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Óscar Arnulfo Romero prêt-à-porter

Después de 35 años de su asesinato mientras daba misa, el sacerdote salvadoreño fue proclamado beato por el Vaticano. El gesto, sin embargo, no sana las heridas de 12 años de guerra civil en ese país ni es el final de un proceso de reconciliación.

5/30/2015 10:36:25 PM

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San Salvador.- “Es primera vez que vengo a su casa, no la conocía”. Malibú Martínez es de San Salvador y mira curiosa cada espacio que habitó monseñor Oscar Arnulfo Romero en el Hospital Divina Providencia. Allí está la capilla donde dio su última misa. Donde el Cristo de palo pegado en la pared, como dice el verso de la inmemorial canción de Rubén Blades, fue testigo del tiro que le quebró el pecho a los 62 años. También están las dependencias donde hacía vida y donde aún se conservan intactas sus cosas: libros, jabones, hojillas de afeitar, sotanas.

Y la ropa impregnada de sangre por el disparo ejecutado por el suboficial Marino Samayor Acosta siguiendo órdenes del mayor Roberto D’Aubuisson, según las investigaciones de la Comisión de la Verdad para El Salvador de las Naciones Unidas. “Nunca había pensado en venir, pero con esto de la beatificación me animé”. Sus ojos pasean por cada esquina de la habitación de Romero, se lleva la mano al pecho cuando ve su ropa y la cama, pequeña, donde dormía. “Qué hombre más humilde. Apenas tenía nada”. En 1980 sus tías fueron al entierro del religioso. “Casi no lo cuentan. Allí también empezaron a matar gente”.