en verdad la ruina visible de un asentamiento ario.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se debe decir, en plena justicia, que la Ahnenerbe también tuvo éxito en reclutar a científicos de comprobada valía que, por convicción política, instinto de supervivencia u oportunismo, contribuyeron a darle una fachada de integridad intelectual. Entre esos científicos estuvieron el gran orientalista Walther Wüst (1901-1993), el arqueólogo Herbert Jahnkuhn (1905-1990) y, sí, el zoólogo Ernst Schäfer, quien sería jefe y “salvador” de Volkmar Vareschi.&nbsp;Para ese entonces, una de las teorías más populares sobre la procedencia de los arios, ubicaba su origen en la Atlántida extinta. Pero la idea más aceptada entre académicos era que si los arios habían venido de algún lado, ese lugar tenía que ser el sistema montañoso indo-himalayo. Ya la flamante disciplina de la lingüística comparada había establecido que casi todas las lenguas occidentales, y muchas de Oriente, como el sánscrito hindú, se habían desprendido de un tronco común, el idioma indoeuropeo de la antigüedad. De hecho, la palabra “ario”, en su acepción de “noble”, es una voz que proviene tanto del sánscrito como del farsi iraní; y la esvástica, ese símbolo que adquiriría connotaciones lúgubres en la historia inmediata, era conocida desde tiempos inmemoriales como representación de advocaciones sagradas en Asia Central y el subcontinente indio. ¿Por qué no buscar en esa región?&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">El ambiente le era propicio a Ernst Schäfer cuando en 1937 empezó a buscar patrocinios para una expedición al Tíbet. Himmler pronto se mostró interesado en apoyarle. Estaba convencido de antemano, como otras autoridades del régimen, de que un tramo importante de la evolución ario-germánica se escondía allá y que valía la pena hacer el esfuerzo por encontrarlo. Y no albergaban dudas de que Schäfer tenía las credenciales para liderar ese esfuerzo, incluyendo un carné del partido nazi, al que se sumó en 1933 (año de la conquista del poder por Hitler, mismo en el que muchos alemanes juzgaron conveniente adherir al partido nazi; fueron tantos los que decidieron hacerlo entonces, cuando se vio que los vientos le eran favorables al nazismo, que toda esa camada de militantes por pragmatismo recibió un apodo burlón, Violetas de Marzo, un remoquete que a su vez el escritor escocés Philip Kerr utilizó para titular una de sus novelas negras ambientadas en el Berlín hitleriano). Además, ya en 1934 Schäfer se había afiliado a la SS.&nbsp;</p>



<p class="nota wp-block-paragraph"><br><br><em>Con reportes de Silvina Acosta (Washington DC, Estados Unidos) y Luis Leonardo Gregorio (Mendoza, Argentina).  *Lea mañana la segunda entrega  (1) VARESCHI, Volkmar: “Orinoco arriba: A través de Venezuela siguiendo a Humboldt”. Lectura, Caracas 1959, pp. 7-8.  (2) Ibidem, p. 28  (3) Ibidem, p. 8  (4) KRISPIN, Karl: “Alemania y Venezuela: 20 testimonios”. Fundación para la Cultura Urbana, Caracas 2005, p. 5  (5) ZETTLER DE VARESCHI, Liesselotte: “Ahora escribo con plumas de loro: Una Mecklenburgueña llegó a Venezuela”. Play Market-Oscar Todtmann Editores, Caracas 2011, pp. 117-118.  (6) PRINGLE, Heather: “El plan maestro: Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi”. Debate, Barcelona 2007, p. 347</em></p>
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