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Cambiando un dólar a la vez en la Venezuela de la hiperinflación

Decenas de grupos de WhatssApp son las nuevas microcasas de cambio a través de las cuales los venezolanos compran y venden las divisas que permiten a cada vez más venezolanos sortear el inclemente aumento de precios en el país. Mientras se hace cada vez más común el cobro directo en dólares para adquirir bienes o servicios, el mercado de menudeo de divisas ya tiene vida propia y representa 43 por ciento de la cantidad de divisas que se transan en el país donde el bolívar perdió todo fundamento

09/08/2018 9:51:57

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El primer mensaje del día llega a las 8:01 am, cuando comienza la jornada laboral de María. Su teléfono celular empieza a sonar en una peluquería ubicada al este de Caracas. “¡Buenos días! $100 por transferencia BofA. Pago Banesco”, dice un mensaje por WhatssApp, “$50 transferencia BofA. Pago Mercantil/Provincial”, otro, “$50 efectivo Ccs. Pago Mercantil”, lee al abrir la conversación. Es quincena y María sabe que será el primero de unos veinte mensajes similares que recibirá por esa vía, de una misma persona, hasta pasadas las 10:00 pm, cuando regrese a casa.

Su interlocutora es una muchacha de unos 28 años, que le ha confiado a María su cabellera en varias oportunidades y también, como suele suceder, algo de su vida personal. María sabe que le gusta montar bicicleta y subir El Ávila, que se desempeña en la rama de las telecomunicaciones “en algo relacionado con el Gobierno” al igual otras de sus clientas, quienes también le envían por WhatsApp decenas de mensajes de ese mismo tipo, cada día. Por lo menos diez clientas más.

En un año, María se ha familiarizado con los códigos que maneja el grupo, al que asegura entró “por accidente”, tras haberles dado su número de teléfono celular. Ahora que es parte de su “círculo de confianza”, sabe que lo mínimo que se mueve en la red son 10 dólares en efectivo y lo máximo 250. También sabe que los montos no siempre son redondos, y que una persona puede ofrecer 32 o 47 dólares.

Pero ella es un miembro pasivo de la red. No ha contestado ni uno de los miles de mensajes que ha recibido en los últimos 12 meses. Tampoco ha tomado la iniciativa de escribir a los vendedores para ofrecerles los dólares que reúne del pago que voluntariamente le hacen en divisas algunas de sus clientas, ni para cambiar los 30 dólares que le manda su hijo cada mes desde el exterior. María prefiere ahorrarlos porque está consciente de una realidad que, pese a estar en un país con control cambiario, cada vez es más evidente: “Ahorita todo aquí es en dólares”.

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Fuente: Youtube

Como esta red, han surgido muchas que mueven el creciente menudeo de dólares de quienes los venden para sobrevivir en la Venezuela de la hiperinflación. Aunque diferentes en cuanto a la cantidad y el tipo de integrantes, clientes y proveedores, las improvisadas redes manejan una estructura que se basa en relaciones de confianza y que funcionan de la misma forma. Las gestionan, en su mayoría, personas jóvenes, que en conjunto mueven casi tanto dinero como el que los empresarios en las mesas de dinero.

“En términos de volúmenes de transacciones estamos hablando que el mercado corporativo el año pasado llegó a mover más o menos 1.700 millones de dólares, mientras que el de menudeo llegó a mover 1.140 millones de dólares”, aseguró el economista Asdrúbal Oliveros, quien vislumbra que el exclusivo y sofisticado sector corporativo seguirá “cediendo” ante la “dinámica del país”, mientras que el otro, el del menudeo, seguirá subiendo.

La firma que dirige, Ecoanalítica, ha documentado los cambios estructurales que ha habido en el mercado cambiario venezolano en apenas siete años. De acuerdo con cifras suministradas por Oliveros, en 2010, 83% de las transacciones –de no menos de 10.000 dólares cada una– las hacían los actores de lo que el economista denomina el segmento corporativo. Para ese año, apenas 16% de las operaciones era de menudeo, y tan solo 1% correspondía a “otra cosa”.

En 2017, Oliveros y su equipo detectaron un mercado cambiario totalmente diferente, en el que las operaciones corporativas se redujeron a 50% y las de menudeo comenzaron a ganar espacio hasta escalar 43%. El mercado de las criptomonedas, que también se han comenzado a utilizar para comprar dólares, alcanzó 7%.

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Con la derogatoria, este 4 de agosto, de la Ley  de Ilícitos Cambiarios, por la oficialista Asamblea Nacional Constituyente, hay más dudas que certezas. Pero si algo estima la economista venezolana Anabella Abadi es que para estas actividades de menudeo, en las que hay pagos relativamente bajos en moneda dura, no habrá mayores cambios.

“No creo que esta derogatoria afecte al menudeo, va más dirigida a actividades de grandes transacciones de empresas que transen en el mercado formal”, explica Abadi, quien vislumbra  un incremento del cobro de bienes y servicios en moneda dura.

María seguirá recibiendo igual cantidad de mensajes en la red a la que pertenece, o incluso más.

Palabra clave: confianza

The AirTM, uno de los procesadores de pagos más conocidos, fundado en 2015, que fija una de las tasas más moderadas del mercado paralelo, celebró el pasado 6 de junio haber completado la transacción 1.000.000. “Seguiremos trabajando sin parar para ofrecer más y mejores servicios para todas la personas viviendo en países en vías de desarrollo. Porque todos nos merecemos servicios financieros y estar conectados a una economía global en un mercado justo”, dijeron a través de sus redes sociales, poco después de que culminara la operación.

Es creciente la familiaridad en Venezuela con este tipo de portales y aunque son miles los venezolanos que hacen operaciones de compraventa a través de ellos, muchos en el mercado del menudeo no saben, ni siquiera, que existen, o les parece complicada la dinámica, o no tienen acceso a Internet. De allí que todavía prefieren ofrecer los dólares entre sus conocidos o insertarse en alguna de estas redes de confianza, que se manejan principalmente a través de WhatsApp.

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Twitter de AirTM

Yesenia Rivas, una estudiante de Comunicación Social, lo sabe bien. Ella maneja junto con su novio, también estudiante, una red conformada por unos 20 jóvenes, entre compañeros de la universidad en la que estudian y amigos de estos. La pareja funge como intermediaria entre ellos, los jóvenes vendedores de dólares, y un único proveedor, “el cliente”, quien les da los bolívares para que la pareja haga las múltiples transacciones de cada día.

Lo mínimo que se mueve en esta pequeña red estudiantil son, también, 10 dólares y, a diferencia de la red en la que está María, las cantidades máximas aquí superan los tres dígitos. Sin embargo, cuando les ofrecen montos superiores a los 10 mil dólares, la pareja evita comprarlos porque “la transacción se complica”.

En un mal día, Yesenia y su novio pueden comprarles a los miembros de su red hasta 200 dólares, de a poquito en poquito; mientras que, en un buen día, pueden sumar 8 mil. Por tratarse de cantidades pequeñas en cada transacción, pagan el dólar varios puntos por debajo del precio promedio que se maneje en el día, entre las distintas tasas de cambio que hay ahora en el mercado negro. Aun así, todos parecen ganar, incluyendo a los intermediarios, que cobran una comisión en cada una de las transacciones. En el caso de estos estudiantes, por cada dólar que venden cobran al menos 100.000 bolívares (dependiendo del monto o el cambio del día, este monto puede variar). Si no, no conectan a los interesados, no concretan la compra-venta.

El menudeo se mueve en efectivo y las reglas son claras: primero se transfieren los bolívares y luego se entregan los dólares, en cash. En el caso de la red de Yesenia y su novio, el sitio de entrega se acuerda entre la pareja y los vendedores. Por tratarse de “gente de confianza”, a veces reciben los billetes verdes en sus propias casas.

Pero, aun respetando la premisa de trabajar solo con personas conocidas o de las que tengan al menos una referencia, como la mayoría de los que se dedican a este negocio, fueron víctimas de una estafa que tuvieron que resarcir. Ahora, tienen una máquina de infrarrojos, por la que pasan cada billete que reciben, e incluso trabajan con una aplicación móvil que escanea el billete y, tras introducir el serial del mismo, dice si es verdadero o falso.

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Dolarización de facto

Sin buscarlo, Álvaro López, un humilde estilista de 34 años de edad, entró en el mercado cambiario paralelo del que tanto hablaban sus clientas del este de Caracas. “¿Te puedo pagar en dólares?”, le preguntó una de ellas en marzo, luego de que este le secara y planchara el cabello en su casa.

Varios de sus colegas que trabajan a domicilio ya habían entrado desde 2017 en esa dinámica en la que también estaba María, desde su peluquería, y se manejaban con soltura ante la interrogante. Algunos, incluso, habían fijado con antelación los precios de cada uno de sus servicios en bolívares y en dólares, y los hacían circular entre su clientela por cadenas de WhatsApp, o los vociferaban en saturadas peluquerías, entre el ruido de secadores y conversaciones banales.

Pero Álvaro se mantenía al margen. No sabía cómo cobrar en dólares en un país en el que, pese a haber control cambiario desde hace 15 años, el menudeo en la divisa norteamericana cobra cada vez más fuerza.  

Aunque no se caracteriza por ser tímido, permaneció mudo varios segundos ante la anhelada oportunidad de comenzar a cobrar sus servicios en dólares y poder ahorrar en divisas para irse del país. Rompió el silencio para ser sincero con quien había atendido cada viernes, durante los últimos tres años: “No sé cuánto cobrarte”. La chica, con el billete verde en mano, fijó el precio que ahora él ofrece a sus otras clientas como alternativa de pago: un dólar.

“Aquí ha habido un cambio de manos en dólares, hay una partición en efectivo. Quienes tienen dólares están empezando a traer cantidades para hacer pagos de cosas”, comentó Oliveros.

Aunque fuera de Venezuela un dólar puede parecer poco, sobre todo para un servicio como el que presta Álvaro (en una peluquería barata de los Estados Unidos puede superar los 30 dólares); en Venezuela, según el promedio de las ocho tasas de cambio del mercado negro, ese dólar representa más de 4 millones de bolívares, casi el equivalente al salario mínimo integral y casi tres veces más de lo que hubiera percibido Álvaro por su servicio si la clienta hubiera pagado en bolívares.

“Una familia que no tiene ayuda (en dólares) y solo vive de un sueldo, la hiperinflación impide que pueda mantener su consumo (…)”

En el lucrativo mercado de la belleza venezolano, como Álvaro, todos han fijado sus precios en dólares. En una modesta peluquería de una urbanización ubicada al sureste de Caracas, el “brillo de seda”, un cotizado tratamiento para alisar el cabello, cuesta 10 dólares. En un lujoso spa ubicado en un centro comercial no muy lejos de allí, la manicura y pedicura cuesta 2 dólares. Una plasmoterapia a domicilio cuesta 5 dólares. La primera sesión del famoso sombreado semipermanente de cejas cuesta 40 dólares. 

Una carrera en taxi entre las urbanizaciones capitalinas de Altamira y Caurimare, separadas por unos 7 kilómetros, puede costar 2 dólares. Esto es lo que están ofreciendo, por dos días de labores en el hogar, algunas amas de casa desesperadas, en un intento por retener a sus empleadas domésticas, ansiosas por emigrar. Y es, también, lo que están pagando algunos padres a los maestros particulares de sus hijos por dos horas de clases particulares.

La lista puede ser interminable. Un entrenador de gimnasio puede cobrar 5 dólares a cada cliente por mes, un comerciante informal puede cobrar la misma cantidad por una camiseta deportiva, un estudiante puede cobrar al menos un dólar por cada día de gestión de una cuenta en las redes sociales, un dentista 10 dólares por colocar una resina. Como ellos, albañiles, fotógrafos y diseñadores gráficos, entre muchos más, aseguran que cobrar en dólares es la única manera de sobrevivir en la Venezuela de la hiperinflación.

“Una familia que no tiene ayuda (en dólares) y solo vive de un sueldo, la hiperinflación impide que pueda mantener su consumo, porque tiene pérdida de poder adquisitivo, se empobrece y no tiene capacidad de consumir. En el caso del efecto de la ayuda de las remesas o cobrando dólares, permite que la caída del consumo sea más moderada y le da capacidad de seguir comprando”, explica Oliveros.

La remesa salvavidas

“Los venezolanos se dividen ahora entre quienes reciben remesas y quienes no”, sentencia el sociólogo Tomás Páez Bravo, quien le pone un número a la diáspora venezolana: 3 millones 400 mil venezolanos se han ido del país.

De ellos, el economista Oliveros estima que hay un grupo conformado por cerca de 1 millón 200 mil personas que tienen un trabajo estable en el exterior, y que envían, en promedio, unos 100 dólares mensuales a sus familiares en Venezuela. Luego hay otras 800.000 personas que están en condiciones más vulnerables, y que envían dinero eventualmente.

“Mucha gente logra sobrevivir gracias a las remesas”

Entre ellos está Jessica Flores, una joven que, tras culminar sus estudios universitarios, decidió emigrar a República Dominicana con su novio “para buscar un futuro mejor”. Tuvo suerte y fue de los que consiguió un trabajo estable y cada mes le envía a su padre, un conserje de 45 años que gana sueldo mínimo, el equivalente a 40 dólares.

Su hogar fue uno de los más de 600.000 que para 2017 tenían emigrantes internacionales, de acuerdo con datos de la más reciente Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi). Y su familia fue una de las más de 100.000 que recibió remesas, según el mismo estudio.

“Mucha gente logra sobrevivir gracias a las remesas”, asegura Páez Bravo. Y no es mentira. Con el equivalente a un dólar de salario mínimo, el padre de Jessica apenas podría comprar una lata de atún en el supermercado.

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En 2017 más de 2 mil millones de dólares entraron al país por concepto de remesas, según datos del Banco de Desarrollo de América Latina (CAF), que estima que en el año 2018 el monto podría alcanzar los 6 mil millones de dólares.

Sin embargo, Oliveros destaca que la mayoría de las divisas no entran al país; por lo que insiste en llamarlas “ayudas económicas” y no remesas. “Es el chamo o la chama que (desde afuera) vende a través del mercado negro”, acota Páez Bravo. Y, efectivamente, así lo hace Jessica. Ella ofrece los 40 dólares entre sus amigos en Caracas, el interesado le pasa los bolívares a la cuenta venezolana de su papá y ella le transfiere al comprador los dólares a su cuenta internacional.

En junio de este año, las casas de cambio autorizadas por el Gobierno para recibir remesas anunciaron que las recibirían a una tasa superior a la de Dicom, que para entonces se ubicaba en los 80.000 bolívares por dólar.  Comenzaron con 1.303.270 bolívares por cada dólar y, la segunda semana de agosto ya la tasa había sido ajustada a 2.900.000 bolívares. Aunque sigue estando por encima de la tasa resultante de la última subasta de Dicom, que la ubicó en 207.360 bolívares por dólar, para el 6 de agosto, la tasa sigue estando algo por debajo del tipo de cambio paralelo, que para ese día se promediaba en 4.079.343 bolívares.

Jessica sigue haciendo las transacciones a través del mercado negro, pues de la otra manera su padre perdería más de 1 millón de bolívares por cada dólar vendido. Ella sabe que con la diferencia de casi 50 millones, por vender sus 40 dólares en el mercado negro, su padre al menos puede hacer un mercado pequeñito. Claro, de ninguna manera podría adquirir la canasta básica, que en junio ya había sobrepasado los 378 millones de bolívares, pero al menos podría sobrevivir en un país en el que los precios suben a una velocidad vertiginosa.

*Los nombres de las personas que contribuyeron con sus testimonios en el reportaje se mantienen en el anonimato