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De colegas de ciencia a camaradas de la SS

Primera entrega  Tres exoficiales de la SS, la organización ideológico-militar del régimen nazi, científicos que estuvieron a cargo de un proyecto secreto para crear las superespecies de cultivos que debían mantener a los colonos alemanes una vez conquistado el este de Europa, se reagruparon tras la II Guerra Mundial en Venezuela. Vareschi, Schäfer y Brücher, ¿el bueno, el astuto, y el desgraciado? Tres personajes muy diferentes, cuyas travesías se cruzaron más de una vez, pero tuvieron destinos opuestos.

07/09/2012

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Volkmar Vareschi hizo su primera expedición propia por latitudes intertropicales cuando contaba 46 años. Una edad tardía para cualquier otro científico, quizá, pero no para él, que alcanzaba su destino. 

Mucho antes, en su Austria natal, un día de Navidad cuando tenía tan solo 14 años, juró en voz alta ante su familia que iba a hacerse naturalista “para viajar al Orinoco”. Quedó tan atónito como sus padres. No sabía de dónde le había salido eso tan espontáneo, tan auténtico; al menos, es lo que después relató en Orinoco arriba, su libro publicado de más claro aliento autobiográfico. Solo adivinaba que tenía que ver con la fascinación que le embargó al encontrar, ese mismo día, en un libro que algún pariente había traído, una lámina ilustrada en la que aparecía Alejandro de Humboldt acampando a orillas del gran río venezolano (1). En 1952 pudo por fin conocer el río al tiempo que su pronosticada vocación. Navegaba por el Delta del Orinoco con una verdadera Legión Extranjera: su colega, amigo y viejo compañero de la Universidad de Múnich, el también austríaco Fritz Gessner; un médico esloveno y exoficial del ejército imperial austrohúngaro, de apellido Pospichal, establecido en Tucupita; y un baquiano de origen francés, Serafín, que se había fugado de la colonia penal de Cayena, Guayana Francesa, por la misma ruta marítima que poco antes siguió Henri Charrière, Papillon, para alcanzar costas venezolanas. 

Cuando, de boga lenta por el laberinto de caños, Vareschi pudo divisar una choza aborigen en la orilla, le sobrevino “un susto placentero”. Tomó su cámara Leica y, casi sin poder esperar al desembarco, corrió hacia el rancho. En el descampado frente al cobertizo topó con una muchacha de la tribu guarao que, cuenta, “estaba arrodillada ante un fuego casi extinguido y, mirándome con ojos horrorizados, hundió sus manos crispadas en la ceniza, con un gesto tan desesperado que tuve la impresión de haberle causado daño”. Aunque entre ellos no mediase palabra alguna –Vareschi optaría con frecuencia por hablar a los nativos de las selvas venezolanas en su dialecto tirolés de los Alpes austríacos, convencido de que tampoco le entenderían en un castellano que, por lo demás, aún no dominaba- , bastó la expresión facial de la chica, “como si fuera a echarse a llorar”, para que el naturalista prefiriese guardar la cámara sin tomar una foto y se ensimismara en una nube de remordimientos que “decidió para siempre mi conducta para con los indios” (2). 

¿Qué licencia le habilitaba para irrumpir así en la vida de una extraña? ¿Por qué se comportaba como si estuviese en un museo etnográfico o en un parque de atracciones? Tomar una fotografía de la chica indígena, ¿podía hacerse con el automatismo liviano del turista, o ameritaba otro tipo de acercamiento entre personas? ¿No estaba menospreciando la experiencia de encontrar “gente de otro mundo o, mejor dicho, de la prehistoria, gente para la cual también el dolor y la alegría están asignados, gente con pleno derecho a gozar de los bienes imponderables y ponderables de este mundo”? 

Cavilaciones de este calibre dan muestra de la sensibilidad humana de Vareschi y de la ética sobre la que fundaría su labor científica y docente en Venezuela. Pero sorprenderían a quien supiera que, solo siete años antes, Vareschi portaba el uniforme negro de la SS (Schutzstaffel o Escuadrón de Protección, en alemán) nazi, una organización condenada como “criminal” durante el proceso de Nuremberg de la posguerra, y verdadero vivero de los superhombres arios que, según vaticinaba Adolfo Hitler, estaban llamados a dominar Europa y el mundo. 

Encuentros providenciales

Desde que arribó a Venezuela como inmigrante por el puerto de La Guaira, el 2 de julio de 1950, junto a una “multitud de inmigrantes italianos gesticulantes y ruidosos” (3), Volkmar Vareschi se convirtió en un bienhechor. Sus logros científicos fueron múltiples, y aunque para enumerarlos y ponderarlos tal vez sea necesario disponer de un conocimiento especializado que de común no está al alcance de periodistas y lectores, debería resultar suficiente con decir que fue el padre de los estudios de Ecología en Venezuela; descifrador del viejo enigma del Caño Casiquiare, cuyas aguas parecen correr al mismo tiempo hacia el Orinoco y hacia la cuenca de otro gigante, el Amazonas. Miembro, en 1956, de apenas la segunda expedición botánica que alcanzó la cumbre del Auyantepuy y pionero entre quienes estudiaron y ensalzaron el bosque tropical de neblina –por ejemplo, el de Rancho Grande, en el estado Aragua- como uno de los ecosistemas más eficientes del planeta. El Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (Ivic) y la Universidad Central de Venezuela (UCV) preparan para el próximo noviembre un acto en homenaje a su memoria. A su manera, Vareschi fue un émulo en el siglo XX de Humboldt, cuya ruta por el Orinoco remontó entre 1958 y 1959, en ocasión de los 250 años de la visita del insigne berlinés. 

Pero en libros, revistas y fuentes de Internet, la hoja curricular de Vareschi siempre reserva un llamativo espacio en blanco para un período anterior, entre los años 1942 y 1945. Pareciera que no hizo nada recordable en ese tiempo, un vacío que un pensamiento convencional rellenaría con la presunción de que estuvo en la guerra. Lo que es cierto, pero solo a medias. 

No disparó ni un tiro, pero participó de otro esfuerzo funcional para la expansión del Reich alemán. Era el esfuerzo científico de crear, en laboratorio, las superespecies de granos, resistentes a heladas y hábitats hostiles, que debían acompañar a los soldados-agricultores arios cuando colonizaran las extensas estepas del este de Europa. Con Polonia bajo control nazi desde el otoño de 1939, en junio de 1941 se dio inicio a la invasión de la Unión Soviética. Las planicies de Ucrania, Bielorrusia y Rusia no serían un botín de guerra cualquiera, sino el nuevo Lebensraum (Espacio Vital) que el Führer Adolfo Hitler (1889-1945) reclamaba para el bienestar del pueblo alemán. 

Al siguiente año de 1942, Vareschi fue asignado al Instituto Imperial Sven Hedin para la Investigación de Asia Central (Reichinstitut Sven Hedin für Innerasienforschung), con sede primero en la capital bávara, Múnich, y luego en el castillo de Mittersill, un pueblo de Austria. Como el Instituto Sven Hedin estaba adscrito a la Ahnenerbe, o Fundación para el Patrimonio Ancestral, creada y dirigida personalmente desde 1935 por el Reichsführer Heinrich Himmler (1900-1945), comandante supremo de la SS, Vareschi recibió de manera automática el rango de SS-Untersturmführer, equivalente al de subteniente. En un documento (Personalfragebogen) fechado en Múnich en 1943, que yace en la actualidad en el Archivo Nacional de Washington D.C., Vareschi confirmó de su puño y letra que en ese momento estaba inscrito en el Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP, o partido nazi) y detentaba ese rango en la SS. 

Vareschi falleció en Caracas en 1991, de modo que no está presente para alegar en su descargo. De todos modos, no se precisan elucubraciones mayores para concluir que prefirió obviar ese dato en su hoja de vida con tal de evitar, a posteriori, explicaciones que siempre resultarían tan esforzadas como insuficientes. Pero quienes le sobrevivieron, su viuda e hijo, aseguran hoy que en casa no le importaba hablar del asunto.

  “Sí lo hablaba, claro, sin ningún problema. Mi esposo siempre fue muy, muy franco”, sostiene Lieselotte Zettler de Vareschi, una prestigiada profesora en el área de Letras, jubilada de la UCV, y desplazada por la II Guerra Mundial desde la ciudad de Schwerin, sobre la costa Báltica alemana, a Venezuela. 

De la franqueza y buen humor de Volkmar Vareschi sobran los testimonios, que no siempre provienen de familiares u otras partes interesadas. Carsten Todtmann, editor, quien asegura haberlo conocido, pero “no muy de cerca”, recuerda una emblemática fotografía que adornaba el salón de Frisco, el café y confitería que por años reunió a la colonia alemana en Chacaíto. En ella aparecían Franz Dorn, el dueño del local, y Vareschi “muertos de la risa”. 

El doctor Klaus Jaffé, investigador y académico de la Universidad Simón Bolívar (USB), asegura, por su parte, que “Vareschi nunca mostró ninguna actitud racista, él era muy cordial”. Vareschi pasaba mucho tiempo en casa de los Jaffé y agradece, en Orinoco arriba, el aporte del patriarca, Werner Jaffé –profesor de bioquímica en la UCV, impulsor de las ciencias en el país y, para ampliar su foja, uno de los creadores de la fórmula Lactovisoy-, en el éxito de su Expedición Conmemorativa de Humboldt. Werner Jaffé, padre de Klaus, había tenido que abandonar sus estudios de Química en Alemania para continuarlos en Suiza y luego encontrarse con su padre, ya exiliado en Venezuela, en 1940. “Yo soy medio judío, por el lado de mi padre”, reconoció Werner Jaffé al escritor Karl Krispin en una entrevista, poco antes de su fallecimiento (4), en 2009, y estribaba en ese dato familiar el motivo para que tuviesen que dejar Alemania. De modo que en el hogar de los Jaffé había la sensibilidad suficiente para captar por el radar la cercanía de alguna amenaza antisemita, una alarma que Vareschi jamás hizo activar. “Casi todos los alemanes que vinieron después de la guerra a Venezuela tuvieron algo que ver con el partido nazi. En esa época era inevitable”, descarta Klaus Jaffé en entrevista telefónica, antes de ensayar una analogía: “Hacer ciencia en esa época para los nazis equivalía a trabajar hoy en el Ivic bajo el gobierno bolivariano. Sería una tontería ponerse después a ver quién trabajó con el chavismo y quién no lo hizo”. 

Con todo ello, parece natural que Vareschi ingresara a las filas de la SS de un modo casi cómico. Lo cuenta Lotte de Vareschi en sus libros de memorias, Ahora escribo con plumas de loro: Vareschi estaba en el andén de la estación de trenes de Rum (cerca de Innsbruck, Austria, ciudad de origen de Vareschi) en espera del transporte que lo llevaría, junto a sus compañeros del Batallón de Guardia de Montaña (Bergwacht), a los combates de lo que después se conocería como batalla de Stalingrado (hoy Volgogrado, Rusia), cuando la voz de un oficial le llamó: “Cabo Vareschi, ¡salirse!”. Se le convocaba con urgencia a una oficina de la SS en Baviera. Si bien el parte militar no era muy preciso y en primera instancia lo condujo por equivocación hasta una oficina bávara de la SS de aspecto siniestro, que resultó estar en el campo de concentración de Dachau, por fin pudo alcanzar su meta, una oficina de la calle Widenmayer de Múnich, sede del Instituto Sven Hedin (5). 

Allí, recién conocería a quien sería su jefe asignado y, a la larga, su protector. “Por favor, doctor Vareschi, tome asiento”, lo recibió. El llegado pensó: “¡Ah! ¡Ahora vuelvo a ser “doctor”! ¡Ya no más “recluta de mierda”!”. En efecto, Vareschi pasaba a otro nivel. Investigaría con botánicos y especialistas en genética, con verdaderos colegas. Un documento de 1943 revela que en el instituto devengaría un salario respetable de 480 marcos del Reich al mes. Además, aprendería que su jefe no era un tipo cualquiera, como tampoco trabajar para la SS era lo mismo que vérselas con cualquier otra rama burocrática del nacionalsocialismo.

 De ambas distinciones da fe un episodio que Lotte de Vareschi oyó de su esposo pero que hasta ahora no había dado a conocer en público. Un día Heinrich Himmler, el mandamás de la SS, anunció una inesperada visita al castillo de Mittersill. Es probable que se tratara de la misma visita reportada el 12 de mayo de 1944, cuando, según la periodista e historiadora Heather Pringle, Himmler pareció “complacido con lo que veía, remarcando con auténtico interés la labor racial del instituto” (6). Según el relato de Lotte, todos los investigadores del instituto fueron llamados en emergencia para acudir, con el uniforme negro de la agrupación, a la revista. Himmler quería conocerlos de uno en uno. Entre el personal de la instalación se había colado un empleado informal, una especie de factótum del director del instituto que, en esos tiempos de escasez impuesta por la economía de guerra, se encargaba de conseguir provisiones en el mercado negro. El director decidió presentarlo, ponerle un uniforme de SS y hacerle decir que era el encargado del desarrollo de nuevos granos que los campesinos de los Alpes pronto pondrían a prueba. Pero esa era, en realidad, la labor de Volkmar Vareschi en el laboratorio. ¿Qué diría entonces? Su jefe instruyó a Vareschi para que dijera a Himmler que el proyecto a su cargo era la cría de caballos genéticamente más robustos para el servicio de las tropas en el este- una tarea genuina a la que el propio director del Instituto Sven Hedin había consagrado parte de sus investigaciones. 

Cuando llegó la hora de presentarse ante Himmler, la honestidad de Vareschi le jugó una trastada. Titubeó ante la pregunta de a qué se dedicaba y apenas consiguió murmurar, entre carraspeos: “Bueno, Reichsführer…”. Enojado por la vaguedad de la respuesta, que rozaba la insolencia, Himmler volteó hacia el director del Instituto, un oficial de graduación media de la SS (a la sazón SS-Sturmbannführer, o Mayor), así como también un científico de gran reputación, y le increpó: “A este hombre, ¿qué le pasa?”. Y entonces el director del instituto tuvo un reflejo que tal vez salvó la vida a Vareschi por segunda ocasión desde que lo llamó justo antes de partir a Stalingrado: “Reichsführer”, sacó a relucir lo mejor de su repertorio de adulaciones, “este hombre está tan impresionado de encontrarse por primera vez frente a usted, que le faltan las palabras”. 

El autor de la ocurrencia, el director del Instituto Sven Hedin, el SS-Sturmbannführer, el jefe de Vareschi y tal vez su salvador, se llamaba Ernst Schäfer. 

Al asalto del Himalaya

La SS fue fundada en 1925 como un cuerpo de élite que escoltaría al Führer Adolf Hitler. Pero bajo la dirección de Heinrich Himmler creció de manera descomunal hasta convertirse en un Estado dentro del Estado, con millones de afiliados y leyes, jurisdicciones y armas propias. Lo que se esperaba fuera una guardia de honor se convirtió pronto en una facción del partido nazi, lo bastante numerosa y feroz como para primero equilibrar y luego neutralizar a las díscolas SA o Sturmableitung (Tropas de Asalto, en alemán), camorreros de camisas pardas que fueron útiles para la toma del poder, pero que, llegada la hora de las formalidades institucionales, debieron ser purgados de manera cruenta durante la denominada Noche de los cuchillos largos de junio de 1934. 

La SS llegó a hacer las veces de aparato policíaco y de seguridad dentro del sistema de terror nazi, incluyendo, a la postre, la vigilancia de los campos de la muerte. Fue al mismo tiempo un enorme conglomerado empresarial, que reportó ganancias pingües a todos los que estuvieron en posición de meter la mano en su sinuoso organigrama. La SS también fue un ejército, con la creación de la Waffen-SS y sus batallones, algunos de ellos entre los más victoriosos de las fuerzas armadas alemanas durante la II Guerra Mundial, pero también de los más despiadados. La SS se hizo al fin tan grande que requirió de un cuerpo ideológico, una razón de ser. 

El fervor por lo militar, tan característico del nacionalsocialismo y de la SS, puede achacarse a sus deudas con las pompas del fascismo italiano, que los precedió, y a un rasgo de la germanidad más obvia. Pero la SS también escogió apropiarse –entre muchos otros, como la vindicta contra “la puñalada por la espalda” de Versalles, la necesidad de un espacio vital y el odio por igual tanto al bolchevismo como a los valores burgueses- de uno de los puntales de las reivindicaciones alemanas: el derecho, o el deber, de preservar la pureza racial. La SS, como el nazismo que le servía de fuente, propugnaba la identidad del pueblo alemán con la herencia en custodia de una raza superior, los arios, que provenían de las brumas de tiempos virginales, que aparecían apenas esbozados en las sagas nórdicas y las leyendas del sacro imperio, y con los que quizá también se emparentaban, pero mediante un nexo más débil, los pueblos de Escandinavia, Flandes, Normandía y Gran Bretaña. 

Esta tesis sirvió para dar rienda suelta en la SS al misticismo, más que a la ideología. Siempre se ha señalado, como un detalle curioso, si no risible, que tanto Hitler –un antiguo cabo de pelo oscuro, oriundo de la cuenca alta del Danubio- como Himmler –un enclenque católico bávaro, criador de pollos, calvo y con lentes- replicaran en escasa o ninguna medida el ideal fisonómico de los arios. Pero algo que a Himmler distinguía, sin compartirlo con Hitler, era la atracción que sentía por el ocultismo, la seudohistoria y los mitos, una afición de la que también eran entusiastas practicantes otros jerarcas nazis como Alfred Rosenberg (1896-1946) y Rudolf Hess (1894-1997). 

Himmler quiso que la SS diera la imagen de una Orden Teutónica rediviva. Las gorras de plato de la oficialidad llevaban una insignia propia de tribus germánicas: una calavera sobre dos tibias cruzadas –aunque también fuera durante el siglo XIX emblema de un escuadrón de húsares del Kaiser-, y el logotipo de la organización incluía sus iniciales escritas como dos runas vikingas de la victoria. Convirtió el castillo de Wewelsburg, en Westfalia, en una suerte de Camelot nazi. La SS revisaba a fondo la genealogía aria de sus miembros, a quienes impedía casarse con no-arias y animaba a procrear numerosos hijos. Los matrimonios se celebraban con ceremonias calcadas de los ritos ancestrales paganos, y la Navidad se sustituiría poco a poco por la Fiesta del Solsticio de Invierno. La SS debía ser, ni más ni menos, la fuente de regeneración racial y cultural de la sociedad alemana. 

Pero para consolidar esta feria del pasado y proyectarla como modelo de futuro, no bastaba con tener fe. Hacía falta una base empírica. Así que la SS impulsó una ciencia völkisch (expresión alemana por étnico-nacional) que desplazara de las universidades a la ciencia judía. La nueva verdad debía imponerse en el mundo del conocimiento. 

Llegó a haber, por ejemplo, una geología aria que dejó de lado la teoría de la deriva de placas tectónicas –nacida, por cierto, también en Alemania con Alfred Wegener- en favor de una nueva propuesta, la del planeta de hielo. Como también hubo una electrofísica aria que decía que la atmósfera terrestre, debidamente manipulada, podía comportarse como un control remoto gigante, capaz de apagar y encender al antojo todos los artefactos eléctricos del globo. 

Un papel similar, si no más relevante, tocó a la arqueología, la antropología y la genética arias; esta última, mutada en Rassenkunde (o Estudios de la Raza). Sus tareas quedaban sesgadas desde el principio por un deber que no era el de comprobar una hipótesis, sino de forjar en campo las evidencias verosímiles de una historia rescrita a placer y conveniencia por el totalitarismo nazi. En particular, de lo que se trataba era de sustentar la existencia previa de los arios, la primigenia raza de gentes superiores. 

Como plataforma de este empeño, en 1935 Himmler creó y puso bajo jurisdicción de la SS, dos años después, la llamada Deutsches Ahnenerbe- Studiengessellschaft für Geistesurgeschichte (o Herencia Ancestral Alemana- Sociedad para el Estudio de la Historia de las Ideas Primitivas), un nombre demasiado descriptivo –y abarcador, a la vez- que pronto se abrevió como Ahnenerbe. No tardó mucho en funcionar como un imán para charlatanes de toda guisa. En su misión de reordenar la historia, la Ahnenerbe contrató a falsificadores, gurúes y aventureros. Antes de la guerra –cuando no había asumido todavía otras responsabilidades más graves- apoyó expediciones extravagantes a Finlandia, Irak y Suecia, por ejemplo, o a Bolivia; esta última al final abortada, pues nada más tenía por sustento central la certeza de que la Puerta del Sol en Tiahuanaco, a orillas del lago Titicaca, era en verdad la ruina visible de un asentamiento ario. 

Se debe decir, en plena justicia, que la Ahnenerbe también tuvo éxito en reclutar a científicos de comprobada valía que, por convicción política, instinto de supervivencia u oportunismo, contribuyeron a darle una fachada de integridad intelectual. Entre esos científicos estuvieron el gran orientalista Walther Wüst (1901-1993), el arqueólogo Herbert Jahnkuhn (1905-1990) y, sí, el zoólogo Ernst Schäfer, quien sería jefe y “salvador” de Volkmar Vareschi. Para ese entonces, una de las teorías más populares sobre la procedencia de los arios, ubicaba su origen en la Atlántida extinta. Pero la idea más aceptada entre académicos era que si los arios habían venido de algún lado, ese lugar tenía que ser el sistema montañoso indo-himalayo. Ya la flamante disciplina de la lingüística comparada había establecido que casi todas las lenguas occidentales, y muchas de Oriente, como el sánscrito hindú, se habían desprendido de un tronco común, el idioma indoeuropeo de la antigüedad. De hecho, la palabra “ario”, en su acepción de “noble”, es una voz que proviene tanto del sánscrito como del farsi iraní; y la esvástica, ese símbolo que adquiriría connotaciones lúgubres en la historia inmediata, era conocida desde tiempos inmemoriales como representación de advocaciones sagradas en Asia Central y el subcontinente indio. ¿Por qué no buscar en esa región? 

El ambiente le era propicio a Ernst Schäfer cuando en 1937 empezó a buscar patrocinios para una expedición al Tíbet. Himmler pronto se mostró interesado en apoyarle. Estaba convencido de antemano, como otras autoridades del régimen, de que un tramo importante de la evolución ario-germánica se escondía allá y que valía la pena hacer el esfuerzo por encontrarlo. Y no albergaban dudas de que Schäfer tenía las credenciales para liderar ese esfuerzo, incluyendo un carné del partido nazi, al que se sumó en 1933 (año de la conquista del poder por Hitler, mismo en el que muchos alemanes juzgaron conveniente adherir al partido nazi; fueron tantos los que decidieron hacerlo entonces, cuando se vio que los vientos le eran favorables al nazismo, que toda esa camada de militantes por pragmatismo recibió un apodo burlón, Violetas de Marzo, un remoquete que a su vez el escritor escocés Philip Kerr utilizó para titular una de sus novelas negras ambientadas en el Berlín hitleriano). Además, ya en 1934 Schäfer se había afiliado a la SS. 



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