Envíanos
un dato

El norte es una quimera para los que se quedan a esperar a familiares y remesas

Los mayas, que en la era clásica de su civilización despoblaron misteriosamente grandes ciudades de piedra en Mesoamérica, ahora, un milenio más tarde, abandonan sus pueblos de bahareque y techos de paja en la península de Yucatán a un ritmo quizás comparable: cada año, más de mil cruzan la frontera hacia Estados Unidos. Esta vez sus motivos no son un misterio: la pobreza local y la promesa de una mejor vida, sobre todo en California, los empujan al éxodo. El tránsito es bidireccional, en todo caso. Mientras al norte marcha la gente, de vuelta al sur llegan remesas de dinero, esperanzas y nuevos patrones culturales. Sin embargo, la vida para quienes se quedan en casa no se hace fácil, sobre todo para las mujeres desposadas, que se someten no solo a una espera sin fin, sino además a unas normas sociales asfixiantes.

12/12/2017 11:00:00

Comparte en las redes

Disponible también en:

Este reportaje se encuentra disponible también en:

La intuición de madre se lo había advertido. María del Socorro May insistió muchas veces a Saúl Naal, su hijo inmigrante en la ciudad de San Rafael, al norte de California, que regresara a su casa en Peto lo más pronto posible. Desde que se fue, tenía seis años sin verlo.

Peto, un municipio de aproximadamente 25.000 habitantes ubicado justo en el cono sur del estado de Yucatán, en México –que ocupa la parte septentrional de la península homónima que se proyecta hacia el Caribe, donde una tercera parte de la población es de origen maya– es conocido por ser una de las localidades de la que más trabajadores emigran a los Estados Unidos. Ya en 2009, la Encuesta de Migración con Perspectiva de Género, el más reciente esfuerzo gubernamental por ubicar a los migrantes de la entidad, reveló que 5.200 personas, una quinta parte de la población del municipio, había migrado a la Unión Americana.