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La Maternidad marchó con el Batallón 51 a la mortalidad

Un experimento impulsado por el Ministerio de la Salud supuso confiar desde 2012 el servicio de Neonatología de la Maternidad Concepción Palacios de Caracas a un grupo de médicos-milicianos, graduados en Cuba, sin experiencia en Pediatría. Se les facilitó una vía expresa para graduarse de especialistas, pero, con todo, fracasaron. Su fracaso puede haber contribuido al salto de la tasa de mortalidad en uno de los principales centros materno-infantil de Venezuela.

19/09/2015 12:00:25

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Si en Termópilas fueron 300 los guerreros espartanos que se inmolaron para cambiar el rumbo de las guerras médicas, para la batalla por una medicina socialista, no mercantilista, Hugo Chávez eligió otro número cabalístico: 51. Es el número preciso de egresados en la primera cohorte de venezolanos de la Escuela Latinoamericana de Medicina (Elam) de La Habana, Cuba. En su honor, es también el nombre que el comandante bolivariano eligió para la brigada internacional de médicos –tanto venezolanos como extranjeros, pero todos formados en la Elam– creada en 2005 para cumplir misiones sanitarias en zonas apartadas de Venezuela, así como en el exterior: el Batallón 51.

Pero es cierto que no siempre se puede escoger el campo de batalla. A un grupo del Batallón 51 le ha tocado librarla desde 2012 en la trinchera del departamento de Neonatología de la Maternidad Concepción Palacios de Caracas. Las novedades en el frente no son buenas: su despliegue en la maternidad ha coincidido con un despegue de las cifras de muertes entre neonatos. Mientras, una verdadera guerra gremial se ha entablado entre médicos “profesionales” –cada vez menos– y médicos “revolucionarios” –cuya mayoría desertó, con algunos ya de vuelta al servicio–.

Es una guerra en la que no se dejan prisioneros, sin piedad retórica, como lo demuestra esta carta-manifiesto que apareció en los pasillos de la Maternidad a mediados de 2013:

“Para todos los médicos, adjuntos, neonatólogos, anestesiólogos, etc. Con mi más sincero respeto, quiero decirles que no estoy de acuerdo de que los residentes de neonatología se vayan de la institución y mucho menos que ustedes le hagan la guerra simplemente porque sean chavistas o vengan de Cuba... Seguiremos siendo chavistas aquí y donde sea. La revolución continúa. Ellos no volverán, que se pudran esos escuálidos, a ellos les interesa la cantidad no la calidad” (Sic).

La circular, anónima, a menos de un año desde que los médicos graduados en la Elam comenzaran a rotar dentro de la Maternidad, recogía los términos de la disputa que ya para el momento se daba en la sección de Neonatología. Eran términos políticos, epítetos personales. Tal vez no podía ser de otra forma: como permite suponer su nombre, el Batallón 51 funciona como una estructura militar, que mantiene una línea de comando y defiende una doctrina.

Con respecto a la primera, la línea de mando, en el año fundacional se estableció que el primer comandante del batallón sería el ex mandatario de Cuba, Fidel Castro; de segundo comandante tendrían a Hugo Chávez; y de tercera comandante a Eugenia Sader, militar, médico y ex ministra venezolana sobre la que han recaído imputaciones por supuestas irregularidades durante su gestión pública.

Sobre la segunda, su doctrina, no deben quedar dudas. El reglamento general del Batallón 51 define como una falta grave la de “mantener una actitud contraria a los principios de la Revolución Bolivariana; hacer manifestaciones notorias que evidencien desprecio a la ideología revolucionaria”.

Pero la diatriba política y las increpaciones personales terminarían por diezmar la calidad del servicio. Las luchas internas, promesas incumplidas e improvisaciones se confabularon para que la avanzada del Batallón 51, que alguna vez fue la consentida de Chávez y Sader, fracasara en la Maternidad Concepción Palacios.

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Prueba fallida

El Batallón 51, que en la actualidad supera los 1.000 graduados en sus filas, fue presentado como un “ejército de batas blancas” que se encargaría de transformar el sistema de salud venezolano. “Hermosa vanguardia de un nuevo ejército de la medicina”, fue la imagen que le dedicó Chávez durante un acto en 2009. 

Como una fuerza de choque, en 2012 la ministra Sader envió a 18 médicos del batallón a ocupar diferentes cargos en la Maternidad Concepción Palacios, en la urbanización San Martín de Caracas, el complejo materno-infantil más importante del país. Enfrentaban una crisis: muchas plazas de la Maternidad se estaban quedando vacías por el éxodo de médicos del país. El servicio de Neonatología era uno de los más afectados. Tanto, que por falta de personal su terapia intensiva estaba cerrada desde 2008.

Diez de los “comandos” comenzaron el postgrado de Neonatología de la Universidad Central de Venezuela (UCV) que tradicionalmente se cursaba en la maternidad, pero que permanecía cerrado desde 2008 por falta de postulantes: dos dominicanos, un chileno, dos peruanos, un argentino y cuatro venezolanos, todos egresados de la Elam, conformaban el grupo en el que más de la mitad no contaban con experiencia en Pediatría o con recién nacidos, según consta en sus documentos de ingreso y resúmenes curriculares. A la fecha, escasamente dos continúan en la maternidad, y la tasa de mortalidad neonatal dentro del centro médico, que se proyectaba bajaría, ha aumentado.

Que pudieran inscribirse en el postgrado tuvo que ver con la intervención de una alta autoridad: la entonces ministra Eugenia Sader. Su despacho convocó a la Dirección de Postgrado de Neonatología de la UCV a una reunión en la que el Gobierno, en voz de la ministra, planteó la necesidad de bajar de dos años a un año las prelaciones académicas en Pediatría hasta entonces requeridas para poder aspirar a ser neonatólogo y, de esa manera, dar una solución express a la escasez de especialistas en el área.

La universidad, junto con el comité de la especialidad de la Facultad de Medicina, accedió al cambio de prelaciones, tal como quedó registrado en el Baremo 2012-2013 que contiene la información para el ingreso de aspirantes a postgrados clínicos. Lo mismo sucedió con especialidades importantes como Neurocirugía y Gastroenterología. Fue así como se le abrió la puerta a los médicos provenientes de Cuba.

“Los inscribimos y el resultado en la parte académica no fue bueno. Sacaban 11, 7, 4… No llegaron a finales de primer año. Y el problema no sólo era la parte de formación y conocimientos básicos. También había reposos médicos, abandonos del sitio de trabajo y llegadas tarde. El desempeño del Batallón 51 en la maternidad fue decepcionante”, explica el doctor Luis Gaslonde, ex coordinador de postgrados de medicina de la UCV recordando su experiencia con los médicos de la Elam. Además de las vocaciones individuales de los jóvenes, parecían estar en juego el prestigio de la medicina cubana y, por mampuesto, el bienestar de los pacientes de Neonatología, bebés con apenas horas o días de vida.

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Un rapto de humildad –o de realismo– sobrevino a los jóvenes formados en las aulas de Cuba después de la carta anónima que circuló por la Maternidad en 2013, citada unas líneas más arriba. Entonces dirigieron cartas oficiales a las autoridades académicas en las que los del Batallón 51 solicitaban ser cambiados del postgrado de Neonatología al de Pediatría porque no contaban con los conocimientos necesarios para “hacerle frente a una subespecialidad como esta”.

Sin embargo, cuando la UCV no aceptó su petición de cambio, uno a uno fueron renunciando a la subespecialidad alegando “falta de organización académica y recurso humano para la formación”, “no cumplimiento de objetivos” y “la necesidad del cambio del pensum adaptado a aquellos médicos que no tengan la especialidad de pediatría”. Gaslonde explicó que, aunque los médicos reconocieron que no tenían las capacidades para continuar, la comisión académica no podía aprobar el cambio, pues ello “no está en las normas de la universidad”.

Neonatología es un área crítica y sus especialistas trabajan en las unidades de cuidados intensivos para recién nacidos. Deben ser pediatras para poder cursar la subespecialidad; así lo explica el neumonólogo infantil y neonatólogo Rosendo Ardila, quien a su vez critica la presencia del batallón y de médicos integrales comunitarios en la maternidad: “La jefa de Neonatología de la Maternidad Concepción Palacios, Rosalinda Prieto, me dijo que esos médicos habían hecho ‘un intensivo’ en Pediatría con ella y que por eso sí estaban calificados. ¡Por Dios!”.

Rodrigo Pérez Tobar, médico de nacionalidad chilena del batallón quien todavía permanece en neonatología de la maternidad, explica: “neonatología quedó vacía y no había muchos concursantes. Es un área estresante a la que hay que dedicarle mucho tiempo y la paga es poca. En 2009, la UCV bajó las prelaciones a un año de residencia asistencial de pediatría. Residencia que nosotros hicimos, además del postgrado en medicina familiar integral”.

Médicos dentro de la maternidad, que prefieren mantenerse en el anonimato por miedo a perder su trabajo, compartieron con los miembros del batallón y los catalogan de “conflictivos”. Aseguran que no estaban, ni están preparados, académicamente para atender recién nacidos.

Luego de este intento, la Facultad de Medicina de la UCV regresó a sus requisitos iniciales para poder cursar Neonatología: dos años de residencia en pediatría. Desde entonces, no han tenido más aspirantes. “No me gusta decirlo. Pero estos muchachos fueron una especie de prueba que no funcionó”, remata Gaslonde.

La realidad detrás de los datos

En los últimos cinco años la tasa de mortalidad, por cada 1.000 neonatos, en la Maternidad Concepción Palacios aumentó en 72%. Esa proporción se revela al analizar los datos proporcionados, a través de una petición de información formal, por la sección de Estadística de la propia maternidad. La tasa de mortalidad neonatal en 2010 en este centro médico era de 15% y cerró en 2014 con un 25,8%, año con mayor número de muertes registradas. Se trata de casi el doble.

Comparar estos porcentajes con las cifras a nivel nacional puede ser tarea difícil, ya que los últimos datos oficiales sobre mortalidad neonatal en el país son de 2012 (anuario del Ministerio del Poder Popular para la Salud). En ese momento ocurrieron 6580 muertes que, al ser calculadas en relación al número de nacimientos, da como resultado una tasa del 10,62%. Considerablemente menor a la que se presenta en la Maternidad Concepción Palacios.

Estos datos deben ser vistos a la luz del contexto, y no pueden atribuirse a un solo factor. La Maternidad Concepción Palacios ha venido atendiendo un mayor número de casos críticos por la reinauguración de la terapia intensiva neonatal, que estuvo parcialmente cerrada por cinco años. La terapia intensiva para recién nacidos en la MCP volvió a abrir en 2013, después de la llegada del Batallón 51, y en la actualidad está comandada por Rosalinda Prieto, jefe de Neonatología, quien fuese anteriormente directora del Hospital Pérez Carreño, centro médico ubicado al oeste de la ciudad de Caracas.

Prieto llegó a la maternidad, en enero de 2014, como coordinadora general para la reestructuración docente asistencial del departamento de Neonatología. Menos de dos meses después queda sin efecto su designación en la Gaceta Oficial número 409.719. Aun así, se mantiene como jefe de Neonatología y estuvo más de un año coordinando el postgrado en el área.

Prieto niega que las muertes de neonatos hayan aumentado en la maternidad en los últimos años. Además defiende al grupo del postgrado que quedó a su cargo: “Si estos muchachos no estuviesen aquí, la maternidad se caería”, sentencia. También asegura que hay un estigma por parte de otros médicos hacia los que no se gradúan en las universidades tradicionales. “Cuando ellos llegaron fueron marginados. Les decían que no eran verdaderos pediatras. Pero ahora los necesitan”, aseguró.

Esta versión positiva sobre el paso de los médicos de la Elam en Neonatología coincide con el panorama que pinta Giannina Sue, actual presidenta de la Sociedad Médica: “Todo está bien. No he recibido quejas. Las pacientes me han dicho que ellos las tratan muy bien”.

Pero lo cierto es que, apartando los sesgos políticos y subjetividades de cada quien, nunca ha sido fácil hacer denuncias desde la Maternidad Concepción Palacios. Para hacerlo, hay que correr riesgos en términos de estabilidad laboral y de acceso a un centro de salud que, por sus magnitudes e historial, ofrece a los médicos oportunidades únicas para practicar su ciencia. Lo sabe Fernando Calderón, que tuvo que pagar el precio.

En 2008 Calderón era jefe de sala de parto de la maternidad y presidente de la Sociedad Médica. Había hablado a los medios sobre las carencias dentro del centro de salud y hasta denunció públicamente cuando seis recién nacidos murieron en una misma guardia ese año. Por sus declaraciones a los medios, a Calderón se le abrió un proceso judicial y fue destituido de su cargo.  “Ese día me encuentro con una pediatra llorando porque seis niños se murieron en una guardia. Tenía que denunciarlo. Tenía que hablar por los que no podían hablar”, comenta Calderón al recordar el trance.

Una marcha paralela

A principios de 2013 el panorama del Batallón 51 comienza a cambiar. En marzo de ese año muere el presidente Chávez, su segundo comandante. Eugenia Sader, su tercera comandante, sale del cargo como Ministra del Poder Popular para la Salud después de tres años y la médico cirujana Isabel Iturria toma su puesto, quien no tenía una relación tan cercana como su antecesora con el ejército de batas blancas.  “Iturri demostró de manera directa su rechazo hacia los Médicos Integrales Comunitarios (los llamados MIC) y hacia nosotros. Al salir Sader, quienes estaban del Batallón en grandes cargos fueron reubicados. Ya no contamos con el apoyo político ni ministerial”, explica Martha Ortega, venezolana graduada en el Elam.

Ortega también explica que Cuba dejó de ofrecer médicos a Venezuela después de la graduación de la décima corte del Batallón 51 debido al auge del programa de formación de medicina integral comunitaria que se cursa en el país.  Y hace hincapié en la inestabilidad existente: “el Batallón es el bichito raro de Venezuela. Somos médicos cirujanos, pero no graduados en Venezuela. No somos de allá ni de acá”.

Aunque tanto el grupo proveniente de Cuba como los MIC son médicos graduados en “revolución”, hay quienes insisten en aclarar sus diferencias: “Los MIC son pregrado, lo que nosotros hicimos fue un postgrado, un postgrado en medicina general integral que es medicina familiar, para ser médicos de familia”, explica Pérez Tobar.

El destino de los ocho médicos que desertaron del postgrado de Neonatología en la maternidad fue diverso. Algunos regresaron a su país de origen, otros comenzaron a estudiar Pediatría y otros cambiaron simplemente la casa de estudios y se fueron a cursar la subespecialidad en la Maternidad Santa Ana, ubicada en San Bernardino, en Caracas.

El 5 de julio de 2014, el website de la estatal Venezolana de Televisión (VTV) titulaba: “Cinco nuevos especialistas en Neonatología para la Maternidad Concepción Palacios”. Entre ellos estaba Pérez Tobar. Sin embargo, según la coordinación de postgrado de la Facultad de Medicina de la UCV, en el último año, no han tenido postulaciones ni graduaciones de neonatólogos provenientes de la maternidad. “El postgrado está inactivo. El año pasado nadie se postuló”, explica José Ramón García, actual coordinador de postgrados.

Pero Rosalinda Prieto replica desde la jefatura de Neonatología de la Concepción Palacios, asegurando que el postgrado sigue activo y cuenta en la actualidad con cinco participantes, médicos integrales comunitarios. Con ello deja servida la posibilidad de que pudieran coexistir en la maternidad dos programas de postgrado simultáneos, uno con sanción oficial de la universidad, ahora inactivo, y uno informal no universitario.