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A los indígenas venezolanos el sarampión los mata dos veces

La epidemia de sarampión instalada en Venezuela desde julio de 2017 ha causado la muerte de 81 personas según los registros del gobierno venezolano aportados a la Organización Panamericana de la Salud; los reportes no oficiales advierten que son 139. Ocho de cada diez víctimas de la enfermedad corresponde a población indígena; nueve de diez si se toma el registro extraoficial. Además de morir por una enfermedad que estaba controlada, las víctimas quedan en el limbo oficial pues el Estado venezolano niega la existencia del brote, oculta los datos al respecto y reacciona con jornadas de vacunación tardías y escasos controles sanitarios. Los warao y yanomami venezolanos, por su ubicación geográfica, la vulnerabilidad del sistema de salud y su pobreza, saben que cuando el virus llega a sus comunidades es letal.

19/09/2019 20:00:00

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Cuando un integrante de la etnia yanomami muere, no queda nada. De esa persona no se habla, su nombre no se menciona, no quedan recuerdos físicos, objetos, vestimentas, utensilios. No hay restos. Se borran los recuerdos.

Cuando un integrante de la etnia yanomami muere, comienzan los preparativos para su incineración. La familia lo llora, mucho, pero el ritual funerario debe iniciar pronto, a más tardar al día siguiente. Se prepara una suerte de fogata en el centro del shabono con un lecho donde reposará el cuerpo. Le prenden fuego, y junto con el cuerpo queman todas las pertenencias que haya tenido en vida: si era un hombre se queman junto a él su arco y flecha, así como todo lo que usaba; si era mujer, sus enseres, algún tipo de vestimenta si usaba, el chinchorro o hamaca donde dormía. Igual si es un niño. Si tenía plantas en el conuco se arrancan y queman también. Todo lo que recuerde a esa persona es eliminado porque debe ser honrada.

“Ellos con la muerte son particularmente cuidadosos, esa persona no se puede volver a nombrar, como a ningún muerto, y menos frente a la familia. Y su nombre no se vuelve a usar hasta que la persona haya sido olvidada”, explica Aimé Tillett, especialista en antropología y salud indígena.

Una vez que el cuerpo es consumido por las llamas, el ritual continúa con la compilación de todos sus huesos. Fabrican un mortero con el tronco de un árbol y allí van triturando los huesos hasta pulverizarlos. Esas cenizas son vaciadas en varias “totumas” o “taparas”, una especie de envase construido con el futo del árbol de totumo o taparo, y repartidas entre la familia, quienes guardan esas cenizas durante varios meses o un año, hasta que organizan un segundo ritual también cargado de simbolismo.

La familia cosecha plátano (banano) y preparan una sopa espesa con este fruto maduro, echan las cenizas que tenían guardadas durante meses en una olla y mezclan todo, para comerse las cenizas con esa sopa de plátano. “Antropofagia ritual” es el nombre que le dan los antropólogos, precisa Tillett. Este ritual es exclusivo de familiares y personas muy allegadas al fallecido.  

Por eso, cuando un yanomami muere no queda nada. No hay manera de contabilizar a posteriori los fallecidos ni posibilidad de hacer alguna investigación científica. Solo las propias familias y comunidades llegan a saberlo junto a los pocos médicos y enfermeros que quedan cerca de estos asentamientos y son ellos quienes pueden alertar sobre las muertes causadas por eventuales epidemias.

Desde que el sarampión comenzó a circular de nuevo en Venezuela en junio de 2017, hasta agosto de este año, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) lleva el registro de 81 defunciones causadas por el virus. De esa cantidad, 64 corresponden a población indígena: 37 waraos y 27 yanomami. Ocho de cada diez muertes son de indígenas.

Aunque el ente panamericano mantiene contradicciones entre la identificación de estos últimos 27 fallecidos como integrantes de la etnia yanomami o de la etnia sanema, la verdad es que no son las mismas. Los yanomami y los sanema están muy emparentados, sí, porque son parte de la misma familia lingüística (los idiomas son similares), ocupan territorios contiguos en el estado Amazonas y conviven en ciertas zonas del Alto Orinoco.

* Este reportaje forma parte del especial Venezuela: un país en busca de alivio, de
S
alud con lupa con apoyo del Centro Internacional para Periodistas (ICFJ).