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Detrás de las máscaras de la resistencia

Se cubren los rostros con máscaras o franelas. Se protegen con escudos improvisados. Preparan y lanzan bombas artesanales. Arman barricadas con lo que consiguen y, cuando van a las marchas, son quienes encabezan las manifestaciones para enfrentarse con los cuerpos de seguridad del Estado. Aunque no todas las personas que se identifican con la resistencia se conocen y actúan de la misma manera en las zonas de conflicto ubicadas en la Gran Caracas, estos son los principales elementos que caracterizan a los miembros de estos grupos que en su mayoría son de sectores populares y que, pese a no conectar ideológicamente con el gobierno de Nicolás Maduro, no siempre siguen la agenda de la oposición venezolana.

21 June 2017

Los escudos están inclinados en el tronco de un árbol cercado por bancos de cemento en la Plaza Francia de Altamira, en Caracas.

Son las 12 del mediodía del domingo 4 de junio. Los miembros de los distintos grupos de choque, conocidos como “La resistencia” entre los adversarios del régimen de Nicolás Maduro, que han surgido con las protestas opositoras que iniciaron en abril pasado, luego de que el Tribunal Supremo de Justicia, mediante dos sentencias, confiriera poderes dictatoriales a Maduro, se concentran en ese sitio. En uno de los asientos está Luis, un estudiante de cuarto semestre de Psicología en la Universidad Central de Venezuela. Por protección, pide ser identificado con este nombre. Viste con un blue jean claro y una franela manga corta que, pese a su azul intenso, no disimula el rosario con una bandera pequeña de Venezuela que pende del cuello.

“Me lo regaló una señora que un día vino a la plaza. Trajo varios y la repartió entre los hermanos para que recemos y nos cuidemos”, cuenta el joven de 26 años de edad. Mientras cruza una de sus piernas, cae al suelo una estampita de la Virgen del Valle, una la advocación mariana más importante del Oriente del país. “No sé de dónde salió, seguro me la dejó en el bolsillo una de las tantas personas que se acerca para darnos apoyo”, dice.

"Aunque hoy no hay marchas ni protestas, igual venimos. Es una manera de comunicarle a la gente que aquí seguimos, resistiendo"

Luis no tiene máscara, capucha, o una franela que le cubra el rostro. La barba, al descuido. “Es domingo y estamos relajados. Aunque hoy no hay marchas ni protestas, igual venimos. Es una manera de comunicarle a la gente que aquí seguimos, resistiendo para transmitir que queremos un cambio”, manifiesta el estudiante de Psicología que es uno de los integrantes del grupo Resistencia Contra la Represión (RCR).

También los llaman “guerreros” y “escuderos” y se cubren los rostros con máscaras y franelas. Se protegen con escudos improvisados, arman barricadas con lo que consiguen y, cuando van a las marchas, son quienes se enfrentan con la policía. No todos se conocen ni actúan de la misma manera. La mayoría proviene de los sectores más golpeados por la crisis económica de Venezuela, campeona mundial de la inflación en 2016, y que sufre de una tenaz escasez. No siempre siguen la agenda de la oposición agrupada en la Mesa de la Unidad Democrática. “A todos los grupos nos une el propósito de salir de este gobierno. Como dice el dicho, los enemigos de tu enemigo son tus amigos”, precisa Luis. 

Luis arma barricadas, usa su escudo para protegerse de los ataques de la Guardia Nacional devuelve las bombas de humo que arroja la policía y lanza bombas artesanales. “Pero en realidad no comparto la idea de lanzar las molotov, es como macabro. Cualquiera no puede devolver lacrimógenas. El que lo hace debe saber moverse entre la multitud, porque te pueden linchar por tonto. Pero también debe tener buena vista al cielo, reflejo y reconocimiento de estas bombas, porque hay algunas que pueden explotar en las manos, como ha pasado con varios hermanos”.

Sin embargo, otros grupos sí practican antes de enfrentarse con los cuerpos de seguridad del Estado. Es el caso de los miembros de “Los Pedros”, un grupo de jóvenes que viven en Caricuao, Petare y en el estado Zulia (occidente de Venezuela). El lunes 15 de mayo, durante el plantón que se desarrolló en la autopista Francisco Fajardo de Caracas, quedó clara una de sus prácticas: Un adolescente de 15 años se cubría con un escudo mientras uno de sus compañeros le lanzaba metras. Luego, hicieron una pausa para lanzar varias piedras hacia uno de los extremos de la arteria vial en donde no había personas.

Las protestas de Venezuela, que hasta mediados de junio sumaban diez semanas, nada tienen que ver con el conflicto de 93 días en Ucrania, que derrocó al gobierno de Víctor Yanukovych. Pero los choques entre los manifestantes y los cuerpos de seguridad de ambos países son similares: jóvenes encapuchados y con máscaras, que se guarecen detrás de escudos artesanales fabricados con metal y madera, se enfrentan con funcionarios con todos los pertrechos necesarios para controlar el orden público. Estas personas no tienen armas de guerra ni se desplazan en vehículos acorazados como sus adversarios, pero han logrado incendiar las tanquetas con bombas de fabricación casera.

Tres grupos

En la plaza Altamira se escucha cuando, desde los vehículos en marcha, animan a los jóvenes. “¡Vamos, guerreros!, ¡Sí se puede!”.

Desde que recrudeció el conflicto los días de Luis han transcurrido entre las aulas de clases de la Universidad Central de Venezuela y en las zonas de resistencia de Caracas. Dice que casi no descansa, pero que tampoco puede dejar de prepararse. Un día llegó a su casa con una franela llena de sangre. Había auxiliado a un compañero herido. “Ella se preocupa y me dice que me cuide. No entiende que estoy luchando por el bien de ella y de todos los venezolanos”.

No es fácil conversar con Luis. A cada rato llegan “hermanos” a saludarlo. Entre ellos está “Guarimbín”, un niño de 10 años de edad que vive en la calle y que se ha sumado a las protestas para comer los alimentos que les donan algunos manifestantes. “Guarimbín” tiene dificultad para hablar. Tiene un chichón en la cabeza porque recibió un golpe en una de las tantas manifestaciones.

Le dicen “La nadadora” porque cuando la Guardia Nacional utiliza la ballena, uno de los vehículos que repliega a los manifestantes con potentes chorros de agua, ella se lanza al suelo para evitar lesiones

“Él es nuestra mascota”, comenta una joven de 15 años de edad. Ella vive en Cúa (en el estado Miranda, cerca de Caracas) y también ha hecho amistades entre los manifestantes. Le dicen “La nadadora” porque cuando la Guardia Nacional utiliza la ballena, uno de los vehículos que repliega a los manifestantes con potentes chorros de agua, ella se lanza al suelo para evitar lesiones, aunque tiene una herida abierta en la rodilla derecha. Sus compañeros relatan que es una de las pocas chicas que acompaña a los escuderos en la primera línea de los enfrentamientos. “La nadadora”, que estudia cuarto año de bachillerato, está preocupada. A principios de este mes aseguraba que no acudiría al colegio. Estaba dispuesta a pedirle los apuntes a una amiga, pero no a abandonar la protesta.

“Guarimbín” y “La nadadora” le ponen rostro a los niños y adolescentes que se han sumado a las manifestaciones. En dos meses y medio de protestas se ha evidenciado cómo hay tres grupos de menores de edad que, de manera independiente, también participan en las marchas: el primero es el de los niños de la calle que ven en el ambiente que rodea a las escaramuzas una oportunidad para comer y pedir dinero. En el segundo grupo hay también niños de la calle que se tapan el rostro no sólo para buscar alimentos, sino protección en el ambiente de la resistencia. El tercero es de adolescentes que tienen un hogar, pero que sienten la necesidad de protestar contra el gobierno.

Al igual que la mayoría de los jóvenes que se identifica con la resistencia, Luis vive en un sector popular. Vive en el municipio Libertador: “No puedo dar más datos personales porque este es un régimen dictatorial y por mi casa los colectivos (bandas armadas que defienden al gobierno) no permiten que la gente proteste contra el gobierno. Mientras menos tienes, más sacrificas”.

"También quiero salir por las noches sin el riesgo de ser robado, secuestrado o asesinado”

A los miembros de la resistencia no les importa si son heridos o apresados. Luis explica que le satisface pertenecer al movimiento de los escuderos, porque no pierde las esperanzas de vivir el fin del conflicto. Dice que mientras tanto, ha podido conocer personas y vivir la adrenalina. “Maduro ha impuesto el modelo de papá gobierno, el que tiene el cucharón para repartirle comida a quien quiere y el que pone a las personas a hacer colas para comprar alimentos. Y no me da la gana de calarme eso. Prefiero estar aquí en esta plaza, llevando sol y luchando. Mi sueño es que mis amigos y familiares regresen a mi país, para compartir con ellos. También quiero salir por las noches sin el riesgo de ser robado, secuestrado o asesinado”.

Mientras Luis concede la entrevista, parte de sus compañeros atraviesan la avenida con carteles y escudos que dicen resistencia. Saludan a los conductores y gritan: “Venezuela”. Algunos ciudadanos bajan los vidrios para donarles ropa, dinero o comida. Los que reciben más ayuda retornan, cuentan su experiencia y comparten comida con sus amigos. La mayoría, aunque son menores de edad o personas que no superan los 30 años de edad, conserva la inocencia de un niño: juegan cartas y corren para jugar al escondite.

¿Y cómo surgen estos grupos? El gobierno asegura que los integrantes de la resistencia son financiados por la oposición, pero no se ha confirmado esta hipótesis. Se ha comprobado, sí, que el descontento con el gobierno y el hambre son los elementos que unen a estas personas que han formado grupos de resistencia en sectores populares como La Vega, Caricuao y Petare.

No es la primera vez que Luis protesta con otros jóvenes. En 2014 también participó en las manifestaciones que iniciaron en el mes de febrero y terminaron en junio de aquel año. Dice que, aunque el conflicto en Venezuela no es similar al de Ucrania, considera que la presión de calle es clave para avanzar hacia el fin de la crisis.

“La impotencia de los manifestantes en estas protestas de 2017 es totalmente distinta a la de 2014. La falta de tolerancia y el nivel de violencia son, de alguna manera, la canalización de la ira que tiene la gente porque no consigue comida, medicinas y tampoco oportunidades de progreso (... ) Me he documentado bastante y he comparado el conflicto que hay en Venezuela con el de Ucrania. Sin embargo, considero que el fin se concretará con una negociación entre los líderes políticos de oposición y del oficialismo. Pero no podemos rendirnos”, asegura.

Hambre y solidaridad

A las 2:00 de la tarde de ese 4 de junio. Luis se levanta de golpe. Llegan dos señoras con varios envases de comida con sopa, pasta y arroz. En una bolsa hay varios cambures. Él trata que a ninguno le falte una ración de comida. Un joven de 16 años solo agarra una fruta y le pide a uno de sus compañeros que “le cuadre” una llamada para pedirle a su tía que le lleve comida. “Yo soy de Santa Fe Norte, pero vengo a la plaza a montar patineta con ellos y los días de guerra, los acompaño. A nosotros no nos importa de qué zona o clase social somos, todos somos compañeros de lucha”, relata el adolescente que estudia cuarto año de bachillerato.

Al banco de cemento también llega “Pinto Salinas”, un joven de 23 años de edad que vive en ese sector popular y que trabaja en una empresa de vigilancia. A diferencia del día anterior (sábado 3 de junio), también se deja ver el rostro. Tiene una cicatriz en el pómulo izquierdo y la mirada apagada. Manifiesta con voz tenue que tiene hambre y sed.

Al otro extremo de la plaza está otro de los grupos de la resistencia: Fraternidad Charallave. Mientras Luis se acerca para hacerles llegar parte de la comida que les donaron, uno de sus miembros explica que son “un ligadito”, porque están integrados por personas que viven en La Guaira, Charallave, Petare y por una adolescente de 16 años que vino a Caracas desde el estado Trujillo en abril.

Para moverse en estos sectores hay que pasar cordones de la Guardia Nacional y de la Policía Nacional.

Durante las protestas en Caracas han surgido zonas de conflicto en urbanizaciones de clase media como Bello Monte, Las Mercedes y Altamira, en las que actúan los escuderos. Para moverse en estos sectores hay que pasar cordones de la Guardia Nacional y de la Policía Nacional. Luego, a unos dos kilómetros de distancia de las áreas donde estos jóvenes hacen barricadas, se ubican funcionarios de las policías municipales para desviar el tránsito. En el área de conflicto hay que saber manejarse con estos manifestantes que no permiten ser grabados sin capuchas, supervisan qué periodistas los quieren entrevistar y evitan el ingreso de civiles armados, también conocidos como colectivos.

Ópticas distintas

Los escuderos están en la mira del gobierno por la violencia que rodea a las manifestaciones. Luis se refiere a dos recientes eventos para explicar que entre los jóvenes no hay opiniones unánimes. El lunes 29 de mayo a las 5:30 de la tarde, en las inmediaciones del Distribuidor Altamira, se veían los jirones de las cajas de zapatos de la marca RS21. Minutos antes un camión había sido saqueado por personas encapuchadas. Los manifestantes no estaban de acuerdo con incendiarlo. Unos rechazaban el saqueo, mientras que otros se repartían los calzados para guardarlos en sus bolsos o quemarlos.

"Le pidieron al señor del camión que atravesara el vehículo para trancar la vía. Pero el conductor dijo que el dueño de la empresa es Diosdado Cabello. Parecía como una provocación"

“Yo no estaba aquí. Lo que cuentan los hermanos es que le pidieron al señor del camión que atravesara el vehículo para trancar la vía. Pero el conductor dijo que el dueño de la empresa es Diosdado Cabello. Parecía como una provocación. ¿Cómo ese camión se va a atravesar en una zona donde no apoyan al gobierno? Como hay varios muchachos pobres que no tienen calzados, algunos agarraron zapatos y otros los quemaron en las barricadas”, explica Luis.

El miércoles 31 de mayo al caer la tarde un camión, que decía: “No al saqueo”, ardía. Unos encapuchados querían llevarse una batería y los cauchos del vehículo. Otros lo evitaron y les exigieron que no pueden hacerlo. “Somos la resistencia”, dicen. Con respecto a este otro suceso Luis asegura que ese camión no fue quemado por sus compañeros de lucha y lo atribuye a unos infiltrados.

Si bien varios de los escuderos viven en la calle, quienes tienen un hogar también han pernoctado en la Plaza Altamira y en otros espacios públicos. Aunque los rostros que frecuentan las zonas de conflictos son casi siempre los mismos, los miembros de estos movimientos están preparados para aceptar que sus amigos, o incluso ellos mismos, puedan ser detenidos. Por ejemplo, los militantes del Grupo Resistencia Contra la Represión vieron por última vez a tres amigos que el lunes 29 de mayo tenían pautado dormir cerca de unas barricadas en la avenida Miguel Ángel de Bello Monte. Pero asumen que fueron apresados por la policía judicial durante un operativo la madrugada del martes 30 de mayo.

Ese domingo los manifestantes lamentan la detención de un hombre de 32 años de edad que trabaja como chofer en una casa de familia y que es conocido como “el colador”, debido a las heridas de perdigón que tiene en la espalda, en el glúteo y pierna izquierda. Camina encorvado y se apoya con un palo de golf desde que fue herido. Lo vieron por última vez el sábado 3 de junio cuando se montó en uno de los cuatro autobuses que salieron desde Chacao hasta Montalbán para la marcha de las ollas vacías. En el trayecto una unidad fue interceptada por el Sebin, la policía política, y 51 manifestantes fueron detenidos.

Mientras las protestas en Venezuela superan los 70 días el gobierno insiste en que los escuderos son terroristas financiados por líderes de la oposición. Los cuerpos de seguridad del Estado han realizado operativos en las zonas de conflicto para dar con estos manifestantes. Pero líderes de la oposición como el gobernador del estado Miranda, Henrique Capriles y el diputado Juan Requesens, aseguran que estos jóvenes luchan por el cambio y han atribuido la violencia en manifestaciones a infiltrados del gobierno.

No obstante, los sectores donde protestan estos grupos han sido focos de violencia y anarquía. El domingo 4 de junio a las 7:30 de la noche uno de los militantes de la resistencia, Jesús Rojas, de 33 años, quien es conocido como “El Gringo”, fue asesinado de varias puñaladas en el cuello y el tórax en la plaza Francia. Miembros del movimiento denunciaron que al hombre lo mató un infiltrado que, después de atacarlo, le robó sus pertenencias. El gobierno, por su parte, asegura que la víctima fue asesinada durante una riña entre militantes de la resistencia.

En primera fila

Lunes 12 de junio. Luego de las 3:00 de la tarde los caminos que desembocan en la avenida Francisco de Miranda, cerca de la estación del Metro de Chacao, están cerrados. Cada vez llegan más escuderos. Arman barricadas en las inmediaciones de la Dirección Ejecutiva de la Magistratura (DEM) y también colocan barreras que impiden el tránsito hacia el Centro Comercial San Ignacio y hacia el Centro Comercial Sambil. No hay funcionarios policiales en la zona. Se sienten libres. Vecinos y trabajadores de la zona se ubican en las esquinas para ver y grabar lo que pasa. También llegan motorizados para ver cómo los encapuchados se organizan para asediar la sede de la DEM.

“¡Ese guarimbín está vestido chiquiluki! La gente se enamora de él y le regala ropa”

En la esquina del Metro que conecta con la calle que lleva hacia el Centro Comercial San Ignacio está parado “Guarimbin” con unos binoculares para niños observando a unos 300 metros de distancia cómo sus amigos lanzan bombas molotov y piedras contra la DEM. “¡Ese guarimbín está vestido chiquiluki! La gente se enamora de él y le regala ropa”, comenta uno de los paramédicos de Venerescate, que se ubica cerca de los sitios donde ocurren las refriegas para atender a los heridos. Las personas presentes largan la carcajada. “Guarimbin” sonríe y muestra una herida que tiene en la pierna.

Entre la multitud está Luis, con un casco de moto y un escudo de metal que tiene pintado a Jesucristo. “Hoy vine a guerrear, como siempre, con mi escudo que no me deja mal”, manifiesta el joven. De inmediato se pierde de vista.

Son las 4:35 de la tarde. Desde el interior de la DEM lanzan bombas lacrimógenas y disparan perdigones. Los encapuchados se desplazan agachados sin ver al frente. Los que lanzan objetos contra la dependencia del Tribunal Supremo de Justicia se apoyan con quienes tienen escudos. Uno de ellos es Luis. “Escuderos adelante”, grita uno de los encapuchados. Cada vez que se escucha la detonación de una molotov, los jóvenes aplauden y algunos espectadores responden de la misma manera. En la misma cuadra de esa sede hay paramédicos de la Universidad Central de Venezuela que también auxilian a los heridos. Sin embargo, los que reciben impactos en la cabeza son trasladados en moto hacia centros asistenciales. Cuando los escuderos gritan que hay un herido, los motorizados se ofrecen a trasladarlos.

Cuando faltan 15 minutos para las 6:00 de la tarde los jóvenes celebran que la sede de la DEM arde en llamas. Entre el humo sale molesto Luis, que recibió al menos 20 perdigones en el brazo izquierdo. “No me toquen, no me toquen”, le grita a sus amigos que intentan convencerlo que debe ser atendido para que no se desangre. Él se resiste y les dice “que es un guerrero” y que debe “llevar” adelante, como los hombres.

Los paramédicos de Venerescate convencen a Luis y lo auxilian. Pero en cuestión de segundos hay una estampida en la zona. Funcionarios de la Guardia Nacional y de la Policía Nacional Bolivariana irrumpen en la avenida y lanzan bombas lacrimógenas. Después de correr menos de 100 metros, Luis mete el pie izquierdo para evitar que una señora cierre la puerta de su edificio. Entra con unos amigos y le pide que los deje estar allí por un rato. Casi media hora después el joven se comunica con otros amigos que lo esperan hacia la avenida Libertador: “Señora, por favor, guarde mi escudo y deme su teléfono para venir más tarde a buscarlo”. La mujer acepta y él sale para encontrarse con sus compañeros.