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Carpas (y esperanzas) en el desierto de Maicao

La canícula, la polvareda y la sed de Maicao son poca cosa para las calamidades que los inmigrantes venezolanos dejan atrás, a escasos kilómetros, al pasar la frontera entre el estado Zulia y La Guajira colombiana. De hecho, sobre la propia raya fronteriza pueden encontrar consuelo y paliativos materiales para sus penurias en el campamento de desplazados que Acnur, agencia de Naciones Unidas, mantiene allí. Pero el albergue cuenta 350 cupos para 53.000 candidatos, y las reglas son estrictas: solo se puede permanecer un mes con la excepción de casos especiales. Luego viene el regreso a la precariedad. Muchos optan por volverse invasores y toman parcelas a la fuerza, donde reproducen las condiciones de pobreza que les asediaban desde donde vienen, esperando “a que pase algo” para regresar a Venezuela.

21/07/2019 0:00:00

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Maicao dejó de ser la vitrina comercial y del contrabando en Colombia, para convertirse en el espejo de la miseria venezolana.  En medio de la arena, la sequía y la pobreza que caracterizan a este departamento de La Guajira en Colombia, se levantaron carpas similares a las usadas en campos de refugiados que huyen de conflictos armados. Esta vez la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) no aborda un tema de violencia nada más, sino una oleada de personas que ya no tienen más que perder y que decidieron vivir un día a la vez.

Los migrantes venezolanos han ido cambiando sus ambiciones en el tiempo. Desde 2014 salían en aviones a Norteamérica y Europa, títulos en mano, con la expectativa de ser competitivos en el campo laboral. Luego el éxodo se hizo más lento, en autobuses, para quienes la crisis ya empezaba a descapitalizar y optaron por  empezar una ruta al sur del continente. Después, los migrantes solo caminaban atravesando fronteras sin rumbo específico. Hoy Colombia está absorbiendo la crisis venezolana luego de que los gobiernos de Perú y Chile implementaran nuevas exigencias legales para contener el éxodo. Ahora los venezolanos solo aguardan en las fronteras esperando que los ayuden, que haya un cambio de gobierno, que algo pase.

El 28 de mayo de este año Jonathan Sánchez, de 29 años de edad, y su esposa Margelys Delgado, de 26, decidieron irse de Venezuela. Ya no podían ni comer una vez al día. Apenas unos días antes vendieron tres bombonas de gas, sus únicas pertenencias de valor. Con 200.000 bolívares en el bolsillo, una hija de siete años y un bebé de siete meses, comenzaron a tomar buses para llegar a Colombia.