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	<title>Arte - Armando.info</title>
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	<description>periodismo de investigación venezuela</description>
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	<title>Arte - Armando.info</title>
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		<title>El mecenas que coleccionaba ilícitos sin castigo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[KATHERINE PENNACCHIO]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 08 Jan 2017 00:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Investigacion]]></category>
		<category><![CDATA[Alemanes]]></category>
		<category><![CDATA[Arte]]></category>
		<category><![CDATA[Holocausto]]></category>
		<category><![CDATA[Nazi]]></category>
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					<description><![CDATA[Las autoridades costarricenses, que la reclaman desde 2009, todavía esperan repatriar una valiosa colección de arte precolombino que por ahora come polvo en oficinas de organismos estatales venezolanos, a donde llegó después de un decomiso. Las piezas habían entrado al país de manera irregular por obra de un inmigrante estonio que hizo fortuna en Venezuela tras eludir a los cazadores de nazis que lo acusaban de participar en crímenes durante la II Guerra Mundial. Se llamaba Harry Mannil, murió en 2010, y nunca llegó a enfrentar a la justicia ni por esas versiones ni por el tráfico irregular de patrimonio cultural en el que incurrió.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">En 
una esquina cubierta de maleza, junto a la valla de seguridad que rodea la 
parcela donde se encuentra la sede del Instituto de Patrimonio Cultural (IPC) de 
Venezuela, reposan disimuladas por el matorral dos esferas pétreas creadas por 
los Diquis, una cultura ancestral que floreció sobre el delta del río del mismo 
nombre, en el sur de Costa Rica, alrededor del siglo V. Por supuesto, no siempre 
han estado allí. Hasta hace apenas un par de años adornaban otro jardín, este 
con piscina y en una quinta en el este de Caracas, una verdadera 
casa-museo,&nbsp;<I>Los Jaguares</I>, que pertenece a los sucesores del 
empresario y mecenas Harry Mannil.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mannil, 
fallecido en 2010, es nombre familiar entre los círculos empresariales y 
artísticos venezolanos. Tras emigrar de Europa, Mannil, nacido en Estonia, fundó 
en su segunda patria sudamericana una exitosa corporación, el Grupo ACO, con 
negocios en los ramos automotriz, agroindustrial y conexos. La torre de oficinas 
donde hoy se aloja el Servicio Autónomo de Identificación, Migración y 
Extranjería (Saime) en Las Mercedes -un barrio comercial y de clase alta al 
sureste de la capital venezolana- fue con anterioridad la última sede de ese 
grupo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero 
hay un costado de la biografía de Mannil menos difundido; de hecho, oculto de 
manera activa. El exitoso inmigrante formó parte de la policía política estonia 
que colaboró con la ocupación nazi de ese país entre julio de 1941 y agosto de 
1944. En ese papel le tocó encabezar las sanguinarias operaciones contra la 
resistencia procomunista y, sobre todo, los pogromos contra la población judía. 
Mannil llegó a ocupar el puesto número 10 entre los&nbsp;<I>Más 
buscados</I>&nbsp;del Centro Simon Wiesenthal de Viena y Jerusalén, 
especializado en la cacería de prófugos nazis. Sin embargo, en vida, este hombre 
se encargó de limpiar su imagen y repetir, en las contadas entrevistas que 
concedió sobre el tema, que la investigación sobre su caso estaba cerrada y que 
tenía un documento de un fiscal de Estonia para probar su inocencia.</p>


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<p class="wp-block-paragraph">La 
controvertida actuación de Mannil durante la II Guerra Mundial ocurrió en el 
contexto, ambiguo y crispado, de los países bálticos. En Estonia, tanto como en 
Letonia y Lituania, fue fuerte la tentación de interpretar la llegada de las 
tropas invasoras alemanas como una gesta de liberación frente al yugo soviético. 
El programa nazi de limpieza étnica consiguió además en esas naciones el terreno 
fértil del antisemitismo y el anticomunismo autóctonos. A los ocupantes les 
costó poco conseguir la colaboración de la población local en las operaciones de 
exterminio de judíos. En la famosa conferencia de Wannsee, a las afueras de 
Berlín, en 1942, donde las autoridades hitlerianas acordaron la&nbsp;<I>Solución 
Final</I>&nbsp;para la llamada&nbsp;<I>Cuestión Judía</I>, se reportó que ya 
Estonia estaba “limpia de judíos”. Su pequeña comunidad hebrea de 4.500 
individuos había desaparecido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todavía 
hoy esas naciones, cuya denazificación posterior a la guerra quedó atrofiada por 
la inmediata reconquista soviética, no llegan a términos con ese pasado. Con 
frecuencia las milicias derechistas locales, que participaron en las matanzas 
antisemitas de los años 40, son recordadas como héroes de la lucha por la 
independencia frente a Moscú, que finalmente alcanzaron en 1991. En un libro, 
Efraim Zuroff, actual director del Centro Wiesenthal, escribió, al referirse a 
la vecina Lituania -donde casi todos de sus 250.000 judíos fueron eliminados- 
que “un grupo de criminales no debería tener más peso que el buen nombre de una 
nación, ni puede robarle su decencia y su conciencia”, según recordaba en julio 
del año pasado un reportaje de la 
revista&nbsp;<I>Newsweek</I>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De 
igual modo, Harry Mannil nunca se avino a admitir las sombras de su problemático 
pasado. Se refugió en Venezuela, donde amasó una fortuna y tuvo la libertad para 
convertirse en uno de los mayores coleccionistas privados de arte precolombino 
no solo en el país, sino en todo el hemisferio. Murió en 2010 en Costa Rica, 
país al que extendió sus negocios y donde gustaba de veranear, sin enfrentar 
nunca a la justicia. Mannil fue un hombre con dos vidas que, por diversas 
circunstancias, logró salir airoso de los errores que pudiera haber cometido en 
ambas: en una, ya se sabía, fue el cruel comisario político; pero en la otra, la 
del magnate, como solo ahora se sabe, cometió expolios contra el patrimonio 
cultural e histórico de sus países anfitriones en Hispanoamérica.</p>

<div class="kb-gallery-wrap-id-_kN2D4Q-Zu alignnone wp-block-kadence-advancedgallery"><div class="kb-gallery-ul kb-gallery-non-static kb-gallery-type-slider kb-gallery-id-_kN2D4Q-Zu kb-gallery-caption-style-below kb-gallery-filter-none kb-gallery-magnific-init" data-image-filter="none" data-lightbox-caption="true"><div class="kt-blocks-carousel splide kt-carousel-container-dotstyle-dark kt-carousel-arrowstyle-none kt-carousel-dotstyle-dark kb-slider-group-arrow kb-slider-arrow-position-center" data-slider-anim-speed="400" data-slider-scroll="1" data-slider-arrows="false" data-slider-fade="true" data-slider-dots="true" data-slider-type="slider" data-slider-hover-pause="false" data-slider-auto="" data-slider-speed="7000" data-show-pause-button="false"><div class="splide__track"><ul class="kt-blocks-carousel-init kb-blocks-slider splide__list"><li class="kb-slide-item kb-gallery-slide-item splide__slide"><div class="kadence-blocks-gallery-item"><div class="kadence-blocks-gallery-item-inner"><figure class="kb-gallery-figure kb-gallery-item-has-link kadence-blocks-gallery-item-has-caption"><a href="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/08012017-8.jpg" data-description="Portada del libro de Efraín Zuroff" class="kb-gallery-item-link"   role="button" aria-haspopup="dialog"><div class="kb-gal-image-radius"><div class="kb-gallery-image-contain kadence-blocks-gallery-intrinsic kb-gallery-image-ratio-inherit kb-has-image-ratio-inherit" ><img fetchpriority="high" decoding="async" width="591" height="893" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/08012017-8.jpg"   alt="" data-full-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/08012017-8.jpg" data-light-image="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/08012017-8.jpg" data-id="50284" class="wp-image-50284 skip-lazy"/></div></div><div class="kadence-blocks-gallery-item__caption">Portada del libro de Efraín Zuroff</div></a></figure></div></div></li></ul></div></div></div></div>

<h2 class="wp-block-heading">La coartada del dinero</h2>


<p class="wp-block-paragraph">Harry 
Mannil nació en Estonia en 1920. Cuando su país fue invadido por Alemania en 
1941 decidió unirse a la policía política para llevar a cabo la retaliación 
contra los colaboracionistas prosoviéticos y, sobre todo, contra los infiltrados 
judíos. Participó en arrestos e interrogó al menos a siete judíos que fueron 
posteriormente asesinados, explicó Zuroff en un artículo escrito en 2010 para el 
diario&nbsp;<I>The Guardian</I>&nbsp;de Londres.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 
su libro&nbsp;<I>Operation Last Chance: One Man's Quest to Bring Nazi Criminals 
to Justice</I>, donde vertió sus comentarios críticos contra Lituania citados 
más arriba, Zuroff también se refirió de manera explícita al caso de Harry 
Mannil y la protección de la que gozaba en la Estonia de nuevo independiente: 
“Se supone que todos son iguales ante la ley, pero ser uno de los estonios más 
ricos del mundo y un donante generoso a las instituciones culturales de Estonia 
puede ayudar a proteger a un colaborador nazi de la persecución. Por lo tanto, 
todos nuestros esfuerzos para facilitar el enjuiciamiento de Mannil por su 
supuesta participación en los arrestos e interrogatorios de judíos asesinados 
por los nazis y sus colaboradores estonios no tuvieron 
éxito”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mannil 
salió de Estonia en 1943 y vivió en Finlandia y Suecia hasta establecerse en 
Venezuela en 1946. Se ha documentado que al llegar empezó a trabajar en 
Maracaibo en los almacenes BECO, empresa de la familia Blohm, de origen alemán. 
Cuatro años después fundaba su propia compañía de venta de automóviles, ACO, 
CA.</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>“Era un gran coleccionista. Cuando iba a su casa, su mujer era quien mostraba la colección..."</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph">Quienes 
lo conocieron en Venezuela lo dibujan como un hombre de sociedad, un gran 
benefactor y coleccionista de arte. “Era un gran coleccionista. Cuando iba a su 
casa, su mujer era quien mostraba la colección. Una bella colección de arte 
precolombino”, recuerda Sofía Imber, periodista y fundadora del Museo de Arte 
Contemporáneo de Caracas (MACC).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como 
benefactor donó diferentes piezas a la Galería de Arte Nacional (GAN), entre las 
que destaca la obra&nbsp;<I>Doble Espacio</I>&nbsp;del artista venezolano Víctor 
Valera. Entre los años 1970 y 1971 formó parte de la junta directiva del Ateneo 
de Caracas, como subsecretario de relaciones públicas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los 
gobiernos de entonces otorgaron a Mannil las órdenes Francisco de Miranda y 
Estrella de Carabobo en los años 70 y 80 del siglo pasado. Pero abandonó 
Venezuela, la tierra que tanta prosperidad le había brindado, durante el paro 
petrolero de diciembre de 2002 a febrero de 2003. Fue a dar a Costa Rica, país 
del que era oriunda su esposa, Masula D'Empaire. Allí, en San Rafael de Heredia, 
murió el 11 de enero de 2010, a los 89 años de edad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
obsesión de Mannil por el arte, y en especial el prehispánico, volvió a ser tema 
de conversación póstuma cuando en 2016 se publicó&nbsp;<a title="Memoria Robada" href="http://www.nacion.com/gnfactory/investigacion/2016/memoria-robada/" target="_blank" rel="noopener">Memoria 
Robada</A>, 
un proyecto de investigación periodística, coordinado por el website Ojo Público 
de Perú y entre cuyos varios aliados latinoamericanos se encontraba el 
diario&nbsp;<I>La Nación</I>&nbsp;de San José de Costa Rica. El extenso 
proyecto, recientemente premiado como una de las tres mejores investigaciones en 
toda América Latina durante 2016, incluyó una historia, hasta entonces 
soterrada, de un tesoro arqueológico costarricense que Mannil sacó de ese país 
centroamericano de manera furtiva.</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img decoding="async" width="650" height="1070" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/08012017-12.jpg" alt="" class="wp-image-50285"/><figcaption>Folleto donde se incluye a Harry Mannil entre la junta directiva del Ateneo de Caracas. Fotografía: Katherine Pennacchio</figcaption></figure>


<h2 class="wp-block-heading">Parsimonia burocrática</h2>


<p class="wp-block-paragraph">El 
Museo Nacional de Costa Rica denunció en 2009 a Mannil por el comercio ilegal de 
bienes arqueológicos. Sin embargo, sólo en julio de 2010 Venezuela se dio por 
aludida. Una solicitud de exportación de piezas arqueológicas hacia Estados 
Unidos encendió las alarmas en el Instituto de Patrimonio Cultural 
(IPC).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cincuenta 
y seis piezas de arte precolombino quedaron retenidas en la aduana de La Guaira 
con el fin de determinar su origen, según lo establece la Ley de Protección y 
Defensa del Patrimonio Cultural Venezolano y los acuerdos internacionales 
firmados en materia de tráfico ilícito de bienes. El 7 de octubre de 2010, el 
IPC negó la solicitud de exportación, y dictó una medida anticipativa de 
protección y salvaguarda de las piezas por sospecharse su origen ilícito y su 
procedencia costarricense.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 
5 de enero de 2011 la embajada de Costa Rica confirmó que los bienes pertenecen 
al país centroamericano desde donde fueron sustraídos ilegalmente. Por esta 
razón las autoridades venezolanas decidieron, el 5 de diciembre de ese año, 
allanar la vivienda de Harry Mannil en Caracas, la quinta&nbsp;<I>Los 
Jaguares</I>. Allí incautaron más de un centenar de piezas tanto venezolanas 
como de origen extranjero, en las que se incluye nuevamente Costa 
Rica.</p>


<figure class="wp-block-pullquote alignleft"><blockquote><p>“Esta casa se había convertido en un pequeño museo. Son cientos de piezas las que estamos recuperando"</p></blockquote></figure>


<p class="wp-block-paragraph">“Esta 
casa se había convertido en un pequeño museo. No son unas pocas. Son cientos y 
cientos de piezas las que estamos recuperando. Estas son producto, según nuestro 
entender, de tráfico ilícito”, afirmó Raúl Grioni, presidente para entonces del 
IPC durante el momento del allanamiento a la vivienda de Mannil. La operación 
fue transmitida en directo por el principal canal de televisión del Estado, 
Venezolana de Televisión (VTV).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Personas 
que estuvieron presentes durante la visita judicial, y que prefieren no dar su 
nombre por no estar autorizados para dar declaraciones, recuerdan haberse 
sentido abrumados por la cantidad de obras que se encontraron en la casa y la 
dificultad para despegar de las paredes las piezas que estaban 
empotradas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Algunas 
de las piezas costarricenses que habían estado en manos de Mannil fueron 
enviadas a la sede del IPC, en la histórica Villa Santa Inés del sector Caño 
Amarillo de Caracas, mientras otras quedaron resguardadas en la Galería de Arte 
Nacional (GAN), según informó el propio IPC en una nota de 
prensa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A 
finales de ese mismo año, como parte de la agenda de repatriación de las piezas, 
en los espacios de la GAN, en alianza con la embajada de Costa Rica en Caracas, 
se organizó una exposición titulada “El regreso de Los Jaguares: la lucha contra 
el tráfico ilícito de bienes culturales”, donde se presentaron 27 de las piezas 
decomisadas. Las obras eran tallas en bloques de rocas volcánicas con formas de 
mesas, figuras antropomorfas femeninas, vasijas y, por supuesto, esculturas de 
jaguares y otros animales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 
2014 las obras fueron sometidas a un proceso de verificación por parte de la 
jefa de Protección de Patrimonio Cultural de Costa Rica, Marlin Calvo Mora, 
quien estuvo en Caracas para cumplir con el requisito previo a la repatriación 
de las piezas a la nación tica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ambas 
diligencias transmitían el mensaje de que ya estaba próxima la hora para la 
vuelta a la patria de las piezas nómadas. Pero no fue así. Las esferas de 
piedras no son las únicas piezas de aquella colección de Mannil que hoy yacen en 
un rincón del Instituto de Patrimonio Cultural de Venezuela. En su biblioteca se 
encuentran olvidadas, entre libros, documentos y polvo, figuras de animales 
tallados en piedras volcánicas esperando alguna vez volver a suelo 
costarricense.&nbsp;</p>

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		<item>
		<title>En Táchira el antisemitismo consiguió una solución ‘semifinal’</title>
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		<dc:creator><![CDATA[EWALD SCHARFENBERG]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 18 Mar 2016 00:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Investigacion]]></category>
		<category><![CDATA[Alemanes]]></category>
		<category><![CDATA[Arte]]></category>
		<category><![CDATA[Holocausto]]></category>
		<category><![CDATA[Nazi]]></category>
		<category><![CDATA[TÃ¡chira]]></category>
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					<description><![CDATA[Una de las casas más distinguidas del mundo del arte, la familia Bernheimer, se salvó del Holocausto en 1939 al comprarle al Mariscal Goering, número dos del régimen nazi, una ruinosa finca cafetalera en Rubio, en los Andes de Venezuela, y mudarse allí durante la guerra. Pero no salvó todo su patrimonio.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><a title="Opens external link in new window" href="http://connectas.org/arte-robado-por-los-nazis/index.html" target="_blank" rel="noopener"><I>(*) Este reportaje forma parte del especial “Las últimas 
prisioneras de los nazis en América Latina”, sobre el arte expoliado durante la 
II Guerra Mundial cuyas pistas todavía conducen a este hemisferio (coordinado 
por el diario AM de León, México, y el portal Connectas, en el especial 
participaron Armando.info, Estadao de Brasil y El Mercurio de 
Chile).</I></A>&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Konrad O. 
Bernheimer es hoy una de las personas más influyentes en el mercado 
internacional del arte. Es presidente de TEFAF, la feria anual de antigüedades y 
arte clásico más importante del mundo, que se acaba de celebrar en Maastricht, 
Holanda. Mantiene oficinas en Londres y Múnich, la capital bávara, donde en 1864 
su bisabuelo Lehmann Bernheimer arrancó un negocio familiar que pronto se 
convertiría en un proveedor predilecto para las grandes dinastías y plutocracias 
europeas.</p>


<p class="wp-block-paragraph">Sin 
embargo, la historia de auge de los Bernheimer tuvo un dramático paréntesis 
entre 1938 y 1945. Un dato anómalo en la biografía de Konrad, el actual 
patriarca, refleja ese desvío: nació en 1950, de madre venezolana, en Rubio, un 
pueblo rural recostado sobre las laderas del piedemonte andino, muy lejos de las 
mecas globales del arte y la moda, en el estado de Táchira, en el suroeste de 
Venezuela, cerca de la frontera con Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como 
ocurrió con muchas familias judías del Tercer Reich alemán, el destino de los 
Bernheimer se torcería durante la madrugada del 9 de noviembre de 1938, la que 
después se conocería como la Kristallnacht –la Noche de los Cristales Rotos–. 
Entonces comenzó el bucle que no solo llevó a la familia de mercaderes a un 
exilio en una desvencijada hacienda cafetalera de los Andes venezolanos, sino 
que dispersó el patrimonio artístico de ese apellido, víctima de la rapacidad 
nazi, en distintas colecciones, un destino que todavía hoy, 77 años más tarde, 
mantiene misterios sin resolver</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img loading="lazy" decoding="async" width="550" height="367" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/18032016-1.jpg" alt="" class="wp-image-50689"/><figcaption>Konrad Bernheimer es la cuarta generación de una familia signada por el arte y la persecusión. Foto: Flickr/Blaues Sofa.</figcaption></figure>


<h2 class="wp-block-heading">El arte libera</h2>


<p class="wp-block-paragraph">La de los 
Bernheimer fue una familia notable de Múnich hasta la llegada del nazismo al 
poder. La suya era parábola llena de esplendor. Si bien comenzó su negocio de 
venta de textiles y alfombras de calidad en 1864 en la Plaza del Salvador 
(Salvatorplatz) de la capital bávara, apenas dos décadas después hacía construir 
una ostentosa edificación de estilo inglés a unas cuadras de allí, en 
Lenbachplatz, el Palacio Bernheimer. El lugar se convertía para entonces en el 
epicentro de los círculos artísticos en Múnich. Justo frente al Palacio 
Bernheimer el príncipe regente de Bavaria, Leopoldo, levantaría la Casa de los 
Artistas (Künstlerhaus), que inauguró en 1900. Años más tarde, en los bajos de 
la Casa de los Artistas abriría un restaurante, L’Osteria, que en los años 30 
del siglo XX se convirtió en el preferido del dictador Adolf Hitler. Todavía 
atiende en el mismo lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era el 
Palacio Bernheimer “un edificio de esos a los que llaman un hotel particular, 
porque allí te reciben como en un hotel”, donde todo relumbraba: los criados con 
chaqué, “las pieles de osos extendidas sobre sofás rojos”, el piano de cola. En 
la fiesta que para Navidad se hacía en la mansión, “con las manos enguantadas, 
los mayordomos abrían las puertas de carrozas y descubrían interiores de cuero 
rojo, almendra, gris, negro, crema o blanco. En el salón una orquesta tocaba 
bajo el árbol compases conocidos, Mozart, Beethoven, Haendel, Bach, y otros más 
divertidos de jazz y foxtrot”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las 
fastuosas imágenes provienen de la memoria de Edgar Feuchtwanger, primo de los 
Bernheimer. En 1930 –fecha de las viñetas–, Edgar Feuchtwanger era un niño de 
cinco años, hijo de un editor judío –que entonces publicaba las obras de Carl 
Schmitt, el jurista pronazi– y sobrino de Lion Feuchtwanger, uno de los 
novelistas más populares de la época. Edgar escribiría, pasados muchos años de 
exilio en Inglaterra, un libro sobre su experiencia de una década como vecino de 
Adolf Hitler, cuya residencia del número 16 de la Plaza del Príncipe Regente de 
Múnich (Prinzregentenplatz 16, hoy una estación de policía) se veía desde el 
edificio del frente, a donde Feuchtwanger y su familia se habían mudado el mismo 
año de 1929. En ese volumen (Hitler, mi vecino: recuerdos de un niño judío, 
Anagrama, Barcelona 2014) despacha, con sencillez pueril, el origen de la 
prosperidad de sus parientes: los Bernheimer, escribe, “coleccionan cuadros, los 
compran, los exponen y los venden”.</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img loading="lazy" decoding="async" width="550" height="334" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/18032016-2.jpg" alt="" class="wp-image-50690"/><figcaption>Los nazis allanaron el 9 de noviembre de 1938 -durante la llamada Noche de los Cristales Rotos- la residencia familiar, que años después recuperaron. Foto: Wikimedia Commons</figcaption></figure>


<p class="wp-block-paragraph">En 
realidad, el de los cuadros fue un ramo que se incorporó de manera tardía al 
negocio Bernheimer. Habían empezado con telas, y continuado con tapetes y 
gobelinos. Múnich, que durante los turbulentos años 20 de la República de Weimar 
había servido como incubadora para el nazismo, desde 1933 ostentaba el título 
oficial de Capital del Movimiento, ya cuando el partido había asaltado el poder. 
Los Bernheimer, que habían provisto de lujos a la casa real bávara, los 
Wittelsbach, y a la de Prusia, los Hohenzollern, se prepararon para atender a la 
nueva aristocracia parda. Tras la II Guerra Mundial, Elizabeth Hirsch de 
Bernheimer, nuera del patriarca del clan, Otto, todavía alegaba en una 
declaración ante las autoridades estadounidenses de ocupación que la firma 
familiar había suministrado lo mejor de su inventario a Adolf Hitler y al número 
dos del régimen, el Mariscal de Aviación y Ministro del Interior, Hermann 
Goering. “Goering le compró alfombras a mi abuelo”, recordaría por su parte 
Konrad en 2013 durante una entrevista con el semanario Die Zeit de 
Hamburgo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin 
embargo, esas relaciones no serían suficientes para proteger a una familia de la 
saña con que los nazis procuraban extirpar la huella judía. La primera señal 
clara de que algo no iba bien para los Bernheimer se dio en 1937, cuando la 
mansión campestre de la familia en Feldafing, a orillas del lago Stamberg, al 
suroeste de Múnich, fue expropiada para destinarla como sede de una escuela de 
cuadros del partido nazi (la instalación aloja hoy una escuela de nombre Otto 
Bernheimer).</p>



<p class="wp-block-paragraph">El golpe 
de gracia llegó con el pogrom masivo del 9 de noviembre de 1938. El 7 de 
noviembre un activista judío había disparado a quemarropa en París a un 
diplomático alemán, Ernst von Rath. Cuando este murió horas después, los nazis 
tuvieron por fin una excusa para dar rienda suelta a los demonios del 
antisemitismo y organizaron una escalada final en su apartheid, la penúltima 
antes de poner en marcha la llamada solución final en 1942. Cientos de 
edificaciones de la comunidad israelí, de sinagogas a comercios, ardieron en 
toda Alemania y la recién anexada Austria. Cerca de 3.000 judíos fueron llevados 
a prisión. Entre estos últimos Otto Bernheimer, a la sazón el jefe de la familia 
y del negocio, y sus hijos Kurt y Ludwig. Ludwig Feuchtwanger, el editor y padre 
de Edgar, también cayó en la redada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
confiscación del patrimonio de los Bernheimer, que se consumó durante el 9 de 
noviembre, tuvo tanto de intimidación como de reparto de botín. Los relatos 
difieren en algunos detalles sobre lo que ocurrió, de lo que dan cuenta ciertos 
documentos que hoy reposan en el Archivo Nacional de Washington 
D.C.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En uno, 
Kurt Gerum, que como oficial medio de la policía secreta del Estado, la 
tenebrosa Gestapo, participó en la operación, admite durante un interrogatorio 
con la OSS estadounidense –precursor de la CIA– que en la toma del Palacio 
Bernheimer se causaron daños por 10.000 marcos del Reich. Las obras de arte, sin 
embargo, se conservaron intactas, dice Gerum –quien llegaría a ser, al final de 
la venidera guerra, jefe regional de la Gestapo en Berlín–, que las tasa en 10 
millones de marcos. El lote habría quedado bajo el control del jefe local 
–Gauleiter– del partido nazi en Bavaria, Otto Wagner. Gerum también informa a 
sus interrogadores que algunas piezas, entre las que incluye cuadros de Eduard 
von Grüztner (pintor de Silesia, 1846-1925), de 60 a 70 fragmentos de gobelinos, 
y una colección de muestras de telas antiguas de Flandes, fueron numeradas y 
llevadas para su resguardo al Museo Nacional de 
Múnich.</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img loading="lazy" decoding="async" width="550" height="300" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/18032016-3.jpg" alt="" class="wp-image-50691"/></figure>


<p class="wp-block-paragraph">Elizabeth 
Bernheimer brinda otro testimonio. En una declaración ante las autoridades de 
ocupación, cotiza en dos millones de marcos lo robado durante el allanamiento 
por Gerum, a quien acusa directamente. En el inventario incluye joyas, “valiosas 
esculturas” de Tilman Riemenschneider (1460-1531, escultor y tallista del Gótico 
tardío alemán), gobelinos “de valor irremplazable” y dos pinturas, El Filósofo 
(Der Philosopher) de Carl Spitzweg (1808-1885, pintor bávaro del Romanticismo) y 
una Madonna de Antonio Alegri, Correggio (1489-1534, pintor italiano del 
Renacimiento). Estos dos cuadros se convertirían, a la larga, en tema de un 
rittornello de reclamaciones que los Bernheimer hicieron, sin éxito aparente, 
para su recuperación después de la guerra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
violencia del despojo resultó apenas el preámbulo de las cinco semanas de 
maltratos que pasaron los hombres de la familia, trasladados al cercano campo de 
concentración de Dachau (al noreste de Múnich) y a la sede de la Gestapo en la 
calle Brienner. Cuando regresaron de ese infierno, apenas unos días antes de la 
Navidad de 1938, todos habían sido reducidos a piltrafas. Elizabeth Bernheimer 
vio a su suegro, Otto, como un hombre “completamente destruido”, rasurado el 
cabello a cero (En inglés en el original: “His head was shaved and he was a 
completely broken man”).</p>



<p class="wp-block-paragraph">A falta 
de una descripción sobre lo que quedó de los otros Bernheimer –Kurt y Ludwig, el 
esposo de Elizabeth– tras el calvario carcelario, vale citar lo que el niño 
Edgar Feuchtwanger observó de su padre, que el 20 de diciembre volvió a casa 
desde el cautiverio con este aspecto: “Casi no lo he reconocido. Era un 
hombrecillo con el cráneo rapado y el cuerpo flaco, con los ojos hundidos en 
órbitas oscuras y la cara grisácea moteada de marcas violáceas. Estaba encorvado 
en el umbral, flotando en su ropa, que ahora le quedaba demasiado holgada”. 
Cuenta Edgar en Hitler, mi vecino que su padre, luego de dormir una noche, al 
día siguiente anunció a la familia la decisión de largarse por fin de Alemania. 
“Ya verás, vamos a salir de este infierno y finalmente ya no viviremos enfrente 
de ese cabrón”, aseguró a su hijo, agregando la primera grosería que Edgar le 
había oído.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Parece 
probable que el mismo tema, el de un apresurado exilio, se hubiese instalado 
durante esas horas entre los Bernheimer. Pero tenían más que perder en su huida. 
De hecho, Otto, el patriarca –abuelo del actual Konrad–, se oponía a abandonar 
sus cuantiosos activos en manos de los nazis (en su declaración, Elizabeth 
calcularía el patrimonio conjunto de la firma Bernheimer, sin contar las 
fortunas individuales, en 38 millones de marcos). Con las horas y los días, Otto 
recapacitaría: la situación era peligrosa. Se daba cuenta de que si habían 
salido vivos de Dachau fue gracias a una providencial diligencia del presidente 
de México, el progresista general Lázaro Cárdenas (1895-1970; presidente de 1934 
a 1940). Otto Bernheimer se desempeñaba como Cónsul de México en Baviera; 
enterado del confinamiento de Bernheimer y sus parientes, Cárdenas desde México 
planteó un ultimátum al ministro de Relaciones Exteriores alemán, Joachim von 
Ribbentrop: si no liberaban a su cónsul, apresaría a doce de los más prominentes 
ciudadanos alemanes residentes en México. El mensaje tuvo sentido para los 
nazis, acostumbrados a la gramática del chantaje.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No 
quedaba claro, sin embargo, que la protección mexicana fuese a conservar su 
efectividad por siempre. Y de todas maneras, tomar la decisión de marcharse no 
era suficiente. Cada vez las autoridades nazis ponían nuevos y menos permeables 
escollos a la emigración judía, en forma de requisitos burocráticos y 
tributarios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
solución para el dilema de los Bernheimer, inevitablemente dolorosa, vendría de 
su flamante cliente, el Mariscal Hermann Goering, quien vio en el trance una 
oportunidad para enriquecerse.&nbsp;</p>


<h2 class="wp-block-heading">En el lejano oeste</h2>


<p class="wp-block-paragraph">De la 
vesania de Hermann Goering se ha escrito mucho. Hombre ambicioso, inteligente y 
salaz, por su corpulencia, manierismo por los uniformes, drogadicción 
documentada, y corrupción –con la que se convirtió por vía de los hechos en el 
mayor coleccionista de arte europeo durante la primera mitad de los años 40–, es 
quizás quien mejor encarna las diversas patologías del régimen. Héroe de la 
Aviación de la I Guerra Mundial, fue el menos ideológico de los líderes del 
nazismo. Era un hombre pragmático, con complejos de grandeza, a la vez que un 
verdugo y un rufián.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Goering 
diseñó para los Bernheimer una propuesta que no podrían rechazar. Bávaro como 
los Bernheimer, conocía bien las riquezas de las que sus proveedores, a punto de 
convertirse en víctimas, podían disponer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El plan 
era este: Goering conseguiría el salvoconducto para los Bernheimer. A cambio, 
estos debían hacer “un favor” para un familiar de Goering.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El padre 
de Goering se había casado dos veces y tenido hijos en cada unión. Erika 
Burchard, la hija de Frieda, una las hermanas por vía paterna del futuro número 
dos del nazismo, contrajo matrimonio en 1921 con Walter Rode, el segundo hijo de 
Heinrich Enrique Rode, Este, a su vez, era la cabeza de Van Dissel, Rode &amp; 
Cía, una de las casas comerciales alemanas que a fines del siglo XIX se habían 
instalado en Maracaibo para exportar desde ese puerto –aprovechando las vías 
fluviales y lacustres de la región del Zulia– la mayor parte de las cosechas de 
café del estado de Táchira venezolano y la provincia colombiana del Norte de 
Santander.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Walter 
Rode había heredado de su padre la hacienda La Granja, de unas 250 hectáreas, 
que aportó en dote al matrimonio con Erika Burchard, la sobrina por sangre 
paterna del Mariscal Goering. Aunque los factores alemanes se dedicaban más al 
comercio que a la producción, La Granja había sido una de las joyas del imperio 
Rode en los Andes venezolanos. La propiedad había nacido tras la crisis del 
precio del café de 1891. Entonces muchos productores, endeudados con los 
alemanes a quienes ya habían pedido préstamos o adquirido bienes, no pudieron 
cumplir con sus compromisos y entregaron en prenda sus 
minifundios.</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img loading="lazy" decoding="async" width="550" height="378" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/18032016-4.jpg" alt="" class="wp-image-50692"/><figcaption>El entonces presidente de México, Lázaro Cárdenas, intervino por los Bernheimer para que quedaran librados de la última redada, que sufrieron los judíos de Alemania antes de "la solución final". Foto: Wikimedia Commons.</figcaption></figure>


<p class="wp-block-paragraph">Con esos 
retazos de parcela, los Rode armaron varias colchas: las haciendas Montebello, 
Altagracia, El Dorado, Costarrica, La Unión y La Granadina, así como la 
legendaria La Granja, todas en los alrededores de Rubio y de San Cristóbal, la 
capital del estado de Táchira. “La Granja y Montebello fueron provistas de 
equipos mecanizados para el procesamiento del café, desde la recepción del fruto 
recién cosechado hasta pulirlo y ensacarlo, como producto de primera”, 
recordaría en 1918 Heinrich Rode al escribir sus memorias en Hamburgo, 
Alemania.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero en 
1938 los años dorados del boom cafetero habían quedado muy lejos. La Granja en 
manos de Walter Rode y Erika Burchard de Rode no era más que un incómodo jarrón 
chino, “una hacienda completamente deteriorada, de la que no sabían cómo 
deshacerse”, la dibujó Konrad Bernheimer en su entrevista con Die 
Zeit.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El tío de 
Buchard, el Mariscal Hermann Goering, hizo entonces de agente de bienes raíces. 
A cambio del salvoconducto que entregaría a los Bernheimer para abandonar 
Alemania, estos debían comprar de manera forzosa La Granja en Venezuela. El 
precio a pagar era de 2,25 millones de marcos, por una ruina cuyo precio en el 
mercado no sobrepasaba los 60.000 marcos. Los Bernheimer no tuvieron otra 
alternativa que aceptar el trato extorsivo, que además les obligaba a renunciar 
a la nacionalidad alemana. (De acuerdo a Edgar Feuchtwanger, el negocio 
contemplaba también que los Bernheimer vendieran a Goering obras de arte “por 
una suma irrisoria”, pero es algo que los documentos consultados no permiten 
confirmar).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Otto, su 
esposa, y sus hijos, marcharon primero a Londres en abril de 1939. Ernst 
Bernheimer, hermano de Otto, migró con su esposa, Bertha, y sus cuatro hijos a 
La Habana, Cuba, donde falleció en 1956.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se les 
congelaron todas las cuentas bancarias en Alemania y solo se les permitió portar 
una suma en efectivode diez marcos por persona. La expedición a Venezuela no 
pudo dejar la capital británica hasta que Goering comprobara que el depósito de 
los millones de marcos pactados en el soborno se completara. Así, en 1940, los 
Bernheimer embarcaron hacia un paraje del que sabían menos que de los exóticos 
lugares de las aventuras de Karl May.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La 
transacción redundó en un negocio pingüe para Goering. Con parte del dinero 
recibido, sus sobrinos Walter Rode y Erika Buchard compraron una propiedad rural 
en Brandeburgo, al noreste de Berlín, a pocos kilómetros de Carinhall, la villa 
rural de Goering, nombrada así por la primera esposa del Mariscal, la sueca 
Carin Hulda, que había fallecido en 1931 por un ataque cardiaco y en cuyo honor 
el jerarca nazi transformó la finca en un mausoleo monumental, que ordenaría 
volar con explosivos en 1945 cuando los rusos se acercaban a 
Berlín.</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img loading="lazy" decoding="async" width="550" height="366" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/18032016-5.jpg" alt="" class="wp-image-50693"/><figcaption>Oriundos de Alemania, la familia Bernheimer se vio forzada a establecerse, durante la Segunda Guerra Mundial, en una casa de los andes venezolanos. Foto: Ewald Scharfenberg</figcaption></figure>


<p class="wp-block-paragraph">Curiosamente, 
Erika y Walter retornaron a Venezuela después de la guerra. Una hermana de Erika 
–por lo tanto, también sobrina de Goering–, Elfriede, también se avecindó en 
Maracaibo y obtuvo junto a su esposo, el húngaro Karl Soulavy, la nacionalidad 
venezolana en 1955. Para entonces, en cualquier caso, la tragedia de los 
Bernheimer, quienes también se habían hecho venezolanos, acababa de dar un nuevo 
giro.</p>


<h2 class="wp-block-heading">Retornos incompletos</h2>


<p class="wp-block-paragraph">Los 
Bernheimer no solo fueron desterrados de Alemania, de Europa, sino del lujo. 
“Cuando llegaron a Venezuela lo único que encontraron fue una casa completamente 
descuidada y vacía”, relató en 1945 Elizabeth Bernheimer, algo que solo podía 
saber de oídas, pues ella permaneció en Alemania como rehén de los nazis para 
asegurar el cumplimiento del trato. Ciudadana danesa, consiguió sobrevivir a la 
guerra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Granja 
resultó poco amable para la familia, que por tres generaciones había olvidado 
cualquier vínculo con la tierra. Nada sabían de la especializada faena del café. 
Llegaban a una atribulada Venezuela, cimbrada por el auge de la industria 
petrolera y en plena transición democrática tutelada por los militares andinos 
que sucedieron a la dictadura de Juan Vicente Gómez. Poco después de llegar, en 
1943, murió Carlota Guttmann de Bernheimer, Lotte, la matrona del 
grupo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Rubio, 
el pueblo más próximo a La Granja, construyeron una casa de una sola planta al 
estilo español pero dotada de un típico comedor alemán, de amplias vitrinas. 
Kurt, el hijo menor de Otto, se casó con una lugareña, Mercedes Uzcátegui y 
parecía más que dispuesto a adaptarse a las condiciones de los bosques nublados 
tropicales. (Hoy La Granja sigue siendo propiedad privada, en manos de otro 
alemán que ha dejado –como todos sus vecinos– de producir café; algunas 
personalidades de Rubio se organizan para tratar de adquirirla y transformarla 
en un museo).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Contra 
viento y marea levantaron el negocio. Cualquier traspiés que enfrentaran tenía 
por fuerza que ser más llevadero que el drama que, mientras tanto, se 
desarrollaba en Europa. Habían escapado al Holocausto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero la 
guerra terminó. Si la capitulación alemana se completó el 8 de mayo de 1945, 
apenas tres meses después, en agosto, Otto Bernheimer, el patriarca, ya estaba 
de vuelta en Múnich. Rubio no era lo suyo, como sí lo era el inmenso patrimonio 
que debía rescatar en Alemania de las devastaciones consecutivas del nazismo y 
la guerra. Baviera había quedado bajo control de las fuerzas militares 
estadounidenses y el patriarca quería volver, tentado a reconstruir el paraíso 
perdido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el 
Archivo Nacional de Washington D.C. reposan cartas, fechadas ya desde 1946, que 
suscriben, a veces al unísono, Otto Bernheimer, su hermano Ernst –desde Cuba– y 
su cuñada, Karoline; en ocasiones, solo Karoline, la esposa de Max Bernheimer, 
hermano de Otto. Era el comienzo de lo que debió ser una tortuosa diligencia 
para rastrear el paradero del patrimonio expoliado y persuadir a las fuerzas de 
ocupación de que se le restituyera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sendos 
oficios de la División de Economía del Gobierno Militar de Baviera, de 1946, 
aparecen previniendo a Karoline Bernheimer de que esa oficina no está autorizada 
a entregarle ningún objeto. Una de las circulares hace referencia a piezas 
depositadas en el monasterio benedictino de Ettal, en los Alpes bávaros, muy 
cerca de la frontera austríaca.</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img loading="lazy" decoding="async" width="550" height="385" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/18032016-6.jpg" alt="" class="wp-image-50694"/><figcaption>Ambicioso y con delirios de grandeza, el Ministro del Interior de Hitler, Hermann Goering, ofreció salvoconductos a los Bernheimer, a cambio de una buena tajada de su fortuna. Foto: Wikimedia Commons.</figcaption></figure>


<p class="wp-block-paragraph">En la 
localización del tesoro disperso, algún papel debe haber jugado Josef Eggers, un 
ex empleado de los Bernheimer. Sin embargo, no queda clara la naturaleza de ese 
rol. En su deposición ante las autoridades norteamericanas, a Elizabeth 
Bernheimer le falta poco para denunciar a Eggers como cómplice de los nazis. 
Cuenta que, esa noche aciaga del 9 de noviembre de 1938, mientras la Gestapo 
allanaba la residencia familiar, Eggers le negó ayuda y la corrió del Palacio 
Bernheimer en la Lenbachplatz muniquesa. “El negocio es más importante que sus 
dueños”, le habría dicho Eggers para justificar su rudeza en esos momentos de 
angustia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tras la 
Kristallnacht de 1938, el negocio de los Bernheimer había quedado arianizado: 
así se llamaba el proceso por el que los bienes judíos eran confiscados y 
reasignados a nuevos administradores alemanes. Aunque Hans Wegner, el jefe de la 
Oficina de Arianización, se puso oficialmente a cargo del nuevo botín, los nazis 
con buen tino comisionaron a Eggers para manejar la operación diaria de la 
firma, que pasó a llamarse Münchener 
Kunsthandelsgesselschaft.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con 
seguridad eso permitió seguirle la pista a los bienes dispersos. De hecho, otro 
documento en Washington incluye una declaración en la que Eggers certifica, en 
1947, que ninguna pieza de la Münchener (antigua L. Bernheimer) ha sido vendida 
al extranjero. Mucho antes, la inteligencia estadounidense había interceptado 
una carta de Eggers para Otto Bernheimer, fechada en Múnich el 29 de mayo de 
1945 –tres semanas después de la rendición de Alemania–. La ficha del 
Departamento de Censura del Ejército, que resume el contenido de la carta –a la 
que no se tuvo acceso para este reportaje–, sugiere que Eggers informa a 
Bernheimer que el patrimonio familiar se encuentra disgregado en diez castillos 
y monasterios, además de 64 almacenes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como 
fuera, las autoridades estadounidenses, acuciadas por los Bernheimer, detectaron 
y entregaron las pertenencias a cuentagotas. Los documentos van dando fe de 
algunas de las restituciones: cuadros de Spitzweg, Wilhelm von Diez (1839-1937, 
pintor alemán) y Charles-Francois Daubigny (1817-88, pintor francés, precursor 
del Impresionismo); una casulla antigua con imagen de Cristo. Todavía en 1950 
–ya fundada la República Federal de Alemania, la Alemania Occidental de Konrad 
Adenauer–, la oficina del Alto Comisionado de Estados Unidos para Alemania 
informa a los Bernheimer desde la ciudad de Wiesbaden que en su almacén central 
yacen algunos de sus objetos, que lista: una pintura de Spitzweg, El picnic; un 
baúl del renacimiento con una fecha, 1558, impresa sobre una esquina; y bordados 
antiguos con hilo de metal y fondo negro, “parcialmente 
dañados”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero la 
misma comunicación advierte a su vez que no han sido encontrados todos los 
bienes relacionados en un reclamo previo de Otto Bernheimer. Con seguridad ese 
reclamo incluía dos obras que ya Elisabeth Bernheimer numeraba en 1946: El 
Filósofo de Carl Spitzweg, y Madonna de Correggio. Según su testimonio, al final 
de la guerra se encontraban en la Vieja Pinacoteca de Múnich (en cuyo inventario 
en línea hoy no aparecen).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para este 
reportaje se intentó hacer contacto con Konrad O. Bernheimer –la “O” es de Otto, 
su abuelo– para entrevistarlo. La gestión resultó infructuosa. Pero a través de 
su asistente en Múnich, Eva Bitzinger, aseguró por correo electrónico que no 
sabe nada de esas obras (En inglés en el original: “He has never heard of this 
paintings”, escribió el 3 de diciembre de 2015; “He was too young when all this 
happened he has never heard about these claims” [sic], reiteró al día 
siguiente).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Konrad 
nació, como se ha dicho, en 1950. A los cuatro años se mudó a Baviera. Pero no 
con toda su familia: poco antes del retorno, el 24 de julio de 1954 –una fecha 
patria en Venezuela, pues corresponde al natalicio del Libertador Simón Bolívar– 
su padre, Kurt, hijo del patriarca Otto, se quitó la vida. Desde Múnich Otto, ya 
octogenario, había edulcorado la perspectiva de un regreso triunfal a los 
negocios familiares sin reparar en que quizás Alemania representaba para Kurt el 
lugar de su suplicio en el campo de concentración (Luego de una larga estadía en 
Múnich, algunos de los Bernheimer regresarían a Venezuela; Mercedes Uzcátegui, 
la madre de Konrad y viuda de Kurt, falleció en Rubio en fecha tan reciente como 
noviembre de 2015).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Konrad 
Bernheimer, cuyo idioma nativo era el castellano, hizo una carrera rutilante en 
el negocio del arte una vez llegó a Alemania. Su abuelo, Otto, lo destinó para 
ello. Compró al resto de sus familiares sus porciones del negocio, para lo que 
hizo vender el Palacio Bernheimer. En 2002 adquirió la galería Colnaghi en 
Londres, la galería comercial más antigua del mundo, para hacer sinergias con su 
Galería Bernheimer de Múnich.</p>


<figure class="wp-block-image size-medium"><img loading="lazy" decoding="async" width="550" height="376" src="https://armando.info/wp-content/uploads/2020/12/18032016-7.jpg" alt="" class="wp-image-50695"/><figcaption>Antes de que regresaran a Alemania, Kurt Bernheimer, el padre del actual heredero de la familia, se quitó la vida en 1954 en Venezuela. Foto: Omar Ocariz.</figcaption></figure>


<p class="wp-block-paragraph">No se 
puede decir que Konrad O. Bernheimer sea indiferente a la historia familiar. Por 
el contrario. En 2013 publicó El colmillo del Narval y los Viejos Maestros 
(Narwalzahn und Alte Meister; en 2015 salió una edición en inglés bajo el título 
de Great Masters and Unicorns), un libro donde reconstruye la saga de la 
dinastía tras cuatro generaciones. Para la ocasión concedió numerosas 
entrevistas a medios, como parte de la campaña de promoción. En ellas admite 
que, hasta que hizo la investigación, creía que su padre había muerto en un 
accidente de automóvil; la verdad solo la conoció tras revisar la 
correspondencia de sus padres que guardaba su hermana mayor, María Sol, 
fallecida en 2010 de un cáncer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así que 
El Filósofo de Spitzweg y la Madonna de Correggio siguen siendo una incógnita 
familiar, una pieza más de ese Museo desaparecido del que el periodista Héctor 
Feliciano habla en un celebrado libro de 2004 sobre el expolio nazi del arte de 
propiedad judía en Europa (en su caso, principalmente, en Francia). Tal vez 
hayan servido para saldar subrepticiamente alguna cuenta pendiente de larga data 
entre parientes, tal vez sean ceniza, o tal vez sirvan hoy para su contemplación 
por parte de unos tenedores desconocidos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a title="Opens external link in new window" href="http://connectas.org/arte-robado-por-los-nazis/index.html" target="_blank" rel="noopener"><I>(*) Este reportaje 
forma parte del especial “Las últimas prisioneras de los nazis en América 
Latina”, sobre el arte expoliado durante la II Guerra Mundial cuyas pistas 
todavía conducen a este hemisferio (coordinado por el diario AM de León, México, 
y el portal Connectas, en el especial participaron Armando.info, Estadao de 
Brasil y El Mercurio de Chile).</I></A></p>

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