Envíanos
un dato

El enigma de la fábrica rusa que estuvo allí

El destino de un portento industrial prácticamente listo para operar fue el olvido. La empresa mixta Ruscaolín lo tuvo todo para convertirse en un oasis de desarrollo en el sur de Venezuela, junto a la majestuosa Gran Sabana. A diferencia de otras iniciativas faraónicas de Hugo Chávez, esta pasó del proyecto a la realidad. Pero de pronto la fábrica, sin haber arrancado, fue desmantelada, el sitio abandonado, y los socios rusos se marcharon con su estela de sociedades opacas. Luego quedó a cargo de una empresa venezolana cuyo rastro es difícil de seguir.

16/12/2018 1:00:00

Comparte en las redes

Al menos 40 millones de dólares se evaporaron casi sin dejar rastros en el kilómetro 88 del estado de Bolívar, en la Guayana venezolana. Allí –a la vera de la carretera que conduce al sur del país hasta la frontera con Brasil– se encuentran los vestigios de una planta de caolín que prometía un complejo cerámico enclavado a las puertas de la Gran Sabana, uno de los paisajes más espectaculares del mundo, protegido en parte por un Parque Nacional.

El caolín es la roca arcillosa de la que se obtiene la materia prima para fabricar porcelana. El nuevo desarrollo industrial prometía capacidades para fabricar anualmente casi diez millones de metros cuadrados de baldosas, quince millones de piezas de vajillas y otras 750.000 para sanitarios. Un monstruo que empresarios rusos levantaron al pie de la selva venezolana, con la perspectiva de generar más de 240 empleos vitales para la maraña de caseríos cercanos donde solo prosperan la minería del oro y los cazadores de fortunas.

Desde luego, esta última referencia no sale a relucir en su website. Son los datos del Registro Nacional de Contratistas (RNC) los que advierten que Dell’Acqua sólo alcanzó a completar 29% de su tarea en la obra.

La ficha de la empresa añade que en los últimos años ha trabajado para instituciones del Estado como Petróleos de Venezuela, el Instituto Ferroviario, el Ministerio del Ambiente, la Siderúrgica del Orinoco y la Gobernación de Monagas, principalmente en obras de construcción.

Pero el 8 de septiembre de 2016 su objeto social fue modificado en el Registro Mercantil Primero de la Circunscripción Judicial del Estado Bolívar con sede en Puerto Ordaz. Su cometido se amplió para incluir el “desarrollo y explotación de proyectos mineros en pequeña y gran escala de toda clase de minerales incluyendo las actividades de exploración, explotación, procesamiento, transformación, refinación, comercialización, distribución, importación y exportación de todo tipo de materiales producto del aprovechamiento de minas y yacimientos”.

Entre tantos cambios, ese mismo año abrieron dos nuevas sucursales en Perú y Colombia. A contracorriente de la economía local y según se han esforzado en dejar constancia en los registros públicos, esta es una de las pocas empresas que, en tiempos de recesión, ha crecido dentro y fuera de Venezuela. En cuestión de cinco años abrieron oficinas en otros seis países. Pero tal como en la planta de caolín, en la mayoría de esos domicilios hay más dudas que certezas.

Este reciente lunes 10 de diciembre, por ejemplo, no había nadie en horario de oficina en la casa número 4 del sector Los Robles que apuntaron como sucursal en Managua, capital de Nicaragua; tampoco había letrero que los identificara. Es el mismo caso de la sede de Ciudad de Panamá, cuya reja no dejaba dudas de que permanecía cerrada. El apartamento está vacío desde hace meses, quizá desde hace años, según los vigilantes del edificio Galerías Balboa que se encuentra en la avenida del mismo nombre.

En la oficina de Bogotá, Colombia, quienes atienden no entienden, sin embargo, cuando se les menciona Dell’Acqua. Asienten con la cabeza, en cambio, cuando se les pregunta por su representante en Colombia, Camilo de Bedout Herrera, que hace más de 10 años se desempeñó como cónsul de su país en la ciudad de Atlanta, Georgia (Estados Unidos). “Él viene a veces pero no es su oficina”, explican. “¿Quiere dejarle un mensaje?”.

“Constituimos la empresa pero no hemos empezado a trabajar en Colombia”, explicó más tarde el propio Bedout por vía telefónica. “Es que no hemos conseguido contratos”, añadió. En la dirección de Miami, Florida (Estados Unidos), entretanto, se alteraron con la misma pregunta. “¿Quién eres tú?”, saltó una mujer cuando apenas escuchó la mención del nombre de Dell’Acqua por el intercomunicador. “Ellos son mis clientes. No puedo dar información de mis clientes. No puedes decir mi nombre”.

Solo en las oficinas de Lima, en la capital peruana, se pudo constatar que la empresa está operativa, pero como en las sedes de Caracas y Puerto Ordaz, se negaron a dar detalles de sus operaciones.

Su representante en Venezuela, Ernesto Volpatti, primero solicitó precisar el tema por el que se les contactaba, luego se excusó cuando se le pidieron luces sobre el destino de la planta de caolín que heredaron en Guayana del grupo Agapov.

(*) Este reportaje fue investigado y publicado en simultáneo por Armando.info en alianza con Macroscope, y contó con la reportería de María de los Ángeles Ramírez en Puerto Ordaz, Isayén Herrera en Caracas, Natasha Sánchez en Maturín, Valentina Lares en Miami, Rolando Rodríguez en Ciudad de Panamá, Octavio Enríquez en Managua, Alonso Balbuena en Lima, Nelfi Fernández en Santa Cruz, Jeff Stein en San Francisco y Germán Dam y Joseph Poliszuk en el Kilómetro 88.