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Un matadero a cielo abierto y del tamaño de un país

Ni las reses se salvan de la violencia en la Venezuela bolivariana. Si solían contar con el beneficio del sacrificio industrial para servir al mercado de la carne, desde hace cuatro años están a merced de bandas de maleantes que, armados con cuchillos y machetes, se meten a las fincas y a veces en el mismo sitio les dan muerte para llevarse sus mejores partes. El abigeato se vuelve un descuartizamiento primitivo. Además, el cuatrero tradicional comparte ahora el campo con indígenas, miembros del crimen organizado y funcionarios corruptos que han llevado el fenómeno más allá de la frontera. 

08/12/2019 1:00:00

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Cuando hay luna llena, los ganaderos y productores de Jají desconfían. En las madrugadas, los cuatreros se meten a sus fincas y les hacen algo a las vacas para evitar que se escuche su lamento cuando las secuestran y las obligan a marchar los cinco kilómetros hasta la carretera principal donde las carnean, aún vivas. Ni mugen.

“No solo se llevan la mejor carne de la res, sino que hasta les sacan los ojos para venderlos en los mercados municipales para hacer bebidas que aumentan la virilidad de los hombres”, cuenta el ganadero y profesor universitario jubilado, Ciro Dávila Calderón, con un tono resignado y alzando los hombros.  

Dávila, de tez trigueña y abundantes canas, es lo que llaman un “caballero del campo”. Se le nota la educación, aunque vista de camisa y bluejean y lleve las botas con salpicaduras de barro y bosta. Le gusta estar todo el día en su finca, La Moncloa, que cuenta con muy buenas instalaciones. Su atención se divide entre las reses y los niños descalzos de los trabajadores, que juegan a su alrededor. Sus propios hijos, ya adultos, viven fuera del país y se comunica con ellos a través de un iPad, donde también guarda las fotos de sus vacas muertas.