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Viaje al fondo de una etnia enferma

Una expedición médica zarpó en julio a la Venezuela más recóndita para examinar las poblaciones indígenas que atraviesan la peor epidemia de sida que se haya visto en el país. Una periodista los acompañó y desde allí reportó, en clave de crónica, un periplo por los campamentos warao y las vicisitudes que pasan a la hora de enfrentar el VIH sin tan siquiera un ambulatorio surtido de medicinas.

29 November 2015

Los médicos querían salir desde Puerto Volcán –un pueblo que creció a la vera de un muelle localizado a 45 minutos de Tucupita, la capital de Delta Amacuro– hasta San Francisco de Guayo, en los caños del delta del Orinoco, cuando recibieron la noticia: no había gasolina para completar el recorrido. Todo parecía indicar que la espera sería larga. Andrés, el motorista encargado de la expedición en lancha, les dijo que un hombre llevaba una semana esperando la llegada del combustible. Solo se podía salir a tiempo pagando un tambor de gasolina que en el mercado negro oscila entre 3.000 y 7.500 bolívares. Pero ni Andrés ni los doctores tienen para pagarlo. Así que el lanchero sacó su chinchorro y durmió cerca de la embarcación para evitar que le robaran los motores.

Los doctores, resignados, esperaron hasta el día siguiente para iniciar una travesía vital en esta zona de la Venezuela más recóndita. El extremo oriental es quizá el último lugar de la geografía nacional en el orden de prioridades de todos. Allí, donde la prevalencia del VIH es más alta que en cualquier parte del país, los especialistas quieren evaluar el impacto del virus en la población warao de 15 a 50 años, pertenecientes a 15 comunidades de la parroquia Padre Barral y 11 de la parroquia Manuel Renaud. Hay que aplicar dos pruebas rápidas de diagnóstico (Oraquick y Alere) y determinar cuántos pacientes conocidos por el Ministerio del Poder Popular para la Salud (la mayor parte por los estudios realizados por estos investigadores) sobreviven en el hospital Hermana Isabel López de Guayo. La travesía es perentoria: el equipo aspira a que quienes aún sobreviven sean incluidos en las estadísticas nacionales a través del Programa Nacional de ITS/VIH y puedan recibir tratamiento. Los que han fallecido arrojan una conclusión quizá más importante: cuán letal es la cepa que tienen los warao.

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