Envíanos
un dato

De colegas de ciencia a camaradas de la SS (III)

Última entrega  Tres exoficiales de la SS, la organización ideológico-militar del régimen nazi, científicos que estuvieron a cargo de un proyecto secreto para crear las superespecies de cultivos que debían mantener a los colonos alemanes una vez conquistado el este de Europa, se reagruparon tras la II Guerra Mundial en Venezuela. Vareschi, Schäfer y Brücher, ¿el bueno, el astuto, y el desgraciado? Tres personajes muy diferentes, cuyas travesías se cruzaron más de una vez, pero tuvieron destinos opuestos.

09/09/2012

Español
timer

El martes 17 de diciembre de 1935, día en que se conmemoraba el 105to aniversario de la muerte del Libertador Simón Bolívar, el pueblo de Venezuela supo del deceso de Juan Vicente Gómez, El Benemérito, hombre fuerte del país desde 1908. La noticia de la muerte del presidente ascendió desde Maracay –la ciudad que, durante su mandato, Gómez había hecho terruño de adopción, capital oficial del estado Aragua, capital de facto de Venezuela y, al final, lugar de defunción- por la carretera que todavía hoy la conecta con el puerto de Ocumare de La Costa y que el dictador ordenó construir en 1910 con mano de obra esclava de prisioneros políticos y comunes. Rauda alcanzó el punto más alto de la carretera, a 1.200 metros sobre el nivel del mar, en el sitio de la antigua Hacienda Rancho Grande, y cuando llegó a oídos de los 196 obreros que trabajaban en la construcción de un hotel de lujo allí, la noticia les hizo abandonar sus labores y herramientas. Decidieron caminar a Maracay en procesión, para nunca más regresar a la obra.

Así quedó inconcluso, hasta el día de hoy, el Gran Hotel Rancho Grande. A 77 años de su abandono, todavía se puede apreciar la imponente estructura, desde un plano superior, como un signo de interrogación de dimensiones colosales, un castillo o búnker de cemento que luce desguarnecido, a pesar de su mole, ante la gula paciente de la selva que lo rodea. Lianas y helechos se le incrustan por todas partes y, aunque un solitario guardaparques andino – en realidad, de Biscucuy, Portuguesa- se afana por hacerlo parecer un sitio residencial con su modesto mobiliario, los cristales rotos de la mayoría de las ventanas le dan aspecto de lugar de paso o, incluso, de asiento, para comunidades de aves y murciélagos. Pero en 1935 la idea era que se convirtiera en un hotel de alto estándar, que aprovechara el delicioso clima templado de la selva de neblina como principal reclamo turístico. Como hacían los funcionarios de las administraciones coloniales en el trópico, se suponía que los cortesanos de Gómez subirían desde Maracay durante los meses cálidos de julio a septiembre para atemperarse en las instalaciones de montaña. Como la comitiva era amplia y las labores de gobierno no podían interrumpirse en esa temporada estival, se pensó en grande: 80 habitaciones tendría el hotel.  

La estampida obrera de diciembre de 1935 devolvió ese sitio de la Cordillera de la Costa a la desolación que le era natural. Aunque no por mucho tiempo. Un axioma en Venezuela establece que a la escasa propensión nativa para continuar o completar empresas de largo aliento, le corresponden unas ganas permanentes por renombrar, refundar o reciclar los cimientos de lo poco que se ha hecho.  Así que no tardaron mucho en surgir las primeras propuestas para darle un nuevo uso a la estructura, sobre todo, desde que en 1937 todos sus alrededores fueron declarados Parque Nacional. Desde entonces, Henri Pittier (1857-1950) –naturalista suizo-estadounidense, de quien en 1953 el Parque Rancho Grande recibiría el nombre- aupaba para el edificio un destino como estación científica. En los hechos, la estructura sirvió de base de operaciones para la expedición de un año de duración que, en 1945, William Beebe y Joselyn Crane, del Departamento de Investigaciones Tropicales de la Sociedad Zoológica de Nueva York, realizaron por el bosque circundante, bajo los auspicios de la Creole Petroleum Corporation, que fondeó las refacciones y equipamiento del lugar. Ese mismo año, la III Conferencia Interamericana de Agricultura, reunida en Caracas, aceptó con beneplácito la propuesta de hacer de Rancho Grande una Estación Biológica internacional.

Lo turístico del lugar –el clima fresco, la paz, la frondosidad vegetal, la vida en plena diversidad- se debe a lo ecológico del lugar. Su proximidad por dos caras con el mar y la planicie tórrida ya define una particularidad. El ascenso por la carretera gomecista, desde El Limón a Rancho Grande, se convierte en una sucesión de microclimas y hábitats que parecen variar por cada 100 metros de altura. En el propio sitio de Rancho Grande, quien conduzca por la cinta ondulante de asfalto, justo antes de una curva en “U” que da inicio al descenso hacia la costa aragüeña, presenciará un espectáculo majestuoso y casi ininterrumpido: el trasvase de un caudal de neblina desde la vertiente caribeña del cerro al valle por el paso Portachuelo, un pórtico natural entre los picos Periquito y Guacamayo, a 200 metros del hotel-estación. La riqueza biológica del Parque lo convierte en un indiscutible atractivo para la investigación. Como aloja más de 500 especies de aves, en la actualidad sigue siendo un destino importante para observadores de aves de todo el mundo. Y por eso mismo es hoy, como en 1949, un verdadero paraíso para ornitólogos, como lo era William Phelps –quien, según la carta de Von Steinberg desde Boconó, buscaba junto a Lasser en esa fecha un naturalista para encargarse de una tarea en Venezuela- y como Ernst Schäfer –quien, al recibir la carta de Von Steinberg, seguía desempleado y no tenía cómo asegurar el sustento para sí y los suyos del día siguiente- Von Steinberg informó del currículo y la disposición de Schäfer a Phelps y a Tobías  Lasser. Este último, científico falconiano de ascendencia libanesa, escritor y médico cirujano, formado como botánico en la Universidad de Michigan, Estados Unidos, en 1949 era director del reciente Instituto Botánico del Ministerio de Agricultura y Cría. En calidad de tal tenía la potestad y, aún más, la urgencia de encontrar a un responsable de la nueva Estación Biológica Rancho Grande, a la que por fin el gobierno venezolano había decidido abrir. No podía ser cualquiera, sino alguien cuyo perfil científico asegurara a la estación un manejo con estándares y proyección internacionales.

De suerte tal que Lasser terminó por contratar a Ernst Schäfer. El zoólogo alemán, líder de la expedición al Himalaya de 1938-39, jefe del Instituto Sven Hedin y potencial investigador de los judíos del Cáucaso, desembarcó en Venezuela en diciembre de 1949. En enero de 1950 ya estaba instalado, a tiempo para su inauguración, como residente en la “Estación Biológica y Museo de Flora y Fauna Henri Pittier”; pomposo nombre que el ministro de Agricultura y Cría de entonces, Amenodoro Rangel Lamus, le asignó pero que luego el sentido común acortó por “Estación Biológica Rancho Grande”. A nombre del gobierno de la Junta Militar que ocupaba por esos días el Palacio de Miraflores, el ministerio aprobó para la estación el triple propósito de servir de centro educativo para el público, centro de investigaciones científicas, y baluarte para la protección del entorno contra incendios, cazadores furtivos o avances agrícolas.

La lóbrega edificación en medio de la selva podía asustar a cualquiera menos a Schäfer. Además de ser un sobreviviente por excelencia, Schäfer debió presentir en la oportunidad que se le otorgaba en Venezuela, una vía para salir de la indigencia y del aislamiento científico. Además, no llegó solo. Vino con su esposa desde 1939, Ursula von Gartzen, y sus tres hijas. Enseguida tuvo oportunidad de contratar a dos ayudantes alemanes –el taxidermista Willy Tille y el ilustrador Eberstein- y cuatro venezolanos.  En vez de una ruina, Rancho Grande empezaba a asemejarse a una colmena.

La revista corporativa de la Creole Petroleum Corporation, El Farol, en su número 140 de 1952, publica un reportaje sin firma sobre la estación, donde da cuenta de la actividad de diversas misiones científicas, encabezadas por “el doctor Teusher, director del Jardín Botánico de Montreal, en Canadá; el Sr. Foster, presidente de la Asociación Internacional de las Bronceliaceas [sic]; y los doctores Test, señor y señora, de la Universidad de Michigan”.  Por cierto, el redactor anónimo de la revista se permitió una travesura al colocarle la leyenda a una de las fotos, donde aparecen empleados de segunda línea de la estación y ejemplares de pájaros disecados: “Aquí, entre la más rica colección de pájaros del mundo, trabaja a diario el Dr. Shafer [sic]”, pone en la leyenda, sin dejar de notar a continuación: ´El científico odia las fotos”.  Más que fobia, con toda probabilidad se trataba de precaución. “En el exilio en Venezuela, Schäfer rara vez discutía sobre la guerra”, asegura Christopher Hale en su libro La cruzada de Himmler (11).

El hervidero en que Schäfer había logrado convertir a Rancho Grande no lo nutrían solo científicos. También pululaban amigos y turistas que dejaban sus rúbricas en los cuadernos escolares que funcionaban, por no haber mejor alternativa, como libros de visita. Entre los primeros se encontraba también otro viejo conocido de Bernhard Von Steinberg, el providencial hotelero de Boconó. Este sujeto se llamaba Hermann Pannier, un vendedor viajero de productos farmacéuticos que en 1942 había tenido que dejar Venezuela –donde vivía desde mucho antes- y regresar a Alemania después de que el gobierno del general Isaías Medina Angarita, bajo presión de Estados Unidos, declarase la guerra al Eje y distribuyera la famosa Lista Negra con la que pedía a los ciudadanos venezolanos identificar y boicotear los negocios de alemanes y japoneses en el país.

A principios de la década de los 50 Pannier estaba de regreso en Venezuela y trabajaba para una marca estadounidense de textiles. Von Steinberg lo había puesto en contacto con Schäfer. Cuando Hermann Pannier se dejaba ver en Rancho Grande, con frecuencia venía acompañado de su hijo Federico Fritz Pannier Pocaterra –futuro científico-, producto de su primer matrimonio, y de su bebita Christine, nacida en segundas nupcias con Liesselotte Zettler, sí, Lotte, la que al final de la historia se convertiría en esposa de Volkmar Vareschi. Liesselotte también hacía parte de las visitas.

Del trato frecuente se llegó a una relación íntima. Cuando Zettler empezó el trabajo de parto de la que sería su segunda hija, Ursel, en la casa de una planta y techos de caña amarga donde los Pannier vivían, en Sebucán, al este de Caracas, quien yacía en la cama de al lado y se percató primero que nadie de que la bebé ya venía en camino, fue Ursula Schäfer, la mujer de Ernst.

Pannier, durante su breve exilio en Alemania, había conocido a Lotte, ella entonces desplazada del este en control soviético. Formaron pareja en la posguerra, se casaron en abril de 1947, y tuvieron su primera hija en enero de 1948 en Baviera, cuando ya Hermann y el adolescente Fritz habían viajado de regreso a Venezuela para hacer los trámites de inmigración del resto de la familia. Lotte y la recién nacida Christine llegaron a Maiquetía el 13 de octubre de 1948.

Quizás como expresión de apoyo entre jóvenes matronas alemanas, Ursula von Gantzer de Schäfer y Lieselotte Zettler de Pannier se hicieron buenas amigas. Una y otra se brindaban compañía y alojamiento, bien en Sebucán, en ocasiones en Rancho Grande. En Ahora escribo con plumas de loro, Lotte describe con nostalgia lo que fueron las jornadas que durante unos meses le tocó pasar en Rancho Grande, como una suerte de exilio de maternidad: “…en verano 1951 ¡fue toda una aventura! Yo fui enviada con Christine y la pequeña Ursel de 3 ½ meses adonde los Schäfer, en Rancho Grande, donde sus pañales ondeaban en los espacios abiertos de la ‘ruina en construcción’, donde en las noches supuestamente andaban errantes los ocelotes, y donde arriba en la gran azotea les echaba cuentos a las hijas de los Schäfer, cuando, al caer la noche, las numerosas golondrinas, que anidaban en los agujeros de los muros, volaban de un lado al otro y los velos de la neblina atravesaban las copas de las enormes Gyrantheras” (12).

Con Lotte en Venezuela, pues, se completaba el elenco necesario para que, de nuevo, Ernst Schäfer se convirtiera en el artífice del cambio en la vida de Volkmar Vareschi.

Al apenas tomar las riendas de Rancho Grande, en 1950, Schäfer supo por su supervisor, Tobías Lasser, los planes que este se traía entre manos para promover la creación de un Jardín Botánico, al estilo europeo, en 70 hectáreas de terreno aledañas al viejo emplazamiento de la Hacienda Ibarra, sitio donde se levantaría la nueva Ciudad Universitaria de Caracas. Lasser calculaba que el proyecto, de inminente aprobación, aumentaría la presión de trabajo en la dependencia a su cargo, el Instituto Botánico, y sobre todo en la gestión de una de sus más caras posesiones, el Herbario Nacional. Por lo tanto, de nuevo se encontraba en búsqueda de personal científico especializado en botánica. Schäfer no dudó en postular a Volkmar Vareschi, su viejo camarada de Múnich y Mittersill, como candidato.

¿Qué había sido de Vareschi? El final de la guerra le pilló en Austria. Como Schäfer, cayó en manos de los estadounidenses, que no tuvieron contemplaciones durante los interrogatorios que le hicieron. Una cicatriz marcada por una bayoneta en la espalda de Vareschi era, según el relato de Lotte, una de las pruebas visibles de las torturas a las que su esposo fue sometido por los agentes del CIC.

Vareschi fue a dar al Campo de Refugiados de Zell am See, un importante cruce de líneas de ferrocarril en Austria y donde, por esos días de 1946, se había estacionado parte de la famosa 101ra División Aerotransportada de Estados Unidos, cuyas peripecias darían pie al guión de la teleserie Band of Brothers. El 10 de mayo de 1946, cerca de su 40mo cumpleaños, Vareschi obtuvo su salvoconducto, que lo identificaba como Docente de Botánica y daba por lugar de residencia una dirección muy cercana al campo, en la población de Bramberg-Habach. Esto es congruente con una fuente de Internet, que para entonces lo ubica trabajando en la estación botánica de Radstadt, al sur de la ciudad de Salzburgo (13). En 1947 consiguió un cargo como profesor auxiliar en la Universidad de Innsbruck, la ciudad de sus orígenes, donde recibió el aviso desde Venezuela -¡el país del Orinoco!- de Schäfer.

El llamado desde Venezuela formaba parte de una cadena de favores recíprocos entre colegas, y todavía más, entre amigos. La lealtad de esa relación personal acababa de quedar en 1946 cuando, al apenas salir de su confinamiento en Zell am See, Vareschi envió al Campamento de Ludwigsburg, donde Schäfer estaba preso, una declaración en la que el ya hombre libre buscaba exculpar a su colega ante las autoridades de ocupación. De acuerdo al autor Peter Mierau en  Política Nacionalsocialista de Expediciones (Nationalsozialistische Expeditionpolitik), la misiva de Vareschi argumentaba que Schäfer había sido “un opositor a los nazis que vivió en un ‘volcán’ y muchas veces asumió peligros personales para ayudar a jóvenes científicos” (14).

Esta vez Vareschi tampoco dejó de atender el llamado de Schäfer. Como ya se vio, desembarcó en La Guaira el 2 de julio de 1950, pero solo vino a aparecer la tarde del 3 de julio en Caracas. Según dijo, abandonó su equipaje en el puerto y, extasiado por la visión de la naturaleza, se dejó llevar por las callejuelas ascendentes de La Guaira y las picas del cerro El Ávila hasta llegar a pie, como en una excursión, al valle capitalino. Polvoriento y con su ropa de kaki raída por la maleza en la caminata, continuó hasta una dirección en Caracas que Schäfer le había dado para su orientación. Se trataba de una casa de una sola planta y techo de caña amarga en la zona de Sebucán en la que, una vez le abrieran la puerta, preguntaría: “¿Aquí viven los Pannier?”.

Diezmo real

En la actualidad, la mayoría de los materiales científicos producidos en la Estación Biológica de Rancho Grande, como restos de dioramas, expedientes de investigación y especímenes disecados –también se encuentran las grabaciones de los cantos de 683 especies de aves recogidos por el ornitólogo Paul Schwartz (1917-1979)-, los conservan con gran celo y escaso presupuesto los empleados de la Estación El Limón, justo a la entrada al Parque Henri Pittier, desde Maracay.  Allí también se guardan los ejemplares que aún quedan de los libros de visita –cuadernos escolares con hojas a una sola raya- que en su época Schäfer ponía a disposición de quienes llegaban a conocer el centro. Son pocos los cuadernos y no guardan una secuencia exacta de fechas entre sí. Sin embargo, en uno de ellos, al final de la única columna escrita en una página impar, se lee una signatura que parece brillar:                      |

    “Rey de Bélgica 9-1-50”

La inscripción, hecha a lápiz, destaca por el trazo, tan firme que casi se hace perceptible como una hendidura sobre el papel. La caligrafía muestra, en cambio, otro tipo de rigidez, la que se puede achacar a quien intenta falsificar una firma ajena. Si ya suena improbable que el rey de los belgas firmase en castellano y con letra tan indigna de su condición, un par de anacronismos terminan por despejar el fraude. Pues, que se sepa, en enero de 1950, el rey Leopoldo III de Bélgica aún no abdicaba y, de hecho, acababa de regresar a Bruselas a ocupar su trono luego de un controvertido exilio que lo había mantenido en Suiza desde 1945, luego de ser liberado de su cautiverio nazi. Además, la página del cuaderno donde se encuentra la aparente impostura corresponde a un grupo de firmas de marzo de 1952, no de 1950, entre las que se incluye la rúbrica de Hedda Schäfer, segunda de las tres hijas del matrimonio.

Muchos renglones de ese y otros cuadernos están rellenos con la escritura infantil de las niñas Schäfer. Con ello, cabe suponer que la firma, de presunto puño y letra del Rey Leopoldo, no es más que una jugarreta de mocosas. Pero lo significativo es, justamente, que esas criaturas eligieran el nombre de Leopoldo III para sus chiquilladas y no el de un héroe de tiras cómicas. Indicio claro de que Leopoldo ya era una mención familiar en ese hogar selvático.

En efecto, Leopoldo III, después de renunciar a la corona en 1951 en favor de su hijo Baduino, dedicó el resto de su vida a hacerse una carrera de naturalista. Entre sus expediciones a distintas partes del mundo, en tres ocasiones visitó Venezuela: 1952, 1954 y 1956; siempre con el arqueólogo José María Cruxent como escudero. En junio y julio de 1952 lideró su primera expedición y quizá también la más celebrada, al Alto Orinoco, bajo el nombre oficial de Expedición Leopoldo al Territorio Amazonas (Elata). Aún sin la certificación de la firma, todo indica que Leopoldo no perdió entonces la oportunidad de ir a conocer la Estación de Rancho Grande, de renombre internacional. Desde entonces trataría de persuadir a Ernst Schäfer para que regresara con él a Europa y convertirse en su asesor científico. Para Schäfer la oferta resultaba atractiva, pero se tomó dos años, hasta 1954, para aceptarla mientras atendía el Pabellón de Venezuela en la Convención Mundial de Caza y Pesca en Düsseldorf, Alemania.

En cierto modo se entrecruzan en la crónica de esos días dos flechazos: el que Leopoldo III y Ernst Schäfer intercambiaron en 1952 para conveniencia mutua de sus respectivos proyectos, científicos y vitales; y el que desde 1950 –cuando se vieron en el umbral de la casa de los Pannier- y para siempre conectó a Lotte Zettler y Volkmar Vareschi.

Presas de una atracción inmediata, Zettler y Vareschi enfrentaron con tacto las convenciones sociales de entonces para dar cauce a su relación. Con meticulosidad, Lotte buscó no herir a su esposo, Hermann Pannier, quien entretanto había dado un trato cordial a Vareschi y emprendido, en una apartada loma del sector Los Guayabitos, sobre una parcela adquirida a nombre de Lotte, la construcción de un par de casas que debían recibir, una vez concluidas, a las familias Vareschi –Volkmar, por su parte, había dejado esposa e hijos en Alemania- y Pannier. El concepto de las residencias venía de un bosquejo de Vareschi, quien decía haberse inspirado en una casa de Knut Hamsun, el noruego Premio Nobel de Literatura 1920 que, como el sueco Hedin, expresó sin tapujos su simpatía con el nazismo.

Desde su arribo a Venezuela en 1950, la situación profesional y económica de Vareschi se había reafirmado. Acompañó expediciones al sur del país, a los Andes y a Perijá, amén de la suya propia al Delta del Orinoco. En 1953 alcanzó el escalafón de profesor asociado de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela (UCV), de cuyo Instituto Botánico llegaría a hacerse cargo. Y si bien no lo dice en ninguno de sus escritos, es bastante seguro que había estado varias veces en Rancho Grande con su amigo y valedor Schäfer.

El de 1954 mostró ser, pues, un año decisivo. El entrevero romántico entre Zettler y Vareschi iba en camino a aclararse. Vareschi pidió el divorcio a su esposa de ultramar a la que todavía en 1953 recibió, en Venezuela, en un postrero intento de reconciliación y convivencia. Lotte obtuvo entre tanto su divorcio. Un breve paréntesis de concubinato desembocó en la formalización del matrimonio Vareschi-Zettler en 1957.

También en 1954, Ernst Schäfer se radicó en Bélgica con su familia. Pronto verificó que, además de ofrecérselas, Leopoldo III en efecto le había concedido villas y castillos: se le instaló con todo esplendor en el castillo de Villers-sur-Lesse. Schäfer tenía sus planes de investigación. Pero Leopoldo III se le adelantó con una asignación: quería que Schäfer hiciera el trabajo previo de campo y luego rodara una película en el Congo Belga (hoy República Democrática del Congo, ex  Zaire), en ocasión del 50mo aniversario de la creación de la colonia -escenario de un verdadero genocidio desde los tiempos de su antepasado directo, Leopoldo II-. El proyecto contaba de inicio con un fondo de cinco millones de dólares para su realización. Schäfer, que jamás había manejado un presupuesto de ese tamaño para ninguna de sus expediciones anteriores, puso entonces su mira en África.

Resulta curioso que para ese mismo año de 1954 al menos dos fuentes, la ya mencionada Pringle y un forista, al parecer bien enterado, del website http://passionmilitaria.fr (15), aseguran que Volkmar Vareschi hacía una expedición privada por el norte de África, en Marruecos y Argelia, en compañía de Bruno Beger, el etnólogo de la expedición al Himalaya y funesto cazador de esqueletos humanos en Mittersill. Beger también estuvo prisionero desde el fin de la guerra hasta 1948, cuando salió en libertad. Lotte de Vareschi, entrevistada en Caracas, dice no recordar al tal Beger, pero tiene presente un viaje a Marruecos por esas fechas de Vareschi con Ludwig Lutti Stigler, un viejo camarada austríaco, arquitecto de cierta reputación, que en 1948 emigró, primero a Argentina, y luego a Venezuela –murió en 1994 en Baviera-.

Schäfer tardó unos tres años en filmar la película con un equipo predominantemente alemán, que incluyó al zoólogo y cineasta Heinz Sielmann (1917-2006) como guionista y director. De ese período, al menos durante año y medio contó con la presencia en el plató de Leopoldo III y su segunda esposa, Lilian de Rethy, quienes en sucesivas visitas contribuyeron a darle a la empresa científica un aire de retiro estival. En 1958 al fin estuvo lista Los señores de la selva (Les seigneurs de la forêt). La consultada Internet Movie Data Base (IMDB), cuya ficha técnica no incluye a Schäfer, describe la cinta como “un documental que muestra la lucha de los habitantes -tanto humanos como animales- del entonces llamado Congo Belga”. La narración en inglés para Estados Unidos fue hecha por Orson Welles, y la Twentieth Century Fox se encargaría de su distribución mundial.

Pero la apoteosis que parecía asegurada se trocó en ridículo una vez el pasado de Schäfer afloró de nuevo. La Asociación Belga de la Resistencia denunció en el diario socialista Le Peuple que el hombre detrás de la película era el mismo del Himalaya y Mittersill. La première en Bruselas tuvo que ser pospuesta varias veces, entre llamados a boicotear la película; en una de esas galas frustradas, el Sindicato de Trabajadores de la Electricidad se negó a proveer del servicio eléctrico a la sala de cine. En Ámsterdam, la otra capital clave del Benelux, ocurrió algo similar. La noche del estreno, en marzo de 1959, la reina Juliana de Holanda, el príncipe Bernardo, y todo el quién -es-quién de los Países Bajos, se excusaron a última hora de asistir. Leopoldo III y Lilian, casi solitarios en la sala del cine Ámsterdam City, entendieron que las noticias desde Bélgica habían alertado a los veteranos de la resistencia holandesa.

A pesar del fiasco, la Fox pudo estrenar el filme en 1960 en Estados Unidos y otros países de Occidente. Ante la necesidad de controlar los daños y preservar, no solo lo que pudiera quedar del negocio cinematográfico, sino la misma factibilidad del Instituto Internacional para la Conservación Natural que Leopoldo III entre tanto había fundado, el rey en retiro negoció con Schäfer una indemnización equivalente a 200.000 euros de hoy, a cambio de su extrañamiento y silencio. Schäfer consiguió un puesto de curador en un museo en Hannover, Alemania, y nunca más figuró en los créditos ni de la película ni de la fundación.

La muerte le alcanzó a una edad avanzada y sobre suelo alemán, donde yace desde 1992.  Sus correrías, intensas y dilemáticas, al final consiguieron extenuar a quienes buscaban ajustar cuentas de la II Guerra Mundial con él. En medio de esta parábola escrita a cuatro manos entre la desmemoria y la reinvención deliberadas, Schäfer nunca rompió su nexo con Venezuela. En 1981, según el investigador Jorge González, visitó por última vez la Estación de Rancho Grande, y todavía tendría energías para preparar con sus apuntes de campo de la década de los 50, una obra que se publicaría de manera póstuma en 1996: Las aves de Venezuela y sus condiciones ecológicas (Die Vogelwelt Venezuelas und ihre Oekologischen Bedingungen ).

Fosforito en la Renovación Universitaria

Un día a mediados de 1968, un joven tesista de la Universidad de Roma, Otto Huber, llegó al Instituto Botánico de Caracas, donde estaba por terminar el procesamiento de datos de un trabajo de campo que durante meses había hecho en Calabozo, estado Guárico. Oriundo del Tirol del Sur o Alto Adigio, territorio italiano de habla alemana, el estudiante de Botánica había hecho buenas migas con el también tirolés (del norte) Volkmar Vareschi, ya por entonces una autoridad mundial en temas de Ecología y Director del Instituto. La simpatía mutua se había estrechado tanto desde que ambos se conocieron en la Estación Biológica Francisco Tamayo de Calabozo, a principios de ese año, que para sus últimos días en Venezuela, Huber tenía asegurado hospedaje en la legendaria Quinta Tepuy de los Vareschi, en Los Guayabitos.

Al entrar, Huber se sorprendió de ver a su anfitrión y futuro mentor, Vareschi, en compañía de otro hombre que aparentaba 50 años de edad, algo corpulento, con quien hablaba en alemán. Una vez Huber se acercó, Vareschi presentó al desconocido con grandilocuencia: “Te presento a la autoridad mundial en la genética de la papa”. Se llamaba Heinz Brücher. El líder en 1943 del comando de rescate de las semillas de Vavilov había ido a parar a Venezuela por una conexión que esta investigación periodística no logró determinar. Es seguro, sin embargo, que desde 1963 ocupó una cátedra en la Facultad de Ciencias de la UCV.

La trayectoria geográfica que siguió, desde que fue nombrado al frente del Instituto de Genética de Plantas de la SS, en 1943, hasta Venezuela, confirma el talante aventurero de Brücher. En febrero de 1945, ante la proximidad de las tropas soviéticas a Lannach, Brücher recibió desde Berlín unas órdenes que nunca pensó en obedecer: volar con explosivos el castillo y la colección Vavilov de germoplasma. Huyó, en cambio, con el material científico y supo mezclarse como un paisano más con la población hasta 1947, cuando los estadounidenses lo capturan en su ciudad natal de Darmstadt, Alemania. A pesar de ser aprehendido, desde entonces no hubo más rastros sobre la colección de Vavilov, acerca de la que se tejerían innumerables leyendas, muchas de las cuales emparejan su destino con la del propio Brücher.

Y es que en el momento de su detención ya ocurre algo extraño: en vez de ponerlo en aprietos –como sucedió con colegas como Schäfer, Vareschi o Beger-, los servicios de investigación norteamericanos piden su colaboración. David Gade, investigador del Departamento de Geografía de la Universidad de Vermont, Estados Unidos, quien conocería personalmente a Brücher en Paraguay en la década de los 70, corrobora que el antiguo oficial de la SS trabajó bajo contrato por varios meses para las fuerzas de ocupación estadounidenses. Thorström y Hossfeld, por su parte, rastrean un informe científico que Brücher preparó para la Agencia Field Information Assistance-Technical  (FIAT) del Ejército norteamericano, que se encargaba de detectar en campo a los sabios y talentos alemanes con potencial para su empleo en industrias estratégicas de Estados Unidos. No se sabe qué tanto interés pudo despertar su trabajo a la larga, pero, en cierto momento, Brücher llega a comprender que no está segura su exportación a Estados Unidos y que, en caso de perder valor ante los americanos, su status quo podría peligrar. Así que, sin mayores trabas, en 1947 viaja a Suecia, desde donde lo invita el legendario Sven Hedin.

Hedin pone en contacto a Brücher con su amigo, Herman Nilsson-Ehle, director de la Estación Experimental de Reproducción de Svalöv, donde le da trabajo y una atmósfera de comprensión para su conflictivo pasado. También en Suecia, Brücher terminó por casarse con Ollie Berglund, botánica y quien sería su única esposa.   Pero la cercanía de Suecia con Alemania y el giro que los acontecimientos tomaban con la Guerra Fría, eran factores que apenas dejaban vivir con tranquilidad a Brücher. Además, ya desde Lannach venía interesándose en la genealogía histórica de los cultivos sudamericanos y, en particular, de la papa y el frijol. Decidió entonces zarpar a la Argentina del presidente Juan Domingo Perón, en compañía de su reciente compañera. De acuerdo a los archivos de Uki Goñi, el periodista argentino especializado en la caza de nazis, los Brücher llegaron el 25 de noviembre de 1948 a Buenos Aires (16) desde Gotemburgo, Suecia, a bordo de un vapor de la Línea Johnson de nombre premonitorio, el M/F Orinoco. Para alimentar las leyendas, se registró entonces que las valijas del matrimonio pesaron media tonelada, suficiente para contener instrumental científico y quizás una colección extraviada (17).

Con el respaldo de una recomendación personal del genetista austríaco Erich von Tschemak –el redescubridor de las Leyes del padre Mendel sobre la Herencia-, Brücher fue contratado por la Universidad de Tucumán entre 1949 y 1954. Luego se incorporaría al personal docente e investigativo de Universidad Nacional de Cuyo, en la provincia de Mendoza, donde tuvo actividad hasta 1959 (18).

Brücher usa sus cargos académicos como lanzaderas hacia diversas exploraciones por su país de adopción, Argentina, y otros de la Cordillera de los Andes, en busca de especies salvajes de papas. Trabaja junto a su esposa y otros expertos que vienen de Europa. En su reporte La ‘Ahnenerbe’ y las actividades de Enrique Brücher en el Departamento de Investigaciones Científicas (1954-1957) de la Universidad de Cuyo, el investigador argentino Pablo Antonio Pacheco refiere que los informes de Brücher en esa época todavía mezclan “el lenguaje de la genética” con “ideas de higiene y eugenesia racial”. “Estas ideas articulan sus proyectos en Latinoamérica, y en particular, sus actividades en el DIC”, concluye (19).

Es en Mendoza donde también protagoniza un episodio que, sin duda, le demandó toda la sangre fría que había demostrado en el Sammelkommando de 15 años antes. Recibió, de paso por la ciudad, una expedición científica soviética comandada por Piotr Zhuzovsky, director en 1958 del antiguo Instituto de Botánica Aplicada y Nuevos Cultivos, ahora rebautizado Instituto Nikolai Vavilov, en honor al pionero cuyo nombre había sido rehabilitado tras la denuncia por Nikita Jruschov de los crímenes de la era estalinista. No se ha determinado si para esa reunión Zhukovsky estaba consciente de que su interlocutor era el perpetrador, en carne y hueso, del saqueo de la colección Vavilov en 1943. Tampoco se conoce si, sabiéndolo o no, Zhukovsky presionó a Brücher para que compartiera con los rusos sus simientes agrícolas y hallazgos o si, por el contrario, Brücher se adelantó a ofrecerlos como estratagema. Cualquiera fuera el motivo, en 1960 las ironías de la historia cerraron un ciclo, pues entonces Brücher, el saqueador, se convirtió en proveedor del saqueado, el Instituto Nikolai Vavilov.

El talento de Brücher como agente encubierto de contrainteligencia no tenía límites. En 1968, año de la rebelión juvenil mundial, el movimiento de Renovación Universitaria de la UCV lo sorprende en Caracas y, tras una serie de intrigas palaciegas de las que dan testimonio unas cartas archivadas hoy en la Facultad de Ciencias, Brücher queda sin cátedra y con una extensión de contrato de apenas tres meses. Luego de agotar otras instancias internas y externas, amenazando con una campaña internacional de protesta y con desertar al IVIC, Brúcher termina por redactar un resumen de los agravios que ha padecido, dirigido al entonces rector de la UCV, Jesús María Bianco, desde Moscú –que escribe Moskwa-, donde los soviéticos –sus enemigos de 1943- le dan acogida. Sin ruborizarse, llega a asegurar en esa carta del 1 de septiembre de 1969, que la UCV se ha convertido en un circus (en inglés, en el original) de luchas por el poder a nombre de una llamada Renovación Académica “Comunista” (así, entre comillas en el original para subrayar la ironía). Y remata: “Los comunistas aquí (en Moscú) deploran el uso de esta palabra”.

Parece factible que cuando Otto Huber se consiguió con Brücher en el Instituto Botánico, por esos días de 1968, Volkmar Vareschi le estuviese brindando asilo temporal a su colega. De hecho, recuerda Huber en entrevista por el servicio Skype desde su residencia en Merano, Italia, durante las siguientes dos semanas que estuvo en el Instituto ocupó un escritorio “a un metro” del que le fue asignado a Brücher. “Brücher no se ocupó mucho de mí; por supuesto, yo era solo un estudiante”, ríe ahora Huber, exdirector del Instituto Botánico de Caracas y destacado investigador que vivió por 25 años en Venezuela. “Pero de vez en cuando hablamos. Lo que llamaba la atención era su agresividad, ladraba como un perro. Hablaba mal de tutti li mundi, ‘que si Venezuela era una mierda, que si esto y lo otro’. Y era muy desconsiderado con los colegas venezolanos. Él les decía en la cara que no valían nada”.

También así –“como un fosforito”- recuerda Lotte de Vareschi a Brücher: “Él estuvo cierto tiempo en el Instituto Botánico, pero tenía problemas con las otras doctoras. Era un hombre difícil de tratar. Volkmar no estaba muy de acuerdo con Brücher. Ellos no eran verdaderamente amigos. Eran tipos muy diferentes”.

Si algún aspecto saboteó las innatas cualidades de Brücher para la doble identidad, fue su invariable mal humor. El archivo de la Facultad de Ciencias de la UCV arde en intercambios de reclamos y epítetos entre Brücher y personal de la Facultad. Quedó documentado, por ejemplo, un impasse de principios de 1968 entre Brücher y el profesor Leandro Aristiguieta, por la disponibilidad de un vehículo Land Rover que se usaba para el trabajo de campo. El caso llega finalmente hasta el Consejo de Facultad, ante el que el director encargado de la Escuela de Biología, Otto Núñez-Montiel, rinde un informe por el que diagnostica: “Con anterioridad, el profesor H. Brücher ha tenido otros roces poco gratos con personal de la Escuela, según copia de otros documentos. Parece que el profesor H. Brücher es sumamente temperamental y se ofusca fácilmente cuando no logra satisfacer sus deseos”.

Es difícil calcular cuánto aportó esa conflictividad a la decisión final de separarlo de la Universidad. Las comunicaciones oficiales se limitan a avisarle, a partir de junio de 1968,  de una restructuración en la que no tendrán ni cabida ni presupuesto suficiente los programas de investigación del Departamento de Genética a cargo de Brücher, máxime –como puntualiza un memorando del Decano de Ciencias para el momento, Luis Tugues-, cuando estos parecían duplicar “los esfuerzos que hacen otras facultades (…) El campo de la fitogenética es desarrollado por la Facultad de Agronomía y otras instituciones en el país con magníficas posibilidades materiales que a nuestra Facultad le costaría muchos esfuerzos alcanzar”.

De que esta línea argumental no sentó bien a Brücher dan fe muchas cartas donde lamenta que la ignorancia de sus colegas amenace con interrumpir sus investigaciones, concentradas en ese momento en la manipulación genética mediante partículas atómicas del lupino o chocho, una leguminosa andina de alto rendimiento pero con un contenido tóxico que Brücher intentaba neutralizar. Pataleó, amenazó con una conflagración mundial de organizaciones científicas, hizo saber que no dejaría en manos de la UCV un microscopio Leitz Aristophot cuya donación él había gestionado, y, por fin, cuando capituló, dejó saber en otra carta que el Ivic mostraba interés por su trabajo.

Pero sería de otra índole el infortunio que por fin apartaría al obstinado Brücher de Venezuela. Su esposa, Ollie Berglund, también había obtenido un cargo como profesora de la Facultad de Ciencias. Todavía en 1969 daba horas de la materia Biología Vegetal mientras el Departamento de Bioquímica, de la misma Facultad, la tenía bajo contrato como investigadora de un proyecto sobre proteínas en la caraota. Los Brücher habían fijado residencia en San Antonio de los Altos.

El 25 de enero de 1971, Ollie Berglund de Brücher, de 45 años de edad, murió en un accidente de tránsito en la carretera Panamericana, en el trayecto del Ivic a San Antonio de los Altos. Una gandola que venía desde el estado Zulia, cargada con madera, le pasó por encima al Ford Falcon donde iba la investigadora, quien falleció de inmediato. Al volante del carro venía uno de los dos hijos de Heinz y Ollie Brücher, Erik Humberto, de 18 años, quien fue rescatado con vida de los fierros retorcidos después de varias horas de labor conjunta entre bomberos y miembros de la Guardia Nacional, pero falleció en la mesa de operaciones del Periférico de Coche.

Ileso pero algo consternado, Antonio José Rosas, el conductor del camión, dio su versión del hecho al corresponsal del diario El Nacional en la zona, Carlos Lugo: “El auto me quitó la derecha, hice todo lo posible por evitar el choque, pero lo fuerte del impacto me hizo perder el control de la gandola y ocurrió la tragedia”.

Llama la atención que todavía hoy, diversas fuentes sigan dando por cierto que Ollie de Brücher y su hijo murieron por disparos de soldados venezolanos tras no atender la voz de alto en una alcabala. El profesor Gade, de la Universidad de Vermont, todavía lo sostiene (20), y el periodista norteamericano Alex Shoumatoff, que cubrió en 2006 la historia de Brücher para un reportaje nunca publicado de la revista Vanity Fair, menciona en correo electrónico para esta nota “el misterio del accidente de automóvil que mató a la esposa de Brücher y a su hijo, según recuerdo, en Caracas” (21). Shoumatoff, de todas maneras, anuncia que pronto publicará su propia versión en un reportaje de 100 páginas en su website, DispatchesFromTheVanishingWorld.com.

Pero no. La esposa e hijo de Brücher perdieron sus vidas en un evento azaroso. La idea de una conspiración oculta puede haber surgido de una confusión con otro incidente de cierta similitud en el que, en 1963, soldados mataron a tiros frente a un centro de votación –y no una alcabala- de Caripe, estado Monagas, a Eduardo Fageström, padre del naturalista e investigador finlandés Juhani Ojasti (22). Como también pudo tener origen en el oscuro y violento desenlace de la vida del mismo Brücher.

La tragedia cortó las amarras de Heinz Brücher con esta tierra que le había resultado tan ingrata. Hasta para un hombre corrido en siete leguas, la conmoción era tremenda. “Después de eso”, sentencia Lotte de Vareschi, “Brücher no se quedó mucho tiempo más, porque nadie estaba muy bien con él acá”.

El ocaso de los dioses

Con su categoría como asesor de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, con sede en Roma) y contratista de Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, con sede en París), Brücher hizo trabajo de campo en Trinidad-Tobago y luego en Paraguay, como investigador de la Universidad de Asunción. Allí lo conocería David Gade, de la Universidad de Vermont, en 1975, fecha a partir de la que seguirían intercambiando correspondencia. Desde Paraguay Brücher reclamaría el descubrimiento de los ancestros arcaicos del maní y de la piña, y también sería uno de los precursores en el estudio de las posibilidades de una planta nativa, laStevia rebaudiana, como cultivo comercial. Hoy la hoja de Stevia se ha difundido globalmente como un exitoso sucedáneo del azúcar tradicional. Pero cuando ese último contrato expiró, Brücher regresó a la ciudad de Mendoza, en Argentina, a la Universidad de Cuyo y al Centro Regional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Cricyt), y en especial al lugar que en esas etapas finales de su vida sentiría como su hogar, la Estancia Kondorhuasi, en Ugarteche, una localidad cordillerana al sur de Mendoza. La casa grande de la estancia la habían construido los Brücher desde los años 50, cuando adquirieron la propiedad. Pero ahora era solo una sombra de los sueños que tal vez entonces abrazaron. De su precaria estructura solo destacaba, como nunca dejaron de observar las posteriores notas periodísticas, el portal coronado con un emblema de un ave que podía parecer o un cóndor o un águila imperial alemana.

Brücher se mudó solo, pues su hijo sobreviviente, Sven Alberto, prefirió asentarse en otra ciudad argentina, Córdoba. La soledad no apaciguó el impulso del investigador. Por el contrario, fue durante ese período que completó sus dos libros, incluyendo Useful plants of neotropical origins and its wild relatives (1989) publicado por la todopoderosa editorial alemana Springer. La obra, un compendio de las investigaciones de Brücher, prometía también convertirse en la summa sobre la genealogía de los cultivos americanos que habían conquistado el mundo, como el maíz, la papa, el tomate, el cacao o la yuca. Pero recibió profusas críticas de sus colegas por su pobre edición científica y las libertades con que Brücher deslizó entre el texto simples opiniones, que evocaban vagamente su ideología. Entre los críticos estuvieron los científicos venezolanos Erika Wagner y Freddy Leal. Ellos vertieron sus objeciones en un artículo del Journal of Tropical Ecology en 1991. Pero luce poco probable que Brücher se diera por enterado de ellas, porque en ese mismo 1991 murió asesinado.

Una nota del Diario de Los Andes de Mendoza (23), titulada INVESTIGAN ASESINATO DEL CIENTÍFICO Y EX OFICIAL NAZI, reportaba que el martes 17 de diciembre fue encontrado el cuerpo sin vida de Brücher en su finca de Kondorhuasi. El autor de la nota, un anónimo, habló con los vecinos del lugar y registró “que nadie escuchó nada. El homicidio se realizó en horas de la madrugada”. El cadáver fue encontrado por el encargado de la finca, un empleado de nacionalidad paraguaya, quien dio parte a las autoridades. El cuerpo se hallaba “con las manos atadas a la espalda, para lo cual se utilizó una cinta engomada, al igual que los pies y parte de la cara, lo que le habría provocado la muerte por asfixia”.  Si bien en el local reinaba el desorden, no parecía producto del registro azorado por parte de los atacantes, concordaba el reportero con una mujer a la que cita, sino el desorden “propio de un hombre que vive solo”. Nada de valor faltaba en el inventario paterno, certificó el hijo, Sven Brücher, venido de Córdoba. Y como de rigor correspondía, la policía, en persona del subcomisario Ramón Ignacio Ahumada, anunció que las investigaciones continuarían.

 Pero el caso nunca tendría resolución. En diciembre de 2008, 17mo aniversario del crimen, una nota del mismo diario (24), con el vendedor título de EL EXTRAÑO CASO DEL BIÓLOGO DE ADOLF HITLER y la firma de la reportera Marianna Guzzante, se preguntaba: “¿Qué pasó esa noche en Cóndor Huasi (sic)?”. Ante la falta de respuestas, que perdura hasta hoy, algunos creyeron ver en el hecho las firmas del secreto israelí Mossad o de la KGB soviética. La pista más sólida, no obstante, la brindó David Gade, desde la Universidad de Vermont. Durante sus últimos meses de vida, Brücher se ufanaba de la delicada investigación en la que trabajaba. Ufanar: el verbo no es gratuito. Iracundo y audaz, la desfachatez acompañaba también al exoficial de la SS. Un ejemplo menor de esa característica, pero que la ilustra al detalle, lo tenemos en un papel científico que publicó en 1988. Sin ningún reparo usa para el texto, escrito en alemán, un epígrafe en inglés: “We shall go to the pyre, we shall burn, but we shall not renounce our conviction” (“Iremos a la hoguera, arderemos, pero no renunciaremos a nuestra convicción”). La cita es de Nikolai Vavilov, el hombre de cuyo trabajo se había aprovechado, y al que quizás en secreto admiraba.

Según Gade, Brücher le aseguraba en sus últimas correspondencias que investigaba sobre el uso de una enfermedad viral, la Estalla, como agente para una guerra biológica; para más señas, una guerra biológica contra la coca. De hecho, el agente activo de la Estalla, el Fusarium exysporum f. sp. Erythroxyli fue aislado de hojas de plantas muertes de coca. Con escasa precaución, Brücher dejaba saber a quién se lo preguntara sobre su trabajo para hacer de la Estalla un producto que pudiera propagarse entre las plantaciones de coca de toda Sudamérica para exterminarlas, sin afectar a otras plantas anexas. Era el sueño dorado de la DEA (Drug Enforcement Administration) en Estados Unidos para su arsenal de recursos contra el tráfico de drogas. Pero la muerte detuvo los progresos de Brücher en el laboratorio. Tal vez el narcotráfico había buscado una forma eficaz de proteger su negocio.

La culpa como epílogo

La entrevista de Liesselotte Zettler de Vareschi que se cita –cuando no se trata de extractos de sus memorias, Ahora escribo con plumas de loro- a lo largo de este reportaje, no se suponía que fuera con ella. Frágil a sus 94 años de edad, se había excusado de asistir a un homenaje para su esposo en diciembre de 2011 en la Asociación Cultural Humboldt (ACH) de Caracas, cuando también se presentó la nueva edición de su libro. En su lugar, prefirió enviar un evocador video de salutación.

La cita era con Peter Vareschi, el hijo de ambos, diseñador gráfico y artista. Sería en Tepuy, el proyecto de autoconstrucción de los años 50 cerca del Valle de Sartenejas, que hoy luce como una cabaña de muros blancos, asediada por el avance de la vegetación tropical. En la sala donde Peter me recibe, fotos y libros de Volkmar Vareschi enseñan los efectos del paso de tiempo. Máscaras rituales de alguna etnia amazónica cuelgan de las paredes. Pero de pronto irrumpe Lotte en silla de ruedas. Acude por el llamado no solo de la memoria histórica, quiero imaginar, sino además porque los seres queridos que la muerte se ha llevado de algún modo reviven cuando se les recuerda y nombra en voz alta. En el diálogo se refiere con indistinto cariño a “Volkmar” o “Vati” (“Papi”, en alemán). Como todo hay que decirlo, habrá que precisar que no fue un diálogo en rigor, aunque tampoco conversación colectiva de tres. En su ancianidad –dice Peter-, con una pobre audición pero el intelecto intacto, su madre entiende mejor las palabras y tonos de voz que le son familiares. De modo que para la entrevista Peter sirve de repetidor de las preguntas que hago, así como de traductor de los tramos de respuestas que Lotte ofrece en alemán. Termina por sorprenderme la serenidad con que atiende a un reportero que quiere indagar, exactamente a 70 años de los hechos, sobre el molesto tema del pasado de su difunto esposo en conexión con la SS. No es que nunca parezca alterarse; es que siempre se mantiene atenta y amable, hasta que aduce cansancio para retirarse.

Es verdad que quería corroborar con ella algunos aspectos de las historias de Vareschi, Schäfer y Brücher. Pero lo que más estimulaba mi curiosidad y quería despejar allí era la supuesta existencia de un libro inédito de Vareschi, algo como una autobiografía novelada, que de existir, tal vez ayudaría a iluminar muchos de los trechos de esas historias ocupados hasta ahora con especulaciones. Zettler de Vareschi lo nombra en diversas partes de sus memorias. Su esposo había empezado a trabajar en él ya en los años 50, con el nombre provisional de Libro Z, pero nunca dejó de reescribirlo, a máquina y en alemán. Vareschi luego seleccionó un título definitivo para el libro El ciudadano con culpa (Der Schuldbürger). Pero no alcanzó a completarlo. Aún antes de su muerte, había confiado la conclusión del último capítulo, para el que dejó algunas fichas preparadas, a Lotte. Esta se pregunta, todavía hoy, si será capaz de terminarlo.

La viuda confirma la existencia del libro. Aclara que si bien se apoya sobre episodios autobiográficos, está escrito como ficción, un recurso que Vareschi utilizó como marco para sus reflexiones acerca del verdadero tema que le ocupaba, el de la culpa. “El título del libro”, explica Lotte, “contiene hasta cierto punto una ironía que Volkmar usa para preguntarse de qué forma podía ser él culpable individualmente. Y no solo se refería a la guerra. Por ejemplo, cuenta que cuando estuvo en Marruecos, él hizo un dibujo de una mezquita. Y un musulmán le reclamó que no debía hacer eso, porque era contra su religión, y tomó de la basura una muñeca y empezó a golpearlo con ella en la cabeza. Volkmar corrió, huyendo del agresor, y pasó por una calle donde había mucho tráfico y se ocultó entre los carros, y detrás de él oyó que unos carros chocaron y que la gente gritaba, dejando así la pregunta abierta: ¿Tuve culpa en el choque? ¿Le pasaría algo al tipo? A Volkmar le interesaba mucho ese tema, la culpa. El capítulo que no terminó, por ejemplo, trata sobre nuestros indios. Y se pregunta si nosotros, los blancos, tenemos culpa o no de que ellos en parte desaparezcan, o si los religiosos, que ayudaron fantásticamente a los indios del Orinoco, sin embargo con esa ayuda no tendrían culpa en hacerlos perder su identidad. Él quería poner esas cuestiones a la consideración de los otros. ¿Qué culpa tiene el individuo que hace su vida con buenos deseos y buena voluntad?”.

La culpa. Debe haber sido un tema en las evocaciones, públicas o no, de Vareschi, Schäfer y Brücher, tres personalidades muy distintas a las que la vida hizo camaradas y llevó a cruzarse en la SS, en Mittersill, en la ciencia y en Venezuela. El peso del pasado les persiguió todo el tiempo. Algunas veces lo consiguieron eludir, pero en otras les cobró caro. A la culpa innata de ser alemanes de la Alemania enloquecida de los años 30 y 40, cargarían con la de formar parte -de manera convencida o desprevenida- de una organización criminal, además de la de sobrevivir a un apocalipsis que borró de la faz de la tierra a más de ocho millones de compatriotas. Y todavía así, ¿luce inhumano o proporcional el tributo que, en forma de una permanente desazón, pagaron el resto de la vida por lo hecho durante un período de menos de diez años? Si uno se pregunta, en las dramáticas circunstancias del nazismo y la II Guerra Mundial, ¿tuvieron esos científicos en verdad la opción de decidir por ellos, o fueron arrastrados por corrientes que escapaban de su control? ¿Qué respuesta obtendría, con toda honestidad?

“Yo creo que mi esposo sabía que para muchas preguntas no tenemos respuesta”, dice Lotte. “Precisamente porque era científico, sabía cuántas cosas estamos en capacidad de saber y cuántas cosas no podemos contestar”.



¡Hola! Gracias por leer nuestro artículo.

A diferencia de muchos medios de comunicación digital, Armandoinfo no ha adoptado el modelo de subscripción para acceder a nuestro contenido. Nuestra misión es hacer periodismo de investigación sobre la situación en Venezuela y sacar a la luz lo que los poderosos no quieren que sepas. Por eso nos hemos ganado importantes premios como el Pulitzer por nuestros trabajos con los Papeles de Panamá y el premio Maria Moors Cabot otorgado por la Universidad de Columbia.

Para poder continuar con esa misión, te pedimos que consideres hacer un aporte. El dinero servirá para financiar el trabajo investigativo de nuestros periodistas y mantener el sitio para que la verdad salga al aire.

Gracias por leernos. Recuerda que al final del texto puedes contribuir con nuestras investigaciones, disfrutar otros formatos y leer otras historias.