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Trinidad: La emboscada contra el ‘spanish’

Sin oficiales de derechos humanos en los puertos de entrada ni sistema jurídico que ampare el refugio, los venezolanos que migran a la isla caribeña encuentran alivio al hambre y la escasez. A cambio, se exponen a la explotación laboral y la constante persecución de autoridades corruptas. No en pocas ocasiones terminan en centros de detención con condiciones infrahumanas, de las que solo se salvan quienes pagan gruesas sumas de dinero en multas. La petición de asilo es un débil escudo que apenas ayuda en caso de arresto. Todavía así, crece el número de quienes se juegan su suerte para ganar unos cuantos dólares.

Trinidad: La emboscada contra el ‘spanish’

Sin oficiales de derechos humanos en los puertos de entrada ni sistema jurídico que ampare el refugio, los venezolanos que migran a la isla caribeña encuentran alivio al hambre y la escasez. A cambio, se exponen a la explotación laboral y la constante persecución de autoridades corruptas. No en pocas ocasiones terminan en centros de detención con condiciones infrahumanas, de las que solo se salvan quienes pagan gruesas sumas de dinero en multas. La petición de asilo es un débil escudo que apenas ayuda en caso de arresto. Todavía así, crece el número de quienes se juegan su suerte para ganar unos cuantos dólares.

26/08/2018 0:00:00

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Andrea cuenta los días para volver; ya falta poco. En Tucupita, la capital del estado venezolano de Delta Amacuro, la esperan sus dos hijos y ella llegará, o así lo espera, con 700 dólares americanos que ahorró trabajando dos meses y medio en Cedros, un pueblo costero sobre el extremo suroeste de la isla de Trinidad.

Ayudó en una empresa de encomiendas y limpió casas. Atrás dejó la escuela donde daba clases en Venezuela y desplegaba sus conocimientos como licenciada en Educación y master en Psicopedagogía. Pero es que ya el sueldo no le alcanzaba. Al volver a tierra firme espera vivir de lo que compre con la venta de los dólares, poco a poco, por lo menos durante seis meses, para regresar a Trinidad y repetir la operación. Sobre esa arquitectura de viajes por temporadas espera sostener a su familia en la Venezuela hiperinflacionaria.

A primera vista Cedros, en la costa trinitaria, es como cualquier playa venezolana: Higuerote, Cuyagua o Punta Arenas. Solo que sin reguetón de fondo, sin empanadas. La arena es fina y morena, el agua es cálida.

Sí, el paisaje recuerda a Venezuela pero todo cambia de pronto: un funcionario trinitario grita los nombres de los recién llegados con un fuerte acento inglés; si al llamado no responde nadie que diga esperarlos, los venezolanos son devueltos.

Una vez puestos los pies en Trinidad, comienza la verdadera odisea. Los venezolanos que llegan suelen tomar una de estas dos decisiones: la que tomó Andrea, entrar legalmente, quedarse un tiempo y volver; o quedarse indefinidamente solicitando protección internacional como refugiado.

Quienes no tienen pasaporte desembarcan en las playas de Icacos -aún más al oeste que Cedros- o Erin -más al sur-, donde no hay puestos oficiales de entrada y la bienvenida la ofrecen la playa mansa, la noche y el silencio. Los pescadores de la zona reconocen que entran muchos venezolanos “pero cada vez menos por aquí”, según Selwyn Joseph, que vive en Icacos, “últimamente hay más patrullas de vigilancia”. Sin importar la estrategia, la mayoría llega a Trinidad con un objetivo único: trabajar y ganar en dólares para ayudar a quienes se quedan en casa.