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La Tierra del Perro

Estos confines de glaciares y fiordos, que hechizaron a Darwin y a Chatwin, a Hudson y a Theroux, han dado paso a escenas postapocalípticas en las que manadas de perros asilvestrados ya no solo cobran presas entre el ganado y la fauna local, sino que también atacan a las personas. Los colmillos de los canes han hecho tanto o más que la crisis para diezmar la tradicional industria del ovino a ambos lados de la frontera internacional que cruza Tierra del Fuego, el territorio más austral colonizado por el hombre.

7/20/2017 10:13:08 AM

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Primera entrega | El entorno de la estancia “Rolito” es de tanta belleza que resulta difícil pensar que la muerte ande rondando por el lugar. Annie Luna, nieta de quien fundó este establecimiento rural en 1927, tiene ya 70 años, la cabellera blanca y una mirada tan suave que sosiega. Pero cuando ingresa a la cocina de la estancia, adornada con flores de colores e impregnada del dulce aroma de los sconnes recién horneados, lanza al aire una frase que nos despabila: “El sonido de las tripas saliendo de un guanaco es espantoso”. La magia se desangra.

Sobre un cuatriciclo destartalado de tanto uso, Annie acaba de regresar de su visita semanal al puesto más lejano de la estancia, ubicado a unos 20 kilómetros del casco donde estamos. “Con el puestero recorríamos un potrero grande y lindo y había muchos chulengos [las crías del guanaco] muertos. Después los vimos: había como ocho perros. Un Husky blanco, dos del color de los manto negro, otro negro pelado con la cola cortita dos moros; era una mezcla”, enumera.

La comparsa podría parecer simpática; finalmente solo se trataba de un grupo de perros en medio del campo. Pero Annie cuenta que junto a su empleado se echaron de inmediato cuerpo a tierra y reptaron hacia ellos fusil en mano. El estampido nunca llegó porque la jauría debe haberlos olido y escapó rápido. “Nunca los tuvimos a distancia de tiro”, admite la anciana con visible decepción. No la alegraba haber podido salvar de la muerte segura a un ternero que los perros ya habían separado de su madre. La mortificaba no haber podido matar a ninguno de los atacantes.