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Un pozo séptico gigante se traga a Maracay y Valencia

Con la cantidad invertida en 13 años en el Lago de Valencia, en el centro norte de Venezuela, el régimen chavista pudo haber construido 18 hospitales nuevos como el Cardiológico Infantil Latinoamericano de Caracas, o una vía de navegación como el canal de Panamá. Pero a contracorriente de los 385 millones de dólares echados al agua, la cuenca se ha convertido en el pozo séptico más grande de América Latina. Se trata de uno de los problemas ambientales más graves de la región, no solo por la contaminación sino por el costo social de 8.000 familias que están en riesgo de perder su casa y hasta de morir ahogados en aguas negras. Antes que atender esta situación, el régimen de Nicolás Maduro prefiere auxiliar a los damnificados de los huracanes Harvey e Irma, y dejar abandonados a los vecinos a la eterna improvisación venezolana.

17/09/2017 10:40:17

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Las líneas iniciales del poema de Guillermo Saavedra son el leit motiv de esta historia: “Quieta es el agua de la desgracia”. Quieta lucía el agua estancada del Lago de Valencia y la desgracia se ha abatido con una certeza definitiva sobre las familias que en mala hora decidieron comprar viviendas en las vecindades de sus cuencas. Lo saben en La Punta y Mata Redonda, sectores que en la década de 1980 presumían de ser urbanizaciones de clase media y hoy son dos grandes cloacas a cielo abierto. Quintas espaciosas rodeadas de agua estancada, unas abandonadas y otras invadidas. En La Punta, la zona más cercana al lago, solo quedan 12 viviendas de las 500 que eran. Las demás fueron indemnizadas y demolidas.

Antes de llegar ahí hay que estar atento a los detalles que anuncian que, en unos años, La Punta y Mata Redonda y otras diez urbanizaciones y barrios, serán la versión venezolana de La Atlántida, el continente sumergido. Una hilera de postes se pierde en la distancia. Disminuyen de tamaño, se hunden mientras se alejan. Miden 10 metros de alto, pero, sumergidos en el agua, parecen mucho más pequeños. No hay calle inclinada ni llanura amplia que explique aquello. El Lago de Valencia, además de avenidas, hectáreas de fincas y comunidades enteras, también se ha tragado el alumbrado.

“Cuando llueve no puedo bajar el agua de la poceta porque se me devuelve”, relata Betty Carrero, quien vive en el sector La Esmeralda. Lo mismo relata Merly García desde Aguacatal 2. “Todo esto es pura agua servida, pura mierda”, precisa Judit Bandes en Paraparal, una de las zonas más afectadas este año por las lluvias, el desborde de las cloacas y aumento del lago.

El sector lleva casi dos meses inundado. El 5 de septiembre falleció un vecino, un joven de 36 años que ayudaba a sacar enseres de una casa, montado en su caballo. El animal pisó un cable con electricidad que estaba bajo el agua y ambos murieron electrocutados. “Esto es agua de cloacas acompañadas con un poquito de agua de laguna”, volvió a explicar la señora Bandes.

Tal ha sido el efecto del lago de Valencia en Paraparal que en 2013 se construyó un muro para evitar que el lago volviera a afectarlos, pues en 2012 vivieron un momento crítico. “Ese año nos dijeron ‘Paraparal sale completo’ porque ya se habían mezclado las aguas servidas con las limpias en las tuberías. Mira donde estamos”, dice Belén Arcano. El muro, construido por la estatal petrolera Pdvsa, no se completó.